Muerte de Julio Cesar Asesinato Marco Bruto Porque lo mataron?



Muerte de Julio Cesar: Asesinato Marco Bruto ¿Por qué mataron a Cesar?

Cuando fue evidente que Julio César no tenía intención de  restaurar la República, tal y como lo concebían ellos,
aproximadamente sesenta senadores —muchos de ellos, amigos suyos o enemigos que habían sido perdonados— tramaron una conspiración para asesinar al dictador.

La dirigieron Cayo Casio y Marco Bruto, quienes ingenuamente supusieron que este acto restauraría la República tradicional. Los conspiradores decidieron los Idus de marzo (el 15 de marzo) del año 44 a. de C, como la fecha para el asesinato. César se encontraba en medio de los preparativos de una campaña que emprendería en la parte oriental del imperio. Aunque se le había advertido del complot contra su vida, decidió ignorarlo. El siguiente relato de la muerte de César está tomado de la biografía escrita por el autor griego Plutarco.

Muerte de Julio César en Roma

LA CONJURACIÓN
¿Por que los senadores romanos mataron a César?.El gran general romano, de  vuelta en Roma después de haber sometido La mitad de Europa, había llegado a concentrar en si todos los poderes del gobierno. De hecho se había constituido en soberano absoluto; su ambición era, quizá, la de instaurar en Roma nada menos que una monarquía universal, que gobernase el imperio que él había contribuido a forjar.

Sin embargo, César sabía que para los romanos la palabra «rey» era muy odiosa y no quería hacerse llamar con ese nombre. Muchas veces había demostrado rechazar, con un gesto desdeñoso, la corona de rey.

Pero esto no cambiaba el fondo del asunto. Los jóvenes patricios ya lo habían comprendido: las instituciones democráticas de la República Romana poco a poco se habían venido a menos, carentes de todo poder; todo estaba en manos de César. La democracia prácticamente naufragaba. Buscando detener el curso de los sucesos, los jóvenes senadores conjuraron contra César y decidieron matarlo.

El dictador tenía algunas noticias de que algo se estaba tramando en su contra, pero no les dio mayor importancia. Así se cumplió su destino. Mas su muerte, por cierto, no resolvió la situación política de Roma. En efecto: antes de que pasasen catorce años, Octavio se proclamaría emperador y se arrogaría la suma de todos los poderes. Los tiempos, desdichadamente, habían madurado para una dictadura, y el atentado del 15 de marzo no pudo mudar el curso de la historia.

Plutarco, Vida de César
Empero, el destino es, en todos aspectos, más inevitable que inesperado. Se dijo que se observaron muchos prodigios extraños y apariciones poco tiempo antes de este acontecimiento… Ocurre también que muchos relatan que un augur le expresó [a César] que estuviera preparado para enfrentar un gran peligro en los Idus de marzo. Cuando llegó ese día, César, mientras se dirigía al senado, se topó con este adivino, y le dijo burlándose «Los Idus de marzo ya llegaron», a lo que respondió apaciblemente, «Sí, ya llegaron, pero no se han ido…»

Todas estas cosas quizá hayan sucedido. Pero el lugar que estaba destinado para la escena de su asesinato, donde se iba a reunir el senado ese día, era el mismo donde estaba la estatua de Pompeyo y era uno de los edificios que Pompeyo había construido y dedicado, junto con su teatro, al uso público, mostrando rotundamente que hubo algo de influencia sobrenatural que guió la acción y la ordenó en ese sitio particular.

Se dice que Casio, justo antes del suceso, miró hacia la estatua de Pompeyo y, en silencio, imploró su ayuda… Cuando César entró, el senado se puso de pie mostrándole respeto; y uno de los confederados de Bruto acercó su silla y la colocó detrás de él; otros lo rodearon fingiendo añadir sus solicitudes a las de Tilio Cimber, en nombre de su hermano, quien estaba exiliado; y lo siguieron con sus solicitudes conjuntas hasta que llegó a su lugar.



Cuando se sentó, rechazó satisfacer sus demandas y, al sentirse presionado por ellos, comenzó a reprocharles severamente a causa de sus peticiones, cuando Tilio —agarrando su túnica con ambas manos— lo agarró del cuello, lo cual era la señal para el asalto.

