Inmigrantes Ilegales Escapar de Senegal en Barcos Pesqueros a España






LA ODISEA: El joven se agarra de una mano cubierta por un guante y consigue poner un pie en el muelle. Tiembla. Apenas puede sostenerse. Es el primero de los africanos en dejar el cayuco. Ya está en Europa. Ha logrado la hazaña de llegar vivo a la tierra prometida.

De inmediato, comprende que no es bienvenido. Lo reciben con guantes y barbijo y ni siquiera lo saludan. Ni hola. Es sujetado de un brazo hasta llegar a las carpas de la Cruz Roja, donde se desmorona, exhausto. Así, uno tras otro van dejando el colorido bote de madera que los trajo desde Senegal. Algunos padecen hipotermia. Otros necesitan ayuda para caminar. En la expresión de sus rostros puede advertirse que vivieron algo horrible. Llevan restos de sal en la cara y los ojos lastimados por el mar.

Unas treinta personas observan todo desde atrás de rejas y barandas. La mayoría son turistas ingleses y alemanes. Unos sacan fotos con sus celulares, otros filman. Observan un rato, hasta que se aburren. Luego se marchan. Los periodistas hemos podido entrar. Ya no hay africanos en el cayuco, todos descansan en el interior de las carpas. Se los ve extenuados. El viaje ha sido eterno. Fueron ocho días en el mar. A pesar de todo, no hay tiempo para asimilar el estado de shock. Ahora les toca soportar las asperezas de ser tratados como delincuentes. En media hora partirán hacia la comisaría. Después, en función de la suerte y la edad, irán a parar a un centro de internamiento o a uno de acogida.

Episodios como este ocurren a menudo en el puerto de Los Cristianos, al sur de Tenerife. Desde hace ya más de un año es el lugar donde más cayucos desembarcan. Estos botes pesqueros salen del continente más empobrecido del planeta e irrumpen de golpe en las playas donde reposan los turistas del primer mundo. A bordo de piraguas con motor, se juegan la vida en un viaje que suele durar entre 4 y 12 días, después de recorrer más de 1.000 kilómetros por las aguas del Atlántico. Viajan a la intemperie. Los cayucos son embarcaciones pensadas para salir al mar con 15 o 20 tripulantes, como mucho, aunque a Los Cristianos han arribado cayucos ocupados hasta por 180 personas.

Abdulaye es un joven senegalés que logró sobrevivir a la pesadilla del mar. Habla y los nervios lo hacen reír. Mientras le relata a Veintitrés Internacional los días en el cayuco, cierra sus ojos y se toca las sienes con la punta de los dedos. Dice que al principio iba bien. Cuenta que comían arroz y bebían Coca Cola o agua. Pero los días siguientes, recuerda y vuelve a cerrar los ojos, “fueron muy duros, es terrible estar ahí. Hacía mucho frío, mucho. Las olas eran grandes y el tiempo no pasaba. Tenía fiebre. Algunos gritaban y querían tirarse al mar. A mi lado iba un chico que estaba duro, no comía ni hablaba. Después se acabó el agua y empezó lo peor”.

Abdulaye pudo llegar, pero este drama mata a miles y miles de personas cada año. Con frecuencia, aparecen en las costas las embarcaciones destrozadas y los cuerpos hinchados por el agua. Según informaron fuentes oficiales, el año pasado se recuperaron alrededor de 600 cadáveres y el número total de muertos fue de más de 6000. La situación en el mar es tan compleja que incluso se producen incidentes en el momento mismo del rescate. Esto ocurrió meses atrás, cuando un barco de Salvamento Marítimo intentaba auxiliar a un cayuco y se produjo un naufragio del que resultaron muertas 88 personas, según afirmaron los sobrevivientes. “El barco golpeó nuestro cayuco y la gente cayó al mar”, reveló uno de ellos a la prensa tinerfeña.

