Fundacion de la Compañia de Jesus Fundacion y Objetivos de la Orden



Historia Fundación de la Compañia de Jesus Objetivos de la Orden de San Ignacio de Loyola

En 1539 Ignacio de Loyola fue a Roma. Agradó al Papa y obtuvo de él permiso para fundar una Orden religiosa.

Le dio un nombre militar, Compañía de Jesús. «No creo, decía, haber dejado el servicio militar, lo he transferido a Dios». La Compañía había de ser «una cohorte» para combatir «a los enemigos espirituales» (los herejes).

Los miembros juraban, a más de los tres votos ordinarios de los monjes (pobreza, celibato, obediencia), consagrar su vida al servicio del Papa. La Compañía era dirigida por un general, que elegían de por vida sus compañeros.

Los miembros fueron llamados jesuítas.

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La Compañía de Jesús nació formalmente en 1540, por la bula Regiminis militantis ecclesiae, del papa Pablo III.

No hay duda de que surgía en el momento oportuno, como contundente instrumento para impedir que la Iglesia perdiera el poder que ostentaba hasta entonces.

La laxitud en las costumbres cristianas había producido un gran descontento y escepticismo entre los creyentes.

Calvino y Lutero captaron ese sentimiento en la declaración de la Reforma, y distintos cultos «protestantes» se extendían por los esta dos del norte de Europa y comenzaban a infiltrarse en los reinos latinos, tradicionalmente fieles al Vaticano.

Éste reaccionó con el lanzamiento de la Contrarreforma, movimiento de exaltación de la liturgia y los símbolos católicos que sirvió a la vez para solventar varios problemas dentro de la propia Iglesia.



Pero la contraofensiva debía producirse en todos los frentes, y para eso era necesario crear una Orden que actuara con una nueva estrategia y tácticas más flexibles: la Compañía de Jesús.

Su fundador fue, como es sabido, san Ignacio de Loyola, una personalidad bélica y mística a la vez que imprimió ese carácter a su congregación también conocida popularmente como los «Soldados de Dios».

En su concepción inicial la Compañía de Jesús era una organización paramilitar centralizada, que no obstante acabó convirtiéndose en el brazo intelectual de la Contrarreforma.

El primer general fue Ignacio de Loyola.

Sus tres objetivos principales eran: actualizar el credo católico desde dentro y sin fisuras, emplear la educación para asentar el poder de la Iglesia y convertir a los pueblos de ultramar mediante las misiones.

Se estableció en Roma y dio reglas a sus compañeros. Impuso a todos los ejercicios espirituales que él mismo había practicado.

El que pide entrar en la Compañía debe permanecer dos años como novicio. Hace entonces los ejercicios durante un mes al menos.

Ignacio de Loyola acogía con preferencia jóvenes para poder formarlos. Los envió primeramente a estudiar a las universidades, sobre todo a la de París. Luego fundó el Colegio romano, en el que se enseñaba a hablar y escribir en latín, y que servía para instruir a los jóvenes jesuítas. Pero fueron admitidos también, gratuitamente, alumnos seglares.

Ignacio comprendió entonces el poder que los colegios podían dar a su Compañía, y los creó para los seglares.

Tuvieron al principio externos gratuitos, más tarde fueron internados de pago. Se enseñaba a los alumnos a hablar en latín, a hacer discursos y versos latinos, que entonces estaban de moda. Sobre todo, se les habituaba á la práctica de la religión católica, se les obligaba a confesar una vez por semana y a comulgar frecuentemente.



La disciplina era menos severa que en los colegios de la época. Ignacio había dictado la regla de que el jesuíta no debía pegar al alumno. Se encargaba a los discípulos buenos de vigilar a los otros.

Pronto la Compañía no dispuso de miembros suficientes para tener profesores en sus colegios.

Creáronse auxiliares (coadjutores) que no hacían más que los tres votos ordinarios.

No eran miembros de la «Congregación» que elegía al general. La gente llamaba a todos jesuítas, pero los únicos miembros verdaderos de la Compañía eran todos los profesos que habían hecho los cuatro votos.

Los jesuítas vestían traje sacerdotal, y tenían facultad para predicar y confesar. Ignacio había prohibido a sus compañeros que aceptasen ningún cargo, y la Compañía de Jesús no ha permitido nunca que un jesuíta sea obispo. Pero cuando hubo príncipes que pidieron un jesuíta para confesarse, no les fue negado. Más tarde, los jesuítas vinieron a ser confesores de los príncipes para inducirles a adoptar medidas contra los herejes.

El número de jesuítas aumentó rápidamente. A la muerte de San Ignacio (1556), había ya cerca de 1.000 establecidos en cien casas repartidas en doce provincias. La Compañía siguió creciendo muy rápidamente, sobre todo en Italia, en España y en Portugal.

Fundó casas en Alemania, y en Roma un Colegio germánico para preparar a los alemanes. En Francia, el clero y el Parlamento desconfiaron durante mucho tiempo de los jesuítas, que no consiguieron establecerse hasta el siglo XVII.

Sobre  la Vida de Ignacio de Loyola: el místico iluminado Este sacerdote español que como se sabe fue fundador de la Compañía de Jesús, nació en 1491 en el solar Guipuzcoano de Loyola perteneciente a su familia,

En su juventud se enroló para combatir bajo las órdenes del Duque de Nájera y durante la Revuelta de las Comunidades en 1152 fue herido en una pierna. Aprovechó su convalecencia para leer numeroso5 libros religiosos, que le acercaron a la vida espiritual.

Tras permanecer un tiempo recluido en el monasterio benedictino de Montserrat, en 1522 optó por retirarse a una cueva en la que vivió rezando durante diez meses, para después peregrinar a Jerusalén Merece la pena resaltar que hasta hace algunos años era accesible a la vista, eh la iglesia de la Capilla de Palau, en el barrio antiguo de Barcelona una urna que contenía el colchón sobre el que meditaba y supuestamente levitaba San Ignacio de Loyola.



La austeridad, el hambre y la profunda entrega espiritual, llevaron a San Ignacio a padecer frecuentes alteraciones de la conciencia como delirios de carácter místico y visiones celestiales

Posteriormente, la divulgación de estos episodíos hizo que algunos autores lo vincularan con los Alumbrados, en tanto que éstos afirmaban haber sido iluminados por apariciones divinas.

Pese a su juramento de sumisión al Papa, la Compañía fue adquiriendo una particular autonomía a medida que se expandía y fortalecía.

Su devoción por la ciencia y la cultura la llevó a sostener posiciones que a menudo iban por delante de la doctrina oficial de la Iglesia, al punto que su superior llegó a ser conocido como «el papa Negro».

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Esto evitando con verdadera astucia jesuítica el enfrentamiento abierto con el Vaticano, y manteniendo formalmente la mayor fidelidad a su Pontífice.

Hubo quien los calificó de secta satánica dentro de la Iglesia, y la Compañía acabó siendo expulsada de numerosos países europeos incluyendo a España, donde debió retirarse en 1767, durante el reinado de Carlos III.

Sin embargo, la Compañía de Jesús ha conseguido resistir los caprichos del tiempo y de las jerarquías eclesiásticas.

Posiblemente, sigue siendo la corriente que aporta más ideas a la teología cristiana.

Algunos creen que es la más progresista, y otros que ese progresismo es un disfraz para mejor defender y difundir los dogmas canónicos más tradicionales. Durante mucho tiempo ha sido también la Orden más cercana al poder papal. aunque parece que en los últimos años ha sido desplazada en ese puesto por el Opus Dei.

Francisco Javier

Francisco Javier el jesuíta mas iluminado intelectualemente y preferido de Ignacio de Loyola

LA ORDEN EN SUS INICIOS: Reunidos los primeros siete jesuitas que dieron origen a la orden, se preguntaron cual debería ser el nombre de dicha asociación e Ignacio de Loyola les dijo:

—Hace tiempo que vengo pensando en esto y pidiendo a Dios que nos ilumine —explicó el de Loyola—. Se me ha ocurrido una idea que no sé si será acertada y que someto a vuestra consideración. Puesto que nuestro único jefe es Dios, ya que hemos prometido servirle sólo a Él y para siempre, podríamos llamarnos la Compañía de Jesús.

La idea fue aceptada por unanimidad y con gran entusiasmo. A todos agradó aquel nombre que tan bien reflejaba la verdadera tarea que se habían impuesto. Así, pues, acababa de ser decidido uno de los nombres que más gloria había de dar a la Iglesia.

Los componentes de la naciente Compañía de Jesús se esparcieron por parejas por el suelo de Italia, tras recibir la bendición y los consejos de Ignacio. Éste, en compañía de Fabro y Laínez, marchó a Roma.

Siempre a pie, Francisco y Bobadilla llegaron a Bolonia, ciudad universitaria, en el otoño de 1537. La excitación dominaba a ambos. Era aquél su primer destino y disfrutaban de libertad para obrar como mejor les acomodase, de acuerdo con sus ideas y su temperamento. Ignacio les había dado dos únicas directrices concretas: atraer hacia la Compañía a los jóvenes más inteligentes de la universidad boloñesa y tantear una posible maniobra en la ciudad contra las peligrosas ideas de la Reforma que bullían por todas partes.

Los dos sacerdotes se separaron, para ejercer su tarea cada cual a su manera, bien distinta en ambos, aunque en ambos era eficaz y directa.

Francisco Javier visitó la tumba de Santo Domingo de Guzmán, y en su altar celebró su primera misa en Bolonia, con una honda emoción, La presencia del sepulcro del santo, en donde se guardaban sus restos, impresionó vivamente al joven clérigo, y aumentó en su corazón aquellas ansias que desde hacía tiempo le llevaban a tierras lejanas. La India y los infieles eran su constante obsesión.

La labor de captación de estudiantes la dejó Francisco para su buen amigo y hermano Nicolás de Bobadilla, cuya voz resonaba sonora, rotunda y elegante en la aulas de la universidad con muy buen éxito. Él. Francisco Javier, se dedicó a otros menesteres menos intelectuales que le convirtieron en el amigo de todos, ricos y pobres, pecadores y creyentes, porque a todos alcanzaba su caridad.

Desde los primeros días su labor fue intensísima, fecunda y variada. Al amanecer decía la misa, y luego pasaba el resto del día escuchando confesiones ; visitando hospitales, asilos y prisiones para llevar el consuelo de su caridad a los acogidos en dichos centros, sin distinción ninguna; instruyendo a los chiquillos y a cuantos desconocían la doctrina de Cristo, y predicando en las plazas públicas, en donde, para atraerse la atención de las gentes, se subía a un banco, agitaba en el aire su sombrero clerical y llamaba a gritos a cuantos pasaban cerca, para ofrecerles la palabra de Dios en su boca, que hablaba con su mal chapurreado italiano.

Esta deficiencia en el idioma no impedía que al cabo de unos minutos de escucharle, las gentes se sintieran cautivadas por su palabra. «Era lento en el hablar, pero sus palabras, cuando hablaba, iban derechas al corazón de las gentes», escribió alguien que le conoció en su etapa de Bolonia.

Y era cierto, porque Francisco, en sus predicaciones en plena calle, conseguía ejercer sobre los oyentes de cualquier clase social el poder de su atractivo y su persuasión irresistible, hasta el punto que su fama se extendió por toda Bolonia con la mayor rapidez. Y no tardaron las gentes en irse tras él en cuanto le veían, con la ansiedad de escucharle. Francisco no les defraudó nunca. Apenas encontraba un banco público, unas escalinatas o cualquier otro lugar que pudiera servirle de improvisado pulpito, se encaramaba a él y comenzaba a hablar. (Fuente: CELEBRIDADES – Francisco Javier – Biblioteca Hispania Ilustrada – Ramón Sopena S.a.)

Fuente Consultada: Ángeles y Demonios de René Chandelle

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