Historia del Liberalismo Político en los Gobiernos de Argentina



Historia de Liberalismo en la Política Argentina

Historia de su influencia en Latinoamérica: Al influjo de las teorías del liberalismo político, florecieron en Europa las posiciones antiabsolutistas. La prédica de Voltaire y de Montesquieu, la obra de la Ilustración y de los Enciclopedistas, fue profundizando, las convicciones que recomendaban mayor libertad y mayor participación de las clases hasta entonces pospuestas.

La reivindicación de las prerrogativas naturales, el freno al absolutismo, la teoría que justificaba el derecho de rebelión de los pueblos ante los malos gobiernos, se transmitieron por medio de las lecturas y las noticias desde el Viejo Continente hasta estas tierras americanas cuyas clases cultas —que además de ideales poseían la certeza de estar postergadas económicamente— se constituyeron en abanderadas de dichas doctrinas. Necesidad de educación, libertad de expresión, representatividad, independencia, eran los conceptos en boga.

La revuelta de los estados de Norteamérica contra la opresión de una Inglaterra nada liberal con sus colonias y la Revolución Francesa, fueron las fuentes de las que emanaban los ejemplos a seguir por las colonias españolas en cuya metrópoli los liberales desarrollaban también una dura lucha contra el absolutismo.

Cuando la independencia fue obtenida, las ideas del liberalismo se plasmaron en las constituciones de las jóvenes naciones que surgieron. Sin embargo, las nuevas clases dirigentes, de alto vuelo intelectural pero de mirada fija en lo europeo, intentaron muchas veces un mero transplante de los principios liberales a sociedades netamente diferentes a aquellas elegidas como modelo y ello significó la oposición de los sectores más tradicionales y el estallido de continuas guerras civiles que se extendieron hasta pasada la primera mitad del siglo pasado.

Por entonces se afianzaron las tesis liberales y los gobiernos que las propiciaban, culturalmente progresistas, pero políticamente autoritarios y a veces paternalistas, ligados casi siempre con los intereses económicos externos.

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El filósofo inglés John Locke fue el padre de la teoría liberal de los siglos XVII y XVIII. Decía que el progreso social se identifica con la protección de la propiedad privada.

El liberalismo moderno: En las últimas décadas el liberalismo, sobreviviente a las embestidas del nacionalismo y el populismo de la segunda posguerra, tuvo que reacomodarse a los sentimientos democráticos, nacionalistas y socialistas, que cada vez con mayor fuerza se fueron proyectando en el seno de las diferentes sociedades.

La dinámica del crecimiento económico —y particularmente la intensa concentración y monopolización— obligaron a revisar sus planteos. Sus premisas individualistas fueron cada vez menos capaces de solucionar los profundos problemas que planteaban las nuevas realidades.

Las grandes desigualdades pusieron en evidencia un hecho incontrastable: la libertad de unos, y su prosperidad, implicaba la opresión de los otros. A partir de esa toma de conciencia, se gestó una. división, sobre todo evidenciada en el plano económico, pero con amplias implicaciones políticas. Mientras muchos teóricos propendieron hacia una verdadera intervención estatal, de fines regulares, otros se aferraron a la no intervención y la libertad económica, típicas banderas del antiguo liberalismo.



Los primeros, se inclinaron por la participación, en reemplazo del anteriormente preconizado aislamiento individual, a la que ven como un verdadero producto social, surgido de los incentivos, la educación, las oportunidades y que se relaciona, íntimamente, con la democracia representativa y con lo popular. Ese liberalismo así transformado, llega a proponer soluciones colectivistas, apelando al Estado como respaldo a los sectores sociales económicamente más débiles.

Ante esos evidentes cambios doctrinarios operados, surge una pregunta: ¿sigue siendo liberal una teoría de esas características? Sus defensores opinan que sí, porque —dicen— en primer lugar, persigue el mismo fin; lograr un individuo autónomo; en segundo lugar, porque los cambios conceptuales operados, al reducir las arbitrariedades, enriquecieron las libertades individuales; finalmente, porque de esa manera el concepto de ley y de derechos constitucionales —tan caro al primitivo liberalismo— se ve afirmado por el pluralismo, la descentralización y la amplia gama de relaciones entre el Estado y la sociedad.

