Caudillo Estanislao López

Historia de Amor del Caudillo Ramirez y La Delfina

Historia de Amor del Caudillo Ramirez y La Delfina

LA HISTORIA: El 10 de julio, a las siete de la mañana, luego de una larga persecución, Ramírez fur alcanzado por Bedoya en San Francisco (Córdoba) , en las inmediaciones del Río Seco. Completamente derrotado, se puso en precipitada fuga con su querida, doña Delfina y un puñado de 5 ó 6 soldados, que no le abandonaron en aquel trance postrero.

El caballo de doña Delfina se cansó y ésta fue alcanzada por sus perseguidores, que la despojaron de su casaquilla y sombrero. Ramírez al ver a su amante en este trance, sin trepidar se arrojó sobre sus captores, y consiguió rescatarla, pero al mismo tiempo que ella se ponía en salvo, un pistoletazo, disparado por el capitán Maldonado y que le dio en el pecho, terminaba con la vida del valeroso caudillo, el cual al sentirse herido se abrazó al pescuezo de su caballo, el que, asustado, se lanzó al galope, cayendo muerto Ramírez a los pocos metros. Doña Delfina acompañada por el bravo comandante Anacleto Medina, el teniente Galarza, y algunas leales, atravesando el Chaco, llegó a Entre Ríos, radicándose en su villa natal, Concepción del Uruguay.

En cuanto al cadáver de Ramírez, sabido es que fué decapitado y su cabeza enviada a López, el cual la hizo remitir al Cabildo de Santa Fe, donde se hizo embalsamar y después, colocada en una jaula de hierro, se guardó en la casa de Gobierno, hasta que al regresar López y a invitación del gobernador Martín Rodríguez, se enterró en el Cementerio de la Merced.

Ver: Biografía de Francisco «Pancho» Ramirez

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Francisco Ramirez y La Defina:Un Amor de Leyenda: Pocas historias cumplen los requisitos de la pasión romántica con la perfección del legendario amor entre el caudillo Francisco Ramírez y su cautiva portuguesa, por todos conocida como «la Delfina». Está presente el héroe que muere joven y la mujer fatal, tan bella como enigmática, que lo lleva involuntariamente a la muerte.

Está también la víctima inocente, Norberta Calvento, la novia abandonada. Es una historia de amor que transcurre en los tiempos y circunstancias más difíciles de la historia argentina y que ha dejado sus huellas en la leyenda popular.

Es 28 de junio de 1839: un día de invierno en Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay). Acaso es también un día de fiesta (aunque amarga y secreta) para Norberta Calvento, la señorita cuarentona que oye, desde la sala, el paso demorado de un ataúd.

Sus ropas de luto no se deben por cierto a la muerta reciente que transita sobre la calle despareja. Desde hace dieciocho años, viste de negro por un hombre que le pertenecía y que esa muerta próxima supo robarle con descaro. Ahora tiene el consuelo de ver pasar, como reza el proverbio árabe, el cadáver de su enemiga.

Tampoco ésa, la extranjera, ha tenido derecho, ni legal ni celestial, a llamarse viuda. “¿Pero es que le habría importado eso a la manceba?”, se tortura Norberta. Las noticias del día siguiente la desalientan por completo.

La Delfina ha muerto a solas, anticipándose al tango, “sin confesión y sin Dios, crucificada a su pena, como abrazada a un rencor”. Nada debió de inquietarle la bendición de un fraile a la que se animaba a presentarse ante el Supremo de los Supremos tan arrogante y desnuda de toda protección como se había presentado una vez ante el Supremo Entrerriano. Si algo faltaba para cerrar el circulo de un melodrama ejemplar, la misma Norberta se encargaría de proveerlo años más tarde, cuando, por su expreso pedido, sería amortajada con el traje de bodas cosido en vano para su casamiento.

Pocas historias cumplen, en efecto, los requisitos de la pasión romántica con la perfección del ya legendario amor entre el caudillo Francisco Ramírez y su cautiva portuguesa, por todos conocida como La Delfina. Hay un héroe indiscutido (Ramírez) que, como deben hacerlo los amados de los dioses, muere joven; hay una mujer fatal (Delfina), tan bella como enigmática, que lo lleva involuntariamente a la muerte. No faltan dos personajes secundarios que completan el episodio:

una víctima inocente de la gran pasión (Norberta, la novia abandonada) y un presunto traidor al héroe, por ambición y celos (el entonces coronel Lucio Norberto Mansilla). Se trata de un amor entre enemigos, y también entre un Príncipe y una Cenicienta. Un amor que ignora bandos y jerarquías, que rompe convenciones, que lleva su desafío hasta el último extremo.

El héroe. Ramírez era hijo de familia decente, de recursos. Su padre, Juan Gregorio, paraguayo, marino fluvial y propietario rural; su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, dueña también de algunos campos. Leandro Ruiz Moreno sostiene que por la rama paterna se hallaba emparentado con el marqués de Salinas, y por la materna, con el virrey Vértiz y Salcedo.

Más allá de estos encumbrados antecedentes, lo cierto es que Francisco Ramírez fue ante todo hijo sobresaliente de sus propios actos. Pasado ya el furioso fervor liberal y porteño contra los caudillos provincianos, que animó, entre otros, los textos de Vicente Fidel López, bien pueden verse hoy en esos actos también virtudes cívicas y civilizadoras no reconocidas antes, como ocurre con la ley de enseñanza primaria obligatoria, la fundación de escuelas, los avances en la institucionalización política de la Mesopotamia argentina.

Pero para la construcción del mito no son tales aportes, sin duda encomiables, los que cuentan. Desde su temprana actuación, a los veinticuatro años, como chasqui de la Independencia, en los albores de la Revolución de Mayo, lo que distingue a Ramírez entre otros es su clarividente valentía y la suerte prodigiosa que acompaña sus empresas. Sabe disciplinar a los propios, emboscar y sorprender a los ajenos.

Es él quien arrea todo el ganado que encuentra al paso, y se acerca a Buenos Aires, envuelto en polvo, fragores y bramidos, desconcertante, temible, sin que se sepa cuántos hombres comanda realmente. Es él quien ordena el cruce del Paraná, de noche, y hace nadar a los soldados gauchos asidos a la cola de los caballos para tomar, al día siguiente, la ciudad de Coronda.

El, también, quien vence siempre, aun con tropas diezmadas; quien confunde el sendero del enemigo, o lo apabulla con un coraje ostentoso, hasta la última y definitiva batalla, que será también su primera derrota.

Cuando conoce a Delfina aún es aliado del santafecino Estanislao López y de Gervasio Artigas, en contra del Brasil y de Buenos Aires. Después de ganar en Cañada de Cepeda, en 1820, López y Ramírez entran en la ciudad del Puerto, pero no abusan de su triunfo. Su escolta es reducida y no se muestran proclives a la exhibición afrentosa ni a las indiscriminadas represalias (Ramírez acaba de perdonarle la vida a su primer jefe, el director supremo Rondeau, a quien descubre oculto en unos pajonales). Su único gesto de barbarie (o, simplemente, de afirmación victoriosa) es atar sus caballos a las rejas de la Pirámide de Mayo. Suscriben, con Buenos Aires, el Tratado del Pilar, a costa, para Ramírez, de un nuevo enemigo:

Artigas, que le declara la guerra por no haber sido consultado a tal efecto.

Aunque el caudillo oriental sale perdedor en la contienda, pronto el entrerriano se encontrará completamente solo: en 1821, roto el Tratado del Pilar, López pacta con Buenos Aires, que ya tiene otros gobernantes. Podría decirse, sin embargo, que la soledad de Ramírez es la de la gloria, o la que le decreta la envidia de sus rivales.

Por un abrumador plebiscito, Don Poncho es consagrado gobernador supremo de la República Entrerriana, que reúne las actuales Entre Ríos, Corrientes y Misiones. ¿Un reino propio, como aventura el poeta Enrique Molina? Sólo en algunas exterioridades fastuosas, porque El Supremo piensa en constituciones modernas, sin monarcas. Esto no le impide entrar en Corrientes con esplendor: bien vestidos (ha mandado hacer uniformes para todos sus hombres en Buenos Aires) él, los suyos y La Delfina, que gasta traje de oficial y chambergo con la misma pluma de avestruz que rubrica el escudo de la nueva república.

En las galas de sociedad Delfina, no obstante, sabrá cambiar el chambergo por las flores y la peineta, y el sable por el abanico. Luego, en el campamento de La Bajada, donde habrá bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras y hasta corridas de toros, dejará el abanico por la guitarra en la que —dicen— es diestra. Hacen bien en multiplicar expansiones y dispendios. Aún no lo saben, pero a su pasión pública le quedan pocas horas de fiesta.

La mujer fatal. La Delfina es un personaje definido mucho más por las incertidumbres que por las certezas. Ni siquiera se sabe si Delfina corresponde a un nombre o a un apellido (se la ha llamado también María Delfina). Su origen familiar, su posición social, han sido objeto de fluctuaciones similares:

si unos la creen hija bastarda de un virrey brasileño, otros la suponen humilde recogida por una familia estanciera. Hay quien dice que marchó a la campaña contra Artigas siguiendo, fraternalmente, a un miembro de esa misma familia, mientras que otras voces menos corteses la toman por ramera, o la hacen amante de algún oficialito. Hasta su belleza (de consenso indudable) está signada por lo impreciso.

Como ocurre con Francisco Ramírez, nadie sabe a ciencia cierta si fue rubia o morena, blanca o mestiza. Alguno (el poeta Molina) le atribuye voz de sirena criolla y destrezas musicales. No se sabe si alcanzó también el desahogo de expresarse en letra escrita. Criada en el campo, en Río Grande do Sul, acaso ni siquiera haya cursado la enseñanza primaria, la única que se les impartía incluso a los varones, aunque fuesen hijos de familias acomodadas, como el propio Ramírez.

Otro rasgo de La Delfina es indiscutible: era una mujer valiente de puertas afuera (porque también hubo muchas y anónimas guerreras domésticas que en las más duras adversidades sostuvieron, ellas solas, sus familias). Su valor era llamativo, exhibicionista. Amaba los uniformes vedados a su sexo y los lucía, según parece, con gallardía inolvidable. No eran sólo una forma elegante de travestismo, sino verdadera ropa de trabajo: acompañó a su Pancho como oronela del ejército federal en todas las batallas, aunque esa dulce compañía le significó a su amante la muerte. Delfina aparece en este sentido como contrafigura de otra guerrera: doña Victoria Romero de Peñaloza, más eficaz que ella en las lides militares, y que por salvar (con éxito) a su marido, el Chacho, recibió la herida en la frente inmortalizada por la copla popular.

Es probable que «la Delfina» (1800-1839) fuera hija de un virrey portugués en Brasil.Sin embargo, también se dice que se trata de la porteña Delfina Menchaca, apodada «la Portuguesa».

Delfina era coronela, vestía el uniforme militar y acompañó constantemente al caudillo Francisco Ramírez, ejerciendo sobre él una gran influencia. Precisamente, Ramírez murió por la defenderla en la Batalla de Río Seco (provincia de Córdoba).

¿Por qué, siendo su cautiva y virtual esclava, se enamoré de Ramírez, y por qué éste, dueño todopoderoso, la convirtió en reina sin corona? Mucho se ha escrito sobre el estado de cautiverio femenino: crónico y también fundacional en la especie humana, donde el sexo, con el extraordinario poder de gestar y reproducir (y por ello reducido a la subordinación y el control), fue siempre botín de las guerras y prenda de las alianzas. Susana Silvestre, en su iografía amorosa de la singular pareja, dedica páginas lúcidas a la historia de las cautivas rioplatenses, mediadoras, con su cuerpo, entre dos mundos.

Podemos suponer que a ella no le fue difícil dejarse encantar por Ramírez, hombre joven, en el cenit de sus talentos y de su buena estrella, cuyo carácter “despejado y audaz, amplio y prestigioso”, con algo de artista”, es reconocido incluso por Vicente F. López. Las prendas personales del caudillo y la oportunidad de un fulgurante ascenso hacia el poder y la gloria, marchando y mandando a su lado como si fuera un hombre, debieron de mezclársele en una irresistible combinación afrodisíaca.

Y Ramírez, ¿qué vio en Delfina?

Para que una modesta cuartelera presa lograra encadenar a un varón que podía disponer de todas las mujeres, y hacerle olvidar sus serios compromisos matrimoniales con la hermana de un amigo íntimo, debió de ser algo más que un cuerpo atractivo y una sensualidad bien dispuesta. Dulzura (la de la música, la de su lengua madre) habría, sin duda, en ella; no la pasividad o la excesiva facilidad, que matan el deseo.

Cautiva, pero brava seductora; sin remilgos, aunque orgullosa en su indefensión, seguramente supo darse exigiendo, y ganó la batalla con Ramírez desde el primer encuentro, cuando el placer total, correspondido, borró la asimetría entre vencedor y vencida, y los dos fueron, uno del otro, prisioneros.

El traidor. En todo humano paraíso hay una serpiente, y ese papel parece tocarle aquí a don Lucio Norberto Mansilla Lucio Norberto Mansilla, futuro padre de Eduarda y de Lucio y., entonces un joven coronel porteño con mundana cultura y sólidos conocimientos técnicos que puso, durante un tiempo, al servicio de Ramírez. Horacio Salduna, biógrafo del Supremo Entrerriano, le achaca a Mansilla la responsabilidad mediata de su catastrófico final.

Los dos hombres habían entrado en contacto durante las hostilidades entre Artigas y Ramírez, después de 1820. Mansilla colabora con sus trescientos cívicos y queda sellada una amistad marcial que no será duradera. Cuando Buenos Aires y López se vuelven contra Ramírez, que prepara —nada menos— una gran campaña con el fin de recuperar el territorio paraguayo para la Argentina, Mansilla se echa atrás, argumentando que no desenvainará la espada contra su ciudad de nacimiento. Ramírez acepta esta disculpa plausible, aunque le solicita que al menos conduzca a la infantería desde Corrientes hasta Paraná. Mansilla acata, pero no cumple. Su defección priva a Ramírez de las fuerzas imprescindibles para enfrentar a López, a Bustos y a Lamadrid y lo precipita hacia la ruina.

Salduna considera premeditada la traición de Mansilla, que se habría comportado desde el comienzo como infiltrado porteño. Buenos Aires y Santa Fe lo ayudarán, luego de la muerte de Ramírez, a coronar ambiciones personales con el cargo de gobernador de Entre Ríos. A la codicia política se habría sumado otra de distinto orden:

Mansilla deseaba, también, los favores de La Delfina, como lo prueba la correspondencia intercambiada con el comandante Barrenechea, al que, ya esaparecido Ramírez, envía—inútilmente— corno celestino.

El final: los testimonios próximos al hecho y la memoria popular sostuvieron siempre que Francisco Ramírez murió en el intento de salvar a Delfina de la partida enemiga que la había echado en tierra y comenzaba a desnudarla. Aunque hubo intentos de atribuir su muerte a otros motivos, se han desacreditado detalladamente estas pretensiones. Después de que muriera, Ramírez fue decapitado y su cabeza, embalsamada, conoció en Santa Fe el escarnio público. Su amada logró volver a Arroyo de la China, donde lo sobrevivió por dieciocho años. Susana Poujol (La Delfina, una pasión) la imagina prisionera (al

final, voluntaria) de la novia olvidada, Norberta Calvento, unidas ambas por el recuerdo y la soledad. Quizá no estuvo tan sola; después de todo (la carta de Barrenechea a Mansilla hace suponer que la cercaba, al menos, un cortejante), pero no se casó ni engendró hijos, y no intentó, tampoco, volver a su tierra natal.

Tal vez en toda esta historia de amor y muerte haya una insospechada ganadora encubierta: Norberta, cuyo deseo, por incumplido, nunca pudo gastarse. Como la Magdalena de El ilustre amor (Mujica Lainez), también, acaso, llegó a la tumba como un ídolo fascinador, envuelta en el vestido blanco de la única que pudo llamarse novia del Supremo Entrerriano.

Biografía de Pedro Goyena Abogado y Político Argentino

Biografía de Pedro Goyena
Abogado y Político Argentino

Nació en Buenos Aires el 24 de julio de 1843, siendo sus padres D. Pedro Regalado Goyena y doña Emilia del Río, ambos porteños. Se educó en la escuela de D. Juan Andrés de la Peña y en el Departamento Preparatorio anexo a la Universidad. Tuvo por profesor de idiomas al sabio Dr. Larsen y a varios sacerdotes franciscanos, lo cual le permitió estudiar a los autores latinos, griegos y franceses en sus fuentes naturales.

Pedro Goyena

En 1866 fue nombrado profesor de Filosofía en el Colegio Nacional de Buenos Aires. El 4 de agosto de 1869 se graduó de abogado y en 1874 fue profesor de Derecho Romano en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de esta Capital, en reemplazo del doctor Ezequiel Pereira. Un año antes había sido elegido diputado por el término de un año al Congreso Nacional.

En efecto, Goyena desde muy jover intervino en la política, pues alrededor del año 1870 se incorporó a la legislatura bonaerense, y luego a la Convención Constituyente, para pasar en 1873 al Congreso Nacional, como queda dicho.

Pedro Goyena fue más que nada un orador, cuyas brillantes cualidades se fueron afinando en el largo ejercicio de la función legislativa y de la cátedra.

Su gran período como orador parlamentario fue, a juicio de Groussac, el que corre de 1880 a 1888, en que ocupó con breve interrupción una banca en el Congreso Nacional y pronunció sus admirables discursos, en las cuestiones del matrimonio civil, en la enseñanza laica, de los recursos de fuerza, etc.

Miembro conspicuo del partido católico, fundó en 1882 con José Manuel Estrada y Achával Rodríguez, «La Unión«, cuya campaña de oposición tuvo su época de resonancia. En las columnas de aquel periódico publicó centenares de artículos y sueltos en los que reveló brillantes dotes de polemista.

Con el mismo Estrada fundó, además, «La Revista Argentina«, y fue en las columnas de esta histórica publicación que aparecieron casi todos sus estudios de crírica literaria, reeditados después en forma de libros. En 1881, a raíz de la muerte de Félix Frías, escribió y publicó una extensa biografía de este insigne ciudadano.

Con Mitre y Avellaneda, Goyena consagró su vida a las letras y a la política, musas hermanas. Escribió poco, sin embargo, lo publicado por él mismo y sus páginas inéditas, parecen el bosquejo de una labor que hubiera querido aplazar para el tercio maduro de su vida.

Su prosa, corta en imágenes, tiene la fluidez de su oratoria, la claridad de su inteligencia, el calor de sus sentimientos y la pureza de sus gustos. Hombre de hogar y de castas pasiones, buscó la forma musical del verso para arrullar el alma que se había identificado con la suya.

El verso dedicado «A Eduarda», que se transcribe a continuación, revela sus sentimientos afectuosos a su compañera:

«A EDUARDA»
Dicen los sabios que la blanca luna
las aguas mueve del tranquilo mar;
y una mirada de tus ojos,
una, el mar de mi alma consiguió agitar.

Esa mirada fué para mi vida
un rayo puro de ferviente amor,
sobre la áspera senda obscurecida,
por las sombrías nubes del dolor.

Mis esperanzas todas renacieron,
brotar sentí de nuevo la pasión,
cuando tus ojos bellos me dijeron:
no dejes, no, morir tu corazón!

«Coronas de azahares y violetas», dice Estanislao Zeballos, poema breve del hogar traduce el sosiego y las infinitas ternuras de su alma. El orador descolló sobre el literato, porque su obra fue más amplia.

La enseñanza que dictó en las cátedras y su elocuencia parlamentaria son un acontecimiento nacional. Era hombre de Estado en la amplitud de la palabra, aunque tal condición le haya sido negada como recurso de combate, por algunos de sus altos adversarios. Sus discursos en el Congreso y sus opiniones virilmente expresadas en algunos consejos de Gobierno, son pruebas indiscutibles.

Una desviación, una leve condescendencia, lo habría llevado al poder, pero él quería llegar a las alturas con su mtegiidad moral. Todos sus discursos durante la revolución del 80 están impregnados de nobilísimo sentimiento nacional.

Cuando Avellaneda estaba rodeado en la Casa de Gobierno por fuerzas hostiles de Buenos Aires, Goyena llamado a los «acuerdos memorables de febrero de 1880, estuvo resueltamente con la Nación: «Yo no había salido jamás de Buenos Aires! Mi corazón sangraba. . .La justicia está de parte de aquellos contra quienes luchan los partidos de Buenos Aires. ¡Mi país es toda la Nación Argentina!«, expresó en el movimiento oratorio de 1882.

No fue localista pero fue metropolitano: sentía la influencia absorbente que la gran Metrópoli del Plata era la ciudad nacional por excelencia de los argentinos, y él mismo lo reconocía y defendió su federalización. Era más bien una hegemonía moral.

En Buenos Aires estaba la fuente principal de las ideas, de la experiencia gubernativa de las fuerzas económicas; de ella partirían las iniciativas de progreso, de orden y de libertad, y los hombres que más directamente representaban la cultura de la Capital debían gobernar la República.

Nadie admiró más sinceramente a Vélez Sársfield, a Sarmiento, a Alberdi, a Avellaneda, a Rawson, que Goyena. Sostenía el predominio de las influencias metropolitanas, aún cuando ellas estuvieran encarnadas en provinciatos, Goyena ha muerto cuando empezaba la jornada substancial de su vida política, como el árbol cargado de yemas, que abate el huracán. Era un baluarte extraordinario, un patriota abnegado, un creyente fervoroso, y un hombre puro. Su carácter fue más grande que su obra.

Como periodista, colaboró en «El Bachiller», «La espada de Lavalle», «La Guirnalda’ , «La Religión», «Las Novedades», «La Paz», «El Correo del Domingo», «La República», «La Libertad», «La Nación Argentina», «El Nacional», «La América del Sud» y algún otro diario o periódico más.

Hábil polemista, sostuvo en la prensa famosas controversias con Sarmiento, Juan Carlos Gómez y otros publicistas. Como profesor de Filosofía y Derecho Romano, descolló por su vasta preparación y por su bondad ingénita en el desempeño de esta última cátedra, que regenteó por espacio de 18 años, es decir, hasta el momento de su infausta muerte.

Católico ferviente, defendió la doctrina de la Iglesia en la Convención Constituyente de 1870-73, y la escuela cristiana en el Colegio Nacional al discutirse la ley de educación común el año 1883, como también la del matrimonio civil.

Goyena perteneció a una generación de románticos y él fue en el fondo también un romántico. No solo hablaba y escribía con pureza y brillantez, sino que esculpía el período y la frase; el más delicioso y espiritual de nuestros geniales conversadores, que tanto bueno produjo y que sin embargo, creyendo no haber hecho nada digno de él, se preparaba a hacerlo «recién» en la última época de su relativamente corta existencia.

El Dr. Pedro Goyena falleció en San José de Flores, el 17 de mayo de 1892. En su sepelio, el Gobierno y el pueblo le tributaron un grandioso homenaje. Había contraído matrimonio en Buenos Aires, el 7 de noviembre de 1874, con doña Eduarda Gari, porteña, de 22 años; hija de Dionisio Gari y de Mercedes Cuntin, ambos nacidos en esta ciudad; la que falleció en ésta, el 30 de enero de 1918, a los 67 años de edad.

En 1917, la biblioteca «Cultura Argentina» publicó en un volumen intitulado «Crítica literaria«, diez de los mejores trabajos de Goyena, del cual puede afirmarse que pocos críticos argentinos han tenido más claro concepto de la misión del crítico literario.

El Dr. Pedro Goyena tuvo destacadísima actuación parlamentaria en la discusión de la Ley Nº 1420, de Educación Común, especialmente en las sesiones de la Cámara de Diputados de los días 6 y 11 de julio de 1893, en las que defendió el proyecto de la comisión de Culto e Instrucción Pública.

Formuló la afirmación de que la relgión católica es la religión del Estado, fundándose en disposiciones de la Constitución. Agregó que el pueblo argentino es esencialmente católico, afirmando que San Martín y Belgrano profesaron esa religión. «La enseñanza no puede ser neutra, expresó; ese término es solo un eufemismo: el verdadero calificativo del Estado que «prescinda de la religión es la palabra ateo».

