Primeros Naturalistas Argentinos Obra Cientifica y Literaria



Ciencias Naturales en Argentina: Obra Cientifica de Ameghino y Moreno


Florentino Ameghino. — Vida ejemplar consagrada a los estudios y preocupaciones científicas y a la defensa de sus convicciones fue la de Florentino Ameghino (1853-1911), el primer sabio auténtico que haya contado la República Argentina.

De la escuela primaria de Lujan, su pueblo natal, pasó a la Escuela Normal de Preceptores, de Buenos Aires, en la que obtuvo el certificado de subpreceptor. Su curiosidad, que de niño lo había llevado a recoger caracoles fósiles en la barranca del río de su pueblo, lo impulsó, ya adolescente, a visitar frecuentemente el Museo y frecuentar su biblioteca.

La lectura de las obras del geólogo inglés Carlos Lyell decidió su vocación, naciendo en él el deseo de investigar el pasado del hombre en el Río de la Plata.

obra de ameghino florentino como cientifico argentino

En Mercedes, población en la que fue designado ayudante de la escuela elemental, emprendió el estudio del terreno y, cu sus frecuentes excursiones, recogió restos fósiles y objetos prehistóricos.

Formó así su primera colección, a cuyo estudio y sistematización se dedicó siguiendo el libro de Lyell titulado The Geological Evidence of the antiquity of man, del que poseía una traducción al francés. Fruto de estos años de formación autodidáctica fueron La antigüedad del hombre en el Plata, que comenzó a escribir en 1875, y el primero de sus tra bajos científicos publicados en el «Journal de Zoologie«, un estudio sobre el hombre cuaternario de la Pampa.

En 1878 viajó a Europa, con el fin de asistir al Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas, que se reunió en París. Su permanencia en el viejo mundo fue importante para su futura actividad científica.

Durante tres años siguió cursos, visitó museos, trató a sabios con los cuales desde años antes mantenía correspondencia, preparó memorias para congresos científicos y efectuó publicaciones en la «Revue d’Anthropologie«.

En Europa publicó La antigüedad del hombre en el Plata y, en colaboración con Paul Gervais, Los mamíferos fósiles de la América Meridional.

Regresó a su patria consagrado por la opinión de los naturalistas más distinguidos del mundo, encontrándose que, por haberse excedido en la licencia que le concedieron, había sido dejado cesante de su cargo de ayudante de la escuela de Mercedes.



Para poder vivir instaló una pequeña librería, a la cual dio el nombre de «Librería del Clyptodón«, y continuó sus estudios orientándose francamente hacia la paleontología y revelando sus ideas evolucionistas. En ese modesto local escribió Filogenia, su obra maestra, que pudo publicar en 1884 merced a la ayuda que le prestara el Dr. Estanislao S. Zeballos.

Ese año, la Academia de Ciencias de Córdoba le encargó el dictado de la cátedra de Zoología. Su permanencia en dicha ciudad la aprovechó para continuar sus investigaciones.

En 1886 fue designado subdirector del Museo de La Plata y encargado de la sección paleontológica. Pero sus funciones duraron poco tiempo, ya que fue exonerado del cargo. Quedó, sin embargo, en La Plata, donde volvió a instalarse con una librería.

Estos años fueron fecundos para su carrera científica. Publicó los dos volúmenes de Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina y con Eduardo Holmberg, Carlos Spegazzini y Juan B. Ambrosetti inició en 1891 la publicación de la Revista Argentina de Historia Natural, de la que sólo aparecieron seis números.

En 1902 fue designado profesor de mineralogía y geología en la Universidad de La Plata, y a la muerte de Carlos Berg el ministro Joaquín V. González lo nombró director del Museo de Buenos Aires, a cuyo frente estuvo hasta su muerte.

Como lo ha señalado Ángel Cabrera, en la producción de Ameghino es posible distinguir dos aspectos: por un lado, su obra descriptiva, la labor del paleontólogo; por otro, la exposición de las teorías, cuyo conjunto forma el verdadero fondo de toda su actividad científica.

Su obra descriptiva fue enorme; a ella debe la paleontología argentina el conocimiento de la mayoría de las especies de vertebrados extinguidos. Su construcción doctrinaria, fruto de sus observaciones, estudios y descubrimientos, tuvo como punto de partida su investigación del origen del hombre americano.

Su tesis de que el territorio argentino fue la cuna de la especie humana originó grandes discusiones entre los hombres de ciencia. Se le censuró la insuficiencia de sus métodos y de sus datos estatigráficos, pero siempre se le reconoció —en el extranjero— su autoridad científica, su laboriosidad y la contribución de su doctrina al progreso de la ciencia.

