Sati, el Sacrificio de las Viudas en la India Significado del Ritual


Sati, el Sacrificio de las Viudas en la India
Significado del Ritual

Es interesante averiguar el origen y el desarrollo histórico de una práctica tan impresionante, que todavía perdura en la India moderna pese a los esfuerzos que se han realizado para extirparla.No se sabe, a ciencia cierta, desde cuando se introdujo en la India o bajo cuales circunstancias se inició la práctica implicada por el suicidio de las viudas sobre la pira donde se incineran los restos del marido.

¿Es el sati una práctica religiosa o la consecuencia de las condiciones sociales de la viuda hindú? ¿Llegan las viudas al sati por su propia determinación o dominadas por la voluntad de los parientes? ¿Trátase de una práctica de mucho arraigo o sólo llegan a ella pocas personas? ¿Es el sati un sacrificio de carácter religioso elogiado por la opinión pública hindú, o merece la censura y la crítica de los que se refieren al mismo? ¿Existe un solo método de procedimiento, regulado por prácticas o ceremonias tradicionales, o el sati se practica de diversas maneras? ¿Es el sati una práctica de las clases mas desheredadas o realizan ese sacrificio póstumo las viudas de las mejores clases sociales?.

Estas y muchas otras preguntas, que podrían multiplicarse, pueden surgir en tropel, para quien no conozca la India, después de leer un mensaje del 9 de abril de este año, irradiado desde Nueva Delhi, en el cual se expresa lo siguiente: “Quedó formalmente prohibida desde hoy en todo el territorio de la India la antigua costumbre del suti, en virtud de la cual la viuda india debía precipitarse sobre la hoguera en la que se consumía el cadáver de su marido.”

sati en la india

El nombre sati, que los ingleses escriben suttee, de donde algunos autores lo han trascripto como suti, es una voz femenina que procede de la raíz sat a la que se le da el significado de “mujer virtuosa”, “buena mujer” o “esposa fiel”.

Los indólogos recuerdan que en la mitología de la India se hace referencia al sati. Siva, uno de los tres dioses que integran la Trimurti tenía una esposa, una de las sesenta hijas de Dakchahijo primogénito de Brahma— la cual se arrojó al fuego cuando el esposo fue insultado por su padre.

Se discute todavía si en los Vedas hay o no una alusión al sati. Algunos hindues se inclinan en ei sentido afirmativo, aludiendo al Atharvaveda (XVIII, 3, 1), mientras que la mayor parte de los autores occidentales suponen que se trata de una lectura “entre líneas.”

Entre los Puranas que elogian la vida de la mujer piadosa destácase el Padmapurana, uno de cuyos párrafos culmina con las siguientes expresiones: “Ella debe, a la muerte de su esposo, ceder por sí misma el ser quemada viva sobre la misma pira funeraria; así todos podrán elogiar su virtud…” (Citado por Katherine Mayo en Mother India. New York, 1927. p. 440).

La situación de la viuda en la India

Factores de orden racial, económico y religioso impiden una generalización que abarque, a la vez, a todas las mujeres de la India en todos los tiempos. Nada más difícil que difinir la sociedad hindú, tan llena de paradojas y contrastes. Las diferencias de raza, de casta y dé religión impiden toda generalización porque lo que puede decirse de un grupo en particular o de una época determinada, no se aplica a otro grupo o a otra época.



La India no es un país estático como tantos se la han imaginado. Hasta las mismas estatuas de sus templos parecerían animadas por formas que las más de las veces dan la impresión del movimiento. Las estratificaciones sociales, aunque llegaron a alcanzar fases de aparente consolidación, no se sedimentaron sino al través de varias crisis en las que intervinieron sucesivas invasiones.

Para el visitante moderno, la India ofrece la paradoja de lo heterogéneo mezclado con lo homogéneo. Lo moderno junto a lo arcaico. Lo científico frente a lo místico. Para muchos, cualquier cosa es posible, siempre que se trate de la India…

Es difícil conciliar a la recatada mujer hindú de nuestros tiempos con las formas voluptuosas de las mujeres representadas en sus templos por los escultores o por los pintores que las tallaron o las esbozaron con sus pinceles. La mujer hindú no ha escapado a las consecuencias de la invasión musulmana. Puede decirse que, en cierto modo, esa penetración tuvo un impacto definitivo sobre las costumbres.