Goyena defendió con tanto calor el proyecto de referencia, que quedó pronto aprobado, siendo rechazado el presentado por un grupo de diputados.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Tomas Godoy Cruz Gobernador de Mendoza

Biografía de Tomás Godoy Cruz – Gobernador de Mendoza

Nació en Mendoza el 6 de marzo de 1791. Fueron sus progenitores Clemente de Godoy Videla y Nicolasa Cruz y Méndez, mendocinos. Como la mayor parte de los hombres que figuraron en esa época, Godoy Cruz pasó a Chile para completar en la Universidad de San Felipe sus estudios: bachiller de filosofía el 28 de abril de 1810, lo es de sagrados cánones y leyes el 4 de febrero de 1813, año en que el cabildo de Santiago lo eligió síndico procurador.

Un año después regresó a su provincia y desde el primer momento reveló el gran patriotismo que alimentó su espíritu selecto: uno de sus primeros actos fue la cesión de su casa para establecer en ella la fábrica de pólvora que estuvo a cargo de Alvarez Condarco.

Godoy Cruz  Tomas

Sus cualidades correctas e inteligentes las demostró desempeñando en 1815 el cargo de Síndico Procurador del Cabildo de su ciudad natal. Al año siguiente le cupo la honra de representar a la provincia de Mendoza en el memorable Congreso General Constituyente que se reunió en la ciudad de Tucumán, una de cuyas primeras preocupaciones, por no decir, la principal, fue preparar los ánimos para declarar la independencia de las Provincias del Río de La Plata, ejerciendo en varios períodos la presidencia de aquella Magna Asamblea hasta las postrimerías de su disolución, que acaeció a comienzos de 1820, después de Cepeda.

En su carácter de representante mendocino le cupo el honor de extender su firma en el Acta del 9 de julio de 1816, por la cual se proclamó la independencia política de las Provincias Unidas de la América del Sud. Fue diputado al Congreso hasta el 11 de agosto de 1819, fecha en que fue admitida la renuncia de su cargo.

Fue Godoy Cruz un leal defensor en el seno de aquella memorable Asamblea de este trascendental acto político, en conformidad con las vehementes insinuaciones en tal sentido, de San Martín y de Belgrano. Su palabra se escuchó en muchas oportunidades en el recinto del histórico Congreso.

Interviene y propicia el acercamiento de San Martín y Pueyrredón, que se entrevistan en Córdoba en julio de 1816, resolviendo poner en ejecución los proyectos del primero para libertad Chile y el Perú, afiazando al mismo tiempo la independencia de la República Argentina, empresa monumental que el Héroe de los Andes ejecutó con habilidad suma, coronada de pleno éxito.

Ocupó la vicepresidencia del Congreso: en agosto de 1816, y en mayo de 1818; y la presidencia: del 5 de mayo al 4 de junio de 1817 y desde el 2 de diciembre de 1818 al 19 de marzo de 1819, este período ya en Buenos Aires.

De regreso a su provincia, Godoy Cruz acompaña al gobernador Luzuriaga en sus fines de buscar el orden y la paz, disturbios que crearon la autonomía de la provincia de Mendoza. Después de los acontecimientos de julio de 1820, Godoy Cruz hizo su entrada en la Capital, el día 29 de aquel mes, ocupando la silla del Gobierno hasta enero de 1822.

Su administración fue laboriosa e ilustrada, fomentando el comercio y las industrias agrícola y minera. Estableció la enseñanza mutua, imprenta y periódicos; organizó un teatro; dio impulso al Colegio de la Santísima Trinidad y se ocupó de la instalación de un congreso general, propuesto por Buenos Aires, para la reorganización nacional.

Fuerzas de Mendoza al mando de los generales Fernández de la Cruz y Bruno Morón dieion alcance a los sublevados del 1º de los Andes, en Jocolí a 10 leguas al Norte de Mendoza, el 2 de agosto de 1820, pero estos no esperaron a sus aaversarios y se declararon en fuga después del coito ataque que les llevó el comandante Cajaraville con la vanguard.a de las tropas legales. El coronel Corro se dispersó, fugando con muy pocos de ios suyos hasta La Rioja. Nuevamente invadió la provincia de Mendoza en enero de 1821 y entonces el propio Godoy Cruz marchó a su encuentro, llevando como 2º al coionel Morón: el 1º de febrero obtenía la completa destrucción de su enemigo.

Con motivo de las correrías de José Miguel Carrera, Godoy Cruz alistó fuerzas para rechazar la invasión, las que fueron puestas bajo el mando del general José Albino Gutiérrez, las que derrotaron al famoso caudillo en el iugar llamado Punta del Médano, el 31 de agosto de 1821. La gente de Carrera fue fácilmente derrotada y se pronunció en dispersión, cayendo su Jefe con algunos de sus acompañantes en poder de su enemigo. El gobernador Cruz tomó medidas radicales contra el caudillo rebelde prisionero, el cual fue condenado a muerte y ejecutado el 4 de septiembre del mismo año.

Esta acción del gobierno de Godoy Cruz fue premiada por el gobierno de Chile, que le extendió despachos de brigadier graduado del ejército de aquel país y a la vez le acordó el diploma de la «Legión del Mérito». Iguales premios le fueron acordados al general Albino Gutiérrez, vencedor de Carrera.

Una conspiración que D. Francisco Aldao había preparado contra el gobierno de Godoy Cruz, fue felizmente descubierta el día antes del destinado para ejecutarla, habiéndose conseguido el sofocarla ente.amenté por medio de providencias rigurosas; pero Godoy Cruz que por repetidas veces había solicitado su separación del mundo, hizo, a consecuencia de este suceso, que consideró precursor de otros análogos, su inmediata renuncia, siendo reemplazado por Di Pedro Molina en enero de 1822.

Adicto al partido unitario fue un entusiasta campeón de la organización nacional y en el mismo año 1822, marchó a Buenos Aires representando al gobierno de Mendoza para convenir sobre la unión de las provincias y sobre el paraje donde debía instalarse el Congreso Constituyente para tratar de la constitución del Estado, y también la forma de gobierno a darse a estos pueblos, pero estas iniciativas fracasaron y Godoy Cruz regresó a Mendoza, después de haber comunicado desde Buenos Aires al gobernador Molina, por nota de 30 de julio de 1822, el fracaso total de su misión.

Miembro de las sociedades Lancasteriana y de Minería, les dedicó todas sus energías. Diputado en 1825 a 1827, fue también Presidente de la Legislatura .

Después de la batalla de Oncativo, a raíz de haber abandonado el Gobierno de la provincia de Mendoza el titular Pedro Moiina, el 7 de abril de 1830 se dio la dirección gubernativa a Godoy Cruz, a quien el día 10 el coronel Videla Castillo le encargó nuevamente de la administración de la provincia hasta el día 30 del mismo mes, en que por haber sido elegido titular el día 28 el propio Videla Castillo, se recibió del cargo, nombrando a Godoy Cruz su ministro general.

Durante el período de su administración son muchas las reformas implantadas para establecer varias instituciones que cooperasen al progreso, tanto en lo comercial como en la enseñanza, creando escuelas y haciendo funcionar de nuevo la biblioteca, organizando con personal idóneo la adminis-eración de Justicia y la policía, y en esa época, Calle, Correas y Gualberto Godoy fundaron los periódicos «El Nuevo Eco de los Andes» y «El Coracero» .

Se preocupó de la maestranza para armas y municiones, del cuidado de la frontera y para hacer ésta más segura, hizo fundar el Fuerte San Carlos.

La invasión de Facundo Quiroga en marzo de 1831, que derrotó a Videla Castillo en el Rodeo de Chacón el día 28 de aquel mes, impuso a Godoy Cruz la emigración a Chile.

Perseguido y confiscados sus bienes, se le acusó igualmente de complicidad con los indios en la acción del Chacay, el 11 de junio de 1830, lo que obligó a Godoy Cruz a publicar documentos que le vindicaban de tal acusación, en forma de un folleto que vio la luz en Santiago de Chile, en 1833.

En Chile debió ejercer el magisterio para allegarse fondos para atender su subsistencia, en el famoso colegio dirigido por el mendocino Manuel Zapata, en Santiago; y en 1839 publicó un tratado de geografía.

En 1841 formó parte de la «Comisión Argentina» presidida por el general Las Heras. Entregado, igualmente, a trabajos de minería en Uspallata y en Copiapó, no prosperó y dedicóse entonces a la cría de gusanos de seda, que reputaba sería de grandes beneficios para la riqueza del país, y por ello, en 1838 publicó un folleto titulado «Manual para la cría del gusano de seda y de cochinilla», que distribuyó en Mendoza, así como también de la planta de la «Morera Multicaulis«, para que la propagasen con profusión para la alimentación del gusano de seda, cuya semilla les prometió a sus comprovincianos para tiempo oportuno.

Al general Aldao le presentaron un poncho tejido, un pañuelo de mano y otros objetos, no vacilando aquel en hacerlo llamar a Mendoza, pese a la antipatía que le «tenía a Godoy Cruz por haber desterrado en 1821 a su hermano Francisco por haber estado complicado con Carrera en los sucesos de entonces.

Godoy Cruz prestó gran interés a aquella rama industrial en su provincia. Desgraciadamente un ataque de apoplegía, el 15 de mayo de 1852 le produjo la muerte, cuando su naturaleza vigorosa aún podía prestar buenos y recomendables servicios a la Nación. Precisamente en los momentos de su muerte repentina, se aprestaba a tentar el cultivo del té. Vemos pues, en Godoy Cruz, a un hombre de múltiples actividades públicas.

Casó en Mendoza el 31 de julio de 1823, con María de la Luz Sosa, hija de Joaquín Sosa Meló y de Francisca Javiera Corvalán y Rozas; la que murió en el terremoto de Mendoza el 20 de marzo de 1861.

El padre de Godoy Cruz, D. Clemente Godoy, había nacido en Mendoza a med1ados del siglo XVIII y fue una personalidad destacada, que había desempeñado altas funciones públicas. Fue alcalde de 1er. voto y cabildante en su ciudad natal. Cuando se recibió en esta última la noticia de la victoria que acababa de obtener el genera! Quiroga en el «Rodeo de Chacón» contra Videla Castillo, el 28 de marzo de 1831, el venerable anciano D. Clemente Godoy, de más de 70 años, se dispuso a partir para Chile, y teniendo todo listo, en el momento en que ponía el pie sobre el estribo para montar su cabalgadura, cayó muerto repentinamente. La muerte, más piadosa que ios hombres, le evitó las amarguras del destierro.

El Dr. Tomás Godoy Cruz, siendo diputado al Congreso Nacional, en las sesiones del 8 y del 12 de junio de 1818, defendió sus ideas del proteccionismo y libre cambio que han preocupado a todas las naciones civilizadas desde que Adán Smith lanzó al mundo su teoría libre cambista.

Godoy Cruz sostuvo de que los gravámenes sobre los artículos del comercio del interior, en la Aduana de Buenos Aires, como en las demás fomentaban las rivalidades provinciales, y que entre provincias que constituían una sola nación bebían proscribirse todas las trabas que dificultaban la circulación de sus productos en el interior. El más recio impugnador al proyecto de Godoy Cruz fue el Dr. José Severo Malabia. Finalmente fracasó aquel, pues sus ideas fueron rechazadas por el Congreso.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Manuel García Abogado Diplomatico Argentino

Biografía de Manuel García – Abogado Diplomático Argentino

Bautizado en Buenos Aires el 8 de octubre de 1784. Fueron sus padres, el coronel Pedro Andrés García y Clara María Coelho de Ferreyra. Inició sus estudios en el afamado Colegio de San Carlos, terminando su carrera de Leyes, en la Universidad de Chuquisa-ca, en 1804. De regreso a Buenos Aires, ejerció la abogacía hasta 1807, en que con motivo de la segunda invasión británica, el Dr. García empuñó las armas para defender su ciudad natal, haciéndolo en calidad de capitán de una compañía de infantería.

El Virrey Liniers lo designó poco después subdelegado de Pasco, en la provincia de Potosí, de donde pasó a la delegación de Chayanta, puesto que desempeñaba cuando estalló la revolución emancipadora del 25 de mayo de 1810, en la que se alistó, siendo nombrado en 1812, miembro de la Municipalidad de Buenos Aires. Poco tiempo después se le confió el cargo de secretario de Hacienda del Cabildo de Buenos Aires, que renunció al año siguiente, para incorporarse al Consejo de Estado, en calidad de vocal.

Manuel Garcia diplomatico argentino

En 1814 fue nombrado agente diplomático del gobierno de las Provincias Unidas ante el gabinete de Río de Janeiro, misión que desempeñó hasta el año 1820: se adoptó al ambiente de aquella Corte, y no fue jamás un obstáculo para el avance de los portugueses en todos los órdenes, en lo referente al país que representaba el Dr. García.

Debido a su incomprensión del momento y del medio, consideró más conveniente la ocupación militar de la Banda Oriental por los portugueses, que la libre acción de Artigas. Contribuyó así a debilitar la acción del Directorio de Pueyrredón y a extraviar la política del Congreso de Tucumán. Fue el que dio curso a las ideas de Alvear, Director Supremo, de buscar el protectorado inglés como un medio para armonizar la desinteligencía anárquica de las Provincias del Río de la Plata.

El gobernador de Buenos Aires, general Martín Rodríguez, en nota de de agosto de 1821, comunica al Dr. García su nombramiento de Secretario de Hacienda de su Gobierno. En este cargo reveló grandes dotes de financista, las que se tradujeron en múltiples iniciativas beneficiosas para las finanzas nacionales.

El 4 de septiembre del mismo año enviaba a la Legislatura un mensaje, exponiendo el plan general de reforma administrativa y financiera en que estaba empeñado, en el que expresaba, entre otras cosas: «El gobierno organizará tres únicas oficinas de la Provincia para la administración, conservación y recaudación, de las rentas públicas.  Las contribuciones todas formarán una sola masa y de ella se pagarán todos los gastos ordinarios y extraordinarios que la representación decrete. Este plan recibirá su perfección con el establecimiento de un Juzgado de Cuentas, cuyos individuos siendo nombrados por los representantes de la Provincia, serán independientes en el ejercicio de sus funciones. Entretanto una comisión escogida entenderá en las cuentas rezagadas desde el año 1810».

La Junta de Representantes contestó el mensaje del Ministro, imponiéndose con satisfacción de los planes financieros esbozados por éste.

Por la ley del 22 de julio de 1822 se concedió a una sociedad privada que se proponía establecer un Banco, la gracia de que por el espacio de 20 años no podría existir una institución análoga: de ella nació el Banco de Descuentos. Por la ley de 19 de agosto del mismo año se facultó al gobierno para negociar dentro o fuera del país un empréstito de 3 ó 4 millones de pesos valor real.

Este fue el primer empréstito exterior argentino. El 19 de diciembre de 1822 se sanciona la primera ley orgánica impositiva del Estado, aunque breve y sencilla. En los años que siguen, aparece el ministro García subscribiendo diversos decretos destinados a poner orden y a sistematizar la economía pública.

Así el del 14 de septiembre de 1824, prohibiendo a los impresores y grabadores, imprimir y grabar sin permiso especial del gobierno, papel alguno que pueda considerarse destinado a circular como moneda, dentro o fuera de la Provincia, y considerando a los infractores como cómplices de falsificación de moneda; el decreto de 25 de febrero de 1825, resolviendo y encomendando «la recopilación de todas las leyes y resoluciones generales que se hayan expedido desde 25 de mayo de 1810. hasta la época, designando una comisión de 5 miembros, encargada de la dirección y manejo de los fondos del primer Empréstito exterior argentino», levantada en Londres por la Provincia de Buenos Aires.

Y el 2 de febrero de 1825 subscribe en representación de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el histórico tratado de amistad, comercio y navegación con la Gran Bretaña. En el mismo año, García prestó su máximo apoyo a los revolucionarios orientales encabezados por Lavalleja, cuyo representante en Buenos Aires, D. Pedro Trapani, mantuvo activa correspondencia con el primero  de los nombrados.

El Dr. García, en su calidad de Ministro, refrendó el Decreto extendido por el general Las Heras, el 8 de febrero de 1826, poniendo en posesión de la Presidencia de la República al ilustre estadista Don Bernardino Rivadavia. Al escalar la más alta magistratura del país, este último ofreció al Dr. García la cartera de Relciones Exteriores. Rivadavia creyó, quizá, en que mantendría con él solidaridad o tal vez, rindió culto al juicio general que señalaba al Dr. García como un hombre produente y sagaz.

El hecho es que este último no quiso prestar su colaboración a Rivadavia, el cual entonces lo nombró enviado extrordinario al Congreso de Panamá, convocado por inciativa de Bolívar, que también rehusó García. Al año siguiente aceptaba la misión de trasladarse a Río de Janeiro para tratar la paz con el gobierno imperial: el 21 de abril de 1827 salía el Dr. García de Buenos Aires y llegaba a su destino el 7 de mayo.

Allí subscribió el día 24 de este mismo mes, un proyecto de tratado de paz, en el cual violaba fundamentalmente las instrucciones que había recibido del Presidente Rivadavia y el 24 de junio llegaba a la capital argentina y presentaba al Gobierno el proyecto.

La indignación y el estupor que produjo éste en todas partes están claramente explicados por el hecho que el día 25, el Presidente Rivadavia dictaba un decreto en acuerdo de ministros, expresando que el Enviado se había extralimitado en sus instrucciones y se dirigía al Congreso pidiendo el rechazo categórico de aquel proyecto, manifestando que el representante había defraudado las esperanzas generales y declaraba «que el día 24 de mayo se firmó y selló en la Corte del Brasil la humillación, el oprobio y la deshonra de la República Argentina».

El Congreso aprobó la conducta del gobierno y el 27 de junio, Rivadavia renunciaba a la alta investidura que se le había discernido, por medio de un mensaje que hace honor a este eminente ciudadano argentino. Con plena justicia dice el historiador López que las estipulaciones que firmó García no eran un tratado, sino la imposición de la voluntad del Emperador con carácteres de vencedor.

En la «Gaceta» de aquella época se expresó que el proyecto de García: «Destruyen el honor nacional y atacan la independencia y todos los intereses esenciales de la República».

Cuando se iniciaron las tramitaciones entre Lavalle y Rosas para restablecer la paz, en 1829, el Dr. García, conjuntamente con el general Félix de Alzaga y el Dr. Juan Andrés Gelly, fueron los enviados del primero para abrir el camino a las negociaciones, que llevaron a las convenciones de Cañuelas y de Barracas.

Durante la administración de Rosas, García desempeñó interinamente el ministerio de Gobierno, y el de Hacienda con carácter efectivo, renunciando el 7 de marzo de 1832, siendo nombrado en su reemplazo D. José María Roxas y Patrón. Fue Ministro de Hacienda durante la administración del general Viamonte, desde el 3 de noviembre de 1833 hasta a mediados de 1834. Desde entonces no volvió a tener ingerencia en la vida pública.

El 22 de abril de 1842 elevó una representación al Gobierno proponiendo la construcción de un muelle para el servicio del puerto de Buenos Aires, la que fue pasada a la Legislatura.

El Dictador Rosas ofreció al Dr. García una representación diplomática en el Perú que éste rehusó.

Falleció en Buenos Aires, el 22 de octubre de 1848. Había contraído enlace el 5 de marzo de 1825 con Manuela Juana Isidora Nepomucena de Aguirre, nacida en Buenos Aires y bautizada el 15 de mayo de 1782; hija de Agustín Casimiro de Aguirre Micheo, teniente coronel de los Reales Ejércitos, y de María Josefa Alonso de la Jarrota y de la Quintana.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Domingo French Vida Politica y Militar

Biografía de Domingo French – Vida Política y Militar

Nació en Buenos Aires, el 21 de noviembre de 1774, siendo sus padres D. Patricio French, natural de San Lúcar, acaudalado comerciante en el «barrio del alto» de esta ciudad, instalado con un comercio de harinas cercano a la Residencia — actual iglesia de San Telmo (en la esquina de la calle que en 1765 se llamaba Belén), y doña María Isabel de Urreaga, porteña; habiendo contraído enlace los progenitores del procer en la iglesia de ía Merced, el 25 de mayo de 1772.

Fueron sus abuelos paternos: D. Patricio French y doña Cristobalina de Alcalá; y los maternos: D. Domingo Urreaga y doña Bernardina de Abila. Fue bautizado el 23 de noviembre de 1774 con los nombres de Domingo María Cristóbal, siendo padrinos D. Isidro Balbastro y su esposa, doña Bernarda Dávila de Agüero.

Domingo French

Durante su juventud desempeñó en Buenos Aires el puesto de entregador de pliegos y cartas, por cuyo trabajo podía cobrar por cada entrega «medio real y lo mismo por dos». A pesar de sus pocos años desempeñó misiones de confianza en la Administración de Correos, como fue la de llevar cien mil pesos a Montevideo, por haberse negado a hacerlo un capitán de buque correo.

Se inició en la carrera de las armas en 1806, con motivo de la primera invasión inglesa, interviniendo en la Reconquista el 12 de agosto, correspondiéndole en primer término, según la expresión de Groussac, «la gloria inmarcesible de la jornada«. Por su comportación en aquella épica lucha fue agraciado el 8 de octubre del mismo año con el despacho de teniente del ier. escuadrón de «Húsares».

El 12 del mismo mes parte para la Colonia, a fin de notificar su cesantía al Virrey Marqués de Sobremonte, y por su infatigable celo en el servicio público obtuvo el 9 de abril de 1807 despachos de ayudante mayor con grado de capitán de su escuadrón.

Tomó parte en la memorable Defensa de esta Capital, del 2 al 6 de julio de 1807, y por su actuación, su Jefe, el comandante D. Martín Rodríguez, le encomendó la redacción del parte con el propósito de mandarlo a España, donde se hallaba Pueyrredón creador del cuerpo de «Húsares». French, por Real Orden expedida en Sevilla el 13 de enero de 1809, fue reconocido como teniente de aquel cuerpo.

El 29 de octubre del año 1807 fue promovido al grado de sargento mayor; pasando el 30 de septiembre de 1808 como capitán graduado de teniente coronel, al Regimiento de Infantería del Río de la Plata.

Desde la llegada del Virrey Cisneros, comenzó la ardua lucha de tendencias entre españoles y «criollos», figurando entre los cabecillas de estos últimos, D. Domingo French, el cual se caracterizó en todo momento como inspirado porta estandarte de la acción separatista, manifestando en toda ocasión una señalada preferencia por la constitución de un gobierno democrático para nuestra naciente patria .

Cisneros conoció mucho antes de los días de mayo la conmoción espiritual de los criollos dirigidos con temerario entusiasmo por French con su ya bien ganado prestigio militar, el que celebraba sus reuniones secretas en los domicilios de Rodríguez Peña, Orma y Vieytes con Viamonte, Guido, Beruti y otros.

Este fue el mismo grupo de patriotas que constituyó la «Sociedad Secreta», nervio del principio separatista llamado más tarde morenista. Su oposición al formal propósito de muchos otros encaminado a concederle el gobierno de estas tierras a la princesa Carlota, fue de una heroicidad digna de ser realzada.

Durante todo el invisible proceso que fueron preparando los acontecimientos memorables de los días de mayo, Domingo French tuvo una activísima participación: durante los días 22, 23 y 24 y el glorioso 25, está en todas partes. El mismo Virrey Cisneros protesta el día 21 por la intromisión de los «Manolos» dirigidos por French. En esa fecha se adhiere al voto de Saavedra, diciendo «que se tenga por activo y decisivo» .

hué el más fogoso agitador del pueblo de Buenos Aires: conduciendo la multitud de patriotas llegó a las puertas cerradas del Cabildo, a las que golpea con sus puños, mientras gritaba la frase inolvidable para todo argentino: el pueblo quiere saber de lo que se trata».

También en el primer documento de nuestra emancipación, o sea el Acta del 25 de Mayo de 1810, se destaca la personalidad de French con este sobresaliente y vigoroso detalle: su firma está precedida por esta manifestación de poder: «por mí y a nombre de seiscientos» .

