La Ciencia en el Virreinato Rioplatense Primeros Cientificos



La Ciencia en el Virreinato del Rio de la Plata: Naturalistas, Botánicos, Astrónomos, Matemáticos y Médicos

El descubrimiento de América, con su inmenso caudal de innúmeras especies y géneros desconocidos en el viejo mundo, trajo aparejado un florecimiento inusitado en el campo de la botánica y en el de la zoología.

Ya Colón, de regreso de su primer viaje, llevó a España plantas y animales americanos que despertaron el interés de los monarcas y la curiosidad de los estudiosos europeos.

En 1530 se dictó una Real ordenanza con instrucciones sobre el estudio de la flora y de la fauna, y en 1772 se creó un museo dentro de la Biblioteca de Madrid para coleccionar el material remitido a la metrópoli, organizándose con este fin numerosas expediciones científica.

Es natural que ni los conquistadores ni los misioneros fueran verdaderos técnicos en esta especialidad, y si bien se refieren a la flora y la fauna, más bien lo hacen de paso y en el sentido de descripciones, mezclando muchas veces lo fabuloso con lo verídico, pero que, rectificaciones posteriores, permitieron ir precisando los conceptos científicos y ofrecernos al finalizar el siglo XVIII un panorama completo de Historia Natural Rioplatense.

PRIMEROS NATURALISTAS RIOPLATENSES. Los exploradores del Río de la Plata son los primeros en referirse a nuestra fauna y flora, si bien de pasada y sólo ligeramente.

Así, Diego García, en la Memoria de su navegación de 1526 dice de los indígenas que le ofrecieron “muchas provisiones que se llaman maíz, y harina de mandioca, y muchas calabazas”; que los indios mespenes “tenían arroz”, y que en la isla de Flores vio “muchos lobos marinos”.

También el gobernador don Diego Rodríguez Valdés hace mención de la caza de venados, cuando escribe que tuvo ocasión de ver “quen espacio de dos horas enredaron con las boleadoras once benados y se le fueron otros tantos casi de las manos”.

Uno de los viajeros de la expedición de Sebastián Caboto, llamado Luis Ramírez, en una interesante carta escrita desde San Salvador y fechada en 1528 hace a menudo alusión a la fauna y flora regionales.

Habla de “los cardos del campo”, de los ratones que se vieron constreñidos a comer, de que el “pescado desta tierra es mucho y muy bueno” y que “ay en ella muchas maneras de cazas, como benados, y lobos y raposos, y abetruzes y tigres”, “muchas obejas salbajes de grandor de una muleta de un año y llevaban de peso dos quintales, tienen los pescuezos muy largos, a manera de gamellos”.

En lo de “obejas salbajes” alude, sin duda, a las llamas. Remontando el río Paraná fueron de isla en isla “asta llegar a una ysla do abia tantas garzas que pudiéramos enchir los navios”; “y aconteció algunas personas andar a buscar biboras que las ay muchas y muy grandes y muy en ponzoñosas y matarlas y comerlas”.



Y ya en las regiones chaqueñas, “recibíamos mucha fatiga en buscar la comida, por ellos, [los compañeros] aunque no se nos ponía delante temor de ninguna onza, ni tigre, ni de otra fiera ninguna de las cuales animalías toda esta tierra está muy poblada”; hablando de los indios correntinos añade: “nos truxeron mucho bastimento, ansi de abatí, calabazas, como rayzes de mandioca e patacas e panes hechos de arina de las rayzes de mandioca muy buenos”.

De este modo, en esta documentada carta hace alusión de tanto en tanto a las diversas especies de animales y vegetales que poblaban estas ricas e ignotas regiones de Suramérica.

Cabe al bávaro Ulrico Schmidel, soldado de la expedición del Adelantado “Thon Pietro de Monthossa“, y que después residiera en las regiones rioplatenses veinte años, ser el primer europeo que se ocupara con detenimiento, en su relato Viaje al Río de la Plata, de nuestra fauna y floral.

Nos habla de peces raros vistos durante la travesía, como el remora-remora (Echeneis naucrates), que tiene en la cabeza una especie de chupón ovalado con que se adhiere a otros cuerpos.

Hallamos también en dicha obra las primeras referencias al ñandú, al que denomina en la edición alemana “abestraussen”, y pondera las características y la utilidad de las llamas, que nombra como “ovejas de la tierra.