En efecto, mientras se viaje por las tierras del Indo y del Ganges, los nativos suelen excusar los casamientos de las niñas de pocos años con hombres entrados en edad, al decir que éstos necesitan protegerlas y que fue un recurso al cual se apeló a raíz de la invasión musulmana. La poligamia en ese país parece tener el mismo origen, pero no ya como una práctica defensiva de la pubertad, sino como una adopción en vastas regiones de las enseñanzas y prácticas mahometanas.

Dentro del concepto musulmán, la mujer ocupa una posición muy secundaria respecto al hombre. Esa diferencia no se originó con el Koran. En la India, con las enseñanzas de Buda referentes a la reencarnación, se suponía que la mujer se hallaba en una etapa retrasada de la evolución kármica.

Por otra parte, en las leyes de Manú se indica categóricamente que la mujer siempre debe estar bajo la tutela del hombre, como hija, como esposa y aún como viuda. Durante mucho tiempo las prácticas relacionadas con la herencia buscaban exclusivamente la línea masculina, excluyendo a la viuda de todo beneficio material.

Como consecuencia de esas circunstancias de orden religioso, social y económico, la viuda hindú se ha encontrado durante mucho tiempo en una situación de lamentable inferioridad con respecto al hombre, a quien aprende a obedecer desde la cuna hasta la muerte. Claro está que hay una gran diferencia entre la viuda adolescente, que llega a esta condición porque fallece el esposo que le han buscado los padres, y la viuda que ha acompañado a su marido durante varias décadas.

No obstante, en términos generales, es de rigor el concepto de que la viuda no tiene derecho a casarse. Se supone que, de algún modo, debe continuar bajo la tutela de un pariente del esposo. Es esa compleja situación la que, para algunas personas, contiene la verdadera explicación del sacrificio máximo implicado por el sati.

Como la India ha sido y es un país de excepcionales paradojas, en su territorio se han conocido viudas que han alcanzado pública notoriedad. Entre ellas llegó a ser memorable la begun Nurmahai, quien a la muerte de su esposo, un raja del siglo XVIII, llegó a ser una reina tan rica como sabia, digna precursora de las nobles damas hindúes de nuestros días que han sabido distinguirse tanto por sus virtudes, como por su cultura.

La literatura hindú contiene muchos episodios en los cuales se destacan la ternura de las mujeres hacia sus maridos. Uno de esos casos llenos de profundo dramatismo es el de la muerte de Ravana, llorado por todas sus mujeres cerca del palacio de Lanka. Ese episodio inspiró el cuadro de F. Cormon, donde el dolor de las viudas se expresa sin que lleguen al paroxismo del sati.

sati en la india

Antigua ilustración que representa el sacrificio de varias esposas viudas que se dirigen hacia la hoguera en donde se consume el marido difunto. No se conoce muy bien el antiguo ritual que acompañaba tan impresionante ceremonia; no es difícil que algún brebaje narcotizante y música estruendosa contribuyeran a apag a r la sensibilidad psicológica y física de las víctimas voluntarias.

El sati y las creencias relacionadas con la transmigración

Resulta imposible disociar el sati de las creencias religiosas preponderantes en la India con respecto al “más allá”. La idea de la transmigración de las almas, que de la India pasó a Grecia, dio a las prácticas funerarias un sentido religioso en consonancia con esa creencia.

En el Savitri-Mahabharata (II:293-299) se presenta una descripción de la muerte, en la cual se hace intervenir a Yama, el primer hombre, con Nirrti, el dios de la muerte, en relación con la defunción del rey Satyavant, para dar instrucciones a la viuda Savitri.

En la práctica del sati, prima en las viudas la idea de acompañar al esposo en el más allá, admitiendo que por un fenómeno de metempsícosis o transmigración de las almas, pueden seguir acompañando a sus maridos para velar por ellos en futuras reencarnaciones.