En la mañana del glorioso 25 de Mayo de 1810, conjuntamente con Antonio Luis Beruti, se proveyeron en la tienda de «La Recova», de varias piezas de cintas blancas y celestes, con las cuales fabricaron lazos distintivos: que ambos patriotas se apresuraron a colocar en sus ropas; siendo su acción personal decisiva para resolver a los demás a adoptar aquel distintivo; como también lo fue para decidir las perplejidades del Cabildo .

Es oportuno hacer presente aquí cómo los colores de nuestra enseña patria, desde las invasiones inglesas, fueron fijándose en los uniformes militares de los cuerpos constituidos por nativos. Del general Manuel Belgrano fueron estas palabras: «siendo preciso enarbolar bandera, la mandé ha-«cer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional».

La preocupación dominante en los miembros de la Primera Junta fue la formación de un ejército, y con fecha 27 de junio nombró a French, coronel del Regimiento denominado «América» o «Estrella».

Le correspondió actuar en el trágico final de la resistencia armada que organizó en Córdoba el general y Liniers y sus compañeros de infortunio.

El coronel French, por su energía y lealtad, fue elegido para comandar el triste episodio de Cabeza del Tigre: exigencias ineludibles de la causa emancipadora hicieron necesaria la muerte del héroe de la Reconquista, y así lo comprendió French, al dar la orden de fuego a sus soldados, y cumplir el doloroso deber de descargar su pistola sobre la sien de Liniers; una documentación de origen fidedigno, aprovechada por Groussac en su ya famosa obra, es la aseveración del marqués de Sassenay, cuando narra la ejecución del ex-Virrey.

El párrafo pertinente, en su traducción literal del francés, dice: «Los fusiles se bajaron y French ordenó el fuego. Fue French el que le dio el último tiro descargándole su pistola sobre la frente; triste deber para un oficial que «había llenado de favores y que le debía sus grados militares y su situación política».

French fue, desde el primer momento, de tendencia exclusivamente libertadora . Representó la fuerza militar del grupo civil encabezado por Moreno.

Ya en enero de 1811, con su Regimiento «América» o «Estrella», tuvo la intención de derrocar la segunda Junta e impedir el ejercicio del mando absoluto de Saavedra; apoyando la rebelión. Cuando el movimiento del 5 y 6 de abril de aquel año, French fue separado del mando «a pedido del pueblo», dice un informe del Archivo General de la Nación. Fue confinado a Patagones con otros patriotas.

Con el cambio de gobierno y formación del Triunvirato, el 16 de noviembre de 1811 fue restituido en el mando militar de su regimiento. En abril del año siguiente, se hallaba en La Bajada del Paraná con su cuerpo, pasando al mes siguiente al Salto, y en septiembre al Paso de Vera, en la costa oriental.

Establecido el segundo sitio de Montevideo, el coronel French participó del mismo, mandando su Regimiento N.? 3, ocupando su puesto en la izquierda de la línea sitiadora.

En mayo de 1813 fue desprendido con su cuerpo, alguna caballería de milicias y dos piezas de campaña para expedicionar sobre una montonera que apareció en el Yaguarón, y que tenía su campo atrincherado en Quilombo. Dicha fuerza se componía de criminales y aventureros del Brasil y de la provincia Oriental. En el combate que se libró contra ellos, asaltando French sus atrincheramientos, fue herido el subteniente José María González Echeandía, jefe de las dos piezas de artillería de la división. Deshechos y perseguidos los aventureros, la columna regresó en el mes de julio a la línea sitiadora.

Se halló en la toma de Montevideo, el 23 de junio de 1814, mereciendo la medalla acordada por el Director Posadas a los vencedores. Actuó en la campaña oriental hasta el mes de octubre, en que regresó a Buenos Aires. El 3 de noviembre del mismo año se le extendieron despachos de coronel mayor graduado. Poco después, debido a rivalidades y apasionadas intrigas, el Director Posadas, su primo y cuñado, lo destierra «sin figura de juicio». Posteriormente, el Director Alvarez Thomas rehabilita a French en un documento honrosísimo para su persona, siendo repuesto en su jerarquía.

En aquella época el gobierno decidió reforzar el Ejército del Norte que mandaba el brigadier Rondeau, y al efecto, se organizó una división formada por los Regimientos Núms. 2 y 3 de Infantería y algunos refuerzos de artillería, cuyo comando fue confiado al general French; estando mandados aquellos cuerpos, el primero por el coronel Juan Bautista Bustos y el segundo por el propio French, sumando 1.067 plazas, y una batería de 6 piezas.

El 30 de agosto de 1815 proclamaba en inspirada alocución a las tropas en la Plaza Mayor. Al pasar por Lujan pidió se realizasen oficios religiosos, y durante su celebración, rindió devoto homenaje a la Virgen, depositando a sus pies las banderas de los regimientos, otra conquistada en Montevideo, y su espada. Al pasar por Santa Fe, sacó otros 400 hombres más, según afirma Cervera en su Historia de aquella Provincia. En el mes de octubre llegó a Tucumán.

Pero la hostilidad de Güemes retardó la incorporación de French al Ejército del Norte, que se hallaba en campaña en el Alto Perú: la buena fe y elevada inspiración de French contribuyeron a que no se produjesen conflictos . Por lo extensas no se reproducen las comunicaciones cambiadas entre el último y el primero. Una de French contiene el párrafo siguiente: «Compañero: Yo trabajo y no perdono sacrificio alguno por la libertad de «mi patria; obedezco a mi gobierno; respeto sus órdenes y todo mi afán es «por la unión de todas las Provincias de América y de todos los que soste-«nemos su sagrado sistema».

French, con prudencia, venció la resistencia de Güemes, incorporándose en Humahuaca, el 6 de enero de 1816, a las tropas derrotadas en Sipe-Sipe.

Cuando a mediados de aquel año, el Director Pueyrredón resolvió el relevo de Rondeau por el general Belgrano, siendo French uno de los más decididos partidarios del primero, junto con el coronel Pagóla (según afirma el general Paz en sus Memorias), pensó en ejecutar un movimiento sedicioso semejante al que se había producido en Jujuy el 8 de diciembre de 1814, robusteciendo la autoridad de Rondeau y rechazando a Alvear como general en jefe de aquel Ejército; pero esta vez los ánimos no estaban conformes con la nueva asonada, y el resultado fue que French y Pagóla, el coronel Rafael Hortiguera, el comandante Celestino Vidal y otros, marcharon a Buenos Aires.

El 4 de octubre de 1816 fue dado de baja de las listas del Ejército del Norte, pero el 1 7 del mes anterior había obtenido su licencia y absoluta separación del servicio.

Separado de la carrera de las armas, French tomó participación ardorosa con los opositores a la política directorial; pero juzgándola el Gobierno excesiva y peligrosa, el 3 de febrero de 1817, sin forma alguna de proceso, fueron arrestados: Manuel Moreno, Pedro José Agrelo, Feliciano A. Chiclana, Vicente Pasos Kanki, Domingo French, Eusebio Valdenegro, Manuel Vicente Pagóla y José Moldes, y deportados a los Estados Unidos, con la única excepción del último, que era diputado. Según las noticias que se conservan por tradición, el distanciamiento entre French y Pueyrredón era profundo y no respondía sólo a antagonismos políticos, sino que arraigaba en hablillas de la época.

Permaneció en los Estados Unidos casi dos años, pues en diciembre de 1818 se hallaba de regreso en Buenos Aires, y en una minuciosa relación de sus padecimientos que presentó al Gobierno el 31 de enero de 1822, existente en el Archivo General de la Nación, expresa que no murió de hambre en aquel país, gracias al apoyo que le prestaron varios compatriotas desterrados. El 21 de diciembre de 1818 fue puesto preso en el cuartel del 2.9 Tercio Cívico, desde donde, el 29 de enero de 1819 solicitó que lo mandaran a cualquier parte que fuera del agrado del Gobierno.

Finalmente, el Director Pueyrredón, el 15 de abril del último año, lo repuso en su jerarquía de coronel mayor, y el 23 del mismo mes se ordenó se le abonasen sus sueldos atrasados, declarándosele el de coronel en «clase de disperso», por todo el tiempo que permaneció alejado del servicio.

Revistó por el E. M. G. en Buenos Aires .todo el resto de 1819, y desde enero a abril de 1820, figura en Martín García; pero el 16 de marzo de este último año se le encargó el Despacho de Guerra con carácter interino. El 28 de junio del mismo año, un ejército porteño de 2.000 hombres, al mando del gobernador general Soler, del cual era Jefe de E. M. el gfneral French, fue completamente derrotado en la Cañada de la Cruz por uno de 1.500 montoneros e indios, a las órdenes de Estanislao López, Carlos de Alvear y José Miguel Carrera. French, que mandaba la tercera columna de ataque del ejército de Buenos Aires, se rindió dentro de la Cacada, que estaba vadeando con dificultad, al ser atacado por una fuerza rcemiga encabezada por el coronel chileno Benavente.

Puesto en libertad, French figuró en el Regimiento de Dragones hasta el 1º de octubre de 1820, en que se disolvió; cuerpo en el cual revistaba iesde el 21 de abril del mismo año.

El 16 de octubre del mismo año 1820, el gobernador general Rodríguez, le extendió a French el nombramiento de «Comandante GraL del Resguardo de mar y tierra«, pero renunció a este puesto, quedando sin efecto su designación. Continuó desde el 1º de noviembre en el E. M. G. hasta el 28 de febrero de 1822, en que fue reformado. French, el día 15 de aquel mismo mes, había pasado a revistar por el «Despacho de Guerra».

El general Domingo French falleció en Buenos Aires, el 4 de junio de 1825, y el día 13 del mismo mes, el gobernador Las Heras decretó honores fúnebres y dispuso la erección de un monumento a su memoria.

El 21 de noviembre de 1828, el gobernador Dorrego dio un decreto disponiendo que uno de los tres monumentos funerarios que se habían encargado a Europa, se destinase a conservar los restos mortales del general French.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Fitz Roy Roberto Marino Británico

Biografía de Fitz Roy Roberto Marino Británico

Marino británico. Nació en junio de 1805. Ingresó en la Marina Real en 1819. En 1828, conjuntamente con el capitán King, iniciaron con los buques hidrógrafos de S. M. Británica, «ADVENTURE» y «BEAGLE» su larga y penosa campaña de relevamienío de la costa de una gran parte de la América Meridional, especialmente en su parte austral; desde 1831 a 1836 recorrió las comarcas magallánicas y la obra de este insigne marino es gigantesca: hoy, con los enormes adelantos de la arquitectura naval con respecto a un siglo atrás, admiramos el esfuerzo magnífico realizado por el capitán Fitz Roy para efectuar su dilatado trabajo hidrográfico,, especialmente en la región comprendida entre Isla de los Estados archipiélago de la Tierra del Fuego y la zona Magallánica, donde tan bravíos son los elementos, siempre en pugna con el navegante.

Marino Britanioc Fitz Roy

Por su magnífica obra este esforzado luchador marítimo debía tener una estatua levantada en cada costa territorial de las naciones a las cuales favoreció con sus desvelos y afanes en incorparable trabajo, cuya precisión asombra a un siglo de distancia, al compulsarse entonces los elementos disponibles.

Fitz Roy representó en el parlamento al condado de Durham de 1841 a 1843 y poco después aceptó las funciones administrativas de gobernador de Nueva Zelanda, empleo que conservó hasta 1846. Presidente del Departamento Metereológico del Comité de Comercio de 1855, fue promovido a Contraalmirante de la Armada Real en 1857.

Su salud se hallaba seriamente alterada como resultado del intenso trabajo y de los sacrificios sin cuento que había sufrido; desoyó a los médicos que le indicaban reposo absoluto, con lo cual perdió totalmente sus fuerzas físicas e intelectuales. Este decaimiento físico se sumó a una gran postración moral consecuencia de los acontecimientos que acababan de producirse en América del Norte al terminarse la Guerra de Secesión, pues Fitz Roy era exaltado partidario de los estados confederados del Sud: tal llegó a ser su alteración nerviosa, que sufrió un ataque de locura y se degolló con una navaja de afeitar en 1865, esto es, poco después de la derrota definitiva de los Sudistas.

El almirante Fitz Roy realizó importantes trabajos de carácter astronómico y sus teorías calificadas de utopía en su tiempo, recibieron más adelante consagración amplia, advirtiéndose en sus más fervorosos discípulos a sus más tenaces detractores.

Este insigne marino fue individuo de las sociedades británicas de Geografía, Astronomía, Etnología y Metereología, y aparte de sus trabajos de carácter astronómico ya citados, legó a la posteridad un «Tratado de Metereología» (1861, en 8°), la narración de este   viaje de descubrimientos realizados de 1827 a 1836 (Londres, 1839), interesantísima obra esta última, que fue redactada bajo su dirección, pero Fitz Roy escribió personalmente solamente el 29 volumen, deriéndose el primero a la pluma de su compañero de empeñosos trabajos y rrzobras, el capitán King.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Ver: Historias de la Patagonia

Biografía de Falcón Ramón Coronel Comisario Asesinado por Anarquistas

Biografía del Coronel Falcón Ramón

Nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1855, siendo sus padres D. Ángel Esteban Falcón y doña Paulina Jara. Se incorporó al Colegio Militar, el 19 de julio de 1870, en calidad de aspirante, siendo nombrado el 19 de octubre del mismo año cabo 29 en «comisión», y cabo 1°, el 19 de diciembre de igual año. El 19 de junio de 1871 fue ascendido a sargento 29, y el 19 de diciembre, a sargento 1º.

El 30 de junio de 1872 por su excelente comportación, fue promovido a sargento l9 «distinguido», perdiendo las ginetas, con otros clases, el 6 de mayo de 1873, por haber presentado una solicitud colectiva pidiendo marchar a la campaña de Entre Ríos contra López Jordán. Dos días después, por resolución del Ministerio, era repuesto en su jerarquía dentro del Colegio.

Comisario Coronel Falcon

Egresó como subteniente el 2 7 de octubre de 1873, y en premio a sus excepcionales cualidades, fue nombrado ayudante del Presidente Sarmiento, que se hallaba en campaña en Entre Ríos. De regreso a Buenos Aires, el 5 de septiembre de 1874, pasó a la P. M. A., hasta el 27 del mismo mes, en que fue designado ayudante del coronel Carlos Paz, destacado en Villa María.

Se halló el 5 de octubre en la rendición de Córdoba, cuando esta ciudad fuesitiada por el general Arredondo con las tropas sublevadas; pero habiendo capitulado el gobernador Rodríguez, el coronel Carlos Paz y el subteniente Falcón quedaron de hecho rendidos, hasta que lograron incorporarse al «Ejército del Norte», el día 17, el que se hallaba acampado en Río IV.

Se halló en la batalla de Santa Rosa, el 7 de diciembre de 1874, a las órdenes del coronel Paz, y muerto este Jefe, pasó al mando del general Roca hasta julio de 1875. Por su comportamiento en la acción, fue promovido a teniente 1º con fecha 11 de diciembre. Durante esta campaña, Falcón fue encargado por el comandante en jefe de levantar todos los planos de los campamentos y reconocimientos militares que se hacían, como también el de la batalla de Santa Rosa.

El 23 de julio de 1875 fue nombrado comandante de la la. compañía del 3º de Línea, de guarnición en Río IV, y el 1º de febrero del año siguiente, se hizo cargo de la de cazadores del mismo cuerpo, con el cual se halló en todas las operaciones de guerra que efectuó en la Frontera Sud de Córdoba los años 1876 y 77, y en este último, en la zona Sud de Buenos Aires, en Carhué y Fuerte General Belgrano.

El 13 de julio de 1877 pasó a comandar ía compañía de aspirantes de la Escuela Naval, embarcada en la cañonera «URUGUAY», bajo la dirección del teniente coronel D. Martín Guerrico. Con este buque, Falce’ hizo todos los viajes al Sur que se realizaron con fines de instrucción. El ! 5 de mayo de 1878 ascendió a capitán.
La «URUGUAY» formó división con el monitor «LOS ANDES» y la bombardera «CONSTITUCIÓN», bajo el mando superior del comodoro Enrique Py, marchando en 1878 a desalojar a la escuadra chilena que se había apoderado de aquel puerto, izando su bandera sobre él. Al llegar la división de Py, ya se habían retirado de Santa Cruz. Falcón se halló en este viaje, que duró desde el 13 de noviembre de aquel año hasta el 8 de enero de 1879, en que la ‘URUGUAY» inició el regreso desde aquel puerto, llegando a Buenos Aires el 14 del mismo mes.

Hizo la expedición al Desierto desde Patagones hasta la confluencia del Río Negro con el Neuquén, a órdenes del coronel Martín Guerrico, llegando a Choele-Choel, el 24 de mayo de 1879, lugar de cita ordenado por el Ministro de Guerra y Marina en campaña, general Julio A. Roca. Por su participación en esta campaña recibió la medalla de plata acordada por el Congreso dos años después. Arcendió a mayor el 1º de abril de 1880.

Producida la revolución de 1880, previo pedido de baja del Ejército y de la Dirección interina de la Escuela Naval, acantonada en Belgrano, donde se hallaba instalado el Gobierno Nacional, la que solicitó el 6 de junio de aquel año; pasó a la ciudad de Buenos Aires, a ofrecer sus servicios al Gobierno de la Provincia, que lo nombró jefe del regimiento de artillería que organizó con 24 piezas Krupp que poseía la defensa, y el que tomó parte en los combates de Barracas, Puente Alsina y Los Corrales, el 20 y 21 del mismo mes. Terminada la revolución, el 18 de julio fue dado de baja por el Gobierrio Nacional, situación en la que permaneció hasta el mes de julio de 1883, en que fue reincorporado.

Por decreto del 18 de enero de este mismo año, había sido nombrado por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Comisario Inspector del Batallón «Guardia Cárceles», cargo que desempeñó con permiso del Ministerio de Marina hasta el 1de julio de 1887. El 23 de mayo de este mismo año había sido ascendido a teniente coronel, y pasado a la P. M. A., y en julio había sido nombrado Inspector de Milicias de la Provincia.

En octubre de 1888 fue enviado a Europa en comisión, permaneciendo hasta agosto del año siguiente, pasando en septiembre de 1889 a la P. M. A. en la Marina. El 26 de julio de 1890, habiendo estallado la revolución en el Parque, fue noticiado el comandante Falcón por el general Capdevila, que anticipadamente le había atribuido un mando de fuerzas policiales, cuya concentración debía operarse en la plaza Once de Septiembre.

Al salir Falcón de su casa, a las 4.30 de la mañana, fue tomado prisionero por los revolucionarios del Parque, que estaban emplazando artillería en la esquina de Viamonte y Talcahuano, lugar distante sólo 20 varas del domicilio de Falcón. Permaneció detenido en la guardia de los sublevados hasta que éstos fueron vencidos, no obstante haber hecho todo lo posible para obtener su libertad desde el primer momento .

Falcón continuó revistando en la Armada hasta el 6 de mayo de 1891, fecha en la cual el Presidente Pellegrini dictó un decreto reincorporándolo al ejército como teniente coronel de artillería, accediendo a una solicitud del interesado. El 17 de junio del mismo año pasó a la P. M. A. En este mismo año fue elegido senador de la Provincia de Buenos Aires, con fecha 1º de mayo, cargo que ejerció hasta 1894.

El 17 de octubre de 1893, pasó a revistar en la P. M. A. En julio de este último año había pedido su baja del Ejército por haberle querido obligar el Ministro de la Guerra, Dr. Del Valle, que negase sus servicios militares al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, en víspera de una revolución que estalló el 29 de julio, como es notorio, no obstante ser Falcón, senador con permiso otorgado por decreto del Gobierno Nacional.

Estallado el movimiento, el gobernador de Buenos Aires lo nombró comandante en jefe de las fuerzas, cargo que desempeñó hasta que el mismo Ministro Del Valle se apoderó del Gobierno unas horas después del combate de Ringuelet, el 8 de agosto del mismo año.

El 17 de octubre del mismo año fue reincorporado, pasando a la P. M. A., como queda dicho. Más tarde, con permiso del Ministerio de la Guerra, desempeñó nuevamente el cargo de senador provincial desde el 1º de mayo de 1894 hasta la misma fecha de 1898. El 1º de enero de 1894 pasó a la P. M. D.

Siempre revistando en la Plana Mayor como teniente coronel, el 1º de mayo de 1898 pasó a ocupar una banca de diputado por la provincia de Buenos Aires en el Congreso Nacional, la que ejerció hasta la misma fecha de 1902.

El 1º de mayo de 1902 pasó a servir a órdenes del Ministerio de Marina por haber sido especialmente pedido por el Ministro Betbeder, el que lo adscribió a la Dirección General del Servicio Militar hasta el 22 de julio de 1905, en que volvió al Ejército.

Durante el tiempo que sirvió en la Armada, tomó parte en la confección de un proyecto de reclutamiento especial para la marina, y en otro Reglamento de Disciplina, Honores y Saludos, y en otros trabajos de índole militar.

Tales servicios motivaron una conceptuosa nota del almirante Betbeder, el 23 de mayo de 1906, al Presidente del Tribunal de Clasificaciones, general Carlos O’Donnell.

El 22 de julio de 1905 fue nombrado jefe del Batallón 13º de Infantería de Línea, con asiento en Río IV, en el ejercicio del cual ascendió a coronel el 28 de julio de 1906. El día 30 fue nombrado para presidir un consejo de guerra en aquella misma ciudad, y el 11 de agosto del mismo año, pasó a comandar la 7a. zona de Brigada de la 4a. Región Militar, con asiento en Córdoba. Poco tiempo permaneció en este puesto, pues el 7 de septiembre de 1906 pasó a desempeñar las funciones de Jefe de Policía de la Capital. Desde el 1º de enero de 1907 revistó en la P. M. A.

Es bien notoria la notable habilidad con la cual ejerció el coronel Falcón el importante puesto que se le había confiado . Creó la Escuela de Policía y realizó numerosas mejoras en el servicio, así como también, persiguió tesoneramente a los maleantes y anarquistas. Esta fue la causa de su pérdida.

El domingo 14 de noviembre de 1909 había concurrido con su secretario Juan Alberto Lartigau, joven de 20 años, al Cementerio de la Recoleta, al entierro de D . Antonio Ballvé, gobernador de la Penitenciaría.

Terminada la ceremonia, se dirigió a su domicilio por la calle Callao, y al llegar a la Avenida Quintana, justo a las 12.15 horas del día mencionado, una bomba arrojada por un anarquista, hirió de muerte al Jefe de Policía y a su secretario, falleciendo ambos en el curso del mismo día.

El coronel Falcón era viudo de doña Juana Elizalde.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Fray Mamerto Esquiú Obispo Argentino

Biografía del Obispo Fray Mamerto Esquiú

Nació en Callesita, departamento de Piedra Blanca, provincia de Catamarca, el 11 de mayo de 1826, siendo sus padres D. Santiago Esquiú y doña María Nieves Medina; familia de escasa fortuna, que llevaban una existencia modesta, pero honrada y cristiana.

Esta última característica de su familia fué la causal determinante de su orientación en la vida: a los cinco años de edad vistió el hábito de la comunidad franciscana, entrando a los diez en el convento de aquella orden, establecido en el lugar de su nacimiento. Las primeras letras las aprendió en la escuela de doña Teresa Bravo; en San Francisco estudió latín con fray Ramón de la Quintana, y filosofía bajo la dirección de fray Wenceslao Achával.

Fray Mamerto Esquiu

Desde la iniciación de sus estudios, el niño Esquiú sobresalió entre sus cincuenta y tantos condiscípulos, de los cuales muchos se distinguieron en su vida por su inteligencia y su contracción a sus ocupaciones.

A los 17 años terminó su carrera teológica, cuyos cursos los dirigió fray León Pajón de la Zarpa, siendo designado para ejercer el honroso cargo de Secretario Provincial, ocupando este honorable puesto el Dr. Wenceslao Achával, que murió siendo Obispo de Cuyo.

Antes de cumplir la edad prescripta por los cánones para recibir las órdenes sagradas, fué consagrado por el Obispo Sarmiento, de la Diócesis de Cuyo, dispensándosele la edad que le faltaba llenar. Entró en el noviciado y profesando el 14 de julio de 1842, siendo ordenado el 18 de octubre de 1848.