Igualmente describe a la boa acuática lampalagua (Eunetes murinus) como una “gran serpiente disforme, de 25 pies de largo, del grueso de un hombre, salpicada de negro y amarillo”.

En lo que respecta a la flora, le debemos las primeras noticias sobre el maíz, la mandioca, la batata y el maní, al que se refiere diciendo que eran “raíces que se parecen a las avellanas”.

Lo valioso de la publicación de Schmidel son las numerosas láminas que acompañan al texto, siendo de lamentar el fantaseo que se advierte en el anónimo artista que ilustró la celebrada obra.

BOTÁNICOS Y ZOÓLOGOS JESUÍTAS. — Desde su llegada a estas ignotas regiones, los jesuítas, tan insignes geógrafos como intrépidos exploradores, sintieron también gran inclinación por el estudio de la naturaleza.

Hombres de una cultura más que ordinaria, muchos de ellos dotados de conocimientos especiales afines a las ciencias naturales, debieron quedar deslumbrados en medio de esas selvas vírgenes tan llenas de misterios y de interrogantes, y acometieron la ímproba tarea de ir desentrañando su riquísima flora como su variadísima fauna.



Meros aficionados, en un principio no pudieron intentar la sistematización en sus estudios, limitándose a lo que ahora entendemos por descripciones científicas, vale decir, dando a conocer los ejemplares por sus propiedades naturales y exterioridades más sobresalientes.

Pero no olvidemos que estos “pioneros” amantes de la creación, no teniendo predecesores en este campo, no pudieron valerse de otros libros que del gran libro de la virgen naturaleza americana, que nadie antes que ellos había abierto, estudiado y escudriñado.

La larga lista de estos estudiosos en las regiones del Río de la Plata constituye, sin duda, una honrosa página en las anales de la cultura científica argentina.

Materialmente imposibilitados de sintetizar siquiera la obra de estos eximios naturalistas, nos contentaremos con enumerar a los más sobresalientes, y empezamos recordando al P. José de Acosta, autor de la Historia Natural y Moral de las Indias a quien cabe la gloria de haber divulgado cuanto se conocía en la flora y la fauna desde Méjico hasta Tucumán.

Hacia 1639 aparece la Conquista espiritual del P. AntonioRuiz Montota, en la que dedica todo el capítulo III a la zoología rio-platense y el IV al estudio de la yerba mate.

También el P. Pedro Lozano, en su tan mentado libro Chorographia del Gran Chaco Gualamba, dedica todo el capítulo IV a los árboles y plantas chaqueños y el V a los animales y serpientes, que tanto abundaban en esas enmarañadas selvas.

Por su parte, el Hermano Pedro Montenegro fue el autor del precioso códice de Botánica Médica, ilustrada con múltiples y valiosas láminas de plantas, yerbas, flores y frutos; es considerado como el primer tratado de materia médica rioplatense.

botanica dibujos
Dibujos de la Flora del Rio de la Plata del Padre Feuillée

Últimamente se ha publicado esta obra, pero sólo en cuanto a su texto, lo que, no cabe duda, es una lástima. Haciendo un paréntesis a la labor de los jesuítas, debemos recordar aquí al P. Luis Feuillée, religioso mínimo (Orden de San Francisco de Paula), astrónomo y botánico de prestigio, miembro de la Academia de Ciencias de París.

Llegado a Buenos Aires en 1708, y aunque las observaciones astronómicas le absorbieron la mayoría del tiempo, no dejó de recorrer nuestros campos estudiando su fauna, y muy especial mente su flora.

En su Histoire des Plantes e Histoire des Plantes Medicinales describe Feuillée más de un centenar de plantas de la flora argentino-chileno-peruana observadas personalmente por él.

araña
Dibujo de una araña de Termeyer

Volviendo a los jesuítas, mencionaremos al P. Martín Dobriz-Hoffer, autor de la magistral monografía De Abiponibus, cuyo capítulo XXX consagra al estudio detenido de las serpientes y el capítulo XXXI a los insectos, sin contar otros muchos datos dé interés científico con que están sembradas las páginas de este amenísimo libro.

La introducción del gusano de seda en el Río de la Plata lo debemos al P. Ramón M. de Termeyer, pudiendo considerarlo por tal motivo como fundador de nuestra industria sericícola.