Para muchos otros, después de la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo ha perdido todo contenido progresista, se ha reducido a una defensa de la libertad de los que poseen. Los que no —se afirma— se orientan hacia otras corrientes: las diversas variantes del socialismo, el social cristianismo y otras.

Liberalismo y la Política Argentina: Las tesis sustentadas por el liberalismo europeo tuvieron mucho que _ ver con los esfuerzos revolucionarios que culminaron en la Independencia de las Provincias Unidas. Una vez obtenida ésta, a su influjo se trató también de organizar la recién nacida Nación.

La labor rivadaviana: Una de las manifestaciones más salientes del liberalismo rioplatense fue Bernardino Rivadavia. Este intenta transmitir al país  rivadavialas pautas administrativas y culturales de una Europa demasiado lejana y demasiado diferente como para ser entendida y aceptada por los sectores tradicionales. El lenguaje usado, las formas políticas recomendadas, las modas de esos doctores que usan levita en lugar de poncho, el apego por teorías y recetas impregnadas de filosofía liberal, no podían encontrar eco favorable.

Las reformas que como ministro y como presidente impulsa Rivadavia tendían a afianzar el gobierno central, a entronizar un incipiente laicismo, a remodelar los criterios administrativos: se trataba de los postulados progresistas del liberalismo.

La creación de la «Sociedad Literaria», por su parte, hablaba de las preocupaciones culturales, pero no tenía demasiado que ver con la realidad del país.

Por eso, la Reforma Eclesiástica originó el llamado «Motín de los Apostólicos», las provincias rechazaron el proyecto de constitución unitaria, los terratenientes condenaron la deuda contraída con la banca británica; el «padre de las luces», en definitiva, fue visto, más bien, como el benefactor de la clase mercantil del puerto.

Rosas y el liberalismo: «Ahora bien, general, prescindamos del corazón en este caso… En tal caso, la ley es: que una revolución es un juego de azar en el que sé gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella…». El texto pertenece a una carta, «de esas que se rompen una vez leídas», firmada por Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril —unitarios— que la envían a Lavalle.

juan manuel  rosas



Empujado por esas apreciaciones, éste decretará el fusilamiento de Dorrego, cabeza del partido federal. Montoneros — Artigas, Ramírez, López, Quiroga y después «El Chacho» y Felipe Várela— y liberales, eran agua y aceite. Rosas sintetizó los orígenes de ese divorcio, en palabras que le dirigió al oriental Santiago Vázquez: «Yo, Sr. Vázquez… conozco y respeto los talentos de muchos de los señores que han gobernado el país y especialmente del Sr. Rivadavia… pero a mi parecer todos cometían un grande error: los gobiernos se conducían muy bien para la gente ilustrada, pero despreciaban los hombres de las clases bajas, los de la campaña…».

Rosas, idolatrado por artesanos, orilleros o negros, pero también apoyado por amplios sectores del clero, de los comerciantes y por la oligarquía terrateniente, si bien mantuvo la política económica librecambista, descartó las instituciones políticas liberales. Sus opositores liberales —Esteban Echeverría, Marcos Sastre, Juan M. Gutiérrez, Juan B. Alberdi, Miguel Cané— lo enfrentaron desde el Salón Literario, la Sociedad de Mayo y, ya en el exilio, desde la Comisión Argentina, que proclamaba los principios de Mayo, el progreso y la democracia desde una sitiada Montevideo, bautizada como la «Nueva Troya» por el romántico Alejandro Dumas y defendida por la Legión Italiana del liberal Giuseppe Garibaldi.

Esos intentos de quebrar el rosismo, que se sumaron a diversos levantamientos internos, no prosperaron sin embargo. Recién Caseros puso punto final a ese ciclo y significó el punto de partida para el afianzamiento del liberalismo en la Argentina.

La Constitución del 53: El Congreso Constituyente de Santa Fe sancionó una constitución netamente liberal, para confeccionar la cual se combinaron los ejemplos del liberalismo estadounidense, el «Dogma Socialista de la Revolución de Mayo» (Esteban Echeverría)  y las «Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina» (Juan B. Alberdi).

Después, empezaron a tomar forma definitiva los futuros partidos políticos. En Buenos Aires, se constituye el Partido Liberal, acaudillado por Mitre, que pronto se divide en dos sectores: el nacionalista «chupandino», que quiere la reunificación de la independizada Buenos Aires y la Confederación Argentina que lidera Urquiza, y el autonomista o «pandillero» porteñista a ultranza. La filosofía liberal, no obstante, era el común denominador de ambas vertientes.

Después de la batalla de Pavón, Mitre será el dueño de la situación: bajo la hegemonía bonaerense, el país comienza a reunificarse. El nacionalismo revisionista le endilga muchas culpas a esa administración liberal: representad la política avasalladora de la oligarquía portuaria, encarnar una especie de despotismo ilustrado, someter ias autonomías provinciales, negociar con el capitalismo colonizador y propiciar el predominio de una filosofía laica y materialista.

El liberalismo, por su parte, responde que bajo ese gobierno se dieron los primeros pasos que permitirían luego la concreción y la realización de un verdadero Estado nacional.

Con Sarmiento, el progresismo liberal viste hermosas galas: impulso de la instrucción pública en todos los niveles, apoyo al desarrollo de las ciencias, trazado de líneas férreas, afianzamiento del telégrafo y de la inmigración.

Nicolás Avellaneda, hombre del Partido Autonomista Nacional (PAN), que encarnaba con renovado vigor los antiguos ímpetus del liberalismo, continúa con esa línea de unificación nacional y federaliza a Buenos Aires, renuente a compartir con el resto del país las pingües rentas de su puerto. Persistirá la entrada de mano de obra barata a través de la inmigración —y la salida de lanas y cereales, tipo de exportación que correspondía a una Nación a la cual la división internacional del trabajo le había asignado el papel de «granero del mundo»

Roca y la Generación del 80: Con el acceso al gobierno de Julio A. Roca, la llamada Generación del 80 logra su máximo esplendor. La presidencia absorbe y centraliza todos los poderes y la domesticada Liga de Gobernadores es su complemento. (Más tarde, las fuerzas provinciales que dicha Liga manejaba serán la base de los distintos nucleamientos conservadores y liberales locales que persisten aún en nuestros días).



La lucha comicial no depende ya de los partidos políticos sino de la voluntad del Poder Ejecutivo. Los postulados más caros al positivismo y al liberalismo se intronizan en el poder,.a través de una política esencialmente pragmática. El lema «Paz y Administración», fórmula esgrimida por el general, se parece mucho al «Orden y Progreso» que predicaba Comte.

El comercio exterior, siguiendo siempre los dictados del colonialismo británico, se intensifica y lo mismo ocurre con el trazado de las vías ferroviarias la remodelación de la Capital y la llegada de nuevas oleadas de inmigrantes. Se impone, en toda la línea, el sistema de ideas liberales, que coinciden con el auge del liberalismo económico mundial y con la mayoría de edad de un capitalismo .imperialista que se dispone a depredar el universo.

Los aspectos de laicidad adquieren especial relieve bajo la administración Roca, y su ministro Wilde propicia la implantación de la enseñanza laica, gratuita y obligatoria (Ley 1420, de julio de 1884), la expulsión del nuncio apostólico (acusado de intervenir en los asuntos internos del país) y la interrupción de las relaciones diplomáticas con el Vaticano, así como también la estatización de los cementerios y la Ley de Matrimonio Civil. Félix Frías, José M. Estrada, Santiago Estrada, Pedro Goyena, Miguel Navarro Viola, Tristán Achával Rodríguez y Emilio Lamarca constituirán el cerrado grupo antiliberal y confesional que; a través más que nada del periódico «La Unión», se opondrán a esas reformas.

Juárez Celman y la decadencia: La crisis financiera, económica y moral marcó el gobierno de Miguel Juárez Celman, sucesor de Roca, al que él mismo ungió como tal. El juego de la Bolsa, la íntima relación del oficialismo con el capitalismo colonialista británico, las prebendas descaradas, las concesiones ferrocarrileras enajenadas en el exterior pero garantidas por el Estado, eran el corazón de un régimen, que preanunciaba la crisis del liberalismo.

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El despilfarro oficial, el aumento incesante de la deuda pública y la agitación social —impulsada por recién nacidos sindicatos que los inmigrantes habían transplantado— completaban el panorama. El refinamiento cultural de ciertas élites y el lujo de las clases acomodadas no bastaron para detener la caída del presidente, desalojado del poder por la, de todos modos, fracasada Revolución del 90, a través de la cual irrumpía violentamente un nuevo partido, la Unión Cívica Radical, que prefirió la abstención electoral y la insurrección revolucionaria antes que ser víctima de los fraudes orquestados por el oficialismo.

De todas maneras, estos continuaron multiplicándose, a través de las componendas de los nucleamientos políticos de signo exacerbadamente liberal o conservador, que pugnaban por mantener a mano las riendas del poder a toda costa. Así, el «contubernio» del Partido Nacional (roquista) y de la Unión Cívica Nacional (mitrista), permitió la imposición de la fórmula Luis Sáenz Peña, José E. Uriburu.

Se trataba, ya, de una oligarquía fraccionada en partidos sin programa, pero que de todas formas continuaba siendo gobierno. Julio A. Roca y Norberto Quirno Costa continuaron la seguidilla y bajo su gobierno se instauró la represiva Ley de Residencia, ya que el liberalismo, paternalista por momentos, sabía avasallar cuando la defensa de sus intereses así lo imponía. En el año 1906, la muerte de Manuel Quintana, Carlos Pellegrini y Bartolomé Mitre, ralea sus filas dirigentes. La ley Sáenz Peña instaurando la limpieza electoral, será el golpe de gracia.

Yrigoyen y después: El gobierno de Hipólito Yrigoyen marca el ascenso de nuevas clases sociales que hasta ahora habían sido dejadas de lado. El liberalismo, en sus formas más extremas, es desacreditado por un sistema que contempla una reguladora intervención estatal y una suerte de populismo incipiente. Pero dichas pautas moderadoras de la influencia liberal se aflojarán durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear y serán totalmente barridas del escenario político por el golpe militar de 1930, que restaurará el conservadurismo y el liberalismo económico más marcados, no obstante haberse iniciado como un movimiento de corte nacionalista y fascistoide.

El año 1943 volverá a insistir con el nacionalismo y las remoras fascistas que, al final, desembocarán en un brumoso populismo peronista en el cual el movimiento sindical es incluido en la maquinaria estatal. De ahí en más, a partir de 1955 sobre todo, la historia política argentina se ve constantemente salpicada por los desbordes de poder originados en filas militares.

El enfremamiento de los sectores nacionalistas y liberales dentro de las fuerzas armadas —generalmente los primeros iide-ran los cuartelazos y los segundos los copan a continuación— merece un capítulo aparte, pero su análisis escapa a esta nota.

En momentos en que el país se apresta a enfrentar otra instancia electoral, parece evidente que la absoluta mayoría de los partidos políticos, aun reconociendo orígenes liberales, no comulgan con las clásicas tesis extremas de la plataforma liberal. Sólo un sector de los mismos, el agrupado bajo la difusa ubicación del centro, postula un marcado comportamiento neoliberal en economía y en política.

Fuente Consultada:
Formación Política Para La Democracia Editorial Biblioteca de Redacción Tomo II – La Política y La Mujer –

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