Explotacion de los Obreros Vida dentro de La Forestal Hacheros






Explotación de los Obreros
Vida Dentro de La Compañia  Forestal

LA FORESTAL
La vida del obrero en el bosque

El bosque de quebrachos tiene todo lo necesario para hacer de su medio un ambiente de rechazo del hombre , y cuando el hombre entra a trabajar en él, sabe que sus ojos, sus oídos, sus instintos, deben estar alerta. El accidente es algo consustancial del trabajo del hachero, y la muerte depende de un descuido.

En Golondrina, en épocas de crecidas de las cañadas, cuando todos los seres vivientes de las abras y bosques inundados buscaban refugio en los altos donde el obrajero estaba instalado trabajando, más del cincuenta por ciento de los accidentes eran picaduras de víboras y los tribunales reconocieron que la muerte por ese motivo, ocurrida durante las labores en los bosques, es accidente de trabajo. “Trabajo asesino” le llamó un periodista, y no exageraba, como tampoco exageraba cuando le llamó brutal.

No siempre el bosque era trabajado en meses de verano, porque el obrajero no resistía las agresiones de insectos voraces multiplicados al amparo del calor y la humedad. Polvorines, piques, tábanos, garrapatas, mosquitos, viuditas, mosca brava y jejenes hostilizaban o le trasmitían enfermedades al hombre, a las mujeres y niños metidos en la maraña donde es señor del bosque el quebracho colorado.

Para estar en él -desnudo el torso del hachero- no era suficiente ni el incentivo del trabajo, ni el imperio de la necesidad de vivir., La resistencia del hombre cedía ante la amenaza, más que de muerte por picadura de varará, de la molestia permanente del escozor agudo, ardiente de los insectos.

Y cuando a pesar de ello permanecía en el obraje, a fuerza de vivir rudamente en la naturaleza, se había convertido en un ser cuya sensibilidad estaba dominada por la voluntad de trabajo. A ese hombre era al que se lo explotaba brutalmente.

La Contratación: Estos son los elementos que constituían sus relaciones de dependencia: 1°) El obrajero se conchababa indirectamente con La Forestal por intermedio del contratista; la empresa respondía por accidentes de trabajo, le imponía cierta forma de seguro, le entregaba materiales para vivienda, etc. 2°) Ingresaba al trabajo del monte, si . era casado, con su mujer y sus hijos. 3°) Por la cantidad de madera puesta en condición de carga, se le fijaba lo ganado. 4°) Estaba obligado a comprar todas las mercaderías necesarias al contratista, que a su vez debía adquirirlas en La Forestal. 5°) Se le pagaba con vales, y los vales, o las fichas en su caso, volvían a manos del contratista casi siempre sin entrega de dinero, porque todo lo insumía la alimentación, el vestido, la bebida y aun las deudas por juego contraídas con el contratista cuando oficiaba de “aviador” en las jugadas, o por préstamos.

Cada semana trabajaba de esta manera y todo el pago volvía a las manos del que lo conchabara. En resumen, cambiaba su fuerza de trabajo por la mantención… Sólo le faltaba el azote y la pérdida total de la libertad para ser un esclavo. ¡Y el diputado Filiberti decía que le faltaba el hábito del ahorro! (ver mas abajo)

En muchos casos se instalaba en el monte con su familia. La mujer y los niños -hasta de diez años- ayudaban al hachero limpiando las marañas en torno al tronco del quebracho que hacharía después el hombre; no percibían salario, porque su labor consistía en una ayuda prestada al marido o concubino -el concubinato suplía casi siempre al matrimonio-, que trabajaba a destajo, como en la actualidad. La labor de la familia estaba comprendida en cuanto al pago, en lo que cobraba el obrajero. Sobre esa población de trabajadores del bosque que sumaba miles de seres humanos, ejercía su explotación en beneficio de La Forestal y en el propio, el contratista.

La comida en los bosques estaba a cargo de las mujeres de los obrajeros o de obrajeros que se reunían con el fin de hacerla y consistía en asados, guisos o locros. En las cuadrillas de la administración de La Forestal, el régimen alimentario era similar. Se desconocían en absoluto las verduras y las frutas, y una proveeduría de contratista se reducía a vender arroz, azúcar, aceite, café, caña, fariña, fideos, galletas, grasa, harina, maíz pisado, sardinas, vino, yerba y, por supuesto, carne. Todo ello provisto por la Compañía y revendido a precios altos a los obrajeros.

