Consecuencias Económicas de la Segunda Revolución Industrial
Consecuencias Económicas y Avances Tecnológicos de la Segunda Revolución Industrial
FASE II DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: BASES ECONÓMICAS:
Durante la primera mitad del siglo XIX, la revolución industrial se fue desarrollando en los países europeos económicamente más fuertes, siguiendo de cerca la iniciativa que Inglaterra tomó tempranamente.
La evolución de la vida económica de los países industrializados, durante el siglo XIX, nos muestra claramente lo que podríamos denominar, de forma muy gráfica, el constante interés de cada uno en convertirse en una gigantesca fábrica, que necesitara abrir sus puertas a los productos primarios provenientes de todo el mundo.
Una Estampa de las Primeras Industrias

Al no existir ya grandes baches en el rendimiento de la actividad industrial, se desencadenarían enormes modificaciones en las estructuras económicas.
La gran actividad industrial del siglo XIX nos muestra que en el último tercio de ese siglo, el continuo crecimiento, a pesar de las fuertes crisis cíclicas, no conoció prácticamente ningún retroceso.
Esta situación posibilitó profundizar en la división del trabajo y utilizar —debido al constante avance científico y técnico— máquinas cada vez más complejas, diversas y numerosas que llevaron a un aumento de la productividad.
Así, los países que se constituyeron en núcleos industriales importantes se irían perfilando como grandes potencias frente a países apenas, o en absoluto, industrializados, provocando situaciones de total dependencia económica a nivel internacional.
Por ejemplo, un país industrial de primer orden como Inglaterra, pero escasa en tierras, obtendría un volumen de productos agrícolas y de materias primas importadas estalle o idéntico al volumen que podría extraer por sí misma.
El pago de estas importaciones lo haría vendiendo a los países escasamente desarrollados manufacturas industriales.
Inglaterra, sobradamente abastecida, podría romper ya todas las barreras al comercio exterior, en condiciones mucho más favorables que el resto de los países.
Si, al mismo tiempo, consideramos que el avance en los medios de transporte agilizó y abarató las importaciones, comprenderemos el descenso en el precio de las materias primas, lo cual reforzó la posición competitiva de Inglaterra.
En la segunda mitad del siglo XIX, las dos terceras partes de las manufacturas que circulaban en el mercado internacional eran de origen inglés.

