Educación Gobierno de Rivadavia Creacion de la Universidad de Bs.As.



Educación Gobierno de Rivadavia y La Creación de la Universidad de Buenos Aires

La llamada «época de Rivadavia«, incluyendo el ministerio ejercido por este discutido estadista bajo el mandato de Martín Rodríguez y su posterior -y efímera- presidencia, fue muy rica en iniciativas en el campo cultural y educativo. No es arriesgado sostener que Buenos Aires superó lo conocido hasta entonces y lo que siguió en la «época de Rosas».

Educación Gobierno de Rivadavia PeriodismoLa más importante de las novedades del momento fue la creación de la Universidad de Buenos Aires, en agosto de 1821, bajo cuyo control quedó el resto de la enseñanza, en la primera de las «reformas educativas» de nuestra historia independiente.

Entre los primeros departamentos de la casa de altos estudios -que sería con el tiempo uno de los pilares de la educación y la cultura nacionales- se contaron los de medicina, jurisprudencia, ciencias sagradas, matemáticas y ciencias preparatorias. Su primer rector fue el presbítero Antonio Sáenz.

Un rol importante en la estructura educativa ocupó el antiguo Colegio de la Unión del Sur, convertido ahora en Colegio de Ciencias Morales (hoy Colegio Nacional de Buenos Aires), paso previo al ingreso en la Universidad.

Se trajeron laboratorios y otros elementos técnicos del exterior y se contrataron profesores. También se creó un sistema de becas que beneficiaba a estudiantes de las demás provincias.

Entre las instituciones surgidas en este marco, podemos nombrar el Departamento Topográfico, la Academia de Medicina, el Museo Público de Buenos Aires... Docentes especializados, ingenieros, artistas, taquígrafos (los primeros en trabajar en estas tierras), arribaron a lo largo de la década contratados por las autoridades o atraídos por beneficios inmigratorios.

Entre muchos otros nombres citemos al pintor saboyano Carlos Enrique Pellegrini y al litógrafo ginebrino César H. Bacle, quienes incrementaron, desde 1828, la iconografía local.

«Derechos del hombre…»
Floreció también la prensa periódica. En 1821, apareció El Argos de Buenos Aires. En él colaboraron Ignacio Núñez y Manuel Moreno, entre otros.

En sus páginas –como en las de La Abeja Argentina– solían publicarse novedades científicas y técnicas, por ejemplo, informes sobre los sistemas de telegrafía óptica aplicados en Europa. En 1823 apareció La Gaceta Mercantil, que tuvo carácter de diario y que subsistió hasta 1852.

La influyente colectividad inglesa residente en el país contó con un periódico en su idioma, The British Packett and Argentino News, editado con algunas interrupciones entre 1826 y 1858.



La proliferación de nuevos órganos de la prensa nacional fue constante: se sumaron 23 en 1825 en todo el país, siete de ese total siguieron editándose en 1826, año en que aparecieron más de treinta periódicos (la mayoría en Buenos Aires).

Esta característica se repitió en los años siguientes. Muchos de esos medios se implicaron en el debate en torno a la forma de gobierno: eran unitarios o federales. La violencia de esa prensa política parecía una reacción contra la ñoñería imperante en la colonia.

Al respecto escribió Arturo Capdevila: «En la era colonial solamente el panegírico y el ditirambo a las autoridades llegaba a la notoriedad de las letras de molde. Se vivía, de conformidad al apotegma general de la cortesanía, bajo el cetro de los mejores monarcas.

Con arreglo a este orden, los virreyes, gobernadores y demás funcionarios representaban en sus respectivas esferas aquella misma perfección. Por consiguiente, era de toda necesidad que se pasara por grados sucesivos al otro extremo: el de la invectiva, la negación y el ataque procaz…».

En ese terreno descolló en los años rivadavianos aquel a quien el investigador Miguel A. Scenna describió como «un fraile de combate», Fray Francisco Castañeda, enemigo feroz de Rivadavia y de los unitarios.

Entre los estrafalarios  títulos de los periódicos que libró  desde la imprenta, anótese éste: Derechos del hombre, o discursos histórico-místico-político-crítico-dogmáticos sobre los principios del Derecho político -sic-, impreso en Córdoba en 1825).

Entre los periódicos del interior, citemos El Cristiano Viejo (Córdoba, 1825), El Federal (Córdoba, 1826-1827), Vete portugués, que aquí no es (Santa Fe, 1828).

Por entonces varias provincias, como Tucumán, Corrientes y Salta, iniciaron la publicación oficial de sus respectivos Registros Oficiales. Además de la polémica política, eran centro de la atención periodística las notas de interés comercia! o cultural y los avisos. No así la noticia propiamente dicha, tal como se la entiende hoy.

