Historia y Origen del Perro San Bernardo Leyenda del Barril



Origen e Historia del Perro San Bernardo

En el siglo XI san Bernardo fundó un refugio para viajeros en el puerto del Gran San Bernardo. Todavía hoy los monjes prestan auxilio a los viajeros extraviados. En esta tarea les ayudan sus famosos perros (algunos de los cuales llegaron a adquirir verdadera fama), que también acompañan a grupos de turistas en excursiones a lugares peligrosos.

El puerto del Gran San Bernardo, que une Suiza meridional con Italia, es uno de los puertos alpinos mejor conocidos. Debe su nombre a san Bernardo de Menthon, nacido en Saboya en el siglo X. Este santo tuvo la iniciativa de construir un refugio para viajeros en lo alto del puerto. A pesar de haber sufrido incendios y otras catástrofes, los edificios se mantuvieron en pie a través de los siglos. Napoleón se albergó en ellos.

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Ya en aquella época, algunos perros ayudaban a los monjes a encontrar a los viajeros extraviados; pero estos perros no eran todavía los san Bernardo que nosotros conocemos. Estos son el resultado de cruces, entre otros, con los famosos perros de Terranova. No sólo son muy hermosos, sino también notablemente inteligentes y de una resistencia extraordinaria. Esta última cualidad resulta indispensable en el medio en el que han de desenvolverse.

El tiempo, en la montaña, puede cambiar con mucha rapidez y las tempestades de nieve impedir la visibilidad. Por otra parte, no es raro que la temperatura descienda por debajo de los —35° C. Todo esto no impide a los viajeros aventurarse en la región, pues el puerto del Gran San Bernardo (existe también el del Pequeño San Bernardo) forma el punto de unión entre los Alpes del cantón de Valais, al este, y el macizo del Mont-Blanc, al oeste. Desde hace siglos, pues, es un lugar muy frecuentado.

Los viajeros no corren únicamente los riesgos inherentes a la alta montaña, sino también los que trae consigo el foehn, este viento cálido que hace fundir prematuramente la nieve y el hielo provocando, de este modo, avalanchas. Y hay que contar también con la niebla.

A despecho de todos estos peligros, el puerto era conocido ya en la época romana. No lejos del hospicio de los monjes los romanos habían edificado un templo a Júpiter. Más tarde, los hunos utilizaron el mismo camino. En la Edad Media, el paso del Gran San Bernardo era frecuentado por los salteadores de caminos.

Los monjes del hospicio del Gran San Bernardo no fueron los únicos en gozar de fama mundial por los auxilios prestados a los viajeros extraviados; también sus perros eran conocidos.

Algunos de ellos llegaron incluso a ser célebres; entre ellos Barry, que recibió, hace unos ciento sesenta años, el apodo de «El Salvador», pues él solo salvó 41 vidas humanas. Entregado sin descanso durante doce años a esa difícil tarea, cuando fue demasiado viejo vivió a expensas de la ciudad de Berna. Después de su muerte fue disecado y expuesto en un museo de la ciudad.



Sus descendientes hicieron honor al renombre de su antepasado. Son todos magníficos animales con el pelaje de un blanco pardusco y cuyo peso oscila entre los 70 y los 80 kg. Tienen el sentido del olfato enormemente desarrollado, y su colaboración, a la hora de buscar a viajeros extraviados, es de gran utilidad incluso en el caso de que hayan sido sorprendidos por una avalancha.

Cuando encuentra a uno de estos desgraciados viajeros, el perro atrae a sus amos con sus ladridos. Hay quien cuenta que los perros llevan consigo provisiones y un barrilito con una bebida alcohólica para que los accidentados puedan recobrar fuerzas.

Esto es únicamente una leyenda y no tiene nada que ver con la realidad. Lo cierto es que un artista representó un día a Barry de esta manera y esta representación se hizo tan popular que es imposible imaginarse a un perro san Bernardo sin su barrilito de coñac. Los monjes, sin duda, permiten que se represente a sus perros con el barrilito; pero es con demanda expresa de los viajeros.

En recuerdo de Barry, los monjes siguen dando ese nombre al macho más hermoso de la perrera. En nuestros días son cada vez más raros los viajeros que se arriesguen a recorrer a pie el puerto del Gran San Bernardo; pero la tradición del perro salvador de viajeros extraviados subsiste incluso después de la segunda guerra mundial.

Los perros siguen siendo entrenados como lo fueron en lo pasado. En lo que respecta a los ejercicios prácticos, se ha llegado al extremo de enterrar a un hombre bajo la nieve y a los perros corresponde encontrarle. Los animales trabajan por equipos y cuando uno de ellos ha encontrado a la «víctima» voluntaria, los perros se ponen entonces a desenterrarla.

El perro se echa entonces sobre la víctima, le calienta la cara y empieza a ladrar. Los otros perros se le unen y los monjes pueden dirigirse así fácilmente al lugar del «siniestro». Los monjes llevan consigo siempre bebidas calientes (té o vino, por ejemplo) y se apresuran a llevar a la víctima al hospicio.

Además de sus misiones de salvamento, los perros son útiles como guías de viajeros que tienen que visitar lugares considerados peligrosos. Su instinto les previene del peligro de las avalanchas antes de que las personas se den cuenta de que van a producirse. Y por si esto fuera poco, también van a buscar provisiones y el correo a la localidad de Bourg-St.-Pierre, situada más abajo.

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