En Catamarca fué Regente del Convento y profesor de diversos ramos de estudios y en la tribuna sagrada, múltiples veces, se reveló orador de alta escuela, que atraía inmenso auditorio, y producía admiración entre sus oyentes por sus palabras y sus ideas.

Con motivo de la jura de la Constitución de Catamarca, Esquiú predicó un clásico sermón alusivo al acto, que muy pronto recorrió toda la América, llevando la fama de su nombre; y el cual fué reproducido numerosas veces por la prensa nacional y extranjera, con manifestaciones honrosas para su autor, como jamás las recibió ningún sacerdote argentino.

Por aquella brillante pieza pronunciada el 9 de julio de 1853, y por la que pronunció el 28 de marzo del año siguiente, con motivo de la inauguración de las autoridades constitucionales; el Vice-Presidente de la Confederación, Dr. Salvador María del Carril dictó un decreto el 2 de mayo de 1854, disponiendo se hiciera una impresión de ambos discursos, los que debían remitirse «en número suficiente a todas las autoridades civiles y eclesiásticas de la Confederación.»

En 1861, el limo, señor Segura fué designado Obispo de Paraná, y manifestó entonces que no podía desempeñarían alto caigo si no lograba conseguir que el R. P. Mamerto Esquiú ocupase la secretaría. No tuvo más remedio el último que abandonar la comunidad de la orden donde había permanecido hasta entonces, y acompañar al Obispo en sus delicadas funciones; destacándose Esquiú por la rectitud de sus actos y la extensión de sus conocimientos.

Posteriormente regresó a Catamarca, para volver al convento donde había pasado sus años juveniles, y después de un tiempo concibió la idea de buscar asilo en otro convento de más estricta observancia, donde el tranquilo silencio del claustro le permitiera recogerse en el seno del estudio incesante, en su propio pensamiento, en la adoración de Dios.

Al enterarse los catamarqueños de aquella resolución, presididos por sus primeras autoridades civiles, se apresuraron a rogarle desistiera de su propósito, pero todo fué en vano, y Esquiú se dirigió por el camino solitario y escabroso de Bolivia a encerrarse en un convento de Tarija.

Allí permaneció ocho años, tiempo dedicado por completo a la penitencia y al estudio: su alma la consagraba enteramente a Dios, y robustecía y dilataba su fuerza intelectual para practicar el bien en el ejercicio de su sublime apostolado. Pero sus profundos conocimientos iban acrecentando su fama y elo era un obstáculo para que Esquiú pudiera permanecer completamente entregado a sus deberes religiosos y a sus estudios predilectos.

Instado por el Obispo de Sucre para que dictase una cátedra en el Seminario Conciliar de aquel pueblo, tuvo que abandonar el convento de Tanja para dedicarse de lleno a su nueva tarea. Gran parte de la juventud de aquella época aprovechó las ventajas que proporcionaba tan ilustrado maestro, el cual, durante su estada en Sucre, fué el más respetable consejero del Arzobispo, que oía su esclarecida opinión en todos los asuntos difíciles de alguna importancia.

Ocupó también la tribuna sagrada y dio varias conferencias en las Ferias Mayores, donde concurría el pueblo entero, y hasta las más altas autoridades de Bolivia, mereciendo particulares felicitaciones del Presidente de la República y de las personas más ilustres de aquel país.

Por aquel entonces ocurrió el fallecimiento del Arzobispo Escalada: en la terna presentada por el Congreso argentino para llenar la vacante, Esquiú ocupó el primer puesto, y el ilustre prelado respondió al Gobierno de su Patria pidiéndole que se le acordara un corto plazo para consultar con sus padres conventuales la resolución que debiera adoptar.

Muy luego, dirigió Esquiú su renuncia al elevado cargo para el cual había sido elegido, por medio de un documento nutrido de altas consideraciones, que fué especialmente publicado por la prensa argentina y chilena, acompañándole de honrosísimos conceptos. Tal renuncia afianzó en todos los espíritus su reputación de fraile humilde , aún en algunos que antes pensaban que la conducta de Esquiú era enteramente fingida.

El Presidente Sarmiento se vio obligado a nombrar al Obispo de Aulon, Dr. Federico Aneiros, que ocupaba el 2º. lugar en la terna; cuyo 3er. lugar había sido llenado por el Dr. Juan José Alvarez, deán de la catedral de Paraná.

Esquiú, para evitar una insistencia, se ausentó para el Perú, permaneciendo en Lima, para pasar a Guayaquil. Posteriormente se dirigió a Europa, donde pudo con su esclarecido talento, estudiar su civilización y apreciar debidamente la ley fecunda del progreso. El General de la orden, Fray Ber-nardino Aportu Romantino, lo presentó a Pio IX, que lo recibió con visibles muestras de placer sincero, manifestándole su pesar cuando no había aceptado el arzobispado de Buenos Aires.

Después se dirigió a Jerusalén, donde Esquiú pasó algún tiempo visitando los lugares que oyeron el primer acento de la palabra evangélica, y orando sobre los sagrados sitios regados por la sangre de Jesucristo. Pensaba permanecer allí un largo tiempo, pero el General de la orden dispuso su regreso a la República Argentina: Esquiú resolvió fijar su residencia en Catamarca.

A su paso por Santa Fé se demoró en el convento de San Lorenzo con el fin de tomar ejercicios espirituales, y apenas llegó a Catamarca, se hizo cargo de una cátedra de enseñanza.

Al fallecer el Obispo de Córdoba, Dr. Alvarez. Esquiú fué designado en primer término en la teína del Senado argentino para reemplazar a aquel, y el Presidente de la República lo obligó para desempeñar aquella elevada dignidad.

Apenas recibió la comunicación de su nombramiento, Esquiú envió su renuncia, pero el Gobierno no la aceptó y la Diócesis de Córdoba permaneció vacante. En estas circunstancias vino a Buenos Aires el Delegado Apostólico Monseñor Di Pietro Orfarini y después de residir algunos días en esta ciudad, llamó al padre Esquiú.Después de algunas conferencias entre ambos prelados, le ordenó en nombre de León XIII que aceptara el Obispado de Córdoba.

Debió acatar el mandato supremo y algunos meses después, cuando llegaron las bulas pontificias que le acreditaban su nuevo carácter, venía una carta del Pontífice felicitándolo por el honor que había merecido, y asegurándole que sus talentos y virtudes le hacían abrigar la convicción de que desempeñaría honrosamente su cometido en la iglesia de que iba a ser jefe.

Consagrado en Buenos Aires en diciembre de 1880, pronto tomó posesión de su Diócesis. Aquel año, con motivo de la declaración de la Capital de la República, pronunció un discurso en la Catedral de esta ciudad, concurriendo a escucharlo todo lo más notable de Buenos Aires.

Viajando desde Córdoba, el obispo Esquiú murió casi repentinamente, el 10 de enero de 1883, a su regreso de su visita canónica a la provincia de La Rioja, en el lugar llamado Suncho, perteneciente a la jurisdicción de Catamarca, hoy estación Esquiú, del ferrocarril Recreo de Chumbicha. En «El Ambato» y en «El Cruzado» aparecieron numerosos artículos de su pluma sabia y elocuente.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografia Dr. Vicente Anastasio de Echevarría

Biografía Dr. Vicente Anastasio de Echevarría

Abogado y benemérito patriota de la independencia. Nació en la Capilla del Rosario de los Arroyos, hoy ciudad del Rosario, el 28 de enero de 1768, vastago de una familia distinguida, siendo sus padres Fermín de Echevarría, natural de Álava, y doña Tomasa de Acevedo, vecina de la Capilla del Rosario; cuya posición económica desahogada permitió que Echevarría cursase sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos, de Buenos Aires, y continuase posteriormente sus estudios secundarios en la Universidad de Chuquisaca, donde se laureó de Doctor en derecho, habiéndose graduado previamente de bachiller el 18 de enero de 1790.

anastasio ecegverria

Su prestigio, revelado desde su juventud, hizo que en 1807 y 1808, fuera designado por el Virrey Liniers, su asesor primado; el desempeño de este puesto, permitió a Echevarría poner a Belgrano, que era su amigo íntimo, en contacto con Liniers, para inducir a éste a que resistiera la influencia española, desconociendo la autoridad de Cisneros, que acababa de ser nombrado Virrey en su lugar.

Echevarría prosiguió sus funciones de asesor hasta el movimiento emancipador de Mayo. Incorporado decididamente a las filas revolucionarias, asistió a la asamblea en el histórico Cabildo ,y bien pronto hizo que su ilustración mereciese la confianza del nuevo gobierno, que le confió diversos cargos, tal como el de conjuez, en 1810, y después, juntamente con Belgrano, en su expedición al Paraguay, en calidad de enviado diplomático, concurriendo con tal motivo, a la sanción del primer tratado con aquel país (1811 ), conociendo allí al tirano Gaspar Francia, que lo distinguió con la mayor cordialidad.

Más tarde fue miembro de la comisión de justicia y consejero del Estado, y como tal, receptor de las llaves de la ciudadela de Montevideo. Hombre activo y emprendedor, fue uno de los primeros argentinos que contribuyó a fomentar la naciente marina de guerra argentina, contribuyendo con sus caudales para armar en corso el «HALCÓN», con el cual Bouchard realizó su famosa expedición hasta las costas ecuatorianas, donde capturó con Brown, la fragata española «LA CONSECUENCIA», en el puerto del Callao.

Echevarría, en 1817, al regresar Bouchard de sus andanzas por el Pacífico, resolv ó con el célebre corsario armar la fragata de referencia, la cual llevó desde entonces el nombre de «LA ARGENTINA», conduciendo a su bordo 38 cañones y 450 tripulantes, buque con el cual el capitán Bouchard llenaría de admiración al mundo con sus magníficos hechos, capturando muchas presas a los españoles y haciendo flamear el pabellón argentino por primera vez en los más alejados puntos del globo.

En el año 1820 desempeñó Echevarría el cargo de secretario de guerra y después designado emisario por el cabildo de Buenos Aires , para tratar con el general Francisco Ramírez, después de la batalla de Cepeda; también fue proclamado Representante el 16 de febrero del mismo, y tuvo una parte descollante en el Cabildo abierto de julio de aquel año, y en muchos de los otros sucesos que se produjeron en el mismo, tan fecundo en desaciertos para la buena marcha de los intereses de este país. Al disolverse el Congreso en Agosto de 1827, Echevarría fue elegido diputado para la Legislatura de Buenos Aires que se reunió de nuevo con aquel motivo.

Fue diputado por Buenos Aires en la Convención que se reunió en Santa Fe en 1828, para sancionar el tratado de paz con el Imperio del Brasil, siendo designado presidente de la misma.

El Dr. Echevarría dejó de figurar activamente en los negocios del Estaco desde que Rosas subió al poder, retirándose a la vida privada, cargado ce años y de servicios.

El 20 de agosto de 1857 fallecía en el retiro de su quinta, situada en los alrededores de Buenos Aires, después de haber sido por varios años catedrático de jurisprudencia. Su deceso se producía justamente el día que desembarcaron en Buenos Aires los restos del más grande de los hombres civiles de la República Argentina, el ilustre ciudadano D. Bernardino Rivadavia.

Los restos del Dr. Echevarría fueron trasladados a su ciudad natal el lº de septiembre de 1828, conducidos por el cañonero «PARANÁ», siendo sepultados en uno de los muros de la catedral del Rosario, donde hoy reposan.

El Dr. Vicente Anastasio de Echevarría Acevedo fue casado con doña María Antonia de Echevarría y Ramos.

En el decreto de ascensos expedidos por Real Orden fechada en Madrid el 9 de febrero de 1808, con motivo de las invasiones inglesas, se lee:

«Así mismo ha concedido S. M. el empleo de Comisario de Guerra del Ejército a D. Vicente Echevarría, en consideración a haber desempeñado este encargo con la mayor exactitud para atender en los gastos de artillería y haber proporcionado con su crédito crecidas sumas».

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Deheza Román Antonio General del Ejército

Biografía de Deheza Román Antonio – General del Ejército

Nació en la ciudad de Córdoba el 29 de abril de 1791, siendo sus padres D. Enrique Deheza y doña María Trinidad Millán y de la Hoz. En el año 1810 el joven Deheza desempeñaba ya una comisión importante que le confiara el Cabildo de aquella Capital, y que fue la de conducir pliegos a la división que mandaba el general Antonio González Balcarce, en momentos en que se aproximaba el ejército del general Ortiz de Ocampo, gesto tanto más digno de tenerse en consideración si se piensa que era la primera vez que se lanzaba a través del enemigo y del desierto, para servir a su Patria.

general ramon deheza

El 3 de diciembre de 1810 se incorporó como subteniente al batallón de Nacionales de Córdoba, y el 12 de enero de 1811, con el mismo grado, al Regimiento Granaderos de Infantería, donde el 10 de marzo de 1813 era teniente de dicho cuerpo; el 30 de diciembre de este mismo año era reconocido como teniente IV de las Compañías sueltas de Línea, formando parte del Cuerpo Auxiliar de las Provincias Unidas, denominado batallón de «Auxiliares de Chile», con cuyos primeros grupos había partido Deheza de su ciudad natal el 15 de junio de 1813, con dirección a Mendoza, donde completada la fuerza, atravesaron la Cordillera bajo el comando efectivo del sargento mayor Juan Gregorio de Las Heras, pero estando a las órdenes del coronel Marcos Balcarce.

Los patriotas chilenos se hallaban en aquel entonces amenazados por la invasión de un poderoso ejército realista, procedente del Perú: en Cucha-Cucha, el 22 de febrero de 1814, el teniente Deheza recibió su bautismo de fuego, siendo promovido a teniente 1º por el calor demostrado en el contraataque que decidió la suerte de aquella acción tan reñida, en la cual los Auxiliares tuvieron rol descollante; recibiendo también el escudo celeste y blanco, bordado con hilo de plata, acordado a los vencedores.

En el combate del Membrillar, el 20 de marzo del mismo año, Deheza hizo una salida de las trincheras y rechazó a la bayoneta una columna enemiga que se aproximaba a forzarlas. Se halló en el incendio de una parte del Parque del Ejército sobre el Achigüeno, en marzo del mismo año, contribuyendo con su energía a conservar el orden en la tropa.

En el paso del Maule que defendían los enemigos, el día 2 del mes siguiente, llenó su puesto, forzándolo con energía y entusiasmo; al mismo tiempo que sostuvo el ataque de los adversarios, en Tres Montes, el 4 de abril. Para forzar el paso del río Claros, de que se habían apoderado los enemigos, fue destinado con todo su cuerpo, lo que ejecutó con la prontitud y sangre fría que siempre reveló en todas las acciones de guerra.

Se halló en el combate de la Hacienda de Quecherenguas, el 8 de abril, donde se condujo con bizarría; mereciendo por tan distinguido comportamiento ser propuesto para el grado de capitán de la la. compañía de los Auxiliares el 11 de mayo de 1814, cuyos despachos le fueron extendidos por la Junta de Chile el 3 de junio del mismo año.

Después del desastre de Rancagua, el 2 de octubre de aquel año, cuando los restos del ejército chileno derrotado huían a través de las fragosidades del macizo andino, en demanda del hospitalario suelo argentino, le cupo al valiente capitán Deheza la misión honrosa de proteger, colocado con su compañía en la extrema retaguardia, la retirada de los vencidos, y por cierto que cumplió esta misión tan honrosa como peligrosa, con toda decisión y valor: «y últimamente, dice el general Las Heras en un informe del 25 de julio de 1850, al retirarse la División de este país (se refiere a los Auxiliares), en el año 1814, después de haberse apoderado Osorio de él, se batió en la Cordillera con una división enemiga de doble fuerza que la suya, para proteger la emigración que pasaba la Cordillera».

Sobre la base de los «Auxiliares de Chile», el teniente coronel Las Heras recibió encargo del general San Martín de organizar el regimiento 11 de Infantería, del cual formó parte Deheza como capitán de la 4a. compañía desde el 24 de diciembre de 1814; cuerpo que fue uno de los componentes del Ejército de los Andes.

Formando parte de la columna del coronel Las Heras, el capitán Deheza rompió la marcha de Mendoza el 19 de enero de 1817, para atravesar la Cordillera por el paso de Uspallata y en los primeros días del mes siguiente asistió a los encuentros de los Potrerillos y de la Guardia Vieja.

En la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero, el capitán Deheza se contó entre los más valerosos. Inmediatamente el general vencedor destacó una división de las tres armas, compuesta por 1.000 hombres, al mando de Las Heras, para operar contra los realistas en el Sur de Chile; Deheza formó parte de ella, y consagró su reputación de soldado valiente y arrojado en el combate de Curapaligüe, el 4 de abril; en el del Cerro del Gavilán, el 5 de mayo; y en la toma de los fuertes de Arauco, el 26 de este último mes.

En la segunda de las acciones nombradas, Deheza con la 4a. compañía  de los Andes, apoyada por el escuadrón de Granaderos a Caballo que mandaba el sargento mayor Manuel Medina, consiguió desalojar a los realistas hasta las faldas del Cerro de Chepe, de donde no les permitieron descender, y mediante el envío de nuevas fuerzas sobre aquel punto, se logró la decisión del combate. En el terrible asalto a la plaza fortificada de Talcahuano, en la madrugada del 6 de diciembre de 1817.

Deheza formó parte de la columna principal de ataque, bajo las órdenes del intrépido coronel Las Heras, la cual llegó hasta las murallas de la fortaleza: pero el fracaso del plan operativo en otros puntos, obligó a retroceder a todas las fuerzas atacantes, no sin que los laureles de la gloria coronasen las armas de aquel bravo Coronel, que jugó el rol preponderante en la operación, audaz y arriesgada, en la que perdió cerca de 500 hombres entre muertos y heridos, pertenecientes a su columna de ataque.

Reorganizado el Ejército Unido en Chimbarongo, el 12 de marzo de 1818, el capitán Deheza formó parte del mismo, bajo las órdenes de Las Heras, siendo el 11 de Infantería uno de los cuerpos de la División mandada por el general Hilarión de la Quintana. En la acción sorpresiva de Cancha Rayada, Deheza jugó un rol destacado en medio de la dispersión de los patriotas, concurriendo en apoyo del puesto avanzado de su regimiento, logrando su objetivo; y en la retirada mantuvo inquebrantable la disciplina de la tropa puesta a sus inmediatas órdenes.

El 5 de abril, en los llanos de Maipú, perteneció al ala derecha patriota, mandando su compañía, con la cual se batió bizarramente, por lo cual el general San Martín lo propuso para el grado de sargento mayor, cuyos despachos le fueron extendidos por el Supremo Director Pueyrredón el 13 de mayo de 1818, pero con antigüedad del 15 de abril de igual año.

El 12 de abril de 1820 le fue conferida la efectividad de su jerarquía, en el 11 de infantería; y en 20 de agosto del mismo año se embarcó en Valparaíso formando parte del Ejército Libertador del Perú; desembarcando en la playa de Pisco, el 8 de septiembre, y el 11  de este mismo mes, el 11 de los Andes se ponía en marcha para tomar parte en la campaña a la Sierra, a las órdenes del general Juan Antonio Alvarez de Arenales.

El 6 de octubre ocupaban la ciudad de lea, por abandono que hizo de la misma el marqués de Quimper, y después se apoderaban de ais ciudades de Huamanga, Jauja y Tarma. Finalmente, el 6 de diciembre de 1820, en el Cerro de Pasco, Arenales destruía las fuerzas del brigadier O’Reilly, y en el parte, refiriéndose a Deheza, el General vencedor expresa: «a su brillante comportamiento en la «batalla de Pasco se debió la victoria».

En ella, el caballo que montaba Deheza recibió una herida de lanza y otra de bayoneta, y por su bizarría, este último fue premiado con la medalla de oro acordada por el general San Martín y con los galones de teniente coronel otorgados «sobre el campo de batalla».

Posteriormente se halló en el sitio del Callao desde julio a septiembre de 1821, bajo las órdenes del general Las Heras. Concurrió a la defensa de Lima, el 3 de septiembre del mismo año, cuando la invasión de Canterac, participando en la persecución de éste hasta el 25 de igual mes, asistiendo también a la ocupación del Callao, al rendir los castillejos el general La Mar, el 21 del mismo mes y año.

El 8 de octubre de 1821 fue ascendido a coronel graduado y el 12 de enero del año siguiente le fueotorgada por el Protector del Perú la «Orden del Sol».

Retirado el insigne general San Martín de la escena político-militar, en septiembre de 1822, el coronel Deheza tomó parte en la famosa campaña a Puertos Intermedios a las órdenes del general Alvarado, batiéndose con su acostumbrado denuedo en las desgraciadas batallas de Torata y Moquehua (19 y 21 de enero de 1823), donde las fuerzas expedicionarias sufrieron pérdidas inmensas, ya que en ambas acciones tuvieron alrededor de 2200 bajas sobre un total de 3800 hombres que constituían el ejército de Alvarado al abrir la campaña.

Los menguados restos de las valientes tropas patriotas pudieron embarcarse sin mayores tropiezos en el puerto de lio, con destino al Callao, gracias a las repetidas cargas del glorioso coronel D. Juan Lavalle, con sus famosos Granaderos a Caballo, frenando la persecución enemiga.

Deheza recibió la efectividad de coronel el 15 de septiembre de 1822 y revistó en el glorioso cuerpo en que se había formado, 11 de los Andes, hasta el 24 de junio de 1823, fecha en que dejó de pertenecer al mismo y al ejército de los Andes que mandaba el general Cirilo Correa, por haberse embarcado en el Callao con el ejército del general Sucre para la campaña de Arica, el 20 de julio.

Tocaron en la travesía en el puerto de Chala, donde había desembarcado el general Miller con una división patriota, entrevistándose en aquel punto ambos Generales. Finalmente, el ejército de Sucre desembarcó en Quilca, avanzando el 28 de agosto al valle de Vitor y entrando el día 30 en la ciudad de Arequipa, de la que se retiró el coronel realista Ramírez, que la guarnecía, con 600 infantes y 200 jinetes, no sin haber sostenido un fuerte tiroteo con la partida patriota avanzada, al mando del bizarro comandante argentino D. Manuel Isidoro Suárez.

El 3 de octubre, el general Sucre fue a Moquehua, a tener una entrevista con el general Santa Cruz que había sostenido contra los realistas la batalla de ezpita, y con Gamarra, regresando el primero a Arequipa el día 8 del mismo mes y al siguiente, salió con su ejército de esta ciudad, ante la aproximación de Carratalá con 3000 hombres, en dirección al puerto de Quilca, donde Sucre iba a esperar la expedición que debía llegar a Chile al mando del general Pinto, y no habiendo aparecido ésta, se dirigieron al puerto de Pisco, a donde llegaron y supieron que la división chilena había desembarcado en Arica, y que habiendo sido informada de haberse dado a la vela para abajo, el ejército de Sucre, degollaron 400 caballos y regresaron para Chile.

Ante esta noticia, los generales Sucre, Lara y Alvarado, Jefe del E. M. este último, se embarcaron en Quilca y se dieron a la vela para el Callao. (Cuando el ejército del primero salió de Arequipa, sus habitantes le arrojaban agua callente desde balcones y ventanas, en medio de repiques de campanas).

Deheza hizo la campaña de la Sierra con Bolívar , y en 1824, después de la pérdida del Callao, a causa de la sublevación encabezada por los sargentos Moyano y Oliva, el Libertador lo nombró comandante general de las provincias de Huasco, Chiri y Canta, con facultades para levantar todas las fuerzas posibles y hostilizar a los españoles que ocupaban a Lima, cargo aquél que ejerció hasta que se abrió la campaña en mayo de 1824, intervalo en el cual se halló en algunos encuentros parciales con los realistas.

Deheza asistió a la batalla de Junín, el 6 de agosto de aquel año, por la que recibió un escudo encarnado bordado de hilo de oro; participando, igualmente en la jornada de Ayacucho, el 9 de diciembre, que terminó con el poderío español en América, y por la que fue condecorado con la medalla discernida por Bolívar. Deheza mandó la reserva de la izquierda patriota en Ayacucho.