En algunos casos, esa idea va acompañada del concepto de fidelidad incondicional a la memoria del marido, tal como lo prescribe el Manú: “Una mujer virtuosa que desea obtener la misma mansión de felicidad que su marido, no debe hacer nada que pueda desagradarle, ya sea durante la vida, ya después de su muerte. Que enflaquezca voluntariamente su cuerpo viviendo de flores, de raíces y de frutos puros; pero que después de perdido a su marido no pronuncie siquiera el nombre de otro hombre.” (Leyes de Manú).

Algunos teólogos han interpretado el sati como un sistema de expiación en el cual la viuda acrecienta los méritos de su marido mediante la adición de los suyos sublimados por el sacrificio.

elogios importantes para la mujer

En ese sentido expresó su opinión Charles Lahaye al escribir: “La que sube a la pira, dicen aquellos sacerdotes, se iguala a Arundhenti, la esposa de Vashisht, y merece por ello ir a habitar en el cielo y vivir allí durante tres cotis y medio, o sean 35 millones de años, en compañía de su marido (es decir un número de años igual al de poros que, según ellos, hay en el cuerpo humano). Tal sacrificio purifica tres generaciones sucesivas, y aunque el esposo hubiese cometido los mayores delitos, incluso el de asesinar a un bracmán, será perdonado gracias a la viuda.”.

Es indudable que para los occidentales resulta difícil el penetrar todas las tonalidades del pensamiento hindú. La realidad es que en la India coexisten numerosas religiones y que éstas suelen estar subdivididas en sectas, que se diversifican hacia extremos. Por consiguiente, las generalizaciones resultan riesgosas. Los jainas, por ejemplo, se han opuesto abiertamente a la práctica del sati, en el cual solo ven una superstición anticuada y perjudicial.

Entre las tradiciones referentes a esa ceremonia, se destaca la que se refiere al sati de las viudas del rey Ajit Singh de Marwar, en Rajputana. El rey había sido asesinado por su hijo y las seis reinas, que pertenecían a familias nobles, se arrojaron a la pira. Los nombres de las seis viudas que se sacrificaron de ese modo, son: Chouhan, Batthi de Jeysulmer, Gazela de Dirawal, Tuar, Chaora Rani y Shekawatti Rani.

Una descripción de ese sati, expresa: “Resonó el tambor. La comitiva funeraria avanzó. Todos invocaron el nombre de Hira, Reina del Cielo. La caridad fue dispensada como la lluvia que cae, el aspecto de las Reinas era radiante al sol y Urna (otro nombre para la Reina del Cielo) miró hacia abajo y les prometió que ellas podrían gozar de la compañía de Ajit en cada sucesiva encarnación. Cuando el humo se arremolinó desde la masa de llamas, la multitud reunida exclamó ¡Bien hecho! ¡Khaman Kher! La pira alumbró como un volcán.

Las fervientes reinas acostaron sus cuerpos en las llamas.”.

El sati desde la antigüedad hasta el protectorado británico

Cuando los griegos siguieron a Alejandro Magno a la India tuvieron el primer vislumbre de un país que consideraron exótico. Del contacto de los helenos con los hindúes resultó un intercambio intelectual de carácter filosófico.

Los griegos no prestaron mayor atención a los aspectos religiosos de la India, si bien es cierto que hicieron alusiones a los faquires, ascetas y santones. Tal vez la más antigua referencia de un autor clásico al sacrificio de las viudas por el procedimiento del sati es la que consignó Diodoro de Sicilia, en el siglo I antes de Cristo. En efecto, describe con bastante laconismo esa práctica relacionada con la cremación de cadáveres.

El más antiguo de todos los monumentos conocidos que conmemora un sati data del año 510 después de Cristo. Se halla en Eran, cerca de Saugor, en Madhya Pradesh.

El epitafio es breve:

“Hasta aquí llegó Bhanu Gupta, el [más bravo de los hombres, un gran rey, un héroe valiente como Arjuna;
y aquí Goparaja lo siguió, como un hermano va en pos del hermano.
Y él libró una grande y famosa batalla,
pasando al cielo, como bueno entre los jefes.
Su mujer, leal y amante, querida y pura,
lo siguió de cerca entre las llamas” .

