Descripción del Alunizaje del Apolo XI Relato de Neil Armstrong



El Alunizaje del Apolo XI: Neil Armstrong

El nombre de en la cuando, el 20 de julio de 1969, se convirtió en el primer hombre que pisaba la Luna. Millones de pegadas al televisor fueron testigos de la Armstrong, junto a Aldrin y Michael Collins, sus dos compañeros de la misión espacial Apolo XI, cumplían así un de la Humanidad. Armstrong, murió el 25 de agosto de 2012 en Cincinnati, por una afección cardíaca.

NUEVA YORK, 18.- El día del descenso en la Luna fue muy largo y bastante agitado. Nos levantamos a las 5.30 de la mañana y descendimos aproximadamente a las 3.20 de la tarde (hora de Houston). Hubo muchas cosas que hacer durante cada minuto de ese día.

La puesta en marcha de los motores para el descenso se realizó suavemente y en el momento preciso. Lo hicimos en el instante en que pasábamos por el punto exacto, sobre el borde occidental del Monte Marilyn. Estábamos volando mirando hacia abajo, a 16.000 metros de altura, y la visión que teníamos del Monte Marilyn y de otros puntos indicaba que íbamos a descender relativamente cerca del área que se había elegido.

No íbamos a caer en la cara opuesta de la Luna ni nada parecido. A continuación, nuestro radar de descenso nos informó que estábamos a 12.000 metros, exactamente donde esperábamos estar. Alrededor de los 10.000 metros comenzamos a tener problemas con las computadoras.

Cuando la computadora tiene problemas enciende una luz de alarma y un número. Antes del vuelo habíamos simulado una gran variedad de alarmas. Para las más probables habíamos memorizado ciertos procedimientos y algoritmos. Para las más complicadas habíamos hecho pequeñas anotaciones en tarjetas pegadas al tablero de instrumentos. Sin embargo, la alarma que se encendió durante el vuelo no tenía número, no era el tipo de alarma que esperábamos; no era ninguna de las que había surgido durante las simulaciones.

En ese momento los muchachos de la misión de control se ganaron realmente su sueldo. Analizaron el problema y la causa, y nos indicaron rápidamente que podíamos dejar de lado tranquilamente las alarmas y continuar nuestro descenso.

Desde los 10.000 metros hasta los 1600 estuvimos totalmente absorbidos por el análisis y la consideración de este problema, y por el control de instrumentos. En consecuencia, no prestábamos atención a las ventanas y a la identificación de puntos de orientación externos. La primera ocasión que tuvimos de pasar algún tiempo mirando hacia afuera fue cuando ya estábamos a menos de 1600 metros.

Con el estrecho horizonte que caracteriza a la Luna, era difícil tener un campo visual muy extenso desde esa altura. El único punto destacado que alcanzamos a ver fue un cráter muy grande que hasta ese momento se había identificado como Cráter Oeste, aunque en ese momento no lo reconocimos.

Modulo Lunar Apolo Caracteristicas Capsula Lunar Descenso LunaAl principio consideramos la posibilidad de descender cerca de él. Parecía evidente que hacia allí nos estaba llevando nuestro sistema automático. Sin embargo, cuando nos acercamos unos 300 metros no nos cupo ninguna duda de que el Águila trataba de descender en una zona nada conveniente.

Había peñascos grandes como un Volkswagen diseminados por todas partes.

Yo tenía una visión excelente del cráter y del campo pedregoso a través de la ventana izquierda, pero la posición  de la cámara sólo permitía captar la imagen del perímetro norte, de apariencia relativamente benigna.

Las rocas parecían acercársenos con espantosa rapidez, aunque, por supuesto, en una situación como ésa el reloj anda tres veces más ligero. En ese momento mi atención se dirigía casi totalmente hacia la ventana, y Buzz (Aldrin) me informaba sobre las lecturas importantes en la computadora y en los instrumentos.