Con los contratistas, se dijo con frecuencia, comenzaba la explotación de aquellos miles de hombres sobre los cuales tenía control La Forestal, porque por más que se haya querido disimular las formas de dependencia para evitar que la culpa de la pésima situación social y económica del obrajero recayera sobre ella, por muchos motivos se la considera responsable, entre ellos, su poder suficiente para contener los abusos si eso se hubiera propuesto.

El contratista, a pesar de las condiciones que debía cumplir y de las cargas que pesaban sobre él, fue en ciertos casos un favorecido por la Compañía. Si se quería que sus contratistas aparecieran como independientes de La Forestal, y responsables de lo que ocurría con los obrajeros, era porque las penurias, la miseria, y aun la mala vida que reinaba sobre éstos, bastaba para cubrir de oprobio todo un sistema brutal de explotación del hombre. Ese límite de separación no existía en los libros de contabilidad de la empresa, en los que estaban registrados los nombres de los obrajeros, día de ingreso y egreso y jornales pagados.

Cuando llegaban a un nuevo bosque, vivían en ranchos improvisados con troncos, ramas, cueros, o en “benditos”; las casillas de madera se utilizaron muchos años después. Un testigo de la época nos informa que la mayoría de los obrajeros, incluyendo mujeres y niños, dormían en el suelo, a veces en excavaciones -especie de zanjas- para protegerse mejor del frío. A estos males se los pretendía remediar creando escuelas para educarlos…

La vivienda llamada “bendito” no era más que una enramada similar a la utilizada por los indios. Cuando se inundaban los obrajes, la compañía enviaba vagones donde se guarecían. En los bosques, hasta las exterioridades por las que se manifiesta la presencia del hombre eran un símbolo de la pobreza a que estaban condenados los obrajeros, sometidos a la férula de los contratistas y a la tutoría social de La Forestal.

Se trataba, por lo general, de hombres jóvenes, de 20 a 30 años, que en raros casos soportaban más de diez años la vida del obraje en la misma zona; pero otros, unidos por vínculos matrimoniales o de familia natural, permanecieron al servicio de la compañía hasta que perdieron la fuerza física necesaria para el trabajo, pero La Forestal, que hacía pagos graciables a los obreros o empleados mientras gestionaban su jubilación o que acordara pensiones, se desentendía de los obrajeros fundada en que eran peones de los contratistas.

Sus penurias fueron tan insoportables que muchos abandonaban las labores, y con el desarrollo de los cultivos de algodón y caña de azúcar en zonas próximas, comenzaron a preferir el cambio de actividad. Las quejas sobre el régimen imperante en los obrajes fueron tan numerosas, unidas al éxodo de obrajeros, que la compañía resolvió fijar los precios de venta de mercaderías en los obrajes para contener los abusos, obligando además a los contratistas a facturar las compras. Pero aún así, los abusos continuaron e introdujo una nueva modificación: fueron suprimidas las proveedurías de los contratistas y en cada ramal de vías férreas estableció sus propios almacenes ambulantes en vagones ferroviarios, uno para venta y otro para vivienda del personal.


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Los Legisladores: Todas la injusticias perpetuadas dentro del feudo de La Forestal, eran olvidadas por la mirada superficial de legisladores cuyas mejores intenciones perdían toda su energía durante las fastuosas recepciones en las casas de visitas. Allí, en salas ambientadas con muebles importados, de admirable estilo, iluminadas profusamente con lámparas eléctricas ajustadas con tulipas a las paredes sobre planchas de bronce repujado, y artefactos centrales de belleza desconocida en poblaciones del sur, y aun en ciudades, caminando sobre alfombras, sentados en sillones “de museo”, mientras el whisky ascendía de la bodega en bandejas de plata labrada; allí, en Villa Guillermina, en un ambiente de confort moderno, y aun de lujo, donde la cocina no cedía en importancia a la de los más caros restaurantes y donde mirando hacia los patios el adorno de los jardines transportaba el pensamiento hacia un plano de paz, de recogimiento y de belleza construido todo para los directores extranjeros y visitas importantes-, muchos fueron los funcionarios y legisladores que terminaron por olvidar la miseria de los obrajes, las ranchadas de los suburbios obreros y el aniquilamiento de una fabulosa riqueza forestal en provecho de extranjeros. Luego, sentados en sus bancas o en sus despachos, cantaron loas al progreso del norte, o guardaron silencio, mientras el drama del hombre argentino metido en los bosques, el drama del quebracho colorado, se ahondaba en las fábricas, con la disconformidad obrera, y en la tierra dominada por La Forestal.