El 10 de febrero de 1825 fue nombrado por Bolívar jefe de E. M. del Ejército Libertador, que hizo la campaña al Alto Peiú, acompañándolo el 10 de abril en su marcha hasta Arequipa y el Cuzco, donde permaneció hasta el 6 de agosto del mismo año, en que fue nombrado Prefecto interino del Departamento de Guanuco, permaneciendo en dicho cargo hasta enero de 1826, en que fue relevado por el Ministro del Interior, coronel Delgado.

Regresó a la República Argentina, donde el 31 de agosto del mismo año se hallaba incorporado a sus fuerzas y el 19 de noviembre de 1826 fue confirmado en el cargo de 29 Jefe de E. M. del Ejército Republicano y comandante de la Mesa General, cargos en los que había sido puesto en posesión por Orden General de aquél de 28 de octubre de igual año.

Asistió a lá batalla de Ituzaingó, el 20 de febrero de 1827, recibiendo el escudo y cordón de oro sancionados por el Congreso para los vencedores. Hizo la segunda campaña al Río Grande y se halló en el combate de Camacuá, el 23 de abril de igual año. Por su actuación en la jornada de Ituzaingó mereció el honor de figurar en el parte de la misma. El 9 de agosto de 1828 recién le fueron rivalidados los despachos de coronel de infantería que había obtenido en el Perú.

El 12 de abril de 1828 fue destinado al 29 de Cazadores, cargo del cual recién se recibió el 28 de octubre del mismo año, por haberse hallado ausente, enfermo en Buenos Aires. Regresó con la 2a. División del Ejército, el 19 de enero de 1829. Revistó en la P. M. del Ejército del 19 de marzo al 19 de abril del mismo año.

En el carácter de Jefe de E. M., acompañó al general Paz en su campaña al interior, en marzo del mismo año, y junto con el coronel Hilarión Plaza, acompañaron a aquel ilustre soldado en la entrevista que tuvo el 17 de abril, en la Hacienda de San Roque, con el general Juan Bautista Bustos. Se halló en la batalla de este nombre el día 22 del mismo mes.

En las acciones de la Tablada, el 22 de junio y en la madrugada del día siguiente, se batió con denuedo, teniendo a su cargo en la primera, el centro de las fuerzas del general Paz. Contra esta parte del dispositivo enemigo, Quiroga lanzó sus jinetes con toda decisión, pero sin lograr quebrantar su capacidad de resistencia.

Deheza capturó gran cantidad de prisioneros en la persecución, y había resuelto pasarlos por las armas a todos, para vengarse de las atrocidades cometidas por Quiroga en la toma de la capital, en las que resultaron víctimas personas de la familia del coronel Deheza: éste cedió en sus propósitos al ruego de varias personas, fusilando sólo a la quinta parte de los prisioneros.

Hizo la campaña contra las montoneras alzadas en la provincia de Córdoba, asistiendo, igualmente, a la famosa expedición de la Sierra, el 19 de enero de 1830, en la cual el general Paz mediante una habilísima maniobra, logró apoderarse de una gran parte de los rebeldes que pululaban en la misma.

En la segunda campaña contra Quiroga intervino con su acostumbrada bizarría, participando en la batalla de Oncativo, el 25 de febrero de aquel año. Posteriormente fue enviado por el general Paz para que se posesionase de la provincia de Santiago del Estero, lo que verificó el 7 de septiembre de 1830, sin dificultad alguna; siendo electo gobernador por la Legislatura el 15 de octubre.

Nombró su ministro general a D. Amancio Alcorta, actuando como secretario el Dr. Savid. Se contrajo a la organización de la provincia, dictando para ello resoluciones importantes y tratando de reparar el desorden en que se encontraba con la precipitada fuga del gobernador Ibarra. Terminados estos trabajos, Deheza salió a campaña en busca de su contendor, dejando a cargo del gobierno al coronel Francisco Gama.

Después de una constante persecución a los coroneles Francisco Ibarra y Pablo Latorre, que giraban con su ejército hacia la costa del Salado, Deheza dividió sus fuerzas en dos secciones, una de las cuales fue mandada por el gobernador de Tucumán, general D. Francisco Javier López, para obrar en la misma costa del Salado; y la otra, al mando del comandante Juan Balmaceda, con el sargento mayor Wenceslao Paunero, fue enviada adelante, fuerte de 200 hombres, y después de una tenaz persecución a un grupo enemigo, consiguió darle alcance en el Pueblito de Loreto, dispersándolo.

Los coroneles Ibarra y Latorre huyeron precipitadamente a Santa Fe, acompañados de los hombres que le eran más adictos. . .

Posteriormente, a comienzos de 1831, fuerzas pertenecientes al gobernador Deheza mandadas por el comandante D. Tomás Castillo, fueron derrotadas entre la Posta de los Miranda y los Ardiles, encuentro en el cual el que no quedó muerto quedó prisionero.

El 19 de mayo de 1831, el general Paz como «Jefe del Supremo Poder Militar de las Nueve Provincias», extendió a Deheza despachos de coronel mayor.

Este último, cuando tuvo noticia de la captura del primero el 10 del mismo mes, se puso en marcha y al día siguiente por la tarde se incorporó con la división santiagueña.

Al reunirse en Junta de Guerra los principales jefes del ejército para nombrar el General que debía comandarlos en reemplazo de Paz, resultó elegido Lamadrid, quien nombró Jefe de E. M. al general Deheza, pero éste descontento, renunció y se retiró con su División.

Resolvió abandonar el país, previendo las desgraciadas circunstancias en que iban a encontrarse sus compañeros de causa, pues no tenía ninguna confianza en la capacidad del general Lamadrid. Deheza se estableció al principio en Ocloca, Bolivia, en los últimos meses de 1831, pasando posteriormente al Perú.

Cuando el general Paz organizaba el ejército contra Rosas en Corrientes, en 1845, Deheza ofreció sus servicios, que fueron aceptados, siendo nombrado Jefe de E. M. del mismo a pocos días de su incorporación, la que tuvo lugar el 17 de septiembre de aquel año, habiendo realizado su regreso del Perú a través del Brasil.

Hizo la campaña de enero – marzo de 1846 con motivo de la invasión a Corrientes por el general Urquiza; pero la prisión del general Juan Madariaga en Laguna Limpia el 4 de febrero de aquel año, tuvo consecuencias funestas para aquel ejército: Paz prosiguió su retirada hasta Ibajay, donde su enemigo no se atrevió a atacarlo, iniciando una veloz retirada, abandonando Corrientes al finalizar el mes de febrero, pero aprovechó tener en sus manos al hermano del gobernador de aquella provincia, para deshacer por medio de la intriga el hermoso ejército que había organizado el general Paz.

Disueltas aquellas fuerzas a comienzos de abril, los jefes de otras provincias adictos al Comandante en Jefe debieron emigrar al Paraguay o al Brasil, como sucedió con el general Deheza. Cuando se disolvió el Ejército Aliado, el general Solano López, nombró a Deheza Jefe del E. M. del ejército paraguayo y después 29 jefe del mismo, hasta que regresaron aquellas fuerzas a Asunción.

Posteriormente, después de la caída de Rosas se retiró a la vida privada, obteniendo permiso del Gobierno Argentino para residir en Chile, país donde permaneció hasta su fallecimiento, el que tuvo lugar en Valparaíso el 30 deagosto de 1872. Desde el 7 de enero de 1869 revistó en la lista de «Guerreros de la Independencia».

El valiente general Deheza se halló en su larga carrera militar en 17 acciones de guerra principales, siendo uno de los pocos guerreros argentinos que le ha cabido el insigne honor de hallarse en casi todos los hechos de armas librados desde 1814 hasta 182 7. Por su participación en tantas campañas y combates, lucía sobre su pecho doce condecoraciones: 2 escudos, 8 medallas y 2 cordones de honor.

Entre las segundas, se encontraba la medalla de oro con brillantes otorgada por San Martín a los jefes del Ejército Libertador del Perú después de la toma de Lima; y la Orden del Sol, de la que fue fundador, le fue conferida con el título de «Honorable».

La primera comisión en el servicio público que desempeñó Deheza, y que se ha mencionado la comienzo: en 1810, al aproximarse a Córdoba el Ejército Auxiliar, enviado para conducir pliegos del Cabildo al general Antonio González Balcarce, lo que verificó en Oncativo, a las 2 de la tarde del mismo día de su salida; era tanto más delicada para el joven Deheza por la circunstancia de hallarse el general Liniers viviendo frente a su casa paterna, pronto en aquellos momentos para retirarse para el Norte.

El general Gerónimo Espejo, en informe de 17 de diciembre de 1868, sobre servicios de Deheza, dice: «. . .y se halló en la batalla de Ituzaingó, y con esto se llena el cuadro de informe, siendo el último de los servicios que prestó a la Patria tan meritorio veterano, y cuyo pecho, si se hallara presente, se vería adornado con doce condecoraciones: dos escudos, ocho medallas y dos cordones de honor».

Deheza fue casado con Carmen Velazco Alcalde, peruana; matrimonio del cual sólo nació un hijo, Eleodoro, que murió soltero.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Salvador María del Carril Vida y Obra Política

Biografía de Salvador María del Carril

Nació en San Juan el 5 de agosto de de 1798, siendo sus padres D. Pedro Vázquez del Carril, comerciante, y doña Clara de la Roza; pertenecientes ambos a familias distinguidas de la época colonial. Recibió esmerada educación, graduándose en derecho civil y canónico como bachiller, el 4 de julio de 1816, y de doctor, el 15 del mismo mes y año, en la Universidad de San Carlos, de Córdoba, donde fue alumno aventajadísimo del doctor Gregorio Funes.

salvador del carril

En 1817 pasó a Buenos Aires a incorporarse a la academia teórico-práctica de jurisprudencia, en la que logró el título de abogado, desempeñando por breve tiempo en 1819, antes de regresar a San Juan, el puesto de oficial del Ministerio de Hacienda.

Al llegar a su ciudad natal, el Dr. del Carril fue despachado cerca del gobernador – intendente de Cuyo, formando parte de una comisión que integraban, su padre, D. Pedro Vázquez del Carril, y don Rudecindo Rojo; la que iba con el encargo ostensible de arreglar algunos asuntos municipales puramente administrativos, pero que en el fondo tenía por objeto combinar un plan que asegurase la tranquilidad de San Juan contra un movimiento subversivo que se urdía allí para deponer del mando al teniente-gobernador Dr. José Ignacio de la Roza; y también para tratar de evitar la propagación de la anarquía que ya había invadido varias provincias. Gracias a las medidas que se tomaron, se conjuró momentáneamente el plan revolucionario. Al regresar a San Juan, del Carril fue nombrado administrador de la Aduana.

Ejercía tal puesto cuando tuvo lugar la sublevación del 19 de Cazadores, actuando como intermediario de una transacción amistosa entre el gobierno de Mendoza y los sublevados.

Miembro del Cabildo en 1821, a su iniciativa se reemplazó esta corporación por una Junta Representativa del pueblo. En 1822 el gobernador, general Pérez de Urdinenea, le nombró ministro secretario en substitución al Dr. Francisco Narciso Laprida, siendo del Carril el alma del tratado que se ajustó a mediados de agosto de aquel año en San Miguel de las Lagunas, a instigación de Buenos Aires, para restablecer la antigua provincia de Cuyo, el que se malogró por la facción opositora de Mendoza. Contribuyó en la represión del movimiento subversivo que se produjo en San Juan, a fines del mismo mes de agosto contra Urdinenea, en el que apareció complicado su antecesor José Antonio Sánchez.

Cuando Urdinenea renunció a su elevada investidura, fue reemplazado el 10 de enero de 1823 por del Carril, que nombró su ministro general a D. José Rudecindo Rojo. Nombrado interinamente, fue elegido en propiedad el 12 de marzo de 1824, siendo reelegido el 18 de enero de 1825. renunciando a su cargo el 12 de septiembre de este m’smo año.

Durante su administración inició el primer censo agrícola de San Juan; fundó la Sociedad de Beneficencia, el 18 de febrero de 1823; estableció y reglamentó el maestrazgo de artesanos; fundó la primera imprenta y creó la primera publicación periódica; arregló y publicó el primer Registro Oficial; instauró la reforma religiosa sobre casas monásticas, secularización de regulares, desvinculación de bienes de manos muertas, abolición de derechos bautismales; y también ejecutó muchas obras de impontancia para el ornato de la población, tales como construcción de puentes, ratificación de calles, etc., etc.

En el orden judicial dio a este poder una organización conveniente, reglamentando sus funciones, de manera a hacer la justicia más rápida y barata, garantizando los derechos de los litigantes; hizo otro tanto con el Poder Legislativo, para cuya formación creó los Tribunales electorales, dictando una ley de elecciones y restringiendo el sufragio a una edad y estado que ponía al votante a cubierto de la coacción y del cohecho, y como resumen a tanta reforma de importancia, dictó la célebre Carta de Mayo, que puede considerarse la primera Constitución de la Provincia.

Esta fue sancionada el 23 y promulgada el 25 de julio de 1825. Eran las altas horas de la noche del 26 de este mismo mes, cuando fue reciamente despertado por un grupo de individuos que se habían sublevado la guarnición de San Juan, los que se apoderaron de la persona del gobernador venciendo la enérgica actitud de grupos armados dirigidos por los oficiales de milicias D. Pedro Regalado Cortínez, D. Manuel Gregorio Garramuño y D. Javier Ángulo.

Los rebeldes dominaron la situación. Pero el gobernador de Mendoza tan pronto tuvo noticia de lo acaecido, dirigió por expreso, ganando horas, un pliego al Gobierno Nacional, participándole del atentado ocurrido y pidiendo autorización para restablecer el orden por la fuerza de las armas. Entretanto, el Dr. del Carril se mantenía en su casa en calidad de detenido.

Esta revolución había sido dirigida principalmente por los hermanos de Oro. Finalmente, del Carril logró que se le permitiera salir de la provincia dirigiéndose a Mendoza, y al llegar a esta ciudad encontró muy adelantados los preparativos de la expedición que se iba a realizar contra los revolucionarios sanjuaninos.

La H. Legislatura de Mendoza autorizó al P. E. para que interviniera en aquellos sucesos y entonces se dio todo impulso a los aprontes militares, tomando la dirección de las fuerzas el teniente coronel D. José Aldao. Del Carril marchó con los expedicionarios que lo iban a restablecer en el poder.

El 9 de septiembre de 1825, por la mañana, fue completamente batida y dispersada la fuerza revolucionaria en el lugar llamado de «Las Leñas», a inmediaciones del Pocito, muriendo gloriosamente en la acción el valiente sargento mayor D. Pedro Regalado Cortínez, comandante de la guarnición de San Juan, cuando derrocaron a del Carril los revolucionarios.

Repuesto del Carril en el Gobierno, hizo renuncia de él, el 12 de septiembre, siendo elegido en su reemplazo D. José Navarro. Durante su mandato, del Carril había enviado el 19 de marzo de 1824, a su apoderado oficial, su hermano José María del Carril, a Buenos Aires, para que el Gobierno Nacional le entregase la cantidad de 4 a 6.000 pesos en moneda de cobre del cuño corriente en la provincia de Buenos Aires, a fin de adoptarla en San Juan, aumentando así el medio circulante, lo que fue aceptado por el gobierno porteño. Durante su administración se fundaron las villas de «San Salvador de Angaco», «Pocito», «Mogna» y «Valle Fértil»; y se publicaron los siguientes periódicos: «El amigo del Orden», político, literario; y el «Defensor de la Carta de Mayo».

Del Carril fue electo Diputado Nacional el 19 de febrero de 1826, al Congreso General que se congregó en Buenos Aires. Pocos días después, el 8 de febrero, al asumir la primera magistratura del Estado el insigne estadista D. Bernardino Rivadavia, designaba al Dr. del Carril como su colaborador en el ramo de Hacienda. Este era el provinciano llamado a colaborar en el Gobierno, lo que sirvió para evitar que se proclamase que éste era de un «unitarismo» intransigente y enemigo de las Provincias.

No pudo Rivadavia dar a éstas una mayor prenda de paz, que llamar al ilustre sanjuanino para el Ministerio de Hacienda, que tan distinguida actuación le había cabido en el ejercicio de! gobierno de su provincia natal. Sin embargo, nada pudo evitar la tempestad que empezó a diseñarse en el horizonte desde el día en que se tocaron las rentas provinciales que servían para alimentar el gobierno de sus caudillos.

La labor del ministro del Carril fue dura, en medio de las estrecheces que debía soportar el país frente a la guerra exterior y al estado anárquico de las provincias pero este hombre superior se comportó a la altura de su ya cimentado prestigio y de sus incomparables cualidades de estadista. Desempeñó la cartera hasta el 27 de junio de 1827, día en el cual el eminente Presidente que gobernaba los destinos de la Patria debió resignar el alto honor que le habían conferido sus conciudadanos, impotente para contener la terrible anarquía que devoraba a la Nación.

Debió apartarse momentáneamente del escenario político durante el gobierno de Dorrego y cuando éste fue derrocado por el general Lavalle, el l9 de diciembre de 1828, fue el Dr. del Carril uno de los que con mayor vehemencia aconsejaron al Héroe de Río Bamba, la eliminación del gobernante depuesto. Este gran error fue cometido y con él se indicó el camino para las terribles represalias que sufrieron los unitarios cuando sus enemigos volvieron al poder. Del Carril fue nuevamente Ministro de Hacienda durante el gobierno de Lavalle y a la caída de éste debió emigrar al Estado Oriental, donde permaneció largos años, luchando con la suerte.

Se estableció en Mercedes, ejerciendo el comercio, cooperando en la tentativa de Lavalle en Entre Ríos en 1831. Oribe lo deportó en 1836 junto con Agüero, Juan Cruz Várela y otros y se estableció en Santa Catalina, regresando dos años después. Cuando se organizó la Legión Libertadora, que el general Lavalle condujo a la Isla de Martín García el 2 de julio de 1839, del Carril se incorporó a ella a comienzos de septiembre, marchando a la provincia de Entre Ríos.

Desempeñó el cargo de intendente del Ejército Libertador y se halló en toda la desgraciada campaña que realizó éste, asistiendo a los combates del Yeruá, el 22 de septiembre de 1839; Don Cristóbal y Sauce Grande, el 10 de abril y el 16 de julio de 1840; se halló en el pasaje del ejército por Punta Gorda, a la provincia de Buenos Aires, y en el avance ulterior hasta Merlo y repliegue hacia el Norte. Se encontró en el asalto y toma de Santa Fe, el 29 de septiembre del mismo año y en la sangrienta batalla del Quebracho Herrado, el 28 de noviembre de 1840.

En toda esta campaña prestó su hábil concurso para asegurar los abastecimientos del Ejército Libertador. La derrota definitiva de Lavalle en los campos de Monte Grande o Famaillá, el 19 de septiembre de 1841, impuso al Dr. del Carril nuevamente la emigración, viviendo el resto de la dictadura rosista fuera del país.

Vivió en el Brasil largos años y regresó a la Patria después de Caseros. Fue diputado por San Juan al Congreso General Constituyente desde el 9 de febrero al 7 de octubre de 1853, en que fue nombrado Ministro del Interior. En 1853 integró con el general Urquiza la fórmula presidencial de este mismo año, en calidad de Vice, cargo que ejerció desde el 5 de marzo de 1854 al 60; y en el que puso al servicio de la Confederación toda su capacidad y todo su patriotismo.

Acompañó al Presidente Urquiza en circunstancias que dirigía el sitio de Buenos Aires, en el primer semestre de 1853, siendo notables las cartas que dirigió del Carril, al general Paz y al Dr. Vélez Sársfield, ambos dirigentes de los porteños en esta lucha civil. Tales cartas se encuentran en el archivo del general Paz y ellas revelan la inteligencia superior de su autor. Del Carril, como diputado por San Juan, formó parte del Congreso General Constituyente del 53 reunido en la ciudad de Santa Fe.

Terminada la vicepresidencia de la Confederación, el Dr. del Carril fue más adelante designado Ministro de la Suprema Corte de Justicia y el 11 de julio de 1870, su comprovinciano, el Presidente Sarmiento, lo elevó a la presidencia de aquel alto Tribunal, siendo el segundo que ejercía tan elevado cargo, habiendo reemplazado al Dr. Francisco de las Carreras, por haber fallecido.

El Dr. Salvador María del Carril permaneció en la Suprema Corte de Justicia desde el 18 de octubre de 1862, en que fué nombrado Ministro por el Presidente Mitre, hasta mediados de 1877, en que lo reemplazó el Dr. José Barros Pazos, porteño, que también había integrado el alto Tribunal desde su creación, en la fecha arriba indicada, conjuntamente con de las Carreras, del Carril, Valentín Alsina y Francisco Delgado. En la última fecha citada, el Dr. del Carril se acogió a los beneficios de una bien merecida jubilación.

Cuando el Presidente Nicolás Avellaneda lanzó la patriótica idea de invitar a los argentinos a contribuir financieramente para la repatriación de los restos del invicto general San Martín, la gloria más pura de la América del Sud, proclama expedida el 5 de abril de 1877, el Dr. del Carril respondió como el mejor para el cumplimiento de tan patriótica iniciativa y el 7 del mismo mes escribió a Avellaneda la carta que sigue, reveladora del patriotismo de este admirable sanjuanino:

«Tengo el honor de avisarle que he recibido su proclama al pueblo argentino, fechada el día del aniversario de la célebre batalla de Maipú, invitándolo a adherirse al pensamiento sublime y patriótico de volver a su Patria los restos venerados del finado brigadier general D. José de San Martín, salvador de la independencia de la América del Sur.

Empezando por el hecho, pues que hay un deber atrasado por treinta años que cumplir y que pesa sobre nuestra conciencia, abriré la colecta con la siguiente suscripción:

Salvador María del Carril (padre) $ 5.000; Benigno del Carril $ 3.000; Salvador María del Carril (hijo) $ 2.000; Víctor del Carril $ 2.000; Justo del Carril $ 1.000; Pedro del Carril $ 1.000; e Ignacio del Carril $ 1.000.»

Así constará que para mí y para mis hijos la memoria del general San Martín ha sido siempre un culto doméstico. No es extraño, pues, que en medio de las dificultades que atravesamos hayamos encontrado un óbolo «para contribuir a realizar el pensamiento patriótico y altamente moralizador de V. E., de volver a la Patria los restos del ilustre General olvidados «en suelo extranjero».

El Dr. del Carril falleció en Buenos Aires el 10 de enero de 1883.

Había contraído matrimonio en la ciudad de Mercedes, Estado Oriental, el 28 de septiembre de 1831, con doña Tiburcia Domínguez, argentina, nacida el 17 de abril de 1814, hija de D. Andrés Domínguez Duran, de Tuy, en Galicia, y de Juana de Insúa. La viuda del Dr. Del Carril falleció el 20 de septiembre de 1898.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Biografía de Domingo Cullen Gobernador de Santa Fe

Biografía de Domingo Cullen

Nació en Lanzarote, Tenerife, en las Islas Canarias, en la penúltima década del siglo XVIII, siendo hijo del cónsul inglés establecido en aquella ciudad. Huérfano de temprana edad, vino a América, estableciéndose en el ramo comercial en la ciudad de Montevideo, tomando parte inmediatamente en pro de la causa patriota, poniéndose al habla con sus dirigentes.

Desde el interior de la plaza, sitiada a la sazón por las fuerzas independientes, y valiéndose de botellas que confiaba a las corrientes de las aguas, ponía en conocimiento de los sitiadores los movimientos de las tropas reales. Cuando se rindió el general Vigodet, el 23 de junio de 1814, Cullen, en recompensa fué nombrado contador de la Aduana, pero poco después renunció a tal puesto y se trasladó a la ciudad de Santa Fe, fijando definitivamente su residencia en aquella provincia.

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D. Domingo Cullen contrajo relaciones con D. Estanislao López, del cual bien pronto llegó a ser su consejero privado y a cuyos planes se asoció resueltamente. Desde aquel momento Cullen empezó a jugar un rol prominente en la provincia de Santa Fe: hombre de carácter y de consejo, con una razón despejada y un talento especial para la intriga política, llegó a ejercer sobre el caudillo santafecino una influencia preponderante.

El general Paz en sus «Memorias» afirma que Cullen era intrigante, falso, y que lejos de disimular la influencia que ejercía sobre Estanislao López, declaraba sin rodeos que tenía absoluta dirección en los negocios políticos de la provincia.