A una altura de unos 120 metros y a 80 kilómetros por hora se hizo evidente que iba a tener que utilizar el control manual de la nave. De esta forma controlaba la marcha y la velocidad horizontal del Águila, y mis órdenes, junto con las que impartía la computadora, hacían funcionar el acelerador. Disminuimos nuestra velocidad de descenso de tres metros por segundo a alrededor de un metro por segundo.

Hubiera sido interesante descender en ese campo pedregoso, porque estoy seguro de que algunos de los elementos que emergían de ese enorme cráter eran rocas del interior de la Luna y, en consecuencia, fascinantes para los científicos.

Me sentí tentado, pero mi sensatez fue mayor. Avanzamos ubicándonos a una altura conveniente para pasar por sobre las puntas de los peñascos y exploramos la superficie hacia el Oeste buscando un lugar más adecuado para el descenso. Miramos varios y cambié de opinión un par de veces. El que elegimos tenía apenas unos 60 metros de lado, el tamaño del lote de una casa grande. Un costado estaba rodeado por algunos cráteres de buen tamaño y el otro por un campo de pequeñas rocas. Hice descender el Águila allí.

Supe que durante el descenso aumentó notablemente el ritmo de los latidos de mi corazón, en realidad me preocuparía si no hubiera sido así.

La trayectoria final que realicé antes del descenso real fue muy parecida a las que me tocó describir en las prácticas.

Durante los últimos segundos del descenso nuestros motores levantaron una gran cantidad de polvo lunar que voló en forma radial y casi paralela a la superficie, a grandes velocidades. Como en la Luna no hay atmósfera, el polvo se desplaza en una trayectoria plana y baja, dejando un espacio limpio detrás de él. Podían verse rocas y cráteres, pero se hacía difícil decidir la velocidad necesaria para lograr un descenso suave. Parecía que estuviéramos aterrizando en medio de una niebla que se movía velozmente.

En esta última etapa del descenso yo estaba muy preocupado por el nivel del combustible. Los medidores indicaban una posición muy próxima a vacíos y en realidad estuvimos muy cerca de una contraorden que nos hubiera hecho poner en marcha el motor de ascenso y -con suerte- volver a la órbita. A pesar de los escasos niveles indicados por los medidores es probable que en el momento del descenso todavía nos quedara combustible par unos 40 segundos.

Siempre resulta agradable saber que cuando la lectura de los medidores indica vacío hay todavía cuatro litros en el tanque.

Por supuesto que estábamos alborozados, pero hay gran cantidad de trabajo que realizar inmediatamente después del descenso. Buzz y yo tuvimos unos 12 minutos de trabajo muy activo. Luego pudimos distendernos lo suficiente para disfrutar de una sensación de alivio, de dicha. Buzz extendió su brazo y me dio un gran apretón de manos junto con sus felicitaciones, lo cual realmente tuve a gran estima. Es mi crítico más competente.
Decidimos realizar temprano nuestra actividad fuera del vehículo, para luego llegar tarde al propio límite que nos habíamos ft-jado. Diversos pequeños detalles contribuyeron a la demora, pero la mayor sorpresa fue el tiempo que nos llevó anular la presión del Águila. A ñn de abrir la escotilla para salir teníamos que lograr que la presión a ambos lados de la escotilla fuera igual. Y puesto que la presión exterior en la Luna es el vacío, debíamos reducir también al vacío la presión interna. Nos llevó mucho más tiempo que lo que había previsto.

Así que nuestra demora en salir del Águila no fue, como mi esposa y acaso otras personas han sugerido medio socarronamente, para darme tiempo a pensar lo que diría en el momento de poner el pie en la Luna. Algún pensamiento sobre ello me había cruzado un poco antes del vuelo, principalmente porque tanta gente había acordado gran importancia a este punto. También pensé un poco durante el viaje a la Luna, aunque no mucho. No fue sino después del descenso que me propuse decir «Es un pequeño paso para un hombre, un salto gigante para la humanidad». Más allá de esas palabras no recuerdo emoción o sentimiento particular alguno fuera de la cautela, el deseo de tener la seguridad de que no existía peligro en dejar caer mi peso sobre aquella superficie ajena al Águila.

