Historia de las Colonias en Argentina Inmigrantes en Esperanza



Historia de las Colonias en Argentina Inmigrantes en Esperanza Santa Fe

El 15 de junio de 1853, apenas seis semanas después de proclamada la Constitución, se firma el contrato de colonización que dará nacimiento a la primera colonia agrícola argentina. En 1º de junio de 1854 el gobierno de la Confederación lo ratifica. Aquellos buenos auspicios no eran suficientes para que todo fuera un lecho de rosas sin espinas. Pronto, éstas fueron más que aquéllas.

Su proyecto del ferrocarril Rosario Córdoba encuentra resistencias y trabas legales. Protestaba contra esa red tejida por los intereses empresarios de Wheelwright y los del Estado donde, a cargo de funciones importantes, aparecían los socios de Wheelwright.

¿Por qué motivo las provincias del interior debían seguir pagando con su esfuerzo las distancias que las separaban del puerto de Buenos Aires? ¿Por qué, cuarenta años después, los altos costos del transporte por ferrocarril seguían abrumándolas como los de las lentas carretas? De ese modo ellas jamás saldrán de pobres y seguirán condenadas a trabajar para asegurar su elemental subsistencia, protestaba Castellanos.

Cerrada esa primera etapa de negociaciones, decide dejar Paraná para retornar a Europa donde lo esperaba su numerosa familia que regresará a la Argentina recién en 1857, luego de ocho años de residir en París. Le aguarda también un intenso trabajo, negociando y tratando de convencer a banqueros, sociedades y especuladores.

No era fácil la misión toda vez que la inmigración y los capitales eran atraídos por los Estados Unidos y por las malas noticias que llegaban desde el Río de la Plata donde la prolongación de las luchas facciosas no otorgaba la mínima seguridad jurídica a inversores y colonos.

La letra del contrato de colonización firmado por el gobernador Crespo aparecía escrita en el agua a los ojos de su sucesor Cullen que decidió desconocerlo por tratarse de «un contrato leonino». A lo que se sumaba la campaña de desprestigio de la Argentina lanzada en Europa por los agentes de inmigración y los enviados allí por el gobierno del Brasil.

Los pasquines contra la Argentina aparecían en las iglesias y en otros sitios públicos metiendo miedo a las familias que habían acepta se en Santa Fe, muchas de las cuales, aterrorizadas, rompían sus contratos. Según esos pasquines, Castellanos era un aventurero a la pesca de familias incautas.

La Argentina era un país salvaje, fragmentado en comarcas gobernadas por bandidos sin ley ni moral, que mandaban a degollar hombres y mujeres, eran enemigos de los extranjeros, protegían a sus secuaces y amasaban fortunas. A ese sombrío cuadro se añadía un clima malsano, pestes de todo tipo, inundaciones, invasión de langostas, «insectos venenosos, ser pientes y bestias feroces». Castellanos no se dejó intimidar por semejante campaña.

Nadie creía que yo lograría traer colonos, dice. Pero yo había dado mi palabra y ella «tenía más valor para mí que el contrato mismo», añade. Casi solo e incomprendido, con más apoyo de los señores Vanderest de Dunkerque, Textor de Francfort y Beck y Hersog, de Suiza, que del bifronte gobierno argentino, Castellanos comienza a revertir esa imagen.

Es entonces cuando redacta y manda a imprimir su folleto de presentación de las ventajas de la Argentina titulado «Légeres noticies sur le Río de la Plata» («Ligeros apuntes sobre el Río de la Plata») que, traducido a tres idiomas, distribuye en Francia, Holanda, Bélgica y Suiza. Aquel folleto «fue el golpe de gracia» para quienes propagandizaban la imagen esperpéntica de la Argentina. Pronto, la casa de Castellanos en París «fue asediada» por una multitud interesada en adquirir el folleto.



