La Vida En Roma Antigua Historia de Roma Imperio Romano de Occidente



La Vida En Roma Antigua

Sería muy interesante e instructivo hacer un viaje hacia la antigüedad, a los tiempos del mundo antiguo de Roma, un mundo que existió en realidad y pudiéramos ver con nuestros propios ojos la forma de vivir basada en la cual se ha levantado en época tan reciente nuestra civilización moderna.

Probablemente, al emprender tal viaje nuestra mente estaría llena de ideas preconcebidas acerca de la gente que esperaríamos encontrar; luego, al regresar de nuevo al ambiente de nuestro agradable mundo actual, nos encontraríamos con que las primeras preguntas que nos harían los amigos serían acerca de las personas que representaron grandes papeles en los períodos de la historia sobre los cuales el mundo tanto ha discurrido, y acerca de las costumbres, aspecto, opiniones y forma de conducirse de tales personajes.

Deberemos  explicar primero un mundo en el cual no existían relojes ni almacenes de comestibles; un mundo cuyas casas no tenían chimeneas y cuyas habitaciones eran calentadas en tiempo de frío mediante un fuego encendido en medio de la habitación sobre un fogón o un brasero y que al encenderse lo llenaba todo de humo; en consecuencia las paredes, el techo y los muebles estaban ennegrecidos y más o menos cubiertos de hollín en todo momento.

La luz se obtenía con lámparas de aceite que no tenían tampoco, por supuesto, chimeneas y cuyo humo se añadía al del fuego del hogar y ocasionaba constantemente molestias oculares. Era un mundo que tenía pocos conocimientos respecto de la forma de curar las enfermedades, pero que tenía gran fe en los remedios empíricos. “Mediáis nihil est, nisi conso-latio animi“, decía Petronio — el médico no es más que el consuelo de la mente—; el herbolario, que todavía encontramos en algunas esquinas de nuestras ciudades, en las ferias de las aldeas.

Las casas romanas, aun faltándoles aquellas comodidades que consideramos hoy más indispensables y simples, eran por lo menos de construcción sólida; pero las viviendas griegas eran pequeñas y hechas de adobes. No tenían calefacción en invierno, ni cuarto de baño u otro dispositivo sanitario, ni lavatorios; las camas se tendían sin sábanas y estaban constituidas en algunos casos por tiras de cuero que hacían el papel de muelles o somier, aunque esta comodidad era tenida por afeminada por Plutarco, quien al describir el lujo de la vida de Alcibíades, dice que hizo cortar los tablones de su galera para poder descansar muellemente tendiendo la cama, no sobre las tablas, sino suspendida sobre correas.

En su “Vida de Pelópidas”, Plutarco dice de Timágoras, el enviado ateniense a Persia, que no sólo aceptó del rey los regalos de plata y oro, sino también “una rica cama y esclavos para tenderla, como si ese hubiese sido un arte desconocido para los griegos”. La indignación de Plutarco sugiere, con todo, que el arte de hacer la cama era verdaderamente conocido en Grecia (la otra importante civilización antigua) en esta época; el conocimiento era sin embargo de adquisición reciente, porque sino, no sería necesaria esta defensa relativa a que tal regalo indica la ignorancia persa acerca de las costumbres domésticas romanas y griegas.

Las comidas consistían en un simple plato de cereales hervidos que los griegos llamaban “sitos”, no muy diferente del plato que los romanos llamaban “puls” y de lo que nosotros denominaríamos potaje — o, posiblemente, algunas veces parecido al pan que usan actualmente los campesinos de Siria, masa sin levadura arrollada o conformada en forma de galleta delgada y cocida en el horno. La carne no se obtenía comunmente, excepto en las festividades, cuando los animales sacrificados ante los dioses eran distribuidos hasta donde alcanzaba; había sin embargo otras cosas que podían comerse con los cereales: higos o aceitunas, dátiles secos, una cebolla o un nabo.

En un mundo como ése, ¿cuál es la posibilidad de obtener alimentos que se nos presenta?

En verano se podía obtener un poco de pescado, pero en invierno el mar estaba demasiado agitado para aquellos antiguos marineros, de manera que el pescado existente era principalmente aquel que había sido pescado y salado; verano e invierno la cantidad disponible era muy pequeña. Más aún, los pescados mediterráneos no se consideraban un lujo y nunca eran ofrecidos como sacrificio.

Las hortalizas se cultivaban, pero había pocas substancias para abonarlas  y gran parte del de Italia no era muy fértil; las lluvias eran escasas en verano, y la mayor parte de las verduras debían comerse en estado fresco; los frijoles y los guisantes podían guardarse secos e incluso los nabos y cebollas podían hacerse durar bastante tiempo si se almacenaban en forma adecuada.

También podían conservarse los alimentos en salmuera, y Columella, en su libro 12°, da muchas recetas a este respecto. Donde había muchos bosques que producían bellotas, los cerdos crecían a sus anchas y su carne si no se comía fresca podía salarse para comerla más tarde; pero estos alimentos eran como los dos fardos de alimentos que el coro de contrabandistas saca a escena en la ópera “Carmen”, es decir, eran un decorado, no un medio de vivir.

El alimento más durable era el cereal y la labor más importante del agricultor era la producción de granos, 180 a 200 kilos era la producción media de una hectárea de trigo, en la cual se habían sembrado 40 kilos como semilla, afirmación que se obtiene de las cifras que da M. Francois de Neufcháteau en sus notas a “Le théátre d’agriculture“.