Dentro de la cabina, la Luna parecía cálida y seductora. El cielo era negro, aunque una vez sobre la superficie parecía como de día, y el suelo, tostado. Existe un efecto de luz muy particular en la superficie lunar que parece hacer que los colores cambien; no lo comprendo del todo. Si se mira de espaldas al Sol, a lo largo de la propia sombra, o de frente al Sol, la Luna es de color tostado. Si se mira dando el costado al Sol, es más oscura, y si se mira directamente a la superficie, particularmente en las sombras, es muy oscura. El material que se toma en las manos también es oscuro, gris o negro. Generalmente, de textura delicada, casi como harina, aunque ciertas partículas más se asemejan a la arena.

Muy agradable resultó trabajar en esa atmósfera. No era fatigoso. El único problema real para mí consistió en los muchos lugares donde me hubiera gustado investigar, ver qué había justo detrás de la siguiente colina.

Bien conocidas son ahora todas las cosas que dejamos en la Luna. Nos sentimos particularmente complacidos en depositar el emblema de la Apolo XI en memoria de nuestros amigos y compañeros astronautas Gus Grissom. Ed White y Roger Chaffee, y las medallas que se acuñaron en memoria de los cosmonautas soviéticos Gagarin y Komarov. Creo que esos caballeros y sus asociados comparten nuestros propios sueños y esperanzas de un mundo mejor. Mi convicción se fortaleció por un telegrama de felicitaciones que nos aguardaba en el Laboratorio de Recepción Lunar a nuestro regreso. Comenzaba «Queridos colegas», y se hallaba firmado por todos los cosmonautas que habían participado en vuelos.

Cuando regresamos al módulo lunar había determinado olor en la cabina. Me pareció como de cenizas húmedas en un fogón. No puedo tener la certidumbre de que provinieron del material lunar, aunque me inclinaría a pensar que sí. Esta ocasión, sin embargo, fue la primera en que la cabina de la nave espacial había estado al vacío, lo que pudo haber afectado a alguna cosa interna. Sería interesante oler ahora las rocas que se trajeron a la Tierra.
Nunca me di especialmente cuenta de las temperaturas en la Luna. El traje adecuado siempre resultó agradable y cómodo, y en ningún momento parte del equipo transmitió frío ni calor a través de los guantes aislantes.

Si miro hacia atrás, el instante de tocar la Luna constituyó el punto de realización más sorprendente del vuelo. El despegue le siguió en notabilidad. Mucho más había dado que pensar aquel simple motor de ascenso del que dependíamos enteramente. Cuando llegó el momento, se mostró como dechado de perfección. No sólo nos proporcionó una agradable cabalgata, sino que nos regaló una final vista en vuelo de la Base de la Tranquilidad a medida que subíamos y nos alejábamos de ella.

Las más dramáticas memorias que ahora conservo son las vistas en sí, aquellas magníficas imágenes visuales. Van mucho más allá que cualquier experiencia visual que haya tenido en mi vida. De todos los cuadros espectaculares, el que más me impresionó en el viaje a la Luna fue el que se me ofreció al volar por su sombra. Todavía nos encontrábamos a miles de kilómetros, aunque lo suficientemente cerca para que la Luna casi llenara nuestra ventana circular. Desde nuestra posición eclipsaba al Sol, y se percibía como una gigantesca forma de lupa o platillo que se prolongaba por varios diámetros lunares.

Era magnífica, pero más todavía la misma Luna. Nos hallábamos en su sombra, de modo que el Sol no iluminaba ninguna de sus partes. Únicamente la Tierra, mediante su reflejo, la alumbraba. Esto hacía que la Luna pareciera de un gris azulado, y tridimensional.

Casi parecía como si quisiera mostrarnos su redondez, su semejanza en forma a nuestra Tierra, en una especie de bienvenida. Abrigué, entonces, la seguridad de que sería un anfitrión hospitalario; se había hallado esperando a sus primeros visitantes durante largo tiempo.

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