El diputado provincial Luis E. Filiberti, coinformante con Saccone, decía: “Los peones de los obrajes son, en su gran mayoría, correntines y paraguayos. Debido a leyes atávicas, costumbres y medio ambiente, habituados desde la infancia a la ruda labor y a privaciones, son hombres hijos del rigor, de modo que sobrellevan sus pesadas tareas como si hubieran ^nacido para ese sistema de vida. Generalmente no tienen noción de economía y, así, derrochan todo cuanto ganan y se arruinan materialmente”.

Con ese criterio pasaba por alto hasta sus mismas aseveraciones en cuanto a la explotación que se ejercía por intermedio de los contratistas. No sabemos a qué parte del jornal se refería para destinarlo al ahorro, puesto que todo iba a parar otra vez a la misma mano que lo pagaba, también lo invertido en diversiones fomentadas con ese fin. En algunos obrajes, entre 1920 y 1922, el contratista instituía premios -cojinillo, poncho, caña, etc.- y repartía fichas como adelanto de pago de jornales para estimular el juego.

El que quedaba con el mayor número de ellas ganaba el premio, con lo que quedaba caldeado el ambiente para proseguir las jugadas de taba en las que el mismo contratista oficiaba de “aviador” -cobrador de coima-, y al final del día, el dinero, las fichas o los vales volvían a su poder conjuntamente con lo que se había gastado en libaciones de bebidas que él mismo vendía, a veces por intermedio de “bolicheras” que eran mujeres traídas de exprofeso. Y se quería, desde la banca legislativa, que esos hombres hiciesen economía, que organizasen sus familias y adquirieran hábitos ordenados, allí mismo donde toda la acción del capitalismo conducía a exprimir al máximo y por cualquier medio a esos “hijos del rigor”.

Fuente Consultada: La Forestal, La Tragedia del Quebracho Colorado –

Gastón Gori.Gastón Gori (Esperanza, 17 de noviembre de 1915 – Santa Fe, 17 de noviembre de 2004) fue un escritor argentino. Nació bajo el nombre de Pedro Marangoni en la ciudad de Esperanza, provincia de Santa Fe. Estudió derecho y comenzó a ejercer como abogado, pero luego se dedicó activamente a la literatura. En sus ensayos estudió en detalle la problemática de la inmigración, y especialmente en La Forestal sobre la explotación maderera en los obrajes.

 

 

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA:

POR EDUARDO SARTELLI Historiador
Periódico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929
50 Muertos en la Forestal

La Gran Guerra trajo malas noticias para los trabajadores argentinos, pero la posguerra es peor, ya que originó el proceso de lucha de clases más agudo visto hasta el momento. Comenzó con las huelgas de la Federación Obrera Marítima, en 1916 y 1917, y culminó con la huelga general de junio de 1921. El movimiento de ascenso relativamente pacífico llegó hasta la Semana Trágica. De allí en más, la represión estatal, a cargo del gobierno yrigoyenista, y privada, bajo responsabilidad de la Liga Patriótica, dieron lugar a la secuela de masacres más impresionante que vivió la Argentina hasta el momento.

Los episodios de La Forestal rivalizan con los de la Patagonia a la hora de las cuentas. El árbol, el quebracho. La excusa, la extracción de una sustancia curtiembre. La empresa, La Forestal, fundada a comienzos de siglo como la fusión de varios capitales bajo dominio inglés, que ocupa un extenso latifundio que incluye pueblos enteros con miles de habitantes.

El salario se gana allí y se gasta allí: “vale” y “ficha”. Los precios internos, un 50 por ciento más caros que los externos; la carne, toro viejo; la jornada, eterna; la vivienda, una “enramada”. Hacheros, obreros de obrajes y fábricas se rebelaron contra estas condiciones en las primeras huelgas del norte santafesino. La organización llegó de la mano de la Fora sindicalista, la “IX”.

La primera huelga estalló en julio de 1919; la segunda, en diciembre. Un centro obrero reconocido de hecho por la empresa y promesas de aumento de sueldo coexistieron con la presencia de “gendarmería volante” y escuadras de policías privadas. La respuesta patronal más importante fue otra: un gigantesco lock-out que dejó cesantes a cerca de 12 mil obreros a comienzos del año pasado. La huelga, que tuvo su cronista de lujo en Gastón Gori, se hizo general a fines de enero último, con enfrentamientos entre huelguistas y la policía privada de la empresa.

Se inició la caza del hombre, se destruyó el local sindical, las cifras de muertos se sucedieron apresuradamente. Luego vinieron las “deportaciones” de familias enteras, el incendio de ranchos y las cesantías masivas. Un protagonista, el anarquista Ángel Borda, calcula en cincuenta los muertos. Aunque parezca mentira, estamos a fines del primer gobierno elegido por el sufragio popular.





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