Lejos quedaba el tiempo en que se contaba una única imprenta en el Plata…

Funcionaban en la capital las casas impresoras de Álvarez y Cía., Jones y Cía., la Imprenta del Estado, de la Independencia, la Imprenta Republicana, etcétera.



Todos estos talleres utilizaban prensas manuales de hierro, aptas para reducidos tirajes. Durante muchos años más, el volumen de los diarios o semanarios se redujo a cuatro páginas; en algunos casos la mitad de ellas cubiertas con avisos.

La adquisición por parte de los lectores se hacía por medio de suscripciones o en lugares fijos (en las mismas imprentas o en librerías).

Hacia 1826 se introdujo una novedad técnica europea de importancia: la litografía, nueva fuente de coloridos testimonios para la historia. La innovación se debió a la actividad del francés Jean Bautista Douville y de su pareja, Pillaut Laboisiére.

CREACION DE LA UNIVERSIDAD DE BS.AS.

Antecedentes de su creación.  El proyecto de establecer una universidad en la ciudad de Buenos Aires se remonta a la época colonial cuando, durante el gobierno de Vértiz, se pensó destinar a su sostenimiento las rentas producidas por los bienes que habían pertenecido a la Compañía de Jesús.

Pero su creación, dispuesta por Real Cédula de 1799, no llegó a efectuarse. Fue sólo en el Congreso de Tucumán donde adquirió forma y se concretó la idea de efectuar su fundación.

Juan Martín de Pueyrredón, en efecto, propuso al Congreso, el 18 de mayo de 1819, la erección provisional de una universidad.

A su juicio, no era posible demorarla — «sin grave perjuicio y escandalosa injusticia» —, ya que habían pasado los tiempos en que «como no era el interés de los virreyes el fomento de las ciencias en América, se contentaron con fundar el Colegio de San Carlos», dejando sepultada en el olvido la iniciativa de crear una universidad.

universidad de buenos aires

El proyecto del Director Supremo fue aprobado por el Congreso, en sesión del 21 de mayo, previo estudio de una comisión que en su dictamen destacó que no era posible dilatar por más tiempo la fundación de un «establecimiento tan útil al país y tan deseado de estos habitantes, sin contar los mismos perjuicios y la misma injusticia de que tantas veces se han quejado». Mas, los acontecimientos políticos y la anarquía imperante, que pronto llevaron a la disolución del Congreso y a la caída del Director, impidieron que la fundación pudiera realizarse.

El viejo anhelo sólo pudo concretarse durante la administración que, como gobernador de la provincia de Buenos Aires, presidió el general Martín Rodríguez.



Por decreto de fecha 16 de febrero de 1821, el presbítero Antonio Sáenz (1780-1825) —que por encargo de Pueyrredón había ajustado un concordato con el obispado y proyectado un reglamento para instalar la universidad— fue designado «comisionado del gobierno para establecer un estudio general», con amplias facultades para proceder a la organización de los departamentos que integrarían dicha casa de estudios.

Para convertir en realidad el proyecto tantas veces postergado, Sáenz celebró un acuerdo con el Consulado por el cual se convino la transferencia al nuevo establecimiento de las aulas de matemáticas, pilotaje, comercio, inglés, francés y dibujo, y acordó que se reconocería, como catedráticos de la universidad a los profesores del Instituto Médico.

Poco después, redactó el proyecto de organización de los departamentos y solicitó al gobierno que procediera a designar los prefectos que habrían de presidirlos.

Por decreto de 13 de junio de 1821 se efectuaron los nombramientos de prefectos, que recayeron en las personas siguientes: Manuel Antonio de Castro, Departamento de la Academia de Jurisprudencia; Cristóbal Martín de Montúfar, Departamento de Medicina; José Valentín Gómez, Departamento de Ciencias Sagradas; Vicente Anastasio Echavarría, Departamento de Jurisprudencia; Felipe Senillosa, Departamento de Matemáticas; Bernardino Rivadavia, Departamento de Estudios Preparatorios.

El mismo decreto determinó, finalmente, que «la reunión de los prefectos con un padrino de cada facultad, que sería el doctor más antiguo de ella, compondrán el Tribunal Literario», cuya presidencia correspondería al presbítero Sáenz como rector y cancelario de la universidad.

Constituido el Tribunal Literario, previo juramento de los prefectos ante el rector y de éste ante el ministro de gobierno, todo quedó preparado, el 7 de julio, para la inauguración de la universidad. Pero un cambio en la constitución del ministerio, que llevó a la cartera de gobierno a Bernardino Rivadavia, dio un nuevo impulso y espíritu a la creación, que no quedó como una fundación aislada sino pasó a integrar el cuadro general de las reformas culturales que se llevaron a cabo en ese momento histérico.

Erección y organización de la universidad. — El 9 de agosto de 1821 se dictó el Edicto de erección de la Universidad de Buenos Aires, suscripto por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia, documento importantísimo de nuestra historia cultural pues en él se sintentizaron ideas fundamentales sobre la estructura y función de la enseñanza superior.

Después de recordar los antecedentes de la creación —Real Cédula de 1799 y proyecto de Pueyrredón— el edicto señaló que, restablecida la tranquilidad luego de las agitaciones del año 1820, el gobierno debía cumplir uno de sus deberes primordiales: atender a la instrucción y educación públicas.

La fundación respondía, por tanto, no sólo a una necesidad de carácter docente; también tenía un sentido social y político: era una reacción de la cultura contra la barbarie. Esta interpretación anticipa, de acuerdo con la autorizada opinión de Ricardo Levene, «un aspecto de las contiendas civiles y de los agravios que realizó después la tiranía contra la universidad».

Luego de reconocer al presbítero Sáenz como organizador de la nueva institución y mencionar las disposiciones por él adoptadas, el edicto erige una universidad, a la que reconoce la jerarquía, preeminencia y prerrogativas de las universidades mayores.

Los estatutos — agregaba — deberían señalar la autoridad y jurisdicción de la universidad, del Tribunal Literario y del rector. Pero, hasta tanto ellos fueran dictados, se autorizaba a los miembros de la universidad a «conocer y resolver en todos los casos y causas del fuero académico». Finalmente, ponía a la institución en posesión «de todos los derechos, rentas, edificios, fincas y demás que han estado aplicados a los estudios públicos y se han servido para sus usos, funciones y dotación».

Inaugurada solemnemente el 12 de agosto de 1821, los estudios de la universidad fueron organizados por decreto de 8 de febrero de 1822, que aprobó el plan y presupuesto preparados por el Dr. Sáenz, aunque les introdujo modificaciones debido a la escasez de fondos y urgencias porque atravesaba la provincia.

Seis departamentos integraban la universidad :

Departamento de Primeras Letras, que se componía de diez escuelas elementales de la ciudad y doce de la campaña.

Departamento de Estudios Preparatorios, constituido por cátedras de latín, francés, filosofía, físico-matemática y economía política.

Departamento de Ciencias Exactas, que comprendía una cátedra de dibujo y otra de geometría descriptiva y sus aplicaciones.

Departamento de Jurisprudencia, integrado por cátedras de derecho natural y de gentes y derecho civil.

Departamento de Medicina, formado por tres cátedras: instituciones médicas, instituciones quirúrgicas y clínica médica y quirúrgica.

Departamento de Ciencias Sagradas, que abarcaba las cátedras de escritura, dogma y cánones, pero cuya apertura quedó postergada hasta 1825.

Fundamental en la organización de la universidad fue el concebirla como promotora de un sistema general de educación pública, que abarcaba todos los grados de la enseñanza: la escuela primaria, la enseñanza secundaria y la educación superior.

A esta característica se añadió la tendencia a introducir una nueva orientación cultural, que alejase a la juventud de los estudios puramente teóricos, que hasta ese momento habían sido los predominantes.

La consagración del profesorado universitario a la ciencia y a la cátedra fue una preocupación fundamental de Rivadavia.

Reaccionando contra el método tradicional de enseñanza, que reducía la actuación del catedrático al dictado o al comentario de un texto, estableció por decreto de 6 de marzo de 1823, que cada profesor —como obligación inherente al cargo— debía preparar las lecciones de su curso para su publicación.

El curso debía constar de dos partes: la primera destinada a la exposición de la teoría o doctrina que se enseñaba, y la segunda dedicada a la historia de la respectiva facultad «desde su origen conocido hasta el presente».

Esta medida, que implicaba el reconocimiento de la autoridad y jerarquía de los profesores, fue seguida por la afirmación del principio de libertad de cátedra al declararse, en julio del mismo año, que los catedráticos eran «independientes en todo lo relativo a sus cursos, por ser ellos los únicos responsables en esa materia».

Estas disposiciones de Rivadavia originaron un importante movimiento bibliográfico didáctico, que iniciado en 1823 continuó hasta 1827.

Gracias a él han llegado hasta nosotros los cursos dictados por Avelino Díaz, Felipe Senillo-sa, Juan Manuel Fernández de Agüero, Pedro Somellera, Eusebio Agüero, Pedro Carta Molina y, en forma fragmentaria porque quedaron inéditos, los del Dr. Pedro Sáenz.

El texto de estos cursos profesados en los primeros años de vida de la universidad, permiten apreciar el contenido de ciencia en ese momento histórico y el aporte de la universidad misma a la ciencia.

 Ver También: Grupo Que Acompañaba a Rivadavia

Fuente Consultada:
Historia Argentina Tomo I Desde La Prehistoria Hasta 1829  Nota de María Cristina San Román
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Argentinos de Jorge Lanata
Historia de la Cultura Argentina Artes-Letras-Ciencisa d e Manuel Horacio Solari Editorial ATENEO

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