Como agente de López cerca de Rosas, firmó el 18 de octubre de 1829 un tratado de amistad y alianza entre los gobiernos de Buenos Aires y Santa Fe, con el fin de resistir a las agresiones de las demás provincias y también con el fin de contener los desmanes de los salvajes. Esta fue la preparación al tratado que se firmó más tarde entre las cuatro provincias litorales, el 4 de enero de 1831, llamado del Cuadrilátero conocido como el pacto federal, que fue la primera base orgánica que se dio al sistema de gobierno así llamado, en la República Argentina, pacto en el cual D. Domingo Cullen firmó en representación de López. Según afirma el general Ferré en sus «Memorias», Cullen era el que inclinaba al caudillo santafecino a no ser condescendiente con Rosas.

Cullen fue Ministro General del gobernador López y en varias ocasiones ejerció el mando gubernativo por delegación del titular, cuando debió salir a campaña o cuando se ausentó de la sede del mando por razones de carácter político.

En el desempeño del primer cargo de la provincia, promovió, según afirman documentos de la época, los intereses del pueblo con una consagración y patriotismo que no eran comunes en aquella época: organizó la hacienda pública; estableció un colegio de ciencias morales, cuya dirección se encomendó a D. Francisco Solano Cabrera, más tarde hecho asesinar por el Dictador Rosas; restituyó a la provincia sus antiguas líneas fronterizas; realizó acuerdos de paz con los salvajes, estableciendo algunas reducciones; dio impulso a la educación primaria, y, finalmente, regularizó el mecanismo político y administrativo de la provincia.

Varios historiadores y la lectura de los documentos atingentes, acusan a Cullen de haber combinado con los hermanos Reinafé el asesinato del general Juan Facundo Quiroga, con la anuencia, por supuesto, de Estanislao López. Esta aseveración parece bien fundamentamentada y Saldías dá aquella maquinación como segura. El general Paz que se encontraba preso en Santa Fe en aquella época, afirma que las relaciones de López con los Reinafé eran íntimas; «que el coronel Francisco Reinafé estuvo en Santa Fe un mes antes de la muerte de Quiroga, habitando en la propia casa de López y empleando muchos días en conferencias misteriosas con éste».

Es evidente que con relación al fin del caudillo riojano fué muy significativa la frase empleada por López en carta datada el 26 de julio de 1831, dirigida desde Córdoba a su amigo Rosas, con motivó de la elección de gobernador de dicha provincia y cuyo tenor es como sigue: «Esto indica que el general Quiroga aspira a levantar su persona sobre todos los poderes de la nación, y eso no le ha de ser muy fácil conseguirlo; «PARA VERLO ESTA EL TIEMPO».

Esta es la sentencia de muerte del Tigre de los Llanos, decretada por López y ejecutada por los Reinafé.

Cullen reemplazó a López en el gobierno una parte del año 1833, mientras el titular expedicionó contra los indios del Chaco. Desde el 12 de marzo hasta diciembre de 1835, en que el gobernador abandonó los negocios públicos en busca del restablecimiento de su salud; en el año siguiente, en el mes de julio, en que López salió a asaltar una toldería de indios que se aproximaba a la ciudad de Santa Fe; y finalmente, desde enero a abril de 1837, cuando el caudillo santafecino se trasladó a Buenos Aires en busca de una cura a su enfermedad.

Poco después el Ministro Cullen era enviado por López para que tratase con Rosas un arreglo con el almirante francés que bloqueaba con su escuadra todos los puertos del litoral, interrumpiendo, por consiguiente, el comercio con los pueblos del interior por los afluentes del Plata. Cullen se trasladó a Buenos Aires, pero encontrando en Rosas una resistencia insuperable para lograr el objetivo de su misión, cumplimentando las órdenes de López, se trasladó a la escuadra bloqueadora, y se entendió directamente con el jefe de ella, con el fin de que facilitara el comercio de los pueblos que estaban en paz con Francia.

Esta comisión iba a serle fatal a Cullen, pues Rosas nunca se la perdonó, por haberla considerado, de buena o de mala fe, como iniciada por el mismo comisionado, y no como emanada de López, cuyo fin estaba próximo, pues poco después, el 15 de junio de 1 838, moría en Santa Fe. Cullen se hallaba aún ausente por la comisión que se acaba de referir, y al fallecer el titular, fue nombrado gobernador interino.

Al regresar a Santa Fe, dio cuenta a la Cámara de Representantes del cumplimiento de la misión que le encomendara el extinto Gobernador, y en vista del resultado obtenido en su misión y el deseo manifestado por los jefes y oficiales veteranos de milicias, la Legislatura lo nombró titular. Su elección fue resistida por el comandante Juan Pablo López, hermano de D. Estanislao; por el gobernador de Entre Ríos, general Echagüe, que aspiraba aquel puesto para su hermano José María; por el pueblo, que argüía su calidad de extranjero, y por Rosas, por la razón antedicha.

Cullen huyó dos días antes del encuentro que tuvo lugar el 2 de octubre de 1838 entre sus partidarios y las fuerzas de Juan Pablo López, el cual, el día 14 ocupó la suprema magistratura de la Provincia. Una de las razones que más determinaron la guerra a Cullen, fueron las comunicaciones cambiadas entre éste y el gobernador de Corrientes, Genaro Berón de Astrada, en pugna con el poder central.

Cullen había huido a Santiago del Estero, en busca del apoyo de su íntimo amigo el gobernador Ibarra, el cual lo recibió con satisfacción. Pero desde allí, el ex-gobernador santafecino agitó los espíritus en Córdoba, con el fin de provocar una revolución contra el gobernador Manuel López, hechura de Rosas. Este exigió de Ibarra la entrega inmediata de Cullen, que también había tendido redes subversivas a Catamarca.

La exigencia de Rosas iba acompañada de la amenaza de una invasión si no entregaba al confidente de López, el cual al saber esto, manifestó sus intenciones de refugiarse en Bolivia, pero Ibarra se opuso decididamente, garantiéndole que nadie lo sacaría de su provincia.

No obstante esto, una noche hizo prendei a Cullen en su cama y lo entregó a una partida para conducirlo a Buenos Aires. Sabedor Rosas de esto, despachó a su edecán, el coronel Pedro Ramos, para que saliese en busca del prisionero, con la orden de ejecutarlo, como lo cumplió el mencionado jefe, en la «Posta de Vergara» sobre la orilla del Arroyo del Medio, el día 22 de junio de 1839, sepultándose sus restos en el lugar mismo de la ejecución.

Di. Domingo Cullen era casado con doña Joaquina Rodríguez del Fresno, matrimonio del cual nacieron dos varones, José y Ricardo, y una mujer, Gerónima Cullen.

Fuente Consultada:
Biografías Argentinas y Sudamericanas – Jacinto R. Yaben – Tomo II – Editorial «Metrópolis»

El General Federico Rauch en la Frontera Contra Los Aborígenes

EL GENERAL FEDERICO RAUCH

El 6 de febrero de 1826 el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en razón de las dificultades internas y principalmente las externas, surgidas por la guerra con el Imperio del Brasil, creó un Poder Ejecutivo nacional. Al día siguiente designó presidente a don Bernardino Rivadavia. A pesar de los múltiples problemas que tuvo que atender, éste se preocupó también por reforzar la frontera contra los indios.

Federico Rauch

La paz que se había firmado en el gobierno anterior no satisfacía a todos los indios, y en 1826 más de setecientos pampas enemigos tomaron por asalto los pueblos de Salto, Arrecifes y Dolores, retirándose con numerosos cautivos y gran cantidad de animales.

Poco después otro malón cayó sobre el paraje denominado Toldos Viejos, no lejos del pueblo de Dolores, y tras encarnizado combate dieron muerte a casi todos los componentes de la guardia que defendía esa zona.

En conocimiento de estos desmanes Rivadavia se propuso tomar enérgicas medidas, y en un memorable mensaje expresó: «La paz que se ha hecho y que se procura conservar a costa de grandes sacrificios no es una garantía suficiente a la que pueda librarse la riqueza de nuestros campos y la vida de nuestros laboriosos habitantes. Sólo el poder de la fuerza puede imponer paz a estas hordas y obligarlas a respetar nuestra propiedad y nuestros derechos».

Con el propósito de castigar a los indios por sus frecuentes malones, Rivadavia decidió organizar una expedición, que puso a las órdenes del coronel Federico Rauch.

Este bravo y hábil oficial dirigió una feliz campaña en la región de la Sierra de la Ventana desde octubre de 1826 hasta enero de 1827, y a principios de ese año en la laguna de Epecuén.

Durante la presidencia de Rivadavia no sólo se llevaron a cabo las expediciones punitivas dirigidas por el coronel Rauch, sino que se planeó un avance de la frontera, que permitió a los blancos ocupar extensas zonas en la provincia de Buenos Aires. Teniendo en cuenta las observaciones hechas por las comisiones nombradas durante el gobierno de Gregorio Las Heras, Bernardino Rivadavia dictó un decreto el 27 de septiembre de 1826.

En el mismo establecía que con la mayor premura posible se fundarían tres fuertes principales: el primero en la laguna de Curalafquén, el segundo en la de Cruz de Guerra y el tercero en la del Potroso. El decreto disponía, además, que acordara con los hacendados la forma de conducir a los vecinos y también que se completaran los cuatro regimientos de caballería para aumentar la seguridad de las poblaciones.

El fuerte de la laguna del Potroso cubría las guardias de Rojas, Salto y Lujan; el de Cruz de Guerra amparaba los territorios guardados antes por los fortines de Navarro, Lobos, Monte y Ranchos; y el de Curalafquén protegía la zona comprendida entre Chascomús, Dolores y el fuerte Independencia, de Tandil. Estos baluartes tenían por objeto proteger a los pobladores de las incursiones de los indios y ganar territorios para la civilización.

Las dificultades económicas de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en lucha con el Imperio del Brasil, no permitieron la construcción inmediata de los fuertes proyectados. El 5 de mayo de 1827 Rivadavia dictó un nuevo decreto disponiendo que los reductos serían levantados en la primavera siguiente. En el mismo presentaba también un plan que tendía a consolidar las poblaciones y a extender los núcieos urbanos.

El artículo primero de este decreto disponía que toda persona que se radicara en los nuevos pueblos fundados al amparo de los fuertes recibiría un solar en recompensa. También se expresaba que si deseaba dedicarse a la agricultura se le entregaría en enfiteusis una chacra, y el que se trasladara al lugar con doscientas cabezas de ganado recibiría una estancia.

Este decreto, el primero dictado después de 1810, estatuía medidas legales para fundar nuevos pueblos. Por el mismo se trazaba un plan orgánico tendiente a establecer a la población de manera definitiva en cada lugar de la campaña. Rivadavia no pudo cumplir sus propósitos, pues debido a serias dificultades externas e internas renunció el 27 de junio de 1827.

Explica Felipe Pigna, en «Los Mitos de la Argentina 2«:

24 de febrero de 1827, el efímero presidente Rivadavia se hizo tiempo para emitir un oficio que decía:

Deseando presentar al Sr. Coronel D. Federico Rauch una expresión especial del aprecio que hace de sus distinguidos y relevantes servicios, le envía una espada en memoria del honor con que ha sado la suya sosteniendo la causa pública; ella, desgraciadamente, no corresponde por su calidad al objeto a que se le destina, pero las circunstancias en que se halla el país han hecho ineficaces las más vivas diligencias de encontrar una mejor, quedando por igual motivo sin ejecución por ahora el designio de acompañarla con un par de pistolas, que le serán presentadas tan luego como puedan adquirirse de la clase que se desea.

El coronel Rauch devolvía los elogios con partes militares como éste, mucho menos lírico que el versito de Várela: «Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, degollamos a 28 ranqueles».

Pronto le llegaría su turno al «espanto del desierto». El 28 de marzo de 1829, en el combate de Las Vizcacheras, Rauch fue derrotado y degollado por el ranquel Arbolito. Al morir Rauch, los 30.000 kilómetros cuadrados de pampas que poseía Buenos Aires se habían transformado en más de 100.000. Se entiende por qué hay una ciudad en la provincia de Buenos Aires que aún lleva su nombre.

Del otro lado de la historia, un grupo de jóvenes músicos que hacen una excelente fusión entre rock y folklore han bautizado a su banda con el nombre de «Arbolito» en recuerdo de aquel bravo guerrero ranquel.

En diciembre de aquel año 29 asumió la gobernación de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas….

Biografía de Adolfo Alsina Historia Politica

Biografía de Adolfo Alsina

Nació en Buenos Aires, el 14 de enero de 1829, siendo ssu padres el doctor Valentín Alsina y doña Antonia Maza. Su familia fue una de las primeras en sufrir las persecuciones rosistas, por lo que debió emigrar a Montevideo el 5 de septiembre de 1835.

«Recuerdo — decía el doctor Alsina tocando este incidente memorable de la vida pública de su ilustre padre —, que una noche llevándome mi madre de la mano, al pasar por la quinta de Guido, se encontraban allí dos hombres en completo estado de ebriedad, y uno de ellos, así que pasamos, le dijo a su compañero: «Mira che que marido lleva la vieja . . . Apenas oí estas palabras me desprendí de las manos de mi madre y me incliné a recoger una piedra para tirarles: mi madre tomándome violentamente del brazo, me dijo estas palabras: ¿Qué vas a hacer? … no ves que peligra la vida de tu padre a quien trato de salvar!

Las palabras de mi madre me impresionaron de tal manera que le seguí sin oponer resistencia. A pocas cuadras de ahí entramos a una taberna donde estaba el capitán del «SARANDI» . Aún cuando yo entonces tenía seis años, conservo tan vivo el recuerdo de la actitud y las palabras de mi madre, que me parece verla y oiría, cuando se toca este incidente.»

adolfo alsina

El doctor Adolfo Alsina, a cuya Infatigable actividad y energía Indeclinable se debió un notable avance de la civilización en el corazón del desierto.

Cuando era un adolescente y poco después de haber completado su educación en el Colegio Nacional que había transportado el venerable maestro Peña, expatriado también, Adolfo Alsina fue dedicado por su padre al trabajo que fortalece el cuerpo y el espíritu y dá el sustento diario: obtuvo un modesto empleo en una barraca, en la cual aprovechaba los momentos de descanso para dedicarse a la lectura de libros, escogidos en general por su inteligente progenitor.

Vivió aquellos nueve años de la defensa de Montevideo respirando atmósfera de fuego, saturada por el olor de la pólvora de los cañones que tronaban cotidianamente, en defensa de las libertades públicas del Río de la Plata, cruelmente holladas por el Dictador Argentino y sus sanguinarios tenientes.

Al caer aquel en los campos de Caseros, la familia de Alsina apresuró su regreso a Buenos Aires, a donde llegú el 8 de febrero de 1852. Adolfo fue empleado en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno Provisorio, pero la actitud de Urquiza para con los porteños, pronto le enajenó la voluntad de éstos, entre los que se contaba el joven expatriado, el cual no obstante su condición de estar al servicio del Gobierno, abrió en las columnas de la «Nueva Época» una briosa campaña contra el general Urquiza, el cual por intermedio del doctor Vicente Fidel López, a cargo interinamente de la cartera de Relaciones Exteriores, le hizo saber que cambiara de actitud pues de lo contrario podría serle funesto su procedimiento.

La contestación del joven Alsina apareció al día siguiente en un violentísimo artículo contra el Gobierno, a consecuencia del cual fue separado de su cargo, el 20 de junio de 1852.

Alsina continuó su propaganda con mayor entusiasmo preparando la conspiración que debía estallar en la forma de la revolución del 11 de septiembre de aquel año. En unión con numerosos otros compañeros formaron una asociación que denominaron «San Juan», en los conciliábulos de la cual se decretó la muerte del general Urquiza, creyendo sinceramente aquellos jóvenes que con la desaparición del vencedor de Caseros quedarían salvadas todas las dificultades políticas.

Sorteados los componentes de la asociación, recayó la designación para dar muerte a Urquiza en el general Manuel Hornos, Adriano Rossi y Adolfo Alsina. El primero de éstos sintió flaquear su ánimo, valiente como el de ninguno, ante la criminal empresa que el destino había puesto en sus manos, y reveló al doctor Valentín Alsina el secreto para que hiciese valer su autoridad paterna con el fin de hacer desistir a Adolfo del intento que habría arrojado infamia a su nombre y una mancha a la revolución que se estaba generando. Ante la intervención de su padre, desistió de su plan funesto.

En cambio, tomó activa participación en el movimiento del 11 de septiembre, que separó a Buenos Aires del resto de la Confederación, siendo uno de sus primeros y más entusiastas sostenedores. Pocos días después el general José María Paz, que había llegado a Buenos Aires casi inmediatamente de producido el movimiento revolucionario, por simple coincidencia, fue enviado con la famosa misión ante los gobernadores de las provincias del interior, acompañándolo el joven Alsina en calidad de secretario: es sabido que el ilustre General no pudo pasar más allá de San Nicolás a causa de las advertencias inamistosas del gobierno de Santa Fé, que se opuso categóricamente al tránsito del emisario por su territorio.

Alsina se enroló en la ciudad arriba nombrada como simple soldado de la 1a. compañía del 1er. Regimiento de G. N. que comandaba D. Juan Andrés del Campo, antiguo veterano del Ejército Libertador; cuerpo con el cual bajó a Buenos Aires para reforzar la guarnición, tomando puestos entre los defensores, en el extremo derecho de la línea de fortificaciones, en la barranca del Retiro, a las órdenes del coronel Emilio Conesa. Comportóse durante el sitio con valor sereno e hidalguía, características de su personalidad que empezaba ya a destacarse.

Terminado el sitio, por la disolución del ejército de Urquiza, el 13 de julio de 1853, Alsina fue nombrado secretario de la Cámara de Diputados de la provincia. Prosiguió sus estudios de jurisconsulto, que terminó en 1854, recibiéndose de abogado.

Su participación en el bando político de los «pandilleros» (unitarios), bautizados así por el partido que encabezaba D. Nicolás Calvo, en el que militaban los federales, que a su vez recibieron el mote de «chupandines», fue importante, y a su esfuerzo personal se debió en gran parte el triunfo de los primeros en las elecciones de 185 7, que llevaron al sillón de Gobierno del Estado de Buenos Aires, a su augusto padre, por segunda vez.

En la campaña del año 1859, tuvo a su cargo el 1er. batallón del Regimiento N°. 4 de G. N.. en substitución del comandante Ramón M. Muñoz, que renunció y se batió con tanto denuedo en el campo de batalla de Cepeda, el 23 de Octubre de aquel año, que mereció una mención especial del general Mitre en el parte de la acción.

Participó en la retirada del ejército porteño sobre San Nicolás, embarcándose en la escuadra de Buenos Aires, la que sostuvo un violento combate con la confederada, el día 24 al caer la tarde, después del cual las fuerzas de Mitre siguieron aguas abajo el Paraná, rumbo a Buenos Aires. Alsina, con su batallón, se preparó para la defensa de la ciudad cuando se aproximó el ejército de Urquiza, situación que obligó a su padre a renunciar el gobierno de la Provincia para facilitar el advenimiento de los dos bandos rivales.

Firmados los tratados del 11 de noviembre, por los cuales se reincorporaba la provincia de Buenos Aires al resto de la Confederación, el Dr. Adolfo Alsina como su padre, fue designado miembro de la convención ad hoc que debía resolver sobre las reformas propuestas a la Constitución del 53. Poco después fue elegido diputado al Congreso de Paraná; pero rechazados los diputados porteños en el seno de aquella asamblea nacional con pretextos fútiles, debieron regresar a Buenos Aires.

Nuevamente estalló la guerra entre este Estado y la Confederación Argentina y Alsina al frente ahora de una brigada compuesta de dos batallones, combatió con su acostumbrada bizarría en los campos de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, salvando que el parque cayera en manos del enemigo. Después de la batalla, el general Mitre lanzó una orden General, acordando honores y recompensas a los jefes que habían actuado en primera línea, lo que hirió la susceptibilidad de muchos de los que habían estado en la reserva.

Alsina, que formaba parte de ésta durante la acción, pidió su separación del ejército, produciéndose con tal motivo un cambio de cartas entre Alsina y el general Mitre, que revelan el patriotismo y pundonor del primero y la nobleza militar y ciudadana del segundo. Concluida la campaña, regresó a Buenos Aires, siendo elegido en 1862 diputado por esta provincia al Congreso Nacional.

Con motivo del proyecto de federalización de la ciudad de Buenos Aires lanzado en el seno de la Cámara, Adolfo Alsina pronunció un brillante discurso contra el mismo, pieza oratoria que ha sido reputada como la mejor de su vida parlamentaria pues formó época en aquellos luminosos debates en que intervinieron Rawson, Elizalde, Mármol, Gorostiaga y otros oradores de reconocida capacidad. La defensa que hizo de Buenos Aires fue la señal de su rompimiento con el general Mitre y sus amigos, naciendo entonces de este cisma, los partidos nacionalista y autonomista cuya fogosa rivalidad produjo resultados tan fecundos para el progreso del país.

Sintiéndose enfermo en 1865, solicitó y obtuvo del Congreso una licencia para ausentarse a Europa. A su regreso, fue elegido el 2 de mayo de 1866, gobernador de la provincia de Buenos Aires, prestando al día siguiente el juramento de ley, designando a los doctores Mariano Várela y Nicolás Avellaneda para acompañarla en los ministerios de Hacienda y de Gobierno, respectivamente.

Una de sus primeras medidas, fue el separar las funciones de juez de paz de las de comandante de campaña, hasta entonces unidas; fijó el valor del papel moneda al tipo de 25 pesos por un peso fuerte; promulgó en julio de 1867, la ley que declara ser suficiente título la posesión de 40 años sin interrupción, para los terrenos del municipio de la ciudad y de los ejidos de los pueblos de campaña; la ley que subdividía el territorio del partido de Necochea en dos, denominando al nuevo, Juárez, en honor del Presidente de Méjico. Dispuso la fundación de los pueblos de Olavarría, el 25 de noviembre de 1867, en el paraje conocido por punta del arroyo Tapalqué, partido del Azul; y la del de Brandsen, el 17 de enero de 1868, a inmediaciones del Quequén Salado.

Fundó escuelas en Mercedes, Chascomús, Chivilcoy, San Nicolás de los Arroyos y el Vecino, ordenando la construcción de edificios para escuelas en Azul, Dolores, Saladillo, Ranchos y las Flores.

El partido de Arenales pasó a llamarse Ayacucho, en homenaje a la gran batalla que dio por tierra con el poder español en América. También se votaron leyes para la construcción de un edificio para el banco de la provincia. Empezó la gran obra de las aguas corrientes de Buenos Aires; inauguró el ferrocarril a Chivilcoy; reprimió la criminalidad en la campaña castigando con mano fuerte a los malhechores e hizo cuanto estuvo a su alcance por el bienestar de la provincia.

Poco antes de terminar su administración, sus ministros Várela y Avellaneda renunciaron a raíz de la actitud del doctor Alsina que destituyó a don Eduardo Wilde de la dirección del «Boletín Oficial», que apreció de traidor la actitud del gobernador en un artículo que llevaba su firma.

Tal fue la estimación que se captó el doctor Alsina entre sus conciudadanos por su laboriosa y honrada administración de dos años en la provincia de Buenos Aires, que siendo aún gobernador fue elegido para integrar con Sarmiento, la fórmula pesidencial que salió triunfante en las elecciones de 1868, correspondiéndole a su ilustre padre, en su carácter de Presidente del Senado, de proclamar la fórmula que había triunfado en los comicios.

En sus seis años de vice-presidente de la República, el doctor Adolfo Alsina mantuvo a la mayor altura el carácter que revestía, acrecentando el número de simpatías que sus actos anteriores le habían conquistado, en tal forma que. en 1873, sus partidarios proclamaron su candidatura para la presidencia del país. Pero frente a su nombre se irguió el general Mitre y la lucha trabada entre ambos bandos políticos fue una de las más ardorosas de que guardan memoria nuestros anales. Finalmente, Alsina sintindose débil ante su poderoso adversario, entregó seis elementos a la candidatura Avellaneda que se robusteció con los nuevos adherentes que fueron bautizados por sus adversarios con el mote de «contramarcados».