En el siglo XV, el viajero italiano Nicolo di Conti señaló que tres mil esposas y concubinas de los reyes de Vijayanagara habían sido quemadas.

Comentando esa información, A, L. Baslam, profesor de historia de la India en la Universidad de Londres, aporta la siguiente información: “En la India del Sur los reyes hindúes fueron frecuentemente acompañados en la muerte no solamente por sus mujeres, sino también por sus ministros y sirvientes de palacio. Hay también numerosos informes de oficiales que dieron sus vidas en sacrificio a algún dios, por la prosperidad de un rey y de su reino”.

Entre los europeos que residieron en la India, algunos dejaron descripciones de la práctica del sati en forma pública. P. Martin menciona una de esas ceremonias, realizadas en el año 1710 a raíz de la incineración de los restos del príncipe Tudomán de Marava. Este príncipe contaba con ochenta años de edad y con un harem de cuarenta y siete mujeres.

Al describir la forma como esas viudas fueron quemadas, Martin proporciona diversas informaciones como testigo ocular. Primeramente se abrió una gran fosa en la cual se dispusieron ramas y troncos de leña entrecruzados. Sobre la leña se extendió el cadáver del príncipe vestido con sus mejores ropas, encendiéndose la pira. Las cuarenta y siete viudas aparecieron vestidas con lujosos atavíos, adornadas con piedras preciosas y coronas de flores. Una de ellas se destacaba por el hecho de llevar la espada de su esposo.

Al dirigir una breve arenga al heredero del trono, dijo: “Esta es el arma que usaba el príncipe para vencer a los enemigos; no la empleéis más que para este objeto… Puesto que el rey no existe, nada puede retenerme en este mundo y no me queda sino seguirle…” De inmediato se volvió hacia la pira y, después de pronunciar una plegaria, se arrojó al fuego.

La segunda viuda, quien era hermana del príncipe Tudomán, invocó en alta voz: “¡Siva! ¡Siva!”, y procedió como la anterior, desapareciendo entre las llamas.

El relato proporciona la siguiente información:

“Siguiéronla inmediatamente las demás; pero una de ellas, loca de terror, imploró a un soldado cristiano que la salvara; éste se turbó de tal manera que, sin querer, empujó a la suplicante y la hizo caer involuntariamente en la hoguera.

Aquellas mujeres, no obstante la intrepidez que al principio habían mostrado, apenas sintieron los dolores del fuego prorrumpieron en gritos desgarradores y trataron de agarrarse al borde de la fosa; entonces el verdugo lanzó sobre sus cabezas gran número de trozos de leña, bien para rematarlas, bien para aumentar la hoguera, y al poco rato no se escuchó un solo lamento.

Cuando los cuerpos estuvieron consumidos, los brahamanes se aproximaron a la pira, todavía humeante, y practicaron algunos ritos supersticiosos. Al día siguiente recogieron los huesos calcinados confundidos con las enfriadas cenizas, y después de haberlos envuelto en paños, los llevaron a Ramesuren y los arrojaron al mar. Cerca de la hoguera se edificó un templo en donde diariamente se ofrecieron sacrificios en honor del príncipe y de sus esposas. ..”.

La tremenda impresión que el sati hizo en los europeos que visitaron la India se debió mayormente al aspecto espectacular de ese acto de hondo dramatismo, que contó con el apoyo de los parientes de la víctima o, a veces, según parece, hasta con cierta coerción de los mismos o de los sacerdotes.

Por consiguiente, no participaba del todo la naturaleza voluntaria del suicidio de la viuda que también ocurre entre los pueblos occidentales, sin escoger, por lo general, el doloroso medio de las llamas.

En 1510, los portugueses prohibieron la práctica de la impresionante costumbre. Por un convenio entre hindúes y británicos, éstos se comprometieron a no intervenir en cuestiones de carácter religioso.