Además de esto, no obstante, como en el verdadero sentido de las palabras, el hombre no puede vivir sólo de pan o de potaje, los antiguos campesinos producían asimismo vino y aceite. El potaje era el alimento principal que mantenía vivo el mundo antiguo, pero empleaban el aceite de oliva en la misma forma que los pueblos del norte usan hoy día la manteca, y, como lenitivo, bebían un vino poco fuerte que diluían con agua; además tenían algunos extras, como los llamaríamos hoy, constituidos por pescado o panceta de cerdo, generalmente salada, o verduras, generalmente secas o encurtidas, según proveía la buena suerte.

Cada comunidad se veía obligada a asegurarse la debida existencia de todos estos alimentos, y si esta cantidad no alcanzaba, entonces empezaban las penurias. El mundo antiguo, por consiguiente, tanto en Grecia como en Roma, fue un mundo donde imperó el trabajo manual y la miseria. Excepto las velas de los barcos y la fuerza del agua que se había usado poco, el hombre no disponía de ninguna fuente de poder mecánico que pudiese ayudarlo en su propio esfuerzo.

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LA SOCIEDAD ROMANA: EN ROMA era muy importante ser un cives (ciudadano). En un principio la ciudadanía romana estaba reservada a los que vivían en la ciudad de Roma, pero en el 89 a.C. se extendió a todos los que vivían en la península Itálica. En el 212 d.C. se incluyó a todos los hombres libres que vivían dentro de los límites del imperio. Sin embargo, ni las mujeres ni los esclavos estaban incluidos.

EL ORDEN SOCIAL ROMANO La sociedad romana estaba organizada siguiendo una estricta jerarquía. Esta división social empezó muy pronto en la historia de Roma, alrededor del s. VI a.C. Los ciudadanos más poderosos y privilegiados eran los patricios. Muchos de ellos descendían de terratenientes romanos y familias de políticos. De estas familias provenían casi todos los senadores que gobernaban Roma. En el segundo peldaño del escalafón estaban los equites (caballeros), que solían ser banqueros o ricos mercaderes que habían servido en el ejército o en la administración del estado.

PLEBEYOS
El gran grupo, formado por los ciudadanos más pobres, era el de los plebeyos, que en cierto momento ganaron la igualdad política con los patricios y los equites, y pudieron ser elegidos para formar parte del ejército u ocupar puestos en la administración.

ESCLAVOS
Los esclavos ocupaban el escalón más bajo de la sociedad romana y hacían los trabajos más duros. Muchos de ellos eran prisioneros capturados durante las conquistas romanas. No tenían ningún derecho, pero incluso entre los esclavos había distintas clases. La dura vida de un esclavo que trabajaba en las minas no se parecía en nada a la de un esclavo griego que trabajaba como tutor de los niños romanos. A partir del s. I d.C. las condiciones de los esclavos empezaron a mejorar y algunos consiguieron la libertad.

via publica en roma

He aquí una de las vías públicas del centro de Roma. Como se ve, presenta un aspecto animadísimo. Estamos a media mañana, la “hora clave” de los romanos. Esclavos y ciudadanos se apresuran a efectuar sus tareas, el vendedor ambulante de agua pregona su mercancía en busca de compradores, los comerciantes y artesanos trabajan en sus locales abiertos.

A la izquierda, vemos el establecimiento de un “tonsor“, o peluquero. Un cliente, sentado en un escabel, espera ser… “desollado” por la tosca navaja del barbero. Al lado hay un “termopolio“, un bar, como decimos hoy. El mostrador, una losa de mármol, da a la calle: un transeúnte se ha detenido para tomar una taza de vino caliente (la bebida preferida por los romanos), aromatizado con hierbas y resina de pino.

En todo el lado izquierdo de la calle aparecen altos edificios de amplios portales, siempre colmado degente que entra y que sale. Estos grandes edificios son las “insulae“, esto es, casas de varios pisos en que habitaban Ias familias  plebeyas. Pero no todas las casas romanas eran míseras como las “insulae”. A la derecha tenemos la “domus” de un rico patricio. Por fuera no parece muy hermosa: consta sólo de planta baja y se abre a la vía pública mediante un estrecho portal  además, no tiene ventanas. Pero veámosla por dentro. Pasada la entrada , nos hallamos en el “atrio” , una gran pieza con una extraña particularidad: en su techo hay una abertura cerca de seis metros cuadrados, y bajo ella, excavado en el  pavimento, un receptáculo llamado “impluvio”.

A los romanos no les gustaba que su casa se abriera al exterior por medio de ventanas; para dar aire y luz a la misma, dejan el atrio parcialmente descubierto; cuando llovía, el agua, corriendo por los tejados inclinados, caía en el “impluvio” .

El atrio era, al principio, la habitación más importante de la “dormís”: en él estaba el hogar, símbolo de la unidad de la familia; en la época que nos ocupa, guardaba el altar de los Lares, las divinidades que “protegían” la casa, y también los bustos de los antepasados. Los lados del atrio se abren a distintas habitaciones: la del vigilante o portero, la biblioteca , el escritorio, el guardarropa.

El “tablino”  separa el atrio del jardín. Muchos romanos hacían de esta otra habitación el centro de la vivienda, el lugar de reunión de la familia, donde permanecía el amo de la casa y la señora se retiraba para hilar. Hacia la derecha se encuentra el “triclinio” , el comedor de la “domus” romana. Aquí, dispuestos a lo largo de las paredes, en forma de herradura, se hallaban los característicos lechos llamados “triclinia”, en los que se tendían los romanos para comer.

Más allá del comedor un pasillo conduce al “peristilo” , bello jardín rodeado de galerías cubiertas. A estas galerías  dan otras habitaciones: la alcoba de dormir los señores y las de sus hijos, y los alojamientos de los esclavos.
Nuestra visita ha terminado.





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