Gran observador y coleccionados de arañas americanas, estudió el aprovechamiento de la seda arácnea en la fabricación de telas, con las que llegó a confeccionar medias y guantes, obsequiados a príncipes de Europa.

fauna rio de la plata
Búho, dibujo del Padre Feuillé Tero-Tero Dibujo del Padre Sánchez Labrador

En los diversos tratados que escribió nos habla de las excelencias del té paraguayo, de las propiedades de la lana de guanaco, de las anguilas eléctricas del río Salado y de varias monografías sobre insectos.

elogios importantes para la mujer

flora rio de la plata
Dibujos dela Padre Sánchez Labrador Sobre Plantas del Río de la Plata

El jesuíta inglés P. Tomás Falkner, “prediletto discepolo del gran Newton”, además de ser el primer descubridor de restos fósiles en nuestro país escribió la celebrada Description of Patagonia, donde se ocupa de la zoología y la botánica de esta región, y otra rotulada Botanical, mineral and like observations on the producis of America (“Observaciones botánicas, mineralógicas y otras sobre productos de América”).

No es, pues, exagerado el elogio de “eximio botánico” con que lo ponderan sus contemporáneos. Gran observador de la naturaleza fué el P. Florián Baucke, que pasó más de quince años entre los indios mocobíes de Santa Fe.

Vuelto a su país natal, Silesia, como consecuencia del extrañamiento de 1767, se dedicó a escribir una obra dedicada al suelo, flora y fauna de Santa Fe, titulada Hacia allá y para acá o Una estada entre los indios mocobíes (1749-1767). Completan el relato más de cien láminas y dibujos interesantes que representan las costumbres de los pobladores del litoral, así como peces, reptiles, aves y mamíferos de la región .

Por encima de todos estos naturalistas se yergue la figura del santiagueño P. Gaspar Juárez, autor de nuestra primera Historia Natural y fundador de un Jardín Botánico americano.

Enriqueció la botánica con una interesante obra en tres tomos: Observaciones fitológicas sobre las plantas rioplatenses, donde describe, clasifica con nomenclatura popular y científica y diseña cada una de las plantas y flores a que da cabida en su preciosa colección.

El único competidor del citado estudioso fué el proficuo investigador P. José Sánchez Labrador, cuyos veinte gruesos volúmenes de sus escritos constituyen toda una enciclopedia científica americana.

Dedica un volumen de 558 páginas al estudio de las tierras, aguas y aire de estas regiones; un segundo volumen de 500 páginas a la botánica, y un tercero de 794 páginas a la zoología (127 páginas sobre ornitología, 166 sobre animales cuadrúpedos y 373 sobre reptiles, anfibios e insectos).

Con la sobria enumeración de estos esclarecidos Hijos de San Ignacio, que no satisfechos con evangelizar a indios salvajes dedicaron sus ocios y sus forzados viajes a enriquecer nuestro acervo científico en el campo de la Historia Natural, queda fuera de razón el rótulo de “empírico” con que ha pretendido aminorarlos cierto escritor contemporáneo.

NATURALISTAS DEL ULTIMO PERIODO HISPÁNICO.
También entre el elemento civil se cuenta con apasionados estudiosos de las ciencias naturales, si bien no tan numerosos ni de tan raudo vuelo como en las órdenes religiosas.

En la segunda mitad del siglo XVIII descuella el aragonés Félix de Azara, venido como jefe de la Tercera Comisión Demarcadora de Límites, y desde su arribo en 1781 hasta 1801, luchando con no pocas dificultades, logra recorrer estos territorios en cumplimiento de varias comisiones del virrey.

paginas web

Azara Félix
Félix de Azara
Autor de obras fundamentales
sobre la Historia Natural de las regiones rioplatenses.

Si bien la especialidad de Azara era la geodesia y la cartografía, su contacto continuo con la naturaleza y su agudo espíritu de observador hicieron de él un eminente zoólogo.

Valiéndose, sin duda, de las numerosas obras de los jesuítas recientemente extrañados del país y completando a estos investigadores con su labor personal, llegó a describir unas 450 especies de animales, de las cuales alrededor de 200 completamente desconocidas.

Vuelto a Europa, se relacionó con naturalistas franceses y dio a luz sus Obras zoológicas Apuntamientos para la Historial Natural de los cuadrúpedos del Paraguay y Rio de la Plata (1801) y Apuntamientos para lo Historia Natural de los páxaros del Paraguay y Río de la Plata (1802).