En su patria, en cambio, todo el mundo lo discutió, hasta los hombres de ciencia. El sabio Burmeister, porque desde su posición creacionista, no podía aceptar las doctrinas evolucionistas defendidas por Ameghino.

La Sociedad Científica Argentina, que rechazó sus monografías, porque sus ideas eran «contrarias a las emitidas hasta hoy por los geólogos eminentes» y por su originalidad, ya que enfocaban cuestiones «aun no resueltas por ningún observador concienzudo».



Las obras de Ameghino, verdaderos monumentos de la ciencia contemporánea, le aseguran con toda justicia el título de sabio que no le negaron los hombres de ciencia del extranjero. Es que Ameghino fue, como expresa Lugones, «un sabio a la manera de Darwin y de Cuvier, uno de esos ejemplares prototipos cuya aparición demuestra la superior aptitud vital del pueblo donde se efectúa. Y como argentino, pertenece a la especie de Sarmiento: vale decir, la de los fundadores hercúleos, en quienes el poder genial corre parejo con lo inmenso de la obra».

Francisco P. Moreno. La vocación de naturalista llevó a Francisco P. Moreno (1856-1919) a realizar investigaciones en vastas y desoladas regiones del territorio argentino, vinculándose, por sus preocupaciones científicas, a los dominios de la geología, la paleontología y la antropología.
En 1873 efectuó su primera excursión a Río Negro.

En esa época —escribió— «las fronteras del sud de Buenos Aires y de Mendoza tenían, como partes extremas, el Azul, en la Provincia de Buenos Aires; Río Cuarto, en la de Córdoba; Villa Mercedes, en San Luis, y San Rafael, en Mendoza. Bahía Blanca era un punto aislado y había peligro de muerte en cruzar desde allí al Azul o Tandil».

Moreno no sólo describió las bellezas de la Patagonia; también formuló hipótesis científicas. «La región austral —sostuvo— aparece como el resto de un gran continente hoy sumergido, donde han vivido y evolucionado seres desde tiempos geológicos muy remotos».

perito moreno so ubra en el sur argentino

Patagonia y Tierra del Fuego son restos de ese continente austral en que aparecieron y se desarrollaron animales que aún viven en América meridional, Nueva Zelandia, Australia, África, etc. De ahí su afirmación de que en aquel centro de dispersión de organismos vertebrados e invertebrados se inició el desarrollo humano, de donde partió para extenderse sobre el globo.

Nuevos viajes al Sud, realizados en los años siguientes, le permitieron explorar la región argentina de los lagos y llegar hasta Punta Arenas y reunir una colección de arqueología, paleontología y antropología de más de quince mil piezas, la cual donó a la provincia de Buenos Aires para que creara un museo antropológico y arqueológico.

Los estudios científicos de Moreno le valieron la designación de miembro de las principales sociedades científicas de Inglaterra, Francia, Suecia, Noruega y Estados Unidos.

Pero su nombre se vincula en nuestro país al Museo de La Plata, que fundara en 1884, y a su actuación como perito en la cuestión de límites con la República de Chile.

El Museo de La Plata, que se formó con el aporte de sus colecciones y la donación de su biblioteca particular, fue por obra de Moreno un centro de intensa actividad científica.

A los seis años de su fundación, el Museo inició la publicación de sus Anales y de la Revista del Museo, en la que publicaron trabajos los naturalistas que colaboraron en la obra de Moreno: el geólogo Cari Buckhardt, el ictiólogo Fernando Lahille, el botánico Nicolás Alboff, el antropólogo Roberto Lehman-Nitsche, a los que se añadieron los estudiosos formados junto a él, como el entomólogo Carlos Bruch y el antropólogo Luis María Torres.



En 1874 Moreno inició sus publicaciones científicas con un estudio titulado Description des cimetiéres et paraderos préhistoriques de Patagonia y una memoria Sur des restes d’industrie humaine préhistorique dans la République Argentine. A sus libros Apuntes sobre tierras australes y Viaje a la Patagonia septentrional siguieron numerosos trabajos que se destacan por su valor descriptivo y por contener importantes materiales que sirvieron de base para efectuar nuevos estudios.

Es indudable que Francisco P. Moreno fue superado por especialistas de mayor capacidad, pero también es indiscutible que «fue un hombre de valor extraordinario en los orígenes de la ciencia argentina; un verdadero maestro, de esos que necesitan las culturas nacientes, por su entusiasmo contagioso, su inquieta curiosidad y su energía creadora.

La pasión, la actividad y los métodos que otros ponían al servicio de la política, él los puso al servicio de la ciencia».

Ver: Vida del Naturalista Juan B. Ambrosetti

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Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Solari Editorial «El Ateneo»

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