DE MARTIRIO EN MARTIRIO: Para la mayoría de los que sobreviven al mar, el calvario continúa en los centros de internamiento. De estos centros, se presume lo peor. Pesa sobre ellos una larga lista de denuncias: condiciones de vida infrahumanas, inseguridad jurídica, palizas brutales, violaciones, muertes dudosas. Ahí, los policías te pegan por cualquier cosa”, nos confiesa Mahamadou, un emigrante de Malí. Durante el 2006, fueron encarcelados en Málaga tres policías después de que internas del centro Los Capuchinos denunciaran haber sido victimas de abusos sexuales.

Mientras estuvo en funcionamiento el centro de Las Raíces, al norte de Tenerife, fue uno de los más cuestionados en materia de abusos y condiciones de insalubridad. En él, los internos soportaban la crudeza del frío y las lluvias en las peores condiciones. En otros centros se registraron hasta muertes a causa del hacinamiento. No hay escapatoria, duermen amontonados y a la intemperie.Todo esto simplemente por no llevar documentación. No cometieron delito alguno, trata sólo de una falta administrativa.

Después de 40 días en esos centros, a una  parte de ellos les tocará ser repatriados. En este sentido, los últimos datos ofrecidos r el gobierno hablan de una cifra cercana as 28 mil repatriaciones en lo que va del o. “Ser devuelto a tu país así es muy traumático. Tú no sabes cuánto hay que luchar para llegar hasta aquí. Algunos venden su ;a. Hablé con amigos que frieron repatriadas a Senegal y no quieren ver a sus familias por que sienten vergüenza”, le reveló Abdue a este medio.

Teníamos un problema y lo hemos resuelto”, fue lo que contestó José María Azen 1996, cuando se le preguntó la razón la cual sedaron con haloperidol a 103 personas antes de llevarlas a África. El 9 de junio pasado se produjo la muerte nigeriano Osamuyia Akpitaye, mientras luego de que la autopsia revelara que murió de forma violenta, por asfixia, sofocación y falta de oxígeno.

LOS CAYUCOS COMO COARTADA: Quienes salen de los centros de internamiento y no son repatriados se quedan en la calle con una orden de expulsión en la mano. Tienen que dormir en lo de algún conocido, en un centro de acogida o bajo el puente. Yo les diría que no vengan, no tiene sentido arriesgar la vida para estar así. Pero no me van a creer si lo digo, nos comenta Ibrahim, otro emigrante senegalés. Caminamos junto a él y percibimos de inmediato las dimensiones del racismo. En la tapa de los diarios locales pueden leerse títulos como Invasión”, ‘Avalancha imparable”, “Nueva oleada de ilegales”. Los titulares no se refieren a los más de 12 millones de personas que visitan Canarias cada año, sino a quienes vienen en cayucos, que representan menos del cinco por ciento de la inmigración que entra en España.

los Fondos Europeos del Programa Solidaridad y Gestión de Flujos Migratorios, de acuerdo con lo que informó el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Aunque de todos modos no parece resultar suficiente y por ello el gobierno ha gestado una salida más ambiciosa: el Plan África. Con el pretexto de ser el país más afectado por este tipo de inmigración, el gobierno de España impulsó el Plan África con el apoyo de la Unión Europea. Se trata de un proyecto que habla entre otras cosas de regular los flujos migratorios “ilegales” a través de la inversión y la intensificación de los controles militares en las costas. Además, leyéndolo aparecen párrafos en los que se prioriza lo siguiente: “El fomento de las inversiones españolas, sin olvidar la creciente importancia estratégica de la región subsahariana, y en particular el golfo de Guinea, para nuestra seguridad energética y las oportunidades de negocio en el sector de hidrocarburos para [as empresas españolas”.

En este marco, el presidente del gobierno nacionalización de la empresa canaria, por lo que aconsejó: “Hay que mirar a África como punto de posicionamiento de las empresas de las islas”.

Pero no son pocos los que pretender abrirse paso en el mercado africano y me nos aún quienes pierden el sueño por sus riquezas naturales. China, por ejemplo, es tal vez la que ha conseguido insertarse con mayor fuerza en los últimos tiempos. Por su parte, la administración Bush teme que. darse afuera y es por ello que hizo pública su intención de avanzar en una supuesta lucha antiterrorista en los países del Sahel. Por este sentido, desarrolló la Iniciativa Pan Sahel, con el argumento de equipar, entrenar y coordinar a las fuerzas de seguridad de Mauritania, Malí, Chad y Níger, a los que se sumarian Argelia, Marruecos y Túnez.