En la primera de estas dos obras describe unas cien especies de vertebrados y en la segunda unas cuatrocientas especies de pájaros.

En sus observaciones biológicas mezcla a veces transcripciones de Buffón con observaciones personales. Da a los animales sus nombres vulgares en español o guaraní, no empleando la nomenclatura binaria o linneana debido a su carácter de autodidacto.

También trata cuestiones relacionadas con la ciencia natural en su publicación postuma Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata.

Junto a este ilustre zoólogo debemos mencionar a su compañero de labor en la Comisión de Límites don Diego de Alvear , que durante su actuación escribió, en colaboración con Juan F. Aguirre, cinco volúmenes del Diario de la segunda partida de demarcación de límites entre los dominios de España y Portugal en América Meridional, el cuarto volumen de los cuales trata sobre fauna, flora y gea, según clasificación de Linneo.

Ya hemos hablado de Tadeo Haenke en su carácter de geógrafo; agreguemos ahora que al radicarse en Cochabamba se dedicó a cuestiones científicas, colaborando asiduamente en el “Telégrafo Mercantil de Buenos Aires” y más tarde en el “Correo de Comercio”.

Murió en 1817. Otro miembro de la expedición de Malaspina fué el naturalista Luis Née, francés, naturalizado español, que a su regreso a España enriqueció el Jardín Botánico de Madrid con un herbario de 10.000 ejemplares recogido a lo largo de su viaje: Montevideo, Buenos Aires, Puerto Deseado y las Malvinas.

Un tercer y último naturalista de la mencionada expedición científica fue Antonio de Pineda y Ramírez, colaborador de Félix Azara. Desplegó gran actividad en el Perú y sobre todo en las islas Filipinas, donde falleció en 1792.

Ya sobre los sucesos de Mayo debemos mencionar a don Martín José de Altolaguirre, notable en su época como cultivador de plantas exóticas en su quinta inmediata a la Recoleta, y cuyas experiencias agronómicas entregaba a Belgrano, secretario del Consulado.

Terminamos el estudio de este epígrafe haciendo una corta referencia al importante hallazgo del dominico argentino fray Manuel Torres, en las barrancas del río Lujan, de restos fósiles del megaterio argentino (Megatherium luxanense).

Previa reconstrucción del monstruo para ser dibujado por el ingeniero militar José Custodio de Sa y Faría, fue convenientemente embalado y remitido en siete cajones al Real Gabinete de España, hacia fines de 1787, exhibiéndose desde entonces en el museo dé Madrid.

El hallazgo de estos restos, tan ingentes como insólitos, despertó la curiosidad de los sabios europeos frente a animales fósiles de tan gran talla, y hasta el rey hispano, entusiasmado con esta maravilla zoológica y creyendo fuera un animal de la fauna actual, hizo pedir, por su ministro Porlier, al virrey Marqués de Loreto le mandase uno vivo, aunque fuese pequeño, aclarando que, en su defecto, “desecado y relleno de paja, organizándoio y reduciéndolo al natural, con todas las demás precauciones que sean oportunas, a fin de que llegue bien acondicionado”.

LOS ESTUDIOS MATEMÁTICOS: Es un error creer que las ciencias exactas, tanto puras como aplicadas, no tuvieran sus cultores durante la época hispánica.

Naturalmente, no debemos enfocar ese pasado heroico con la visión del presente, sino que debemos situarnos en el terreno
real de los hechos y según los antecedentes acumulados hasta entonces por la ciencia y el saber humano.

Las matemáticas, como todas las ciencias, tuvieron su ritmo de progreso, que se acentuó, sobre todo, después de las luminosas directivas de Descartes, Pascal, Gassendi, Newton, Leibnitz y otros, que echaron por tierra las teorías astronómicas aristotélicas seguidas hasta entonces, y mal podría exigirse a los estudiosos americanos, en los siglos XVI y XVII, una cultura científica que ni siquiera en Europa existía.

No cabe duda que las matemáticas aplicadas tuvieron un halagüeño desarrollo en el antiguo Virreinato del Río de la Plata, como lo atestigua la presencia en estas tierras de hábiles arquitectos e ingenieros, geógrafos y cartógrafos, agrimensores, pilotos navales y hasta astrónomos de fama, oficios todos que presuponían un conocimiento profundo de las matemáticas.