Casca fue el primero en hacer el primer corte en su cuello, el cual no fue grave ni de peligro, seguramente porque provenía de uno que estaba muy perturbado debido a que era el comienzo de una acción brutal; de inmediato, César se volvió y puso la mano sobre la daga y la retuvo. Y ambos gritaron al mismo tiempo; el que recibió el golpe dijo en latín «Ruin Casca, ¿qué significa esto?», y el que lo propinó llamó a su hermano en griego, «¡Hermano, ayúdame!».

Después de la primera arremetida, los que no tenían conocimiento particular del complot, quedaron sorprendidos, y su horror y sorpresa por lo que presenciaron fueron tan grandes que no se atrevieron a huir ni a ir en auxilio de César, asimismo, tuvieron miedo de pronunciar palabra alguna. Pero los que venían preparados para la cuestión, se acercaron a él por todos lados con sus dagas desnudas en las manos.

Por cualquier lado al que se dirigiera recibía golpes y veía sus espadas a la altura de su cara y de sus ojos, y lo cercaron con sus trampas por todos lados, como a una bestia salvaje. Como se había acordado que cada uno de ellos debería infligirle una estocada, y ensuciarse con su sangre, por esa razón, Bruto también le propinó una cuchillada en la ingle.

Algunos dicen que peleó y -resistió en todo momento, moviendo al cuerpo para esquivar los golpes y solicitando ayuda, pero cuando vio la espada de Bruto desenvainada, se cubrió la cara con su manto y se rindió, dejándose caer —quizá por coincidencia o porque sus asesinos lo empujaron en esa dirección— a los pies del pedestal donde estar: la estatua de Pompeyo, la cual se manchó con su sangre.

De modo  que Pompeyo mismo parecía que hubiera presidido, como aconteció, la revancha sobre su adversario, el cual yacía ahí a sus pies, v exhaló su alma a través de la gran cantidad de heridas, pues se dijo que había recibido veintitrés. Y muchos de los conspiradores mismos se hirieron entre sí, al dirigir todas sus estocadas a la misma persona.

Plutarco

Cerca de 1.600 años después de este hecho, el gran poeta inglés Guillermo Shakespeare evocó en una de sus tragedias la figura y muerte de César. Después del asesinato del dictador, Bruto, uno de los criminales, y Antonio, fidelísimo amigo de César, se dirigieron al pueblo romano en sendos discursos para explicar, cada uno a su modo, lo que había sucedido.

Reproducimos las palabras con que Shakespeare ha formulado estos discursos: ellas nos ilustran perfectamente sobre los sentimientos de aquellos grandes personajes, en los trágicos momentos en que debían justificar la propia conducta delante del pueblo.De la reacción del pueblo dependería el destino de la ciudad, y el personal de cada uno de ellos.

BRUTO
«Romanos, pido que se dé fe a la sinceridad de mis palabras… Yo, que he matado a César, declaro que lo he amado mucho. Mas entonces, ¿por qué le he dado muerte? Para todo el que desee inquirir la verdad, yo respondo: no porque amase poco a César, sino porque amaba mucho a Roma. Cuando César fue afortunado, me he congratulado con él; cuando fue valiente lo he exaltado; cuando se convirtió en tirano lo maté.



Eso es justamente: lágrimas por su amor, alegría por su fortuna y por su suerte, honor por su valentía, y… muerte por su ambición. ¿Quién desea ser esclavo? ¿Habríais preferido quizá que César viviera y ser todos vosotros sus esclavos, o acaso mejor no preferís ver muerto a César y ser hombres libres?»

ANTONIO: «¡Amigos, romanos, conciudadanos, escuchadme! El noble Bruto afirma que César fue un ambicioso y por eso le dio muerte. Pero, ¿se puede decir que César haya sido verdaderamente tal? ¿Acaso no llenó con el botín de sus victorias los cofres del tesoro público? ¿No acudió en ayuda de los pobres? ¿No rechazó tres veces la corona que se le ofreció? ¿Y a esto se le puede llamar ambición? He aquí su testamento: escuchad.

Está escrito que a cada ciudadano romano César le deja en herencia 75 dracmas… Además César dispone que sus jardines y sus árboles frutales estén a disposición de todos. Así amaba César. ¿Cuándo jamás el pueblo romano podrá encontrar un jefe más generoso?»

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