Aún más claro y conciso fue el presidente de la Cámara de Comercio de EE.UU. en España, Jaime Maflet, cuando en Las Palmas de Gran Canaria indicó: “Hay que invertir en África, no por caridad, sino por interés”.


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Desde hace ya algunos años, existe una unión concreta por el mar entre África y España, que no es otra que la del gasoducto submarino Magreb-Europa. Y para el 2009, el Ministerio de Industria español prometió que estará listo el nuevo gasoducto, que unirá Argelia con España sin tener que pasar por Marruecos.

Actualmente, el 78 por ciento del petróleo que se consume en Canarias proviene de África occidental, advierte el presidente de la Asociación Canarias ante la Crisis Energética, Juan Jesús Bermúdez, tras recoger dicha información en la refinería de Santa Cruz de Tenerife. Sólo el 78 por ciento, el resto lo traen desde México.

Por estos días, los números confirman que el Plan África ya está en marcha. En base a las cifras oficiales, la cantidad de personas que llegaron en cayucos o pateras se redujo en más de un 60 por ciento en relación con el año pasado durante el mismo periodo. Esto hace pensar que será improbable que se llegue a la cifra récord del 2006, año en el que, según la Delegación de Gobierno, arribaron cerca de 31.000 africanos en pateras o cayucos.

Desde el Ministerio del Interior se aseguró que esta caída en las cifras se debe al refuerzo de los controles fronterizos en el Atlántico, a cargo de la Agencia Europea de Control de Fronteras Exteriores (Frontex). Al respecto, el delegado del gobierno en las islas, José Segura, comunicó que en lo que va del año más de 5.000 personas fueron interceptadas en las costas de África.

Yossou N’Dour, el músico más popular de Senegal y uno de los de mayor influencia en toda África, le dio su opinión al diario El País: “Este es un asunto muy serio que no puede ser solucionado enviando helicópteros de vigilancia a Gambia o a Senegal”.

DESDE LA OTRA ORILLA: Estando en África, todo resulta más claro. Aquí llevamos la vida dura”, nos dice un muchacho de unos 25 años, comprimiendo en esa frase todo lo que nos está tocando ver. Millones de personas atestan las calles de Dakar. El tráfico impone una sensación caótica que se reproduce en toda la ciudad. A los diminutos colectivos urbanos parece derramárseles la gente que viaja colgada de las puertas. Hay música y colores por todas partes. El obelisco es uno más de los innumerables legados de la colonización francesa. La presencia de la religión musulmana se verifica a cada instante. El sol castiga sin tregua. La gente habla fuerte. Habla en wólof, aunque también en francés y en otras lenguas. El ambiente está impregnado de todo tipo de olores. A pesar de la precariedad, la gente sonríe. Sonríe, mira a la cara, contagia vitalidad. Los jóvenes, que son mayoría, charlan y se dan la mano a cada rato.

En Senegal viven cerca de 10 millones de personas, de las cuales una gran parte se desplaza constantemente hacia la capital y hacia otros sectores de la costa, a fin de trabajar o de intentar trabajar. En el interior, la vida es aún mucho más dura. Tardamos cinco horas para recorrer 130 kilómetros en auto. A medida que avanzamos el calor es cada vez más sofocante. Hace más de 35 grados. El pueblo al que llegamos parece abandonado. Hay un silencio absoluto. La sensación térmica aplasta la tarde. Nos llevan a visitar a la familia de un chico que llegó en cayuco a Fuerteventura. De la casita sale toda la familia a recibirnos. Empiezan a aparecer niños. De un momento a otro nos vemos con más de 20 personas. El padre quiere que les saquemos una foto para llevársela a su hijo.