El partido autonomista se lanzó a la revolución, declarando que buscaba por la fuerza de las armas los derechos que se le desconocían o que les arrebataba el oficialismo. Elevado al Poder Supremo, el doctor Nicolás Avellaneda designó a Alsina Ministro de Guerra y Marina, el 12 de octubre de 1874 y en tal carácter le tocó reprimir con férrea mano la revolución que se había encendido en varios puntos del país, la que quedó definitivamente vencida en las batallas de la Verde y de Santa Rosa, que fueron completamente favorables a las fuerzas del Gobierno.

Vencida la revolución, cierto es que no se fusiló a nadie, pero los consejos de guerra especiales decretaron la pena de muerte para los dos generales derrotados en las acciones precedentemente citadas: Bartolomé Mitre y José Miguel Arredondo, los que finalmente fueron indultados. El plan de campaña contra los revolucionarios fue obra del propio Alsina, que dirigió virtualmente las operaciones militares que condujeron al triunfo definitivo de la legalidad.

Restablecido el orden, un solo partido podía concurrir a las elecciones y en tales circunstancias fue aclamado candidato a gobernador el dector Alsina. quien declinó el honor en atención a que deseaba mantenerse en el Ministerio nacional que ocupaba para aprovechar la influencia política que el mismo le proporcionaba y desde el cual proyectaba llevar adelante su amplio plan de conquista del Desierto que le ha valido un puesto de primera línea en la gratitud nacional. Por esta causa, fue elegido don Carlos Casares para reemplazar al coronel Alvaro Barros, en el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Alsina se dedicó desde ese momento, con verdadero ahinco, al problema de las fronteras y a la preparación de los medios conducentes a la ejecución de su magno propósito. Todo lo sacrificó a esta empresa digna de su carácter y de su inquebrantable voluntad, y puede afirmarse que las fatigas extraordinarias que le ocasionó esta tarea lo condujeron al sepulcro .

Personalmente dirigió la primera campaña que dio por resultado inmediato la ocupación permanente de Carhué, el 23 de abril de 1876, a la que siguieron la de ítalo, Guaminí, Puán, Trenque-Lauquén, etc., dejando establecida la línea de defensa más avanzada que había de proteger en el futuro la provincia de Buenos Aires de los desmanes de los salvajes. A fines de mayo del mismo año, Alsina regresó a la Capital, justamente satisfecho del resultado logrado en aquellas operaciones, y decidido más que nunca a llevar adelante su obra civilizadora.

Entretanto, el malestar político se había agravado considerablemente: era inminente una nueva revolución, más poderosa que la anterior, que amenazaba trastornar el orden de cosas establecido. Alsina vio claro a su alrededor, comprendiendo que el Gobierno estaba divorciado de la opinión y que hasta se sentía la inseguridad con respecto al ejército: en esta situación, el gobernador Casares le dio la clave para la resolución del grave problema mediante la conciliación de los partidos políticos. Para hacerla efectiva, debió el general Mitre sofocar el movimiento próximo a estallar, contra la voluntad de sus partidarios, dando así el más noble ejemplo de civismo que pueda encontrarse .

El supremo esfuerzo que el bienestar de la Patria exigía de sus hijos fue realizado, y aquellos patriotas separados por rivalidades políticas, se dieron sendos abrazos al pie de la estatua de Belgrano, en la plaza de la Victoria, en el día memorable: 7 de octubre de 1877.

Después de conjurar tan noblemente la crisis que amenazaba a la Nación, Alsina se entregó de lleno, nuevamente a su obra predilecta: las fronteras. Este era un problema que le atraía con irresistible fuerza; que le dominaba y le absorbía por completo. Acababa de asegurar la primera línea defensiva, pero proyectaba proseguir su tarea arrojando a las tribus bárbaras al sur  de los ríos Negro, Limay y Neuquén.

Y con este objetivo en vista, Alsina se puso en marcha para el Azul, el 29 de octubre de 1877, obteniendo a los pocos días los frutos de sus preocupaciones, con los triunfos sobre los caciques Namuncurá, Catriel, Pincén y otros, que eran un verdadero azote de la civilización y que solo fueron reducidos por la fuerza de las armas y después de cruentos sacrificios.

cacique pincen y su familia

El cacique Pincén y su familia. Foto tomada cuando fue traído prisionero a Buenos Aires.

Pero la enfermedad que había de tronchar su preciosa existencia, le atacó fuertemente en el curso de esta campaña, imponiéndole el abandono de la frontera, teatro de sus triunfos y su inmediato regreso a Buenos Aires, en busca de alivio a sus males.

Pero desgraciadamente todo fue inútil, pues el 29 de diciembre de 1877, a las 18 horas 57 minutos expiraba, estando rodeado su lecho de muerte por los señores Luis V. Várela, Cosme Beccar, Manuel Aráuz, Juan Francisco Vivot, Jacinto Aráuz, Eduardo O’Gorman, Enrique Sánchez y el antiguo criado de la familia de Alsina, Eugenio Abat, además de sus familiares.

Sus últimos pensamiento fueron dedicados a las operaciones militares que había ordenado contra los salvajes, pues en la fiebre de su delirio nombró continuamente a los jefes que comandaban los cuerpos del ejército entregados a la obra civilizadora: Levalle, Maldonado, Freiré, Vintter, García, etc.

Su muerte constituyó un duelo nacional, no dejando el pueblo demostración por hacer en su honor y los gobiernos nacional y provincial le decretaron honores militares y civiles extraordinarios. El pueblo en masa concurrió a sus exequias, calculándose no menos de 60.000 ciudadanos en el acompañamiento fúnebre.

En el Cementerio de la Recoleta hicieron oir su voz los primeros oradores de la República: el Presidente Avellaneda y el general Mitre, tuvieron conceptos notables para el ilustre muerto. Les siguieron en el uso de la palabra: Antonio Cambaceres, Miguel Navarro Viola, Mariano Várela, Manuel Augusto Montes de Oca, Manuel Aráuz, general Julio de Vedia, Ignacio López Suárez, Enrique Sánchez y Héctor F. Varela.

Correspondió al general don Julio A. Roca dar término a la magnífica empresa de conquistar el Desierto y arrojar defintivamente a los indios de nuestras fronteras, cerrando así uno de los capítulos más emocionantes de la Historia Nacional, desde la llegada de los españoles a esta parte del Continente Americano.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

Coronación de Francisco de Paula en Buenos Aires Un Español

PROYECTO DE CORONAR A UN ESPAÑOL EN LAS PROVINCIAS UNIDAS

Ante las intenciones del gobierno español, referentes al envío de una expedición armada a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y con el  propósito fundamental de «asegurar cuanto antes la independencia de América», el Director Posadas confia una misión diplomática a Manuel Belgrano y a Bernardino Rivadavia, con el proyecto de proponer al monarca español el establecimiento de una monarquía, representada por un príncipe de la familia reinante, para que gobernase el Río de la Plata «bajo las formas constitucionales que estableciesen las provincias».

El 28 de diciembre de 1814, Belgrano y Rivadavia salieron de Buenos Aires a bordo de una fragata con destino a Río de Janeiro, donde arribaron a mediados de enero de 1815. Luego de una entrevista con el embajador inglés Lord Strangford, quien toma cierta distancia en este asunto internacional, los comisionados siguen rumbo a Europa.

manuel belgrano

Manuel Belgrano, abogado

Rivadavia

Bernardino Rivadavia

Este sometimiento se aceptaba a cambio de una total autonomía en materia administrativa, pues los cargos quedarían «en manos de los americanos». La adopción de la monarquía constitucional sólo sería una concesión transitoria para obtener una paz ventajosa o ganar tiempo, si todo procedimiento de arreglo fracasara.

Rivadavia y Belgrano llegaron el 7 de mayo de 1815 al puerto de Falmouth y de allí pasaron a Londres, donde se pusieron al habla con Manuel da Serretas, quien se encontraba en la capital de Gran Bretaña desde mediados del año anterior.

La llegada de los comisionados a Londres se produjo en circunstancias difíciles, pues Napoleón había abandonado su forzoso destierro en la Isla de Elba y el 20 de marzo penetraba triunfalmente en París, lo que originó nuevas luchas europeas.

No tuvieron Rivadavia y Belgrano buen éxito en sus gestiones ante el gobierno de Londres y aceptaron un plan propuesto por Sarratea. Este había iniciado negociaciones con el ex rey de España Carlos IV —a la sazón exiliado en Roma— para crear en el Río de la Plata un reino constitucional que sería gobernado por el Infante Francisco de Paula, hijo menor del citado monarca. Intermediario en las conversaciones sería el conde de Cabarrús, aventurero francés con quien Sarratea había trabado amistad en Londres. El plan contaba con el apoyo de Napoleón en favor de Carlos IV.

Aceptaron Rivadavia y Belgrano el plan de buena fe, pues dadas las circunstancias porque atravesaba Europa era prácticamente imposible pretender que los países de ese continente reconocieran la independencia del Río de la Plata bajo el sistema republicano. Sólo sería bien aceptada una monarquía independiente basada en el  principio de la legitimidad.

A fines de julio, Cabarrús salió de Londres con instrucciones y documentos, entre éstos un proyecto de constitución —redactado por Belgrano— para aplicarlo en el futuro «Reino Unido de la Plata, Perú y Chile». Cuando llegó a Italia ya se había producido la caída definitiva de Napoleón en Waterloo, lo que motivó el fracaso del plan. Carlos IV se negó a continuar las negociaciones, pues «su conciencia le mandaba no hacer nada que no fuera favorable al rey de España».

Enterado Sarratea propuso en última instancia raptar al Infante y trasladarlo secretamente hasta el Río de la Plata, pero Rivadavia y Belgrano se opusieron terminantemente. Así concluyó este proyecto por establecer una monarquía en América. Belgrano regresó a Buenos Aires en noviembre de 1815, y Rivadavia quedó en Europa para intentar una negociación ante la Corte española.

Gestiones de Rivadavia en Madrid
A poco de alejarse Belgrano, Rivadavia dejó Inglaterra y marchó hacia París, ciudad a la que arribó a fines de noviembre de 1815. Debido a los cambios políticos ocurridos en Buenos Aires —Posadas ya había renunciado— sus poderes como comisionado no tenían respaldo legal, situación que provocó distanciamiento con Sarratea, quien argumentaba la validez de su acción diplomática.

En París, Rivadavia se entrevistó con Manuel Gandasegui, Director de la Compañía de Filipinas, quien —por encargo del gobierno español— le facilitó un documento con el cual podía dirigirse a Madrid sin temer por la seguridad de su persona.

El 21 de mayo de 1816, Rivadavia consiguió una entrevista con Pedro de Cevallos, ministro de Estado del gobierno español;1 aunque la conversación se desarrolló en términos cordiales, el segundo solicitó al diplomático porteño que presentara por escrito sus peticiones. Así lo hizo Rivadavia el día 28, aunque a partir de ese momento su situación se tornó comprometida poique corsarios procedentes de Buenos Aires habían apresado embarcaciones españolas cerca de Cádiz y, además, naves también argentinas —a las órdenes de Brown— bloquearon el puerto del Callao.

El ministro Cevallos resolvió terminar con las negociaciones .el 21 de junio, argumentando sus dudas con respecto a los poderes que exhibía el comisionado y su carencia de instrucciones precisas. Le ordenó que se retirara de España «porque el decoro del Rey no permite que por más tiempo se prolongue la permanencia de usted en la península».

Rivadavia partió nuevamente rumbo hacia París el 15 de julio. Al mes siguiente recibió un despacho del gobierno de Buenos Aires —a cuyo frente se encontraba Pueyrredón—, por el cual era nombrado Diputado de las Provincias Unidas ante las Cortes europeas.

Fuente Consultada:
HISTORIA 5 Historia Argentina de la Instituciones Políticas y Sociales José Cosmelli Ibañez – Troquel –

Ver: Misiones Diplomáticas en Europa

11 de Septiembre de 1852 Causas de la Revolución Porteña

 Causas de la Revolución Porteña De Septiembre de 1852

En la madrugada del 11 de setiembre de 1852 se produjo un estallido revolucionario en la ciudad de Buenos Aires, cuyo objetivo era el restablecer el predominio político y económico de la provincia de Buenos Aires sobre el resto del país, luego de la Batalla de Caseros, donde Urquiza toma el control político del país y quiso imponer un nuevo gobierno para restablecer la paz y el orden, pero que no fue aceptado por los localistas porteños,  dirigidos por  Alsina.

General Urquiza

ANTECEDENTES Y CAUSAS: Desde el momento en que Urquiza hizo su entrada triunfal en Buenos Aires, los porteños observaron con desconfianza la línea política a seguir por el vencedor de Caseros.

Los unitarios expatriados habían regresado ai país con ánimo de imponer sus teorías de gobierno y guardaban rencor a Urquiza, quien había servido a las órdenes de Rosas. Tampoco apoyaban al vencedor los federales porteños, quienes lo acusaban de traidor a la causa.

De tal manera, la política de fusión que pretendía aplicar Urquiza para restablecer la paz y la confianza, no tardaría en fracasar.

La divisa punzó era un distintivo político y no un símbolo patriótico, sin embargo el general entrerriano —de acuerdo con sus ideas federales— decretó nuevamente su uso, pero el ministro Valentín Alsina lo declaró optativo. Entonces el primero publicó una violenta proclama contra sus opositores, en la que acusaba a «los salvajes unitarios», de reclamar «la herencia de una revolución que no les pertenece».

valentin alsina revolucion 1852

Valentín Alsina

Guiados por su espíritu localista, los porteños censuraron las atribuciones concedidas a Urquiza por el Protocolo de Palermo y más tarde, la ruptura fue definitiva cuando proclamó gobernador a López contra la candidatura de Alsina. El descontento aumentó al trascender las cláusulas del Acuerdo de San Nicolás que quitaban a Buenos Aires privilegios económicos, políticos y militares, heredados a través de los años.

En resumen, se decía que Urquiza sólo había reemplazado a Rosas para gobernar amparado por una Constitución sin tener en cuenta las exigencias de la oposición unitaria, minoría culta que bregaba nuevamente por imponer sus principios-en todo el país.

Los debates en la Legislatura
La Legislatura de Buenos Aires autorizó al gobernador López y Planes a concurrir a San Nicolás, pero no le dio atribuciones para que firmara por su cuenta ningún acuerdo. No había regresado el último cuando se conoció en Buenos Aires el texto del documento —publicado por el diario oficialista «El Progreso«— lo que provocó gran excitación. Los opositores juzgaban que López era un simple instrumento de Urquiza y que el acuerdo lesionaba intereses fundamentales para la provincia más importante del país, entre ellos, la igualdad de representación ante el futuro Congreso.

López reasumió el mando el 14 de junio y al día siguiente envió a la Legislatura un proyecto de ley, por el cual entraba en vigencia en todo el territorio de la Provincia de Buenos Aires el Acuerdo de San Nicolás. Los debates a que dio origen la aprobación o el rechazo del pedido se conocen en nuestra historia con el nombre de «jornadas de junio».

El descontento fue atizado por la prensa opositora, representada por dos .grandes periódicos: «Los Debates» de Bartolomé Mitre y «El Nacional» de Vélez Sársfield.

Debido a estos sucesos, el gobernador López y Planes elevó la renuncia a la Legislatura el 23 de junio. Aceptada de inmediato, la Cámara nombró en su reemplazo a Guillermo Pinto, pero Urquiza —en uso de las facultades que le había otorgado el acuerdo— por medio de un golpe de Estado, declaró disuelta la Legislación de Buenos Aires y expulsó a los principales opositores.

El anciano López y Planes fue repuesto en el cargo de gobernador pero no tardó en renunciar, entonces Urquiza quedó por breve tiempo al frente de la provincia de Buenos Aires.

Revolución del 11 de setiembre
Mientras la República había quedado nuevamente dividida en dos facciones antagónicas, se efectuaban en todo el territorio las elecciones de diputados para el Congreso constituyente a reunirse en Santa Fe.

Urquiza, el Director Provisorio, tenía que marchar hacia aquella provincia y entonces delegó el mando de Buenos Aires en su ministro de Guerra, general José Miguel Galán. El 8 de setiembre se embarcó en dirección a Santa Fe, acompañado de numeroso séquito.

Alejado Urquiza, los opositores juzgaron llegado el momento oportuno para provocar el estallido de una revolución, cuyo objeto era restablecer el predominio político y económico de la provincia de Buenos Aires sobre el resto del país. El jefe civil del movimiento fue Valentín Alsina, quien contó con la adhesión de los generales José María Piran —designado jefe militar— y Juan Madariaga.

En la madrugada del 11 de setiembre de 1852 se produjo el estallido revolucionario y el general Galán —gobernador delegado— nada pudo hacer para impedirlo. La Legislatura volvió a reunirse y su presidente el general Guillermo Pinto fue elegido gobernador interino de la provincia de Buenos Aires.

Enterado de los sucesos, Urquiza decidió en principio sofocar el levantamiento por medio de las armas, pero luego juzgo prudente negociar.

La Legislatura de Buenos Aires retiró los diputados ante el Congreso de Santa Fe y no reconoció a Urquiza en el mando de las relaciones exteriores.

Fuente Consultada:
HISTORIA 5 José Cosmelli Ibañez
Instituciones Políticas y Sociales desde 1810
Editorial TROQUEL

Resumen Biografia de Sucre Antonio José Independencia Americana

Resumen Biografía de Sucre Antonio José- Independencia Americana

Las guerras de independencia dieron lugar a grandes amistades, como la de San Martín y O’Higgins en el sur del continente, y la de Bolívar y un joven venezolano que a los quince años ya era teniente de ingenieros.

Convertido en mariscal de campo en 1824, bautizará el Alto Perú como República de Bolivia en honor a su amigo el Libertador.

Antonio José Sucre, fue un general venezolano, una de las figuras más relevantes de la independencia americana; siendo aún muy joven, se unió a la insurrección contra el dominio colonial español en Venezuela que dirigía Miranda (ver abajo), aprovechando la indefensión de la metrópoli bajo la ocupación francesa (1811-12).

Tras la derrota de Miranda alternó el exilio en las Antillas con campañas militares en Venezuela, Colombia y Guayana (1813-17).

Antonio José de Sucre, uno de los grandes héroes de Sudamérica, fue quien bautizó el Alto Perú como Bolivia en homenaje al Libertador.

A los diecisiete años era miembro del Estado Mayor de Francisco de Miranda, a los diecinueve fue nombrado capitán, a los veintidós ascendido a coronel y, dos años más tarde, en 1819, Bolívar lo nombró general de brigada y luego jefe de su Estado Mayor.

Su carrera militar culminó en 1824 en la batalla de Ayacucho, tras la cual el congreso peruano lo nombró mariscal de campo.

Ni el propio Bolívar ni José de San Martín, los dos Libertadores de América, alcanzaron nunca este título.

Luchando por el continente Sucre nació en 1795 en Cumaná, la capital del actual estado de Sucre (Venezuela), así bautizado en su honor el 4 de agosto de 1909.

En sus primeros años como soldado, luchó en Venezuela al lado de su padre y bajo las órdenes del precursor Francisco de Miranda.

Cuando se enroló en el ejército comandado por Bolívar, el Libertador le encomendó proteger la ciudad de Cartagena de Indias, en Colombia.

Combatió luego por la independencia de este país, y más tarde por la de Ecuador y Perú.

Finalmente, fue enviado por Bolívar al Alto Perú, donde el mariscal proclamó el nacimiento de la actual República de Bolivia en 1825.

Fuente Consultada:
¿Sabes Quien…? Editorial Océano Entrada Antonio José Sucre

BIOGRAFIA Y HECHOS POLITICOS DE ANTONIO JOSE SUCRE

Antonio José de Sucre fue uno de los más esclarecidos y destacados de los libertadores de América. Había nacido en Cumaná en 1795 y, con apenas 15 años, se sumó a los ejércitos patriotas que empezaban a luchar contra la dominación española.

Sucre tenía formación militar y provenía de una familia de militares; así que le resultó muy útil primero al general Francisco de Miranda, para quien combatió, y luego al propio Simón Bolívar.

Para 1821, Sucre era ya un militar consumado que había probado su valor y pericia en varias batallas.

Con el grado de Jefe del Ejército del Sur de Colombia, dirigió el triunfo en Pichincha en 1822, el cual determinó la incorporación de Quito y Guayaquil a la Gran Colombia.

Al año siguiente organizó con Bolívar a las tropas que tenían por mandato finalizar el proceso independentista de Perú –que había iniciado San Martín– y del Alto Perú, donde todavía había resistencia de parte de los realistas.

Combatió en Junín en 1824, y luego Bolívar le entregó el mando. Así le tocó ser el jefe militar de la última batalla de la independencia americana: Ayacucho.

Al frente de 7.000 soldados, pudo derrotar a los 10.000 que comandaba el general José de Canterac.

En 1825 proclamó la Independencia del Alto Perú, que en honor a Bolívar fue llamada Bolivia.

Como capital, fue designada Sucre, en honor de su libertador, quien además fue nombrado su primer presidente.

Gobernó hasta 1828, cuando una sublevación lo decidió a renunciar. Volvió a luchar en Colombia, hasta que fue muerto en 1830 en una emboscada.

Resumen: A los 15 años intervino en varias campañas al lado del general Miranda y, después del desastre de La Guaira, se refugió en su pueblo natal. Sirvió en el Estado Mayor desde 1814 hasta 1817. Fue ascendido a general en 1818 y comisionado por Bolívar para proveer, en las Antillas, armas y municiones al ejército. Lugarteniente de Bolívar en Colombia, participó en la toma de Nueva Granada.

Luchó contra los españoles en La Plata (1820), en Guayaquil (1821) y en Pichincha (1822). Fue héroe y vencedor en las batallas de Junín y Ayacucho (1824), victorias que determinaron la independencia completa de América del Sur. Nombrado gran mariscal de Ayacucho y generalísimo por la junta peruana. Los bolivianos lo eligieron presidente de la república en 1826, dimitió en 1828 y se exilió en Ecuador.

En 1829 participó en la guerra de Colombia contra Perú, que culminó en la paz de Piura. En 1830 fue nombrado presidente del Congreso para mantener unida la Gran Colombia. Cuando Ecuador acordó su independencia,  se dirigió a Quito, pero fue asesinado en las  montañas de Berruecos, cerca de Pasto, cuando perseguía a los surrectos del sur, comandados por el general Ovando.

Antonio Sucre

Caudillo de la independencia hispanoamericana
(Cumaná, Venezuela, 1795 – Berruecos, Pasto, Colombia, 1830).

En 1818 formó parte de la plana mayor del ejército de Bolívar y fue uno de sus hombres de confianza. Estuvo en las acciones de Guayaquil, Pichincha, Junín y Ayacucho, que constituyen episodios decisivos en el camino hacia la independencia de Ecuador, Perú y Bolivia.

Con Bolívar, compartían un mismo pensamiento liberal y democrático, así como la idea de mantener unida la Gran Colombia creada en 1819 (sobre los territorios actuales de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador).

Obtuvo algunas de las victorias militares sobre los realistas, que determinaron la independencia de las antiguas colonias españolas en Sudamérica: ganó la batalla de Pichincha (1822), que liberó de los españoles el territorio de Quito (actual Ecuador); y secundó las batallas de Junín (1824) y, sobre todo, Ayacucho (1824), que acabaron con el poder virreinal en el último bastión controlado por España, que era el Perú.

Una vez lograda la victoria definitiva, fue designado presidente vitalicio de Bolivia, cargo que desempeñó durante dos años, dando pruebas no sólo de sus cualidades de estadista, sino también de su patriotismo y desinterés.

Luego intervino en los conflictos que enfrentaron a Perú y Colombia, tomando partido a favor de ésta última. Rechazó la invasión peruana y, resuelto el problema satisfactoriamente, marchó a Quito; durante el camino fue asesinado en la montaña de Berruecos. Tenía entonces treinta y cinco años y con su muerte perdió América uno de sus más grandes soldados.