EL MERCADO MUNDIAL Y LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO
En el último tercio del siglo XIX se consolidaron un esquema de división internacional del trabajo y un sistema de economía mundial.
Toda actividad económica mundial se basaba en relaciones de interdependencia.
Para comprender mejor la culminación de dicho proceso, es necesario tener en cuenta algunas características:
a) La elevación de la tasa de crecimiento económico de muchos países que integran este sistema económico mundial.
Esto se comprueba en los países que se beneficiaron de un rápido progreso tecnológico, en aquellos que supieron utilizar más racionalmente sus recursos naturales.
Al acelerarse el ritmo de crecimiento de la producción de bienes y servicios, se podría llegar a duplicar en el lapso de una generación el poder de compra de la comunidad.
b) La tasa de crecimiento de la población se elevó considerablemente debido a la urbanización, a una mayor eficacia en los servicios públicos y al aumento de los salarios reales.
También hay que considerar los importantes avances de la ciencia médica que prolongaron las expectativas de vida, lo cual tendría interesantes repercusiones, tanto en el plano individual como en el social.
La reducción de la mortalidad, provocada por el descubrimiento de nuevas vacunas contra enfermedades epidémicas, aseguró cierta estabilidad de la población de países subdesarrollados.
Esta estabilización mantuvo una demanda de exportaciones manufacturadas y un abastecimiento regularizado de mano de obra, en numerosos enclaves recónditos que entonces se sumaron al gigantesco tinglado del mercado mundial.
c) Una rápida expansión de los conocimientos técnicos relacionados con la producción.
Esto fue únicamente importante si tenemos en cuenta que en la época preindustrial las técnicas de producción habían sido el resultado de una lenta acumulación de conocimientos empíricos, cuya transmisión se hacía, por regla general, de generación en generación, a través del aprendizaje en el trabajo.
La actividad productiva “nacía de sí misma”, así como una generación nace de la anterior.
Ahora, en la segunda etapa de la revolución industrial, el bagaje tecnológico y perfeccionado a lo largo de todo el proceso de industrialización precedente se transmitía por una simple operación comercial.
En este sentido es fácil comprender que todo un sector productivo en potencia podía transformarse, ser realmente explotado e industrializarse con una rapidez que antes sería inconcebible.
d) La rápida exportación de capitales, debida fundamentalmente a la puesta en marcha por Inglaterra de una sustancial modificación en los medios de comunicación, con base en su industria de equipos de transporte.
Una vez que extensas zonas del planeta se encontraban fácilmente comunicadas, se agilizaría y multiplicaría el proceso de financiamiento de nuevas industrias.
Esto fue decisivo para la construcción de un sistema económico mundial y de áreas de hegemonía económica y comercial, que irían germinando y delimitándose entre sí.
Países enteros pasaron a depender completamente de una u otra potencia.
Como consecuencia de la acción conjugada de estos factores, observamos que la economía mundial creció considerablemente en el último tercio de siglo.
El comercio mundial se expandió con rapidez cuando las economías de las grandes potencias se “internacionalizaron”.
Al mismo, tiempo se intensificaba la división internacional del trabajo.
Áreas enteras se especializaron en la explotación de determinarlas materias primas, bajo el control de las potencias económicamente dominantes.
Éstas, al mismo tiempo, organizaron la producción de manufacturas, según los canales de difusión de la exportación y la demanda de las zonas dependientes, deficitarias en dichas manufacturas.
Se dieron en este momento tres puntos de gran importancia para la estructuración de las relaciones internacionales:
1. Existencia de lo que llamaremos núcleos de avance en el proceso de capitalización.
Estos núcleos fueron las grandes potencias industrializadas que concentraron gran parte de la actividad industrial, y casi la totalidad de la producción de equipos, financiaron las exportaciones mundiales de bienes de capital, controlaron las infraestructuras de medios de transporte (ferrocarril, compañías navieras, carreteras y redes fluviales) y fueron los importado-res de las materias primas.
2. Formación de un sistema de división internacional del trabajo bajo la hegemonía de las grandes potencias.
El estímulo a la especialización favoreció el rápido poblamiento de los grandes espacios productivos vacíos de las regiones de clima templado, así como la articulación de otras áreas del mercado mundial, mediante la exportación de materias primas.
3. Creación de una red de transmisión del progreso tecnológico, que se construiría para apoyar el desarrollo de la división internacional del trabajo, cuya función es facilitar la exportación de capitales y favorecer la corriente de exportaciones.
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS Y SOCIALES
Jean Paul Sartre (imagen) analizando las consecuencias de la escasez, pronunció una frase lapidaria,..."la sociedad escoge sus propios muertos y subalimentados"...
Esta conclusión adquiere tintes mas dramáticos cuando tratamos de observar la otra cara de la moneda de la etapa de la industrialización en Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX.