LA DIÁSPORA: En los pueblos pesqueros aledaños a Dakar hay cientos de cayucos. Muchos de ellos saldrán cualquier día de estos rumbo a las Islas Canarias. Se trata de piraguas artesanales que representan una parte fundamental de la cultura del país. Incluso del nombre del país: en wólof, “gal” significa, justamente, cayuco. Senegal quiere decir “nuestros cayucos”. Es una nación de pescadores, que depende en gran medida de la fauna marina. Por eso resultó devastador el acuerdo mediante el cual empresas europeas recogieron a escala industrial la fauna de la costa senegalesa durante más de 20 años, nos explica Souleiman, un estudiante de la Universidad de Dakar.

“Barça wala Barsaj!”, Barcelona o el infierno, es lo que dicen antes de subir al cayuco que zarpará con destino a Europa. Ya no nos preguntamos por qué viajan, aunque nos gustaría que supieran lo que les espera. Cada vez los cayucos viajan más cargados. Meses atrás llamó la atención la captura de uno cargado con 188 personas en la costa de Dakar. Mientras más tripulantes, más barato es el costo del viaje. Si consiguen reunir un grupo grande, podrán comprar entre todos directamente el bote. Si no, tocará pagar entre 300 y 1.000 euros por un lugar en la embarcación. El objetivo número uno, deja claro Souleiman, es ayudar desde allá a sus numerosas familias.

Tiempo atrás, hemos hablado a través de una emisora de radio con mujeres que pertenecen a asociaciones de madres y viudas que perdieron a sus familiares en el mar. Ahora vemos pasar a una mujer, con expresión triste, y se nos ocurre que podría ser una de ellas.

HISTORIAS PARECIDAS: La ciudad de Saint Louis, al norte del país, fue fundada a mediados de 1600 por los mismos franceses que posteriormente constituyeron la “Compañía de Senegal”, con el fin de organizar el tráfico de esclavos. Y fue justo frente a Dakar, en la pequeña isla de Gorée, donde durante tres siglos funcionó el más importante mercado de esclavos del mundo. Alrededor de veinte millones de personas fueron transportadas desde Gorée hacia América y Europa. Millones y millones de mujeres, niños y hombres fueron apresados en distintas partes de África, llevados hasta la isla. De eso ha pasado mucho tiempo, pero hoy Senegal sigue siendo el lugar adonde confluyen miles de personas de distintos países de África con el propósito de embarcarse hacia Europa.

De hecho, es el principal punto de partida de los emigrantes que intentan llegar por mar a la tierra prometida. Antes eran traídos a la fuerza, ahora llegan hasta aquí por sus propios medios. Antes viajaban encadenados rumbo a América y Europa a trabajar como esclavos. Ahora, las cosas han quedado de tal modo que se costean el viaje solo y hasta pagan con su propio  dinero la Coca Cola que llevan. Se van a escondidas, en condiciones penosas, a padecer, en general, situaciones de esclavitud o de semiesclavitud. Para comprobar esto último, el periodista italiano Fabrizio Gatti se infiltró en una plantación en la que, en base a su denuncia, los trabajadores eran sometidos a condiciones laborales equiparables a las de los esclavos.

Por su artículo “Yo fui esclavo en Apulia”, publicado en la revista “Lspresso, Gatti recibió el premio de periodismo de la Unión Europea. El jurado considero que el periodista supo investigar y narrar “la difícil situación de ciudadanos de segunda clase en Europa que sufren graves discriminaciones por su origen étnico’. “Nos dieron la fotocopia de la independencia en 1960, reclamamos el original”, exige el músico marfileño Tiken Jah Eakoly. Y agrega: “Nos han dado el acta de defunción, pero no la hemos firmado”.

En el cielo revolotean cientos de cuervos. En la play a se ve una larga hilera de cayucos con pescadores que van y vienen. Un joven nos ha dicho que le gustaría probar suerte. Si la tiene, se agarrará de una mano cubierta por un guante y subirá hasta el muelle.

 Fuente Consultada: Revista Veintitrés Internacional Mes de Octubre 2007 Numero 23 (Historia de un argentino que vivió con los inmigrantes ilegales).





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