Una prueba de este aserto es el gran número de obras de matemáticas en poder de particulares o en la biblioteca de la Universidad cordobesa, lo que pone de manifiesto, una vez más, que los hombres de la época colonial no estaban tan ayunos en las ciencias exactas como ordinariamente se supone.

Primeros matemáticos argentinos. — Con las primeras expediciones que llegaron a estas playas participaron expertos navegantes a quienes con alguna incorrección se les dio el nombre de “pilotos”, cuando su misión no era la de dirigir la nave, sino la navegación.

Estos técnicos, formados en la Escuela de Pilotos de la Casa de Contratación de Sevilla, encargada de organizar las expediciones descubridoras y las empresas comerciales en los primeros lustros de la conquista, debían ser versados en la cosmografía y la astronomía, ya que de estas regiones no había cartas marinas y además contaban con un instrumental de observación rudimentario.

Matematico Cerviño
Pedro A. Cervino. Gran matemático español, vinculó su nombre con los comienzos de la cultura científica de Buenos Aires. Fué el primer director de la Academia Náutica fundada en 1799.

Desde los comienzos de la colonización se contó con geodestas, agrimensores y alarifes en quienes debemos suponer conocimientos más que suficientes en el campo de las ciencias exactas.

l arribo de los jesuítas al Río de la Plata señaló un repunte asombroso a las matemáticas, pues aportaron entre ellos no pocos eminentes estudiosos en este ramo del saber: el primer astrónomo de que tenemos noticias, P. Pedro Comental, conocido por “el matemático”; el célebre P. Nicolás Mascardi, discípulo predilecto del gran maestro Atanasio Kircher; el perito o matemático P. Felipe Lemer, techador de la iglesia de la Compañía en Córdoba, de quien hablamos en su oportunidad; el P. Buena ventura Suárez, a quien dedicaremos párrafo aparte, y, entre los civiles, los maestros de obras públicas: arquitectos José Bermúdez y Domingo Petrarca, y el coronel ingeniero Diego Cardoso.

A todos estos matemáticos nombrados debemos agregar aquellos que se dedicaron a la ciencia cartográfica, que si bien hoy, por lo general, se reduce a simples transcripciones, para aquellos hombres de fines de siglo XVI, siglo XVII y gran parte del XVIII les suponía no poder realizar su cometido sin un conocimiento nada vulgar de las matemáticas y de sus aplicaciones astronómicas.

En la primera mitad del siglo XVIII descolló con perfiles propios el P. José Quiroga, “maestro de matemáticas” al par que insigne astrónomo y atrevido explorador, que antes de ingresar en la vida religiosa había hecho la carrera en la Escuela Naval de España.

Fue comisionado por la Corte para fortificar las costas patagónicas contra posibles ataques de naciones extranjeras, trayendo consigo a América, en 1745, un sorprendente bagaje de instrumentos científicos, algunos destinados al astrónomo santafesino P. Suárez. Además se debe al P. Quiroga la erección de la cátedra de matemáticas en la Universidad de Córdoba, de la cual fué titular durante varios años.

Otros muchos meritísimos jesuítas contó la colonia, peritos en matemáticas y astronomía, cuyos nombres han pasado a la posteridad cultural argentina, pero que la índole de este texto nos impide desarrollar aquí.

Los estudios astronómicos del Padre Suárez. — El P. Buenaventura Suárez nació en la ciudad de Santa Fe en 1679. A los dieciséis años ingresó en la Compañía de Jesús, realizando sus estudios en el colegio de los jesuítas de su ciudad natal y en la Universidad de Córdoba.

No se trata, pues, de un sabio europeo, sino de un criollo y formado en ambiente científico criollo, lo cual no fué óbice para que sus estudios y observaciones llegaran a interesar a centros culturales de Europa y hasta a la exigente Universidad de Upsala (Suecia).

En la labor astronómica de este santafesino perdido en los pueblos de las Misiones debemos distinguir dos etapas: la que corre de 1706 a 1739 y la transcurrida desde 1739 a 1750. aue marca el fin de su vida después de alternar su labor de misionero con las ocupaciones científicas.

En la primera época sólo cuenta para sus observaciones con los instrumentos astronómicos construidos con ayuda de los indios; establece la longitud de la Reducción guaranítica de San Cosme y San Damián, de la que era misionero, siguiendo a los satélites de Júpiter, y compendia sus observaciones astronómicas de cinco años en su Lunario de un siglo, que llegó a contar varias ediciones; por “Lunario” se entendía en la época de Suárez lo que hoy día llamamos calendario o almanaque astronómico.

