Historia de Samuel Juez de Israel



SAMUEL, JUEZ  DE   ISRAEL

El Arca de la Alianza permaneció veinte años en Gueba, dentro de la ciudad de Quiriat-Jearim, mientras los israelitas volvían a practicar el culto enseñado por Moisés, porque Samuel había hablado al pueblo, diciendo: «Si de todo corazón os convertís al Señor, arrojad de vuestras casas a los falsos dioses, los Baales y las Astartés, y preparad vuestros corazones para el Señor, y servidle a Él solo, y os librará del poder de los filisteos.»

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Obedeciendo al juez Samuel, los israelitas arrojaron de sus casas las estatuas de los falsos dioses Baal y Astarté.

Así fue hecho, y Samuel congregó a los hebreos en Masfa, donde ayunaron largamente y se arrepintieron de sus pecados, y Samuel fue testigo de su arrepentimiento. Los filisteos, que habían tenido noticia de aquella reunión, tomaron las armas para sorprender a los hijos de Israel, quienes suplicaron a Samuel que continuara rogando por ellos al Señor, para que los salvara de las manos de sus enemigos.

El hijo de Eleana tomó un cordero de leche y lo ofreció en holocausto al Señor, y clamó por su pueblo, y Dios escuchó sus ruegos. En aquel momento, los filisteos dieron comienzo a la batalla. Pero Dios envió su rayo contra los enemigos de su pueblo predilecto, aterrándolos de tal manera que fueron derrotados por Israel.

Y los hebreos, habiendo salido de Masfa, persiguieron a los filisteos, deteniéndose solamente al llegar a las murallas de Bet-Horon. Tomó entonces Samuel una piedra y la colocó a justa distancia entre Masfa y Jesana, y la llamó «Piedra del Socorro», diciendo: «Hasta este lugar nos ha socorrido el Señor.»

Desde aquel día los filisteos no se atrevieron a incursionar nuevamente en el territorio hebreo y restituyeron a los israelitas las ciudades de las que se habían apoderado, desde Acarón hasta Gat. Samuel continuó siendo juez de Israel durante toda su vida, yendo todos los años a Betel, y desde allí a Gálgala, y después a Masfa, para retornar luego a Rama, donde tenía su casa y donde había edificado un altar al Señor.

Al llegar a la vejez, nombró a sus hijos Joel y Abia jueces del pueblo hebreo, pero ellos no siguieron el ejemplo de su padre, sino que se dejaron arrastrar por la avaricia, y aceptaron riquezas y no respetaron la justicia.

Por todo ello, los ancianos de Israel fueron a Rama para entrevistarse con Samuel y le dijeron que, dado que sus hijos no seguían sus pasos, les diera un rey que pudiera, bajo su guía, convertir a Israel en una nación fuerte y segura para afrontar los peligros externos.

Samuel no gustó de este lenguaje, pero Dios, a quien él había invocado, le respondió: «Escucha la voz de ese pueblo, porque ellos no te rechazan a ti, sino a Mí, para que no reine sobre ellos. Hacen lo que han hecho siempre, desde el día en que los saqué de Egipto hasta hoy. De la misma manera que abandonaron mi culto para adorar dioses ajenos, así hacen contigo. Otórgales su petición, pero diles cuáles serán los derechos del rey que los gobernará.»



Samuel obedeció y dijo a los ancianos: «El rey que os gobernará tomará a vuestros hijos y hará de ellos guerreros, campesinos y artesanos. Hará asimismo que vuestras hijas sean sus perfumeras, sus cocineras y sus panaderas.

Y lo que es más, os quitará lo mejor de vuestros campos, viñas y olivares y lo distribuirá entre sus criados, a quienes dará también el diezmo que le pagareis. Os quitará vuestros sirvientes, diezmará vuestro ganado y todos vosotros seréis sus esclavos. Entonces os quejaréis, pero el Señor no os escuchará, porque vosotros mismos pedisteis tener un rey.»

Pero el pueblo no quiso oir las razones de Samuel. Querían un rey para ser como todas las naciones. Samuel repitió a Dios lo que ellos habían respondido, y el Señor le dijo: «Escucha su voz, y pon sobre ellos un rey.» Entonces dijo Samuel a los hijos de Israel: «Vayase cada uno a su ciudad.»

En la tribu de Benjamín vivía un hombre muy valeroso llamado Quis, quien tenía un hijo fuerte y robusto que llevaba el nombre de Saúl. Un día, habiéndose perdido unas asnas de su padre, Saúl partió con un criado para buscarlas y recorrió varias regiones, hasta llegar a la tierra de Suf.

Y cuando el joven propuso a su siervo emprender el retorno, éste le aconsejó que fuera a interrogar al vidente Samuel sobre los animales perdidos, y que le dieran todo cuanto poseían, o sea la cuarta parte de un siclo de plata (moneda de aquel tiempo).

Al entrar en la ciudad se encontraron con Samuel, a quien el Señor, un día antes, había anunciado aquel encuentro, dicíéndole: «Mañana a esta misma hora te enviaré ur hombre de la tierra de Benjamín y le ungirás por caudillo de mi pueblo, y él salvará a mi pueblo de las manos de los filisteos.»

Apenas Samuel vio al joven hebreo comprendió que aquél era el hombre que le había sido anunciado, y habiéndole pedido Saúl le indicara dónde podía encontrar al vidente, le respondió: «Yo soy el que tú buscas.’ Lo invitó entonces a subir con él a la cima de la colina para ofrecer un sacrificio a Dios y le pidió que permaneciera con él. Saúl obedeció y tuvo el puesto de honren la sala del banquete, donde treinta convidados especiales esperaban al juez.

Luego, al bajar a la ciudad. Samuel preparó el lecho a su huésped sobre la terraza de su casa, y lo llamó a la mañana siguiente para decirle «Envía a tu siervo para anunciar tu retorno, pero tu permanece todavía un poco conmigo, que debo revelarte la palabra del Señor.»

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo II Editorial CODEX – Samuel, juez de Israel



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