Uno de los efectos de ese acuerdo fue que las autoridades británicas se veían invitadas a las grandes ceremonias de cremación de los restos de personajes importantes y en esas circunstancias presenciaban, de tanto en tanto, el espectáculo impresionante de las viudas que se arrojaban sobre las llamas de la pira funeraria. Pero gradualmente se fue formando la opinión de que el presenciar tales actos implicaba un cierto grado de responsabilidad moral.

Entre los mismos pensadores de la India comenzó un movimiento tendiente a suprimir el sati. En efecto, Ram Mohun Roy dio a conocer su opinión de que era necesario dar término a esa antiguo práctica tradicional. Ese pensamiento llegó a encontrar eco entre los intelectuales en los comienzos del siglo XIX, preparando el ambiente para la intervención británica que actuó en el momento propicio para ponerle coto mediante una resolución oficial.

Los partidarios de la tradición que requería el sacrificio de las viudas adujeron el argumento de que el sacrificio era voluntario y que se les administraba un brebaje para mitigar la sensibilidad a los dolores. El brebaje narcótico, denominado hang, es una infusión de lino y opio.

La ley británica en contra del sati
Según los datos aportados por W. W. Hunter, siendo Director General de Estadísticas del Gobierno de la India, en el año 1817, en la sola región de Bengala se quemaron vivas a no menos de setencientas viudas.

Nada impedía que tan espantosas ceremonias se practicaran en público y que, donde ocurrían los sacrificios de viudas notables se erigieran monumentos recordatorios.

A pesar de la tenaz resistencia a las ideas propuestas por los occidentales en materia de prácticas tradicionales vinculadas con las religiones hindúes, Lord William, presentó al concilio un proyecto aceptado como reglamento XVII, el 4 de diciembre de 1829, según el cual los instigadores de la práctica del sati, serían culpables de homicidio.

Aunque las voz del poeta Baña, del siglo séptimo había sido ahogada y aunque la prédica de las sectas tántricas cayó en el desierto, la resolución inspirada en principios cristianos fue como una levadura que surtió lentamente su efecto, después de la resolución propuesta por William Bentick.

No obstante, en el mismo año cuando se votó esa resolución, el coronel Sleeman, siendo jefe del distrito de Jubulpore recibió una petición rubricada por el veterano de una familia bracmnánica, en la cual pedía permiso para que la viuda de uno de sus parientes pudiese arrojarse al fuego cuando fuese incinerado el cadáver de su esposo. Como el permiso le fuese denegado, la viuda dijo que se dejaría morir de hambre.

Frente a esa actitud inesperada, el coronel Sleeman procuró disuadir a la viuda de tales planes, pero ante la sorpresa de éste, ella le contestó: “No hay en mí, dijo ésta con exaltación, mas que un poco de tierra que deseo mezclar con las cenizas de mi marido, puesto que mi alma me ha abandonado. El fuego no producirá dolor alguno a mi cuerpo, y si de ello dudáis, decid que acerquen un brasero y veréis cómo se consume mi brazo sin que mis labios exhalen la más leve queja”.

Relata el testigo que se permitió que se efectuara la ceremonia a la cual se presentó la viuda adornada con flores y mascando hojas de betel. Después de recitar una plegaria arrojó al fuego las flores y el collar y se tendió en medio de las llamas sin que se oyera un gemido.

Una década después, en 1839, varias espías del Maharajá Runjheet Singh, de Lahore, fueron quemadas públicamente. En realidad, los satis disminuyeron en las grandes ciudades donde se ejercía el control británico, pero subsistió en los lugares más apartados y en las regiones gobernadas por príncipes nativos de un modo autónomo.

En el año 1925 había en la India 26.834.838 viudas. En esa época Mohandas Gandhi escribió en favor de los derechos de las mujeres en general procurando producir una corriente favorable para mejorar la condición de éstas, principalmente de las viudas.