Tal era el gentío que rodeaba la residencia que la policía comenzó a averiguar el motivo de aquella concentración. Los elogios que Castellanos prodigaba a la Argentina no se correspondían, sin embargo, con la suerte corrida por las primeras 1.487 personas (1.112 adultos; 320 menores y 54 lactantes) que llegaron a Santa Fe atraídas por las promesas de tierra y trabajo.

El mismo sabía que esos colonos habían sido abandonados a su suerte: carecían de techo, estaban sin trabajo, no se les entregaban las tierras, se intentaba convertirlos en mano de obra barata olvidando la promesa de hacerlos propietarios y comenzaba a asomar el fantasma de las enfermedades y las hambrunas. «Sufrimientos», «calamidades», «desgracias», «atrocidades» y «desesperación» son palabras que utiliza Castellanos para describir la situación de los colonos que refutaba parte de su folleto amenazando la suerte de su proyecto colonizador.

A la incuria gubernamental y las pestes, se añadía un coro de voces que, de este lado del Atlántico, establecían un contrapunto con los promotores de la campaña de desprestigio de la Argentina. Algunos periódicos, gobernantes y legisladores comenzaron a elevar el tono de sus quejas contra los inmigrantes, afirmando «que la aglomeración de extranjeros no convenía, porque se corría el riesgo de que ellos se apoderasen del país, y que era preciso desparramarlos».

Había miedo a las colonias en la mayoría del Congreso y en el gobierno, con la sola excepción de Derqui, anota Castellanos. Años después de aquellas dificultades Nicasio Oroño, siendo gobernador de Santa Fe, explicó a Castellanos que el incumplimiento del contrato de colonización tuvo como una de sus causas «una grita» que se levantó «entre el paisanaje», que se quejaba de las «tantas cosas» que se entregarían a los colonos, negadas a ellos «que habían servido a la patria tantos años». Los contratiempos, las intrigas y la maldad humanas son menos llevaderas con los años.

Archivados sus proyectos ferroviarios, postergadas sine die la entrega de las tierras que establecía el primer contrato colonizador, demorado 47 años el pago del préstamo en efectivo otorgado al gobierno de Salta, desconocido como pionero de iniciativas atribuidas a otros, Castellanos siente que esos años de lucha no han sido placenteros. Tres años antes de su muerte, aunque reconoce estar abatido, toma la pluma para refutar a sus críticos. He sido, dice, «el macho cabrío que los antiguos israelitas, inquietos por sus prevaricaciones e idolatrías, cargaban con sus pecados y lo echaban al desierto».

Al final de sus días, más justo con la historia y con su propia vida, siente que no sólo cosechó espinas o bebió del cáliz de la amargura. Veinte años después de fundada, contra viento y marea, la colonia Esperanza no sólo está de pie sino que ya justifica su nombre. «Después de tantos desastres, algo de desmoralizaron por el dilatado tiempo de vagancia y ser relegados ; tierra adentro, todas las familias tienen, sin embargo, su bienestar, con sus casas de azotea, millares de árboles de diversas clases, don de no había uno solo, molinos a vapor y demás, que ‘ es la admiración de los que las miran».

En 1877 la imprenta «El Comercio de Rosario» termina de imprimir su libro Colonización en Santa Fe y Entre RÍOS y el ferrocarril del Rosario a Córdoba. Tres años después, el 1 de abril de 1880, muere en Rosario de Santa Fe, ciudad de la que había sido jefe político  en 1868 y desde la que libró sus más importantes ; combates en su lucha por lograr un país mejor que aquél que conoció durante casi toda su intensa y agita da vida.

Ver Parte I

Fuente Consultada: Todo Es Historia Aarón Castellanos y las Colonias en la Argentina



https://historiaybiografias.com/archivos_varios5/estrella1_bullet.png

ocio total

juegos siete diferencias

noparece

fotos

creencias

anticonceptivos

mujeres

actitudes

actitudes


puzzles


------------- 000 -----------

imagen-index

------------- 000 -----------