Y esta otra cara arroja la terrible contradicción entre acumulación de capital y nivel de vida; denuncia los ritmos, los regímenes y las condiciones de trabajo, la inhumana sobreexplotación de los niños.
La otra cara de la moneda fueron Charles Dickens, Víctor Hugo o Emilio Zolá, y toda una épica de miseria que sacudió los sueños triunfalistas de tina gran burguesía opulenta y confiada.
La otra cara de la moneda fue la progresiva toma de conciencia de las clases explotadas, las primeras luchas sindicales, los primeros llamamientos a la emancipación, los primeros manifiestos que brotaron de los bajos fondos, las primeras imprentas clandestinas.
• ►Acumulación de capital y nivel de vida
Las primeras economías del capitalismo industrial se montaron sobre un sencillo mecanismo.
La acumulación de capitales sería el paso inicial de los procesos de inversión, que hicieron crecer las industrias.
Para conseguir los más altos techos de acumulación de capital, era preciso reducir al máximo los márgenes que estos mismos capitales tendrían que reservar para pagar los salarios.
Si tenemos en cuenta que la oferta de mano de obra era abundante y desorganizada, y que la desprotección obrera en el mercado de trabajo ponía a los asalariados a merced absoluta de los patronos, los sueldos de “hambre” (así se les llamó en toda la literatura obrerista de la época) favorecerían perfectamente el proceso de acumulación.
La tasa de salarios tendía a reducirse al nivel mínimo de subsistencia del proletario.
Para rematar la operación, el freno que suponía esta política de sueldos miserables a la capacidad de consumo popular (con una etapa previa de demanda escasísima de bienes de consumo) aumentaba la capacidad de ahorro inicial de los propietarios capitalistas.
Keynes, el gran teórico del capitalismo del siglo XX, explicó perfectamente este proceso:
“En realidad, era precisamente la desigualdad en la distribución de la riqueza lo que hizo posible esta acumulación del capital fijo y el progreso técnico, que fueron los rasgos distintivos de esta época. Ésta es la justificación esencial del régimen capitalista”.
Así, pues, el inicio de la industrialización resultó altamente desfavorable al alza del nivel de vida de los trabajadores.
La “sed de beneficios” en la etapa previa de acumulación de capital explica, en gran parte, las causas de la miseria obrera que marcaron profundamente los comienzos del capitalismo industrial.
Marx y Engels fueron testigos activos de dicha situación de creciente empobrecimiento de la clase popular aunado al desarrollo de la industrialización y al triunfo de las teorías del libre cambio.
Los conceptos de “explotación del hombre por el hombre” y de “lucha de clases” no fueron consignas retóricas, sino el resultado de una atenta observación de los hechos.
Un discípulo de Adam Smith escribía a finales del siglo XVIII:
El hombre que, a cambio de los productos reales y visibles del suelo, no puede ofrecer más que su trabajo, propiedad inmaterial, y que no puede subvenir a sus necesidades cotidianas, más que por un esfuerzo cotidiano, está condenado por la naturaleza a encontrarse casi complemente a merced del que lo emplea.
Este economista, adscrito a las teorías del librecambismo, no hizo, con este párrafo, más que darle la razón a Marx, cuando éste calificó al asalariado como “el nuevo esclavo de la época moderna”.
Las Condiciones de Trabajo
Reducir a esclavitud a la clase obrera y organizar la vida de las fábricas, la disciplina y el régimen de trabajo, según un esquema más próximo al programa de vida de la cárcel que al del taller, fue el criterio general del empresario capitalista del siglo XIX.
La concentración de mano de obra en las fábricas hizo nacer nuevas exigencias en la organización del trabajo.
El artesano o el productor del taller familiar rechazaba el nuevo sistema de producción fabril.
Las máquinas alimentaban sus sospechas de amenaza de paro, los largos horarios, los duros programas de trabajo y la disciplina impuesta por los capataces les repugnaban en cuanto mermaban su libertad.
Más tarde serían aplastados bajo el peso de los monopolios.
Fueron los más pobres, los trabajadores del campo y los pequeños propietarios rurales, arrojados hacia las ciudades por las leyes de cercados o las transformaciones en la explotación agrícola, quienes se vieron obligados a contratarse en las fábricas.
Los niños “asistidos” por las parroquias lucren preparados y obligados desde allí a sumarse a las primeras oleadas de este nuevo proletariado.
Cuando, a principios del siglo, los fabricantes ingleses acudieron al gobierno para excusar el pago de impuestos debido a los “elevados salarios” que demandaba el obrero, William Pitt les contestó: “Coged a los niños”.
En un discurso en el Parlamento, William Pitt les declaró textualmente:
La experiencia nos ha demostrado lo que puede producir el trabajo de los niños y las ventajas que se pueden obtener empleándolos desde pequeños en los trabajos que pueden hacer [...].
Si alguien se tomase la molestia de calcular el valor total de lo que ganan ahora los niños educados según este método, se sorprenderán al considerar la carga de la cUal su trabajo —suficiente para subvenir a su mantenimiento— libera al país, y lo que sus esfuerzos laboriosos y las costumbres en las que se les ha formado vienen a añadirse a la riqueza nacional.
La legislación inglesa y la Iglesia anglicana defendieron a ultranza la contratación de niños.