No obstante, en el número del 11 de noviembre de 1926 del semanario Young India, un escritor hindú insistía en mantener la tradición de que las viudas no puedan casarse, salvo que pudiesen demostrar que habían recibido el permiso del marido cuando éste se hallaba en su lecho de muerte, pero el artículo finalizaba con estas palabras alusivas a la voluntad de los esposos en trance de muerte: “Este estaría más de acuerdo que la esposa llegue al sati si puede hacerlo”.

La práctica clandestina del sati dio bastante que hacer a la policía bajo la administración británica. Cerca de la ciudad de Sata Prag, llamada actualmente Allahabad, en abril de 1932 la policía recibió la denuncia de que se efectuaría un sati.

Cuando llegaron al lugar del hecho, ya era demasiado tarde. Se efectuó una investigación, que fue dada a conocer pocos días después, en los siguientes términos: “El Inspector de Policía declara que Gulzar Singh y Dalel Singh, hermanos jóvenes de Bhure Singh, según el informe del destacamento de policía de Marglalwar, que el hermano de éstos murió en la noche y que la viuda fue conducida al sati, aunque ella decía que era una práctica prohibida. Antes que el grupo de policías pudiese volver atrás oyeron un ruido y vieron el humo procedente del fuego de una fogata distante. Cuando llegaron hasta la hoguera encontraron que los cuerpos de Bhure Singh y de su viuda estaban quemándose. Kinder Singh y ocho más fueron acusados de homicidio e intento de suicidio”.

El informe proporciona diversos detalles respecto a la culpabilidad de los parientes que ejercieron coerción sobre la viuda, hecho que fue presenciado por casi trescientas personas.

Hace dos años (XII, 1954) falleció el brigadier Jabar Singh, administrador del dominio del maharajá de Jadhpur, y su esposa Sugan Kunwar se vistió una vez más el traje de novia y se arrojó a la hoguera en donde se consumían los restos del Brigadier.

Pero todavía más cientemente, en agosto del año pasado, en la aldea Tukral, distrito de Ijjair, una mujer llamada Gend Kunwar Sai anunció que en caso de fallecer el esposo que estaba muy mal se arrojaría al fuego; la noticia atrajo a miles de espectadores a la vez que a un grupo de policía dispuesto a impedir el suicidio de la decidida mujer.

La ceremonia no se llevó a cabo porque el marido no murió, pero la presencia de la policía custodiando la casa irritó a la muchedumbre produciéndose fricciones violentas con el resultado de un oficial lesionado a pedradas y cuatro muertos y ocho heridos entre los curiosos, contra los cuales hubo que hacer fuego.

El sati prohibido por el gobierno de la India
Con la independencia de la India, celebrada en enero de 1950, ese país entró en una nueva etapa de su historia, en armonía con los conceptos de emancipación divulgados por Gandhi.

La situación que se le crea a la viuda, obligada a vivir con los parientes de su esposo, de existir ai margen de las alegrías de la familia, hasta que le llegue la muerte, y de privarse de alimentos tomando los estrictamente necesarios para no morir de inanición en breve plazo y, con la imposibilidad de formar otro hogar, constituyen problemas estrechamente relacionados con la práctica del sati al que se le dio un fundamento religioso.

Comentando cuál fue la situación de las viudas en la India y su relación con el sati, A. L. Basham destaca en primer término el color religioso que le dieron algunos hindúes a todo ese problema: “Pero algunos escritores medievales declaran francamente que el sati, mediante la inmolación propia de la mujer, expurga tanto sus pecados como los de su esposo, y que de ese modo ambos gozarán juntos 35 millones de años dichosos en el cielo. La cremación de la persona viva en el sati siempre fue, voluntaria en teoría, pero, si nosotros hemos de juzgar mediante el último análisis, la situación social y familiar, se puede presumir que se ha hecho obligatorio para las viudas en algunas clases sociales elevadas, especialmente entre aquellas que pertenecen a la clase militar”

La resolución tomada por el Gobierno de la India a principios de abril del año en curso, prohibiendo formalmente la práctica del sati, es una decisión de trascendencia y que habla elocuentemente en favor del movimiento intelectual que ha emancipado a los pensadores hidúes de las prácticas sancionadas por rancias tradiciones que no armonizan con los principios básicos de la vida.

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