FRANCISCO MIRANDA

Francisco Miranda

Miranda, Francisco
(1756-1816)

Nació en Caracas (Venezuela) el 9 de junio de 1756; se inició como soldado en las filas del ejército español y viajó a Estados Unidos cuando España y Francia apoyaron la independencia de las colonias inglesas en aquella región de América.

A partir de entonces comenzó a acariciar el proyecto de luchar por la independencia de su patria.

De Estados Unidos pasó a Cuba y posteriormente se trasladó a Europa dispuesto a acrecentar sus conocimientos y adquirir las bases teóricas de la gran empresa que planeaba.

Catalina II , emperatriz de Rusia, le ofreció ayuda y lo mismo hizo el Ministro Pitt de Inglaterra.

En  1799 tuvo activa participación en los sucesos de la Revolución  Francensa y en 1806 volvió a Estados Unidos donde organizó un pequeño ejército para iniciar su gesta libertadora.

Pero pronto de  dio cuenta de que además de las armas necesitaba el   apoyo   popular   para   llevarla   a   caboi Simón Bolívar se convirtió en su aliado y gracias a su ayuda pudo lograr el  triunfo de la revolución de Nueva Granada (Venezuela).

En Caracas creó la Sociedad Patrio tica que agrupó a los principales teóricos de la Revolución; nombrado generalísimo de  las   fuerzas de mar y   (ierra  en   1812, fue derrotado sin embargo por sus opositores,    quienes   lograron    finalmente   que fuera enviado a Cádiz, donde  lo encerra ron en una sórdida prisión.

Alli murió cargado de cadenas el 14 de julio de  1816.

Fuente Consultada: Diccionario Juvenil de Historia Universal

Asesinato de Quiroga Muerte del Caudillo Riojano Los Reinafé (301)

Asesinato de Quiroga Muerte del Caudillo Riojano

Asesinato de Quiroga: Juan Facundo Quiroga se había radicado nuevamente en Buenos Aires luego de la victoriade la Ciudadela, en noviembre de 1831. En noviembre de 1834 se produjo un conflicto entre los gobernadores federales de Salta y Tucumán, Pablo Latorre y Alejandro Heredia, respectivamente.

Quiroga fue presionado por Rosas y por el gobernador bonaerense Maza para que fuera a reconciliarlos, con plenos poderes. Quiroga partió de Buenos Aires el 16 de diciembre de 1834. Pero, al llegar a Santiago del Estero se enteró que Latorre había sido derrocado y muerto, el 29 de diciembre de 1834.

Desde el 3 al 6 de enero de 1835 se reunió con Juan Felipe (barra, gobernador santiagueño, y el tucumano Heredia, para reconocer al nuevo gobierno salteño.

Y asimismo firmó con ellos un tratado efe alianza y amistad que debía extenderse a las demás provincias argentinas. Era una liga que significaba el comienzo de la organización nacional y respondía exclusivamente a Quiroga.

Luego de la firma de tal pacto, emprendió Quiroga el regreso en compañía de su secretario José Santos Ortiz.

En el trayecto le advirtieron que el capitán José Santos Pérez lo esperaba con una partida para matarlo. Quiroga aseguró con soberbia que «a una orden mía se pondrán a mi servicio».

El 15 de febrero de 1835 entraron en la provincia de Córdoba e hicieron noche en la posta de Intihuasi. Al amanecer prosiguieron viaje y a las once de la mañana del 16 de febrero de 1835, en el recodo solitario de Barranca Yaco, una partida armada detuvo el carruaje. «¡Alto!» gritó el jefe del grupo. Quiroga asomó la cabeza por la ventanilla de la diligencia y gritó colérico: «¿Qué significa esto, quién manda esta partida?».

Adivinó la situación y trató de tomar una de sus pistolas pero un disparo le penetró por el ojo izquierdo y le atravesó la cabeza. De inmediato otro de los gauchos de la partida le enterró un cuchillo en la garganta. Sus últimas palabras fueron: «¡No maten a un general!».

Todos fueron exterminados pues no debía haber testigos. Pero e correo Agustín Marín y el ordenanza de José Santos Pérez, que viajaban detrás de la diligencia retrasados en sus cabalgaduras, advirtieron a lo lejos lo que pasaba y se ocultaron en unos matorrales.

La noticia del asesinato de Quiroga llegó a Buenos Aires e 3 de marzo y el acontecimiento impresionó a la opinión pública. Rosas, ante este hecho, escribió: «¡Miserables, ya lo verán ahora!. El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones».

El asesinato se atribuyó en un principio a una conspiración unitaria. Pero luego de una investigación, se llegó a la conclusión que el suceso estaba íntimamente ligado a las diferencias en el campo federal. Los autores materiales del asesinato y sus cómplices más directos fueron procesados.

El 25 de octubre de 1837 fueron fusilados en la Plaza de Mayo, Santos Pérez (jefe de la partida) y los hermanos José Vicente y Guillermo Reinafé, caudillos cordobeses distanciados con Quiroga y protegidos de Estanislao López.

EL ORDEN PROVINCIAL: Si se estudia la organización política de La Rioja durante la actuación de Quiroga, se observará que se destaca la vigencia de un ordenamiento legal mucho más establecido de lo que suele suponerse.

El análisis de ciertos aspectos sustanciales de las relaciones entre los poderes provinciales riojanos (el gobierno y la Sala de Representantes) y Quiroga, que se iniciaron en 1820, sugiere la necesidad de matizar esa imagen del caudillo que, seguido por sus huestes, dominaba a su antojo una tierra de nadie.

Por una parte, se observa que, junto al poder de Quiroga, se mantenía una estructura política/legal, a veces de origen colonial; por otra, se advierte que el desarrollo de instituciones estatales en la provincia no era una simple formalidad.

Por el contrario, estas instituciones, aunque rudimentarias, traducen el surgimiento de nuevas condiciones políticas, que se inscribían dentro de los esfuerzos por consolidar soberanías provinciales autónomas en el Río de la Plata, durante la primera mitad del siglo XIX.

Lo cierto es que el poder particular del caudillo estaba basado sobre relaciones informales (familiares, amistosas, comerciales) y formales, y se amparaba en una legalidad que. estaba presente tanto en sus relaciones políticas como en sus actividades privadas. Así, el poder de Quiroga se asentaba, también, en su condición de ganadero, comerciante y prestamista de grandes sumas de dinero.

En su carácter de hombre de negocios, se sometía a ciertas normas prácticas que regulaban las relaciones comerciales de la época, como la escrituración de la compra de tierras o el pago de derechos de exportación a su provincia.

El Tercer Estado en el Antiguo Régimen Feudal y Estamentos Sociales

El Tercer Estado en el Antiguo Régimen y Estamentos Sociales

La sociedad medieval estaba dividida en tres órdenes, también llamados estados o estamentos.

• El estamento compuesto por los nobles, «los que guerrean».
• El estamento integrado por los clérigos, «los que oran».
• El estamento formado por los campesinos, «los que trabajan».

Cuando en los últimos siglos medievales surgió la burguesía, sus miembros integraron junto con los campesinos el tercer estado.

Los representantes de los tres órdenes, con la inclusión de la burguesía, tenían el privilegio de brindar «consejo y ayuda» al rey cuando participaban en las asambleas de los estados.

Según el país, las asambleas de estado recibían diferentes nombres y tenían un mayor o menor poder. Fueron las Cortes en España, los Parlamentos en Inglaterra, los Estados Generales en Francia y las Dietas en Alemania.

En algunos países, las asambleas estaban muy supeditadas al príncipe, quien las consultaba sólo en casos extraordinarios; por ejemplo, el emperador de Alemania rara vez convocaba a la Dieta. En otros casos, en cambio, los estamentos tenían una participación activa e influían en las decisiones de los monarcas, como sucedía en Inglaterra y en España.

EL TERCER ESTADO:

¿Quién se atreverá a negar que el Tercer Estado tiene todo lo necesario para formar una nación completa? Es como un hombre fuerte y robusto con un brazo aún encadenado. Si se suprimiese el orden privilegiado, la nación no sería por ello algo menos, sino más bien algo más.

En resumen, pues: ¿qué es el Tercer Estado? Todo, pero un todo atado y oprimido. ¿Qué sería sin el orden privilegiado? Todo, pero un todo libre y floreciente. Nada puede funcionar sin él, pero todo funcionaría infinitamente mejor sin los demás.

No basta con demostrar que los privilegiados, lejos de ser útiles a la nación no pueden hacer otra cosa que debilitarla y perjudicarla; hay que demostrar además que el orden nobiliario no tiene lugar alguno en la organización social: puede ser una carga para la nación pero no puede en modo alguno formar parte de ella.

Efectivamente, no hay manera de encontrar un lugar donde situar la casta de los nobles entre todas las partes elementales de una nación.

Ya sé que hay individuos, en número demasiado crecido, a los que las enfermedades, la incapacidad, una pereza incurable o el torrente desatado de las malas costumbres hacen extraños a los trabajos de la sociedad. En todas partes, y sobre todo en los grandes Estados, la excepción y el abuso crecen junto a la regla. Pero se convendrá en que cuantos menos abusos haya, mejor ordenado estará el Estado.

El más desorganizado de todos sería aquel en el que no sólo los particulares aislados sino una clase entera de ciudadanos cifrase su gloria en permanecer inmóvil en medio del movimiento general y en cambio supiese consumir la mejor parte del producto sin haber concurrido en nada a hacerlo nacer. Una clase así queda por sí misma al margen de la nación, a causa de su holgazanería.

Pues el orden nobiliario no queda menos al margen, aun estando en medio de nosotros, por sus prerrogativas civiles y públicas.

Porque, ¿qué es una nación? Un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y que son representados por la misma legislatura.

Y, ¿acaso no es demasiado cierto que el orden nobiliario tiene privilegios, dispensas e incluso derechos separados del cuerpo de los ciudadanos? Por ahí se sale del orden común de la ley común. Incluso sus derechos civiles hacen de él un pueblo aparte dentro de la gran nación. Es, verdaderamente, imperíum in imperio.

E. J. SlEYÉS: ¿Qué es el Tercer Estado?

INTERESANTES COMENTARIOS ANTES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA:

FUENTE 1: «Suplicamos humildemente a Su Majestad que ordene la supresión de todos los privilegios que tienen las propiedades señoriales […]; y que las imposiciones de toda naturaleza, reales, provinciales, diocesanas y municipales sean soportadas por todas las propiedades indistintamente. Que el tercer estado tenga el mismo número de representantes que los otros dos órganos reunidos del clero y la nobleza; y que se delibere no por orden sino por cabeza de deliberantes.

Que la libertad personal es inviolable y que ningún ciudadano puede ser privado de su libertad excepto mediante un juicio justo y según las leyes en los tribunales ordinarios.

Que la reunión periódica de los Estados Generales es derecho de la Nación y deberá ser en el futuro el sistema permanente de administración del reino. Se arbitrará una fórmula para establecer y recordar continuamente que la ley ha sido proclamada y cada tributo ha sido impuesto por voluntad o con el consentimiento de la Nación.»

(Cuadernos de quejas y súplicas de varías ciudades francesas, 1789).


FUENTE 2. «Lo deuda del Estado, ya inmensa a mi advenimiento al trono, se ha acrecentado todavía más bajo mi reinado: una guerra dispendiosa, pero honorable, ha sido la causa; la elevación de los impuestos ha sido la consecuencia necesaria y ha hecho más notoria su desigual repartición.

Una inquietud general, un deseo exagerado de innovaciones, se han adueñado de los espíritus (por eso debemos) apresurarnos a contenerlas en una reunión de entendimientos sabios y moderados, Y con esta esperanza, señores, los he reunido, y veo con agrado que mi confianza se ha visto justificada por la disposición que los dos primeros órdenes han mostrado en renunciar a sus privilegios económicos. La esperanza que he concebido de ver a todos los órdenes concurrir conmigo al bien general del Estado, no se verá defraudada, […]»

(Discurso pronunciado por el rey Luis XVI en la apertura de los Estados Generales, 1789).

Fuente 3. «El rey quiere que la antigua distinción en tres órdenes del Estado se conserve íntegramente, como algo especialmente ligado a la constitución de su reino.» (artículo 1).

«Todas las propiedades, sin excepción, serán permanentemente respetadas y Su Majestad comprende expresamente bajo el nombre de propiedades, diezmos, censos, rentas, derechos y deberes feudales y señoriales, y en general todos los derechos y prerrogativas útiles u honoríficas ligadas a las tierras o a los feudos o bien pertenecientes a las personas.» (artículo 12).

(Declaración de intenciones del rey, sesión de Estados Generales, 23-6-1789).

Fuente 4. «Esto asamblea, que parece más una horda de salvajes que una reunión de hombres educados, efectúa una subversión general. ¿Y precisamente en este momento de delirio nos identificaremos por primera vez con los franceses? ¿No deberíamos más bien, aprovechando la impotencia moral y física de esta nación ingrata, cuyos esfuerzos se han dirigido a suprimir nuestros privilegios, deshacer todos nuestros vínculos con ella?»

(Panfleto anónimo que circuló en Bretaña, 30-10-1790).

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Catástrofes Por Los Desequilibrios Ecológicos Causados Por El Hombre

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La relación del hombre con la Tierra ha experimentado un cambio a raíz del repentino poder de nuestra civilización para incidir en el ecosistema global y no sólo en un área particular y específica del mismo. Todos sabemos, desde luego, que la civilización humana siempre ha influido en el medio ambiente.

Baste decir a modo de ejemplo que incluso los hombres prehistóricos quemaban a veces amplias zonas intencionadamente en busca de alimentos. Actualmente, hemos remodelado una considerable parte de la superficie del planeta, cubriéndola de hormigón en las ciudades y transformando el bosque en arrozales, trigales o pastos.

Pero estos cambios, que a primera vista podrían parecer importantes, han resultado ser, hasta ahora, factores más bien triviales para el ecosistema global.

De hecho, hasta nuestros días, siempre se supuso que nada de cuanto hiciéramos o pudiéramos hacer afectaría de manera prolongada al medio ambiente global. Es precisamente esta suposición la que debemos descartar hoy a fin de meditar en términos estratégicos sobre nuestra nueva relación con el planeta.

Actualmente, la civilización es la causa principal de los cambios que se suceden en el medio ambiente global.

Nuestro siglo ha sido testigo de cambios decisivos en dos factores clave que definen la realidad física de nuestra relación con la Tierra: un súbito e inquietante aumento de la población humana, que crece a razón de la totalidad del censo chino cada diez años, y el repentino aceleramiento de la revolución científica y tecnológica, que ha llevado nuestro poder de transformación del mundo a niveles casi inimaginables; hoy somos capaces de quemar, recortar, cavar, desplazar y remodelar como nunca la materia física de que se compone el planeta.

El crecimiento demográfico es a la vez una de las causas del cambio de relación y un claro indicio de la imprevisible magnitud de este cambio, sobre todo en términos históricos.

Desde que aparecieron los primeros humanos modernos, hace 200.000 años, hasta los tiempos de Julio César, jamás había habido más de 250 millones de personas sobre la faz del planeta.

Mil quinientos años después, cuando Cristóbal Colón zarpó hacia el Nuevo Mundo, la población mundial rondaba los 500 millones.

En 1776, año en que Thomas Jefferson redactó la Declaración de Independencia de listados Unidos, la cifra se había duplicado nuevamente: ya éramos 1.000 millones. Hacia mediados de este siglo, justo después de la II Guerra Mundial, superábamos los 2.000 millones.

En otras palabras, desde los albores de la humanidad hasta 1945 tuvieron que sucederse más de diez mil generaciones para llegar a los dos mil millones de personas. Hoy en día, en el transcurso de una sola vida  la población humana habrá pasado de dos mil a nueve mil millones, previsión cuyo ecuador ya ha sido superado con creces.

Las magnitudes del tiempo implicadas entre el origen de nuestro planeta hasta hoy son tan abrumadoras que fácilmente pueden distorsionar nuestras perspectivas. Se las debe reducir a términos más simples.

Si comprimimos el tiempo geológico de miles de millones de años a un período de más fácil captación, por ejemplo un siglo, podemos pensar en nuestro planeta como un jardín cuya realización insumió cien años. Noventa y dos años, para ser precisos, si tomamos la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años como el nacimiento del planeta y convenimos que un año de nuestra escala representa 50 millones de años.

Los dinosaurios y los grandes reptiles surgieron hace sólo dos años y debería pasar más de un año y once meses antes de que aparecieran en el jardín nuestros primeros antepasados reconociblemente humanos, el Homo habilis, simios parecidos al hombre. Seguiría la primera de las recientes eras glaciales —unas dos semanas atrás— desplazando los bosques y las formas de vida de las regiones en tomo de los polos de la Tierra y produciendo cambios en la distribución y en la composición aun de los bosques tropicales. Fue sólo durante y después del último de esos períodos glaciales, dentro de los últimos 50.000 años —u ocho horas en el tiempo del jardín— que el hombre moderno, el Homo sapiens, se propagó por el planeta, llegando a Australasia y a las Américas.

El jardín de la Tierra ha sido emparejado y regado por los elementos por noventa y dos años, nosotros hemos estado en él por menos de un día.

Para el momento en que llegamos, el jardín era un lugar de gran magnificencia. La flora y la fauna habían surgido en una variedad maravillosa, impresionante y exquisitamente entrelazada. La humanidad es el bebé de la familia, el recién llegado al jardín de la Tierra. Pero ya hemos hecho más qué cualquier otra especie para cambiar el antiguo jardín para bien y para mal.Desarrollamos habilidades agrícolas durante las últimas horas y agrandamos mucho la capacidad del jardín para sustentar la vida. Y en el curso de los últimos cinco minutos iniciamos nuestra revolución industrial, un proceso de cambio que sería maravillosamente creativo e increíblemente destructivo a la vez.

Desarrollamos grandes civilizaciones en la Mesopotamia. en Egipto, en China y en el valle del Indo, en las Américas, en Grecia y en Roma y, luego, en Europa. Nuestros antiguos centros de instrucción produjeron nuestros primeros filósofos, nuestros primeros científicos. Demostramos gran coraje y aptitud para explorar el planeta y entender su totalidad. En tiempos más recientes, nuestra ciencia y nuestra tecnología han hecho rápidos avances en campos tan variados como la agricultura, la medicina, las comunicaciones y la electrónica. El ritmo ha sido increíble, desconcertante. No pasó tanto tiempo desde que Gutenberg inició la imprenta con tipos móviles, Slephenson construyó la locomotora de vapor y Alexander Graham Bell inventó el teléfono. Pero ellos son antiguos ahora, como la imprenta revolucionada por las computadoras y el láser, la locomotora reemplazada por los cohetes del viaje espacial y el teléfono por cable superado por los satélites y los cables de fibra óptica. Y seguimos avanzando, impulsados cuesta arriba cada vez más rápidamente por la ciencia y la tecnología.

Pero ha habido un lado negativo del progreso. En el comienzo, mientras nos adaptábamos al medio ambiente, aprendimos a vivir en armonía con la naturaleza. Algunos siguen viviendo hoy en armonía, pero sólo unos pocos, pues el resto de la humanidad decidió someter y atacar la naturaleza  a su voluntad, con el solo objetivo de satisfacer sus necesidades, que en la gran mayoría de los casos son superfluas.

Nuestro ataque a la naturaleza fue impulsado por lo que se percibió como la virtud de la acumulación, y por largo tiempo lo excusamos como cruel inocencia, un efecto secundario tolerable del progreso. Pero se convirtió en una cultura del consumo y en una inexcusable amenaza a la supervivencia humana. La adaptación a los rigores de los elementos nos apartó gradualmente del objetivo de la armonía con la naturaleza, llevándonos a perseguir su dominio. Ya ni siquiera bastaba igualar los tantos con la naturaleza: debíamos subordinarla a las necesidades y aun más a los deseos de nuestra especie particular. En especial en este siglo nos hemos vuelto tan seguros de nuestro genio, tan confiados en nuestro dominio sobre el habitat, que en verdad hemos perdido conciencia de nosotros mismos como parte de la naturaleza. En las grandes ciudades del occidente industrializado la vida se caracteriza por el desplazamiento casi completo o la exclusión de lo natural por lo artificial.

Es cierto que nuestra ciencia, en muchas de sus formas —la antropología, la geología, la química, la biología, la astronomía, todos los senderos al pasado abiertos por nuestro genio—, confirma nuestra evolución dentro de la naturaleza y nuestra dependencia de la naturaleza en cuanto a nuestra existencia presente y a la supervivencia futura. Eso es lo que sabemos en nuestra mente. Pero cómo vivimos, el modo en que prosperamos o sólo sobrevivimos, lo que pensamos y hacemos (o no hacemos) sobre el futuro, deriva menos de la inteligencia que del deseo, en particular un impulso compulsivo a predominar y prosperar a toda costa.
El proceso de modernización ha creado en nosotros no sólo seguridad en cuanto al logro humano sino también una suposición de autosuficiencia con independencia del orden natural que la sostiene. Estamos simplemente orgullosos de haber «descubierto» el ADN, el código genético que es la clave de la vida. Pero qué rara vez reconocemos que antes de nosotros y de nuestros descubrimientos estaba el código mismo. El genio primordial estaba en la naturaleza. Mucho antes de convertimos en intérpretes de la naturaleza éramos creación de la naturaleza.

Existe otra cara opuesta del progreso humano: decididamente no ha sido progreso para la mayoría de los seres humanos. El progreso material del que tanto nos enorgullecemos sólo lo gozan unos pocos y, al menos en algunos respectos, a expensas de la mayoría. Si bien toda la humanidad se ha beneficiado en cierta medida, la prosperidad que es la esencia del progreso es el privilegio de un cuarto de la humanidad, que está consumiendo los recursos., del planeta de un modo inquietantemente egoísta.

Si debiéramos emplear unas pocas palabras para definir el mayor peligro para el medio ambiente, ellas podrían ser «riqueza y pobreza» o tal vez, más agudamente, «industrialización y subdesarrollo'». Ambas son formulaciones mínimas, por supuesto.

Podríamos intentar una un poco más extensa: «consumo excesivo de recursos por parte de los ricos e intolerable miseria entre los pobres». También eso es una expresión mínima.

Algunos de los efectos nocivos o desequilibrios ecológicos producidos por esta feroz carrera por la producción y ganancias materiales  son la lluvia acida, los gases invernadero, la capa de ozono, el calentamiento global, el cambio del clima, la elevación del nivel del mar, la extinción de las especies, la desertificación, los bosques en desaparición, la crisis de la madera combustible, los riesgos nucleares, los residuos peligrosos, la erosión del suelo, el deterioro urbano, la escasez del agua, el agotamiento de la provisión de peces, para mencionar sólo algunos de los problemas más prominentes.

Cuando la sociedad humana les preste atención a todos ellos corre el peligro de pasar por alto el cuadro más grande y el mensaje que transmite. Preferimos, tal vez subconscientemente, atender los síntomas y evitar las causas. Esta tendencia inevitablemente es más pronunciada entre aquellos que tienen tanto que el cambio siempre les parece amenazante que para aquellos que tienen tan poco que el cambio sólo puede mejorar las cosas. En esto residen las semillas del desacuerdo que podría perjudicar la acción global por la supervivencia.

El impacto humano sobre la biosfera lo que está produciendo tensión ambiental y poniendo en peligro la capacidad del planeta para sostener la vida. En esencia, ese impacto se causa mediante la energía y las materias primas que la gente usa o derrocha mundialmente. Si el uso fuera aun aproximadamente igual entre la gente, la medición del impacto humano sería una cuestión relativamente simple de resolver multiplicando la cantidad de energía y de materias primas que usa cada persona por el número de la población mundial. Pero no hay ninguna equivalencia en nuestro gasto de recursos.

La vasta mayoría, que es pobre, los usa sólo en forma mínima. Exactamente lo opuesto sucede entre los ricos, que son pródigos en su consumo. La energía, en especial el uso de combustibles fósiles, está en el núcleo mismo del asunto. Un cuarto de la población mundial, la mayor parte de la cual vive en los países industriales, da cuenta del 80 por ciento del consumo mundial de energía comercial. Los otros tres cuartos, que viven en su mayor parte en el mundo ni desarrollo, dan cuenta de sólo el 20 por ciento.

Fuente Consultada:
La Tierra en Juego de Algore
Nuestro Hogar, el Planeta Shridath Ramphal