Biografia de Aaron Castellanos Historia Fundacion de Esperanza



Biografía de Aaron Castellanos Historia Fundación de Esperanza Santa Fe

Para Pedro Goyena, profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, los salteños son:  «Los ingleses de la República» y Aarón Castellanos era salteño. Según todas sus semblanzas biográficas, Castellanos nació en Salta el 8 de agosto de 1800 y bautizado en esa ciudad el 11 de noviembre de 1799.

Sobre sus estudios no hay información y todas las semblanzas  lo hacen saltar de la cuna al caballo formando parte del escuadrón «Los Infernales de Güemes», donde revistó siendo adolescente obteniendo el grado de teniente. Muerto Güemes por una partida del ejército realista a mediados de 1821 y reabiertas las puertas del Perú tras el armisticio con Olañeta, el joven Aarón dejó las armas y abrazó los negocios.

En 1822 viaja a Perú dispuesto a abrirse paso como comerciante minero en Cerro de Pasco. Aquella prematura tentativa fue corta, tal vez por no resultar exitosa. Dos años más tarde Castellanos se encuentra de regreso en Salta dispuesto a reemprender actividades comerciales.

Sus veinticuatro años no son un obstáculo para que Victoriano Sola y Pablo Soria aceptaran integrarlo a la Compañía de Navegación del Bermejo. Soria, comerciante jujeño y tenaz opositor a Güemes, se disponía a realizar el primer intento del siglo XIX de remontar el Bermejo, siguiendo las huellas de las expediciones de fray Francisco Murillo y Adrián Fernández Cornejo a finales del siglo XVIII.

Anciano, casi octogenario, Castellanos recordará algunos detalles de esa empresa que situaba como una de las tantas promovidas durante la gestión de Bernardino Rivadavia, a quien definió como el primer hombre de Estado de la Argentina y de cuya obra se sentía orgulloso continuador. «Fui uno de sus apasionados», dice Aarón; «con tanta más razón cuanto que nadie antes que él había mirado más lejos del Arroyo del Medio.

Fue hasta los Andes, Bermejo, Pilcomayo y Magallanes». Navegar el Bermejo no era el único objetivo de la empresa de Sola y Soria. Su propósito más ambicioso «era colonizar los extremos más importantes del Chaco». En Oran, punto de partida de la expedición, se construyeron «tres embarcacio nes de diferente porte».

Las tres partieron a mediados de 1826 y, días después, al llegar a Nambucu, donde el dictador Francia había colocado un cerrojo a la entrada del Paraguay, los expedicionarios fueron obligados a bajar a tierra donde los detuvieron y les secuestraron las embaraciones, los planos, los apuntes y las armas que llevaban. Según todas las reseñas biográficas, al igual que Soria y el resto de la tripulación, Castellanos permaneció cinco años preso en el Paraguay.

Este dato no parece verosímil ya que él mismo no recuerda haber estado en prisión, cuando alude a aquel suceso. Las dudas se acrecientan toda vez que la documentación aportada por Ibarguren (h) demuestra que el 17 de junio de 1826, en los días de la partida de la expedición, Aarón Castellanos se casó en Buenos Aires con Secundina de la Iglesia y Castro, con quien, entre 1827 y 1848, tuvo quince hijos. Con lo cual, Castellanos habría participado de los preparativos de la expedición pero no de su realización. Esta impresión parece reforzada por el hecho de que en 1829 Castellanos aparece prestando, con la garantía del gobierno de Buenos Aires, 50 mil pesos en metálico al gobierno de Salta a cuyo frente estaba el canónigo Juan Ignacio Gorriti.

En 1876, al momento de escribir su folleto sobre la colonización, esa deuda permanecía impaga. Soria y los demás prisioneros fueron puestos en libertad en agosto de 1831. Meses más tarde Soria «publicó y repartió entre los accionistas un folleto dando cuenta del resultado de su viaje adjuntando un plano del Bermejo», añade Castellanos. Entre 1830 y 1840 aparece radicado en Buenos Aires donde funda establecimientos ganaderos sobre las líneas de frontera que separan las tierras controladas por ese gobierno de las controladas por los indios. Años después, antes de la caída de Rosas, vende sus campos a Simón Pereyra y José Iraola.

