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Frases PopularesLOS CAMPEONES SOLITARIOS:
En los años posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el deporte experimentó, en todas las disciplinas, un creciente desarrollo.
Alternativa a la que no escapó Argentina: incentivadas desde las esferas oficiales, todas las expresiones deportivas alcanzaron en el país un tono acorde con sus posibilidades, respecto a las grandes potencias.
Para muchos, aquellos años del gobierno peronista coincidieron con los de mayor esplendor deportivo nacional.
La juventud, volcada masivamente a la práctica de diversas especialidades, aseguraba una constante renovación en los grupos de élite, integrados por los campeones.
No es extraño entonces, que sea en esa época cuando los representantes locales se lancen —con buenos resultados en muchos casos— a la conquista de títulos, records y honores, algunos de ellos rememorados en este libro.
Para Juan Domingo Perón eran imprescindibles: cada lauro significaba un motivo más de prestigio para su régimen.
Por eso también la Argentina fue, reiteradamente, escenario de grandes eventos y gestora de nuevas competencias, como los Juegos Panamericanos, por ejemplo.
Pero después de 1955, aquella oleada de crecimiento, que a pesar de sus connotaciones políticas tuvo el tremendo valor de fortalecer y masificar la práctica deportiva, quedó trunca.
En su lugar se instaló primero el revanchismo y más tarde el estancamiento.
Los últimos quince años marcaron la caída definitiva.
Mientras el mundo asistía a increíbles progresos, producto de la tecnificación y del tremendo valor político que hoy alcanza el deporte por su popularidad, la Argentina mantenía su prestigio merced a solitarios campeones, productos aislados de su voluntad o de las circunstancias que los rodearon.
A sus conquistas se sumaron las logradas, espaciadamente, en un par de deportes colectivos.
Pero nunca llegaron a conformar el producto de una actividad progresiva, meditada, organizada.
Descalabro del que a duras penas escapó el deporte profesional, corrompido por la misma crisis de dirigentes que agobia al amateurismo.
Los cinco deportistas;...sus hazañas, son la excepción a semejante mediocridad.
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Carlos Moratorio: Destacado Deportista Argentino en Equitación
Capitán Carlos Moratorio: un caso particular Pocos deportes como la equitación imponen a quienes lo practican una preparación tan exigente. Pocos son también los que reclamen erogaciones económicas similares.
Dos condiciones que necesariamente reducen el círculo de gente con posibilidades de acometer una empresa tan difícil como la de competir con fortuna.
Una alternativa que el capitán Carlos Alberto Moratorio alcanzó cuando, guiado por su vocación militar, egresó del Colegio Militar, a fines de 1951, con el grado de subteniente de caballería.
Luego de transitar por diversas unidades del Ejército, finalmente fue destinado a la Escuela Militar de Equitación, donde quedó destinado a partir de 1960.
Allí comenzó una etapa fundamental en su trayectoria deportiva, iniciada algunos años antes: pudo dedicarse por entero al adiestramiento de sus animales y a las prácticas.
Sus progresos fueron notables.
En 1959 fue quinto en los Juegos Panamericanos de Chicago.
En las Olimpíadas de Roma, en 1960, quedó eliminado como el resto del equipo.
En San Pablo, en los Panamericanos de 1963, logró el tercer puesto y la medalla de bronce.
Un año más tarde, en los Juegos Olímpicos de Tokio obtuvo la medalla de plata.
Dos años después, el 10 de septiembre de 1966, en Stanford, Inglaterra, obtuvo el primer campeonato mundial de su especialidad, la Prueba Completa.
Para llegar a eso, debió trabajar pacientemente en la educación de su caballo Chalán, un animal que había ganado en un concurso hípico efectuado por el Ejército, en 1958.
Claro que no fue todo, junto a los otros cuatro jinetes que lo acompañaron a Gran Bretaña, viajaron dos soldados caballerizos, un veterinario, un suboficial principal herrero y el director, mayor Eduardo Cano.
Toda una costosa movilización. Los resultados fueron óptimos: Moratorio superó a 34 jinetes, representantes de Irlanda, Inglaterra, Rusia y Estados Unidos de América.
En la primera jornada de las tres que componen la agotadora prueba —dedicada al adiestramiento— culminó su tarea en 7 minutos y medio. Ya punteaba la competencia a medio punto del jinete ruso que lo escoltó.
En el segundo día —dedicado al fondo— Moratorio y Chalán no tuvieron una sola falla.
En la última jornada —destinada a la prueba de Caza— apenas voltearon un obstáculo que les restó 10 puntos del total acumulado.
Aun tirando dos más habrían ganado.
Poco tiempo después de obtener el título, en un reportaje publicado por la revista "El Gráfico", se reseñarían algunas de las facilidades que permitieron a Moratorio alcanzar el éxito.
Tras explicar que ocupaba el cargo de instructor del equipo de prueba completa, en la Escuela Militar de Equitación, proseguía: "Prácticamente, un profesional del caballo, o por lo menos con la debida dedicación para poder competir con el mundo.
Moratorio no lo niega pero confiesa que: «Por este título, que me favorece hípicamente, he descuidado otros detalles importantes para el ascenso en mi carrera».
Y dice que en su «Profesión» es enérgico. «Soy muy exigente, y este mundo no quiere trabajar. Con los soldados (caballerizos) debo cumplir una ley, con los del equipo pretendo que hagan todo bien.
Es mucho el dinero que el gobierno invierte en esto y mi gran satisfacción, por lo de mi título, es haber devuelto mucho de lo que me dieron»."
Circunstancias que permiten considerar al capitán Carlos Moratorio como una excepción —por el apoyo que recibió— entre los deportistas argentinos que en los últimos años lograron algún lauro.
Algo que pareció percibir también "El Gráfico", a cuyo editorial, de la edición del 13 de setiembre de 1966, conviene remitirse para entender la realidad del deporte argentino en la década pasada y en su hora actual: "Es el ejemplo que deseamos.
Los campeones que nacen por «generación espontánea» se dan uno en un millón.
El caso Moratorio nos grita claramente: su pasión, si fibra, su técnica afinada, Chalán, más las condiciones morales y materiales: que lo rodearon, el tiempo y los elementos de que dispuso, la organización que lo apoyó, hicieron que ut argentino fuera campeón del mundo. Esto es lo que nos debe quedar bien grabado".
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Osvaldo Suarez: Atleta Argentino, Ganador de la San Silvestre
Osvaldo Suárez: el dueño de la San Silvestre:
Con puntualidad, repitiendo un ritual que ya es característico de la prueba, los marciales sones del himno nacional brasileño resonaron en las calles céntricas de la industriosa ciudad de San Pablo, cuando apenas faltaba media hora para que expirara 1960.
Tras los últimos compases, tronó el disparo que indicaba la iniciación de la célebre Corrida de San Silvestre, la carrera callejera más reputada internacionalmente.
Una característica que siempre le permitió reunir para su disputa a los más destacados fