El Descubrimiento de la Dama de Elche Historia


HISTORIA DE LA DAMA DE ELCHE

Dama de Elche, se trata de un busto femenino en piedra caliza, descubierto en 1897 en La Alcudia (Elche). Ricamente alhajada, lleva una tiara ceñida con una diadema, dos grandes ruedas sobre las orejas para recoger el pelo y collares sobre el pecho. Se considera obra cumbre de la escultura ibera datada, aproximadamente, entre los siglos IV y I a.C. En la actualidad se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

En un atardecer de agosto, hace ya medio siglo, surgió de la tierra, donde estuviera oculta dos mil cuatrocientos años. Llegó con su aire solemne de sacerdotista. Y como el retrato de una española, anunciando, ya, un complejo de virtudes raciales. La cara, de óvalo perfecto: sus ojos, almendrados, llenos de dignidad, y encuadrando facciones impecables y nobles; un monumental ornamento de pendientes, collares y peineta. Acudía a una cita dada 24 siglos antes, y llegaba con su atuendo castizo, que poco han variado los siglos.

La Dama de Elche

Manos trabajadoras la arrancaron de la tierra. Se estaba plantando granados, a dos kilómetros de la bella ciudad levantina de Elche, cerca del mar. El día 4 de agosto de 1897, fue de terrible canícula, y ni las aguas del Vinalopó, ni las brisas marítimas tamizadas en los bosques de palmeras que dan fama a la ciudad, habían mitigado el sofoco.

Los obreros retrasaron su labor a las horas del crepúsculo; uno, llamado Maciá, dio con la azada en piedra. El capataz Galiano tenía práctica en zona tan rica en hallazgos. Se extrajo, con sumo cuidado, la bellísima obra, y, en un carrito, fue llevada a la ciudad, a casa del doctor Campello.

El público, ese público de intuición sabia, del levante valenciano, acudió en masa a la vivienda del propietario. Hubo que habilitar un tenderete en el balcón, para que miles de ciudadanos contemplaran, desde la plaza, “la obra de arte más espléndida, más asombrosa y más española de la antigüedad”.

Elche celebra anualmente un drama campesino, un “misterio” de la pa-sión del Señor, que atrae extranjeros de todas partes. Aquel año fué (como otros) el hispanista Pierre Paris. Derrochó oratoria: el museo del Louvre era inmenso, allí contemplarían a la “Dama de Elche” los millones de visitantes de la exposición universal de París. El Museo Arqueológico de Madrid era, entonces, apenas un proyecto. . . Y la dama de peineta castiza y grandes estuches redondos para conservar el tesoro de sus trenzas, salió para las brumosas orillas del Sena.

Allí, entre formidables toros babilónicos y colosos egipcios, atrajo, su belleza sin par y su gracia española, la mirada de los visitantes. Pero ella añoraba su patria; e, igualmente, su patria, a ella.

Por fin, tras largo destierro, el día 8 de febrero de 1941, a las tres de la tarde, volvió la magnífica obra de arte a cruzar, para siempre, la frontera hacia sus lares. El día 10, a las nueve horas y 45 minutos, era recibida en la estación ferroviaria de Atocha, en Madrid.

Ahora se exhibe en el magno Museo del Prado, la colosal pinacoteca madrileña. La “Dama de Elche” puede ya deshacer el ceño de tristeza que le imprimieron 24 siglos de tinieblas, añorando volver a la luz de España. En su salita del Prado, rodeada de mármoles que la encuadran, recibe la visita casi ininterrumpida del atol, por ella añorado, a la vez que miradas llenas de admiración.



La “Dama” está ya en su ambiente: si alguna mujer levantina acude a visitarla puede ver el origen de los rodetes de sus trenzas en los de la magnífica estatua ibérica; cualquier española en atuendo de fiesta, ve, en la sacerdotisa, la misma peineta que adorna su cabeza. La “Dama de Elche” es “Dama de España”, en la cara, en el vestido y en la espiritualidad que asoma a sus primitivos ojos de forma de almendra.

Fuente Consultada: REvista Geográfica Americana – Nº193 Año XVII – Edición Mensual Ilustrada

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