Este Lunario contenía tres clases de fenómenos: a) el áureo número, epacta, letra dominical, etc.; b) los eclipses de la Luna y del Sol; c) las fases de la Luna. Todo este trabajo supone en su autor conocimientos muy vastos y profundos de astronomía.

La fama adquirida por el astrónomo americano y la aceptación que tuvo su Lunario indujo a los superiores a procurarle medios más modernos de labor. Estos instrumentos para la instalación del nuevo Observatorio debieron adquirirse en Inglaterra, pues los comisionados no pudieron hallarlos en España, ya que allí no se preocupaban las gentes de esta clase de estudios y en Portugal no se encontraban “estas chucherías inglesas”.

En julio de 1745 llegaron al puerto de Buenos Aires varios cajones conteniendo los pedidos instrumentos astronómicos. Ignoramos qué uso hizo Suárez de estos aparatos; sólo sabemos que levantó con ellos un moderno Observatorio y estuvo al frente del mismo hasta su deceso, ocurrido en 1750.

Si bien, por la época en que vivió, Suárez sólo pudo conocer en sus postrimerías las modernas ciencias matemáticas: el método de las coordenadas, debido a Descartes, y la creación del cálculo infinitesimal, obra de Newton y Leibnitz, es indudable que supo explorar con genio los viejos filones tan sabiamente aprovechados por Nepper, Briggs, Kepler y Galileo, y la fama que sus estudios astronómicos le granjearon en América, Europa y aún en el Asia, bastaría para considerar a este sabio santafesino como una alta gloria nacional.

Los reales matemáticos demarcadores de límites. — Entre los reales demarcadores llegados á mediados del siglo XVIII hallamos al comisionado lusitano José Custodio de Sa y Faría, egregio matemático, y a los jesuítas Bartolomé de Paniaguay y Martín Schmid, insignes astrónomos.

Pero lo que afectó mayormente la evolución de las matemáticas, puras y aplicadas, fué el selecto grupo de científicos que llegaron a Buenos Aires en 1783 en cumplimiento de lo dispuesto por el segundo tratado de Límites, firmado entre España y Portugal en San Ildefonso, el año 1777.

De esta embajada científica debemos destacar en el campo de las ciencias exactas: a Juan F. Aguirre, que se dedicó con apasionamiento a sus labores de geógrafo y astrónomo; a Diego de Alvear, conspicuo en las matemáticas; a José M. Cabrer, ingeniero militar, que prestó notables servicios en las Invasiones inglesas; a Bernardo Lecocq, que se granjeó una justa nombradla en ambas orillas del Plata por su ciencia y su experiencia de ingeniero geógrafo, y al ingeniero Pedro Cervino, colaborador de Azara en varias de sus empresas geográficas y cuyo nombre está vinculado a la fundación de nuestra primera Escuela Náutica.

También fué adjuntado a la segunda partida de demarcación de límites el piloto Andrés de Oyarvide, que se hallaba ya en Buenos Aires; sus numerosas y bien documentadas cartas geográficas y el relevamiento de la desembocadura del Río de la Plata ponec de manifiesto la pericia matemática de este egregio varón.

Mientras los regios comisionados fincaban mojones en las regiones en litigio, arribó al Río de la Plata la Expedición de Alejandro Malaspina, realizando una proficua labor de orden geográfico, marino y astronómico.

Además del capitán de navio Alejandro Malaspina, insigne matemático, debemos mencionar a don José Bustamante y Guerra, a cuyas órdenes estaba una de las corbetas; don Juan Gutiérrez de la Concha, designado para el relevamiento del golfo de San Jorge, y don José de la Peña y Zazueta, formador de marinos porteños.

Fuera de la enorme influencia que ejerció en el desarrollo de la cultura científica rioplatense esta legión de matemáticos que llegaron en los últimos lustros del siglo XVIII, cabe consignar la que dejaron muchos de ellos en la sociedad de aquellos tiempos al cimentar en estas tierras nuevas familias argentinas: Diego de Alvear, Francisco de Aguirre, José y Jacobo Várela y Ulloa, Martín Boneo, Juan Alsina y otros, en las cuales entroncaron tantos ilustres patricios argentinos.

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