La Argentina y el Mundo:Decadas 20 y 30 y El Gobierno de Irigoyen



La Argentina y el Mundo: Decadas del 20 y 30 – El Gobierno de Irigoyen – Guerra Mundial

La guerra mundial de 1914 marcó un momento culminante en que se interrumpe el proceso de integración de la economía mundial.

Las fuerzas motrices que impulsaban ese proceso dejaron momentáneamente de actuar.

Por un lado se quiebran las rutas comerciales dejando aislados los mercados de los centros productores de abastecimiento, por otro se interrumpe la afluencia de capitales de las metrópolis a las regiones periféricas, así como se frenan las corrientes migratorias expulsadas de los países cuyos procesos de industrialización no alcanzaban a absorber la mano de obra disponible y que sí encuentran salida en países cuya economía estaba en proceso de expansión —aun con muy diferentes direcciones e intensidad— como Estados Unidos, Canadá, Argentina, Australia y Nueva Zelandia.

argentina en el mundo

La importancia que adquiere este hecho para nuestro país estuvo dada por el papel que éste desempeñaba dentro del esquema económico total.

Efectivamente, el peso de la Argentina en el proceso de integración mundial tuvo su demostración clara a partir de la década del 70.

Más todavía: la aceleración de la producción agropecuaria a partir de ese momento reforzó el puesto que le cabía dentro del orden mundial, al mismo tiempo que la absorción de capitales extranjeros, productos manufacturados e inmigración lo mostraba como una de las plazas más fuertes.

En efecto, entre 1857 y 1914 Argentina había recibido 3.300.000 personas, ocupando el tercer lugar en el mundo como receptora de inmigrantes en ese período.

«En cuanto al total de capitales extranjeros invertidos ascendía a más de 10.000 millones de dólares de hoy, cifra que representaba el 8,5 % de las inversiones extranjeras de los países exportadores de capitales en todo el mundo, el 33 % de las inversiones extranjeras totales en América latina y el 42 % de las inversiones del Reino Unido en la misma región.»

«Respecto al comercio mundial la situación de Argentina no podía ser más clara; más de la mitad de las exportaciones de América latina a Europa procedían del país.

Y en relación con el cuadró total, de las relaciones bilaterales entre países latinoamericanos y europeos, Argentina ocupaba los seis primeros puestos con Inglaterra, Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica-Luxemburgo y Francia.» 

Dentro de este cuadro general, el país funcionaba como proveedor de materias primas casi exclusivamente del sector agropecuario, y era receptor de combustibles, maquinarias e insumes industriales al mismo tiempo que de artículos de consumo.

Restablecidos los vínculos entre el país y las metrópolis, nuestra economía recupera en parte el equilibrio alcanzado antes de la crisis y su producción, fundamentalmente la cerealera, llega a niveles satisfactorios.

Para corroborar lo anterior diremos que hacia la mitad de la década del 20, «Argentina abasteció el 66 % de la exportación mundial de maíz, el 72 % de lino, el 32 % de avena, el 20 % de trigo y harina de trigo, y más del 50 % de carne».

Este aspecto «positivo» de nuestra economía que muestra un enorme potencial productivo tenía, sin embargo, su contrapartida negativa: la sujeción a las economías metropolitanas y a los movimientos inherentes a la marcha de la estructura capitalista, especialmente en lo que se refiere a capitales y precios.

El capital extranjero, con su enorme poderío y con su tremenda influencia, producía resultados divergentes y aun contrapuestos según el movimiento de la coyuntura económica mundial: afluencia de capitales durante el alza y restricción en las épocas de crisis y depresión, pero con el agravante de que en esos momentos críticos la amortización de las deudas, y la remisión de intereses y utilidades impactaban en forma tremendamente negativa nuestra balanza de pagos.

Al mismo tiempo se manifestaban otros fenómenos —propios de la economía capitalista— que la misma crisis de 1914 acentuó: los precios de los productos manufacturados se movían mucho más favorablemente que los de los productos agropecuarios.

Pero también otro hecho negativo —de carácter interno— comenzaba a surgir: la pampa húmeda, que con su enorme riqueza brindaba el 90% de nuestras divisas, estaba en 1914 a punto de alcanzar el máximo de su potencial económico.

Efectivamente, ya en ese año se habían ocupado en forma total sus espacios vacíos e incluso el desarrollo tecnológico alcanzado tenía muchas semejanzas con el de los países más evolucionados en ese momento (aunque no ocurría lo mismo con el sistema de propiedad, que era sumamente inadecuado para crear cambios sociales importantes).

Esto significaba que en adelante el crecimiento de la población difícilmente sería acompañado por incrementos notables en la producción agropecuaria, que en el período 1924-9 llega al máximo de esplendor de toda nuestra historia económica.

Favorecidos por el alza de la coyuntura y por precios agrícolas buenos, los productores se lanzaron al mercado cerealero en busca de pingües ganancias, objetivo que alcanzaron y que permitió al país obtener también enormes beneficios.

Esta etapa podría interpretarse como el punto culminante de dos procesos: por un lado el de la evolución del sistema socioeconómico nacional generado a partir de los postulados de la generación del 80, adecuado a la expansión de la economía mundial, que alcanza su apogeo, y por otra parte el de esa economía mundial misma, en la que el esquema liberal se acerca a su crisis definitiva.

En efecto, a partir de la crisis mundial de 1929, los países industrializados optarán por la participación del Estado como planificador y centralizador de la economía en oposición al Estado «orientador» de la etapa anterior; el proteccionismo desalojará definitivamente al libre cambio, la inconversión del papel moneda dejará el patrón oro como cosa del pasado.

Dentro de este panorama, la Argentina deberá concentrarse en sí misma, buscará —con éxitos parciales— vías diferentes de desarrollo, y la industrialización, que aún no había sido fijada como, meta ideal de las élites gobernantes figurará en la preocupación en los gobiernos posteriores, especialmente a partir de 1943.

Las exportaciones que durante años habían alimentado el crecimiento del país, a partir de ese momento serán sólo uno de los factores del desarrollo económico-social.

Fuente Consultada:
Historia Argentina La Democracia Constitucional y Su Crisis Catón-Moreno-Ciria

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