Veintitantos años después de Caseros, Castellanos dirá que con Rosas había caído sobre el país «una larga noche de veinticuatro años en cuyas tinieblas desaparecieron todas las empresas ya mencionadas (de la época de Rivadavia) y el aspecto grandioso que había asumido el país». Rosas era a la Argentina lo que Francia al Paraguay. «Así vino el país a criar vacas y nada más», escribe Aarón. Vendidos sus campos se embarca a Francia. «Yo de mi parte, sin esperanza alguna de ver empezado en el país lo que a gritos pedía —ferrocarril e inmigración—, me trasladé a Europa con toda mi familia, con el doble objeto de educar a mis hijos (…) Allí me encontraba cuando cayó Rosas».



Conocida la noticia, Castellanos cree que ha llegado el momento de desplegar sus proyectos. Aarón formaba parte de esa numerosa colonia de sudamericanos en París compuesta, al decir de Mayer, «de ricos estancieros y políticos en disponibilidad». Astuto, intuitivo y conocedor del terreno, Castellanos se dirige a Londres donde busca y consigue una entrevista con el barón James de Rothschild al que interesa en sus proyectos ferroviarios para Córdoba con el puerto de Rosario, sobre el que convergería el comercio de diez provincias, y de colonización de tierras en la Patagonia, las márgenes del Bermejo o Santa Fe.

En aquellos días estaba intacto el optimismo que infundía el progreso mate rial que alumbraba un nuevo mundo fundado «en el ferrocarril, en la banca y en el predominio de los industriales», al decir de un biógrafo de los Rothschild. Castellanos sabe el terreno que pisa y no suple con fantasías provincianas la debilidad de su país donde está todo por hacer. «Aunque allí nadie oye ni presta atención a lo que no es de presente, obtuve sin embargo la deferencia de ser escuchado».

Esa cautelosa evaluación dará paso a cierto optimismo: obtenido «todo lo que deseaba y no con poca satisfacción me embarqué para Buenos Aires, decidido a colocarme en la huella que había trazado Rivadavia, tantos años abandonada y que tanto alegaba (sic) mis instintos». Quería colonizar «para poblar nuestros desiertos, que es el peor enemigo del país», estableciendo «pueblos modelos» que moralizaran y prometieran un mejor porvenir a las generaciones futuras. Los colonos debían venir del norte de Europa, elegidos por «sus condiciones de inteligencia, moralidad, robustez y trabajo».

También por ser «más pacíficos» que los temperamentales pobladores del Mediodía que habían tomado armas en nuestras guerras civiles, explicó. La comprensión que encontró en Londres la perdió en Buenos Aires frente a un gobierno que ni siquiera consideró sus ideas respecto a la colonización de Río Negro hasta los Andes, y del Río Chubut hasta Magallanes.

Recordando los sucesivos incumplimientos de pago de la deuda que ese gobierno tenía con él desde 1829, pidió se le otorgara en propiedad la península de San José donde se proponía fundar un establecimiento ganadero y establecer allí un cuartel contra los indios. Frustradas sus expectativas decide instalarse en Santa Fe donde expuso su proyecto al gobernador Domingo Crespo. Castellanos se comprometía a traer mil familias de agricultores del norte de Europa, a los que pagaría el pasaje y entregaría 125 arados norteamericanos, 200 palas y abundante ropa.

A cambio, los colonos debían entregarle un tercio de sus cosechas durante cinco años. Las familias debían llegar en el transcurso de los diez años siguientes, en grupos de 200 familias que se embarcarían cada dos años. El gobierno santafesino se comprometía a entregarles 32 hectáreas en propiedad; ranchos para viviendas; doce cabezas de ganado; harina y semillas. La buena acogida del gobernador Crespo no era suficiente para alejar las suspicacias: «no faltaban quienes mirasen con sospecha» su proyecto.

Ver Parte II

Fuente Consultada: Todo Es Historia Aarón Castellanos y las Colonias en la Argentina

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