Los administradores de impuestos de pobres mandaron grupos de niños lejos de sus padres.
Éstos, ante la dificultad que suponía para sus estrechas economías el cuidado de los pequeños, los cedían a la tutela de la asistencia pública.
Los ritmos de trabajo eran excesivamente duros.
La estrecha vigilancia de los capataces disponía toda suerte de arbitrariedades, desde castigos económicos, como pago de multas, hasta castigos físicos.
La vigencia de la tortura en las primeras concentraciones fabriles fue un hecho constatado en la literatura social de la época.
Los horarios de trabajo del obrero del siglo XIX oscilaban entre las catorce y las dieciséis horarias.
En muchas fábricas se edificaban cobertizos al pie de las naves de trabajo, donde dormían hacinados cientos de hombres, mujeres y niños durante escasamente cinco horas diarias.
En Francia y Estados Unidos, el negro panorama de la vida de un asalariado no desmerecía en nada de la que se observaba en la Inglaterra de este tiempo.
Además de los salarios insuficientes, del trabajo agotador e interminable, de la férrea cliscipliia1de la pésima alimentación y de los alojamientos insalubres, los obreros se hallaban a merced de todo tipo de enfermedades.
Las revoluciones de 1830 a 1848 sacaron a la luz pública situaciones increíbles sobre la vida cotidiana del proletariado.
Documentos como los de Villarmé, en su Cuadro sobre el estado físico y de los obreros, florecieron en los flujos y reflujos de los primeros movimientos populares.
En se denunciaban con pelos y señales las consecuencias de los salarios de hambre, las columnas dañinos de seis a ocho años que a las cinco de la mañana recorrían enormes distancias para ir a los talleres.
Los informes médicos de la época señalaban el destrozo físico y psicológico de millares de hombres y mujeres envejecidos prematuramente. La inseguridad en el trabajo, agudizare todo en los comienzos del maquinismo, arrojaba altos índices de mortalidad laboral.
• ►Prostitución
A pesar de las nuevas oportunidades laborales, muchas mujeres de la clase baja se vieron obligadas a prostituirse para sobrevivir niñas trabajadoras rurales, que inundaban las ciudades en busca de nuevas oportunidades, solían ser muy vulnerables.
El empleo inestable, y los salarios, bajos.
Al no estar ya protegidas por las familias ni la comunidad del pueblo, así como tampoco por la iglesia, algunas niñas se enfrentaban a una alternativa sombría de la prostitución.
En París, Londres y muchas otras grandes ciudades con poblaciones flotantes, miles de prostitutas ejercían su oficio.
En 1885 un periodista estimó que había 60.000 prostitutas en Londres mayoría de ellas ejercían desde muy jóvenes, a menudo desde los 17 hasta los 23 o 24 años.
A la larga, muchas reingresaban en la fuerza laboral o se casaban, cuando podían.
En la mayoría de los países europeos, gobierno y autoridades municipales permitían y regulaban la prostitución.
Aunque el gobierno británico imponía una mínima regulación de la prostitución, durante las décadas de 1870 y 1880 pretendió que se cumpliera la Ley sobre Enfermedades Contagiosas, concediendo a las autoridades el derecho de examinar a las prostitutas para verificar si estaban afectadas por enfermedades venéreas.
Las prostitutas que estuvieran enfermas eran confinadas por algún tiempo en instituciones especiales, llamadas hospitales de encierro, donde se les proporcionaba instrucción moral. Pero la oposición a la ley muy pronto surgió entre las mujeres reformistas de clase media.
Su líder fue Josephine Butler (1828-1906), quien se oponía a leyes que castigaran a las mujeres pero no a los hombres que sufrían enfermedades venéreas.
Conocidas como las "hermanas chillonas" debido a que discutían las problemática sexual en público, Butler y sus seguidoras reformistas tuvieron éxito en conseguir que la ley fuera revocada en 1886.
La Segunda Revolución Industrial y Sus Avances Tecnológicos
En lo íntimo de la creencia de los europeos en el progreso después de 1871, reposaba el impresionante crecimiento material producido por lo que los historiadores han llamado la Segunda Revolución Industrial.
La primera había dado lugar al surgimiento de los textiles, los ferrocarriles, el hierro y el carbón mineral.
En la segunda, el acero, los productos químicos, la electricidad y el petróleo prepararon camino hacia nuevas fronteras industriales.
DE LA PRIMERA A LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de la población europea estaba formada por campesinos.
En los Estados Unidos, la agricultura predominó hasta el triunfo del norte industrialista sobre el sur agrario y esclavista, en la guerra civil.
La lentitud con que se propagaban los cambios impulsados por la Revolución Industrial llevó a que la economía mundial siguiera sometida a los viejos ritmos impuestos por las buenas y las malas cosechas.
La crisis económica que se desató entre 1846 y 1848 fue, quizás, la última crisis cuyas causas fueron predominantemente agrarias.
En el ámbito de las comunicaciones, se dieron profundos cambios.
George Stephenson inventó la locomotora en 1814 y, luego de años de pruebas, se realizó en 1825 el primer viaje en un tren de pasajeros entre las ciudades inglesas de Stockton y Darlington.
A partir de entonces, el parlamento inglés comenzó a aprobar la instalación de miles de kilómetros de vías férreas.
La más importante fue la que unió los centros industriales de Liverpool y Manchester.

El tren revolucionó la circulación de mercaderías.
Mientras que un carro tirado por caballos o mulas podía llevar hasta una tonelada de mercadería, los trenes podían trasladar más de mil. Esto abarató los costos y amplió los mercados.
También, por esta época se duplicó la capacidad de los barcos para transportar cargas y se redujo notablemente el tiempo necesario para cruzar el Atlántico.
En 1838, el “Sirius” y el “Great Western” fueron los primeros barcos de vapor en cruzar el océano.
La misma travesía que en 1820 llevaba unas ocho semanas, a fin de siglo solo demandaba una.
Otro adelanto de gran importancia fue el telégrafo.
Hacia fines del siglo XVIII se implementó un telégrafo visual a partir del uso de distintos colores.

Este invento tenía grandes limitaciones de alcance y visibilidad.
Los problemas fueron superados en 1837, cuando Samuel Morse ideó un código —que lleva su nombre—, y que permitiría, en muy poco tiempo, transmitir textos completos a través de un sistema de cables eléctricos.
En 1866, se tendió un cable telegráfico interoceánico entre Inglaterra y los Estados Unidos.
Años más tarde, el italiano Guglielmo Marconi completó las investigaciones de Heinrich Hertz sobre la transmisión telegráfica, a través de las ondas eléctricas de la atmósfera, y concretó la invención del telégrafo inalámbrico.

En 1876, Alexander Graham Bell inventó el teléfono, revolucionando el mundo de las comunicaciones.
Aunque su difusión fue muy lenta y limitada, en un principio, a las ciudades más importantes de los países centrales.
En 1895, dos hermanos franceses, los Lumiére, descubrieron que tomando varias fotos sucesivas y proyectándolas a una cierta velocidad, se producía la imagen del movimiento en el espectador.
Inventaron una cámara especial que registraba estas imágenes y que, a la vez, servía como proyector.
Las primeras películas de los Lumíére reflejan escenas de su familia, la salida de obreras de una fábrica, la llegada de un tren y la primera película cómica: El regador regado.

Casi todas duraban menos de un minuto.
Todos estos adelantos mejoraron paulatinamente la calidad de vida de una población que fue creciendo al ritmo de estos cambios.
Aumentó la natalidad y disminuyeron los índices de mortalidad.
En 1800, la población europea era de unos 190 millones de personas.
En 1900, esa cifra se había duplicado; a pesar de los millones de europeos que habían emigrado hacia las llamadas “zonas nuevas”, como Australia y la Argentina.
Los países de mayor industrialización registraron un mayor aumento de la población.
Entre 1850 y 1890, Gran Bretaña pasó de 21 millones a 33; Alemania de 34 a casi 50; Bélgica de 4 a 6.
En cambio, en los países con menor desarrollo industrial, el aumento demográfico fue menor.
Francia pasó de 36 a 38 millones y España, de 15,7 a 17,6.
► LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Cuadro con su características principales:
CARACTERES GENERALES DE LA SEGUNDA REVOLUCIÓN | ||
| Orden Científico | Orden Político | Orden Socio-Económico |
| El estado se hizo cargo de los gastos de la investigación científica. | La burguesía afirmo su papel de clase dirigente. | |
| Las instituciones universitarias se convirtieron en corporaciones científicas cuyo fin fue la investigación. | Se produjo un paulatino ascenso de los Estados Unidos de América y de Japón , convertidos en granes potencias económicas. | Nació el capitalismo industrial, al tiempo que nacieron los monopolios y trusts. |
| Las ramas del saber se especializaron , mientras que en la producción se organizó una división del trabajo | Los Estados poderosos obtuvieron de sus colonias la materia prima que necesitaban para producir sus productos , se inicio la era del colonialismo | |
Hacia la década del 60, una palabra hasta entonces poco empleada comenzó a difundirse en el vocabulario económico y político de la época: capitalismo.
Para la consolidación del capitalismo industrial, fue muy importante la alianza del mundo industrial con el financiero.
Los capitalistas industriales necesitaban recursos económicos para instalar nuevas empresas, líneas ferroviarias o construir buques.
Los dueños de las fábricas y los constructores de trenes y barcos debían recurrir a los banqueros para poder concretar sus negocios.
Los financistas fueron haciéndose imprescindibles y dominaron el mercado, al que le dieron un nuevo impulso.
A partir de 1870, comenzaron a producirse una serie de cambios en la industria, tan importantes, que la mayoría de los historiadores hablan de una segunda revolución industrial.
A diferencia de la primera, esta segunda revolución fue el resultado de la unión entre la ciencia, la técnica y el capital financiero.
Así como en la primera, el elemento determinante fue el vapor; en la segunda, una serie de inventos marcaron su desarrollo. La electricidad, empleada desde mediados de siglo en el telégrafo, pudo ser usada en la producción.
En 1867, Werner Siemens aplicó el dínamo —un aparato que permitía producir electricidad— a la industria.
En 1879, Thomas Alva Edison fabricó la primera lámpara eléctrica y la transformó en un producto industrial de su propia fábrica: la Edison Company, conocida después como General Electric Company, la primera empresa mundial de electricidad.

El petróleo y sus derivados fueron los combustibles de esta Segunda Revolución Industrial y el acero, la materia prima.
Un ejemplo del auge del acero fue la construcción en París del edificio más alto de la época: la torre Eiffel en ocasión de la Feria Universal de París de 1889, durante los festejos del centenario de la Revolución Francesa.

Las industrias siderúrgicas y de hierro demandaron todo tipo de metales, lo que dinamizó también la minería.

(Fuente Consultada: HISTORIA El Mundo Contemporáneo-Felipe Pigna)
► AMPLIACIÓN DEL TEMA
Nuevos productos
El primer cambio importante en el desarrollo industrial después le 1870 fue la sustitución del hierro por el acero.
Nuevos métodos de plegamiento y conformación del acero lo hicieron utilizable en la retracción de máquinas y motores más ligeros, pequeños y rápidos, así como también en ferrocarriles, naves y armamentos.
En 1860, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Bélgica producían en conjunto 125 mil toneladas de acero; en 1913, el total ascendía a 32 millones de toneladas.
Mientras que, a principios de 1870, Inglaterra había fabricado doble cantidad de acero que Alemania, en 1910 la producción germana dobló la de Gran Bretaña. Y ambos fueron superados por Estados Unidos en 1890.
Inglaterra también se rezagó en la nueva industria química. Un cambio en el método de fabricar soda permitió a Francia y Alemania tomar la delantera en la producción de álcalis utilizados en las industrias textiles, jaboneras y papeleras.
Los laboratorios alemanes pronto superaron a los ingleses en el desarrollo de nuevos compuestos químicos orgánicos, como los tintes artificiales.
En 1900, las empresas alemanas habían acaparado 90 por ciento del mercado de los tintes; asimismo, llevaban la delantera en el desarrollo de placas y películas fotográficas.
La electricidad era una nueva forma importante de energía que resultó de gran valor, ya que podía fácilmente convertirse en otras formas de energía., como calor, luz y movimiento, y, además, se transmitía sin relativamente esfuerzo alguno por el espacio mediante cables de transmisión.

En la década de 1870 se desarrollaron los primeros generadores de corriente eléctrica prácticos comerciales.
En 1881 Inglaterra contó con su primera estación publica de energía.
En 1910, las estaciones hidroeléctricas de energía y as plantas generadoras a vapor, con base en el carbón, posibilitaron que distritos completos se vincularan con un único sistema de distribución que proporcionaba una fuente común de energía a las casas, tiendas y empresas industriales.
La electricidad multiplicó en masa una nueva serie de inventos. La invención de la bombilla eléctrica, por el estadounidense Thomas Edison (1847-1931) y el inglés Joseph Swan, introdujo en los hogares y en las ciudades la iluminación mediante luces eléctricas.
Por su parte, Alexander Graham Bell impulsó una revolución en las comunicaciones al inventar el teléfono en 1876; mientras, Guillermo Marconi enviaba las primeras ondas de radio a través del Atlántico en 1901.

Aunque la mayor parte de la electricidad se utilizó en un principio para la iluminación, a la larga se empleó en el transporte.
El primer ferrocarril eléctrico se instaló en Berlín en 1879. En la década de 1880, los automóviles y el tren subterráneo ya habían aparecido en la mayor parte de las ciudades europeas y habían comenzado a remplazar a los vehículos arrastrados por caballos. La electricidad también transformó las fábricas.
Las bandas transportadoras, las grúas, las máquinas y las máquinas herramienta podían impulsarse por electricidad y ubicarse en cualquier lugar.
En la Primera Revolución Industrial, el carbón mineral había sido la principal fuente de energía. Los países que no contaban con suministros adecuados de este mineral quedaban rezagados en la industrialización.
Gracias a la electricidad, ahora podían ingresar en la era industrial.
El desarrollo del motor de combustión interna tuvo un efecto similar. El primer motor de combustión interna, impulsado por gas y aire, se fabricó en 1878.
Resultó inadecuado para un uso generalizado como fuente de energía en la transportación, hasta que se desarrollaron los combustibles líquidos a partir del petróleo y sus derivados destilados.
En 1897 se fabricó un motor alimentado con petróleo, y hacia 1902 la Línea Hamburg-Amerika había cambiado el carbón por el petróleo en sus nuevos transatlánticos.
Asimismo, a fines del siglo XIX, algunas flotas navales habían reconvertido sus motores.
El desarrollo del motor de combustión interna dio lugar a la aparición del automóvil y del aeroplano.
El invento de Gottlieb Daimler de un motor ligero en 1886 fue la clave para el desarrollo del automóvil.
En 1900, la producción mundial fue de 9000 automóviles; para 1906, los estadounidenses habían quitado el liderazgo inicial a los franceses.
Fue uno de ellos, Henry Ford (1863-1947), quien revolucionó esta industria con la producción masiva del Modelo T. Hacia 1916, las fábricas Ford producían 735 000 automóviles al año.

Entre tanto, en 1900, comenzó la época de la transportación aérea con la nave Zeppelin.
En 1903, en el poblado de Kitty Hawk, en Carolina del Norte, los hermanos Wright hicieron el primer vuelo aéreo en un aeroplano de alas fijas, impulsado por un motor de gasolina.

Sin embargo, fue necesaria la Primera Guerra Mundial para estimular la industria de la aviación, por lo que el primer servicio regular de pasajeros no se estableció sino hasta 1919.

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Fuente Consultada:
Historia Universal Gómez Navarro y Otros
Civilizaciones de Occidente Tomo B J. Spielvogel.
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