El Mundo Antes de la Primera Guerra Mundial Principales Etapas



El Mundo Antes de la Primera Guerra Mundial

ANTECEDENTES EN EL MUNDO ANTES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: comienzos del siglo XX, Europa parecía haber encontrado el equilibrio ideal. Eran los años de la belle époque. La promesa del siglo abría una perspectiva de progreso ininterrumpido. El avance técnico, científico y cultural parecía anular todas las contradicciones. Hasta en el campo social y político las relaciones habían alcanzado un grado óptimo. La Comuna de París parecía ya un lejano recuerdo. El parlamentarismo había calmado aparentemente la tensión de la lucha de clases.

Era cierto que existía el resto del mundo: mil quinientos millones de seres humanos que vivían en la miseria colonial. Pero por ahora no constituían un problema inquietante. Europa era sinónimo de cultura, civilización, humanidad. Al menos en la mente de las clases dominantes.

De pronto todo pareció complicarse. El orden cimbró, la atmósfera se cargó explosivamente. Los países comenzaron por hacerse mutuos reclamos por diversos motivos. Unos se aliaron con otros para sentirse más fuertes e imponer sus criterios. Las guerras balcánicas mostraron claramente que las contradicciones no sólo no se habían anulado, sino que se convertían en antagónicas.

¿Qué estaba ocurriendo? Pues nada extraño. En la plenitud de su apogeo, la sociedad capitalista comenzó su agonía. Había llegado a los límites de su progresividad histórica. Los viejos Estados nacionales, base del progreso de la época moderna, se habían convertido en trabas asfixiantes. De progresista, el Estado burgués se había hecho reaccionario. La época de guerras y revoluciones estaba abierta. Sólo los ilusos mantenían la esperanza en un progreso sin saltos, sin caídas, sin bruscas transformaciones.

De allí que la guerra mundial —la Gran Guerra— no fuera una catástrofe imprevista. En realidad, las clases dominantes nunca olvidaron las posibilidades de esta perspectiva menos aún cuando sintieron los primeros síntomas de las crisis sociales revolucionarias. Entonces aceleraron los preparativos. La revolución podía contenerse encauzando la energía de las masas en una guerra «nacional». A comienzos de la década de 1910, Marte era el verdadero soberano en casi todos los países.

Los medios de propaganda, que habían alcanzado una enorme difusión popular, estaban al servicio de los poderosos intereses que orientaban la política de los gobiernos. La exaltación del nacionalismo se hizo cada vez mayor. El equilibrio de Europa reposaba sobre múltiples contradicciones. Veamos algunas de las más destacadas.

El pujante desarrollo de Alemania, con su moderna industria y su flota que ocupaba el segundo lugar en el mundo, chocaba con los intereses del viejo Imperio Británico. Los planes germanos de expansión naval amenazaban con poner fin a la hegemonía británica en los mares. Este era el principal problema que enturbiaba las relaciones entre los dos países. De allí que la idea de una guerra contra el Imperio alemán hubiera comenzado a cobrar fuerza en la clase dirigente de Gran Bretaña.

En Francia, se observaba con creciente alarma el auge de Alemania. Los grandes capitalistas reclamaban una política más enérgica en todos los planos. El reclamo por «el despojo de Alsacia-Lorena» se hacía sentir cada vez con más fuerza. El ascenso de Poincaré al poder, en enero de 1913, reforzó esta tendencia. La alianza con Rusia se estrechó más aún.

Transcurridos pocos días, el presidente francés convocó al embajador ruso en París, Izvolski, manifestándole que «en calidad de presidente de la república, el tendría plena posibilidad de influir directamente sobre la política exterior de Francia», agregando que «para el gobierno francés es de suma importancia tener la posibilidad de preparar con antelación la opinión pública del país para la participación de Francia en una guerra que puede desencadenarse sobre base de los acontecimiento» bálticos.



Animismo, en Alemania se afirmaban los partidarios de la guerra para obtener «un nuevo lugar bajo el sol»: el reparto del inundo colonial, al que había llegado tarde el Imperio.

Los grandes capitalistas, al igual que en Francia, eran los más ardientes defensores de esta política guerrerista.

En cuanto al principal aliado de Alemania, Austria-Hungría, se encontraba en una difícil situación. El imperio de los Habsburgo se agrietaba peligrosamente por las fuertes tendencias separatistas en su interior (checos, eslavos,etc). El fortalecimiento de Servia en las guerras balcánicas contribuía aún más al deterioro del imperio. En el gobierno austríaco no se veía otra salida que aniquilar a Servia, como único recurso para mantener la unidad imperial.

Italia también tenía sus conflictos. Aliada formalmente con Alemania y Austria-Hungría, mantenía viva su reivindicación territorial sobre Trieste y el Trentino, regiones de población italiana bajo dominio austríaco.

Es obvio que la carrera armamentista era consecuencia directa de este cuadro, que rápidamente esbozamos, de la situación de los principales países europeos en vísperas de la guerra mundial.

En marzo de 1913, Alemania resolvió aumentar su ya poderoso ejército (700.000 soldados) con el reclutamiento de 150 mil hombres más. La medida implicaba un gasto enorme, para lo cual se estableció un fuerte impuesto de emergencia: 1.000 millones de marcos. La fabulosa suma, cargada fundamentalmente sobre los grandes capitalistas, no motivó protestas. La pagaron de buena gana: muchos eran fabricantes de cañones y material de guerra.

La noticia causó una gran conmoción en Francia. Los que agitaban la idea de la «defensa nacional» levantaron la voz reclamando urgentes medidas. El gobierno resolvió, poco después, la reimplantación del servicio militar obligatorio. Al mismo tiempo, otra hecho puso todavía más tensa la situación. En setiembre, Alemania formalizó un acuerdo con Turquía para la reorganización completa de su ejército. Una misión alemana, a cargo del general Von Sanders, viajó a Constantinopla con ese objetivo. La noticia cayó como una bomba, particularmente en Rusia.

Europa caminaba al borde del abismo. El peligro de guerra se había convertido en una posibilidad concreta. Y nadie movía un dedo para tratar de alejarlo. Todos tenían planes de conquistas, todos aspiraban al reparto del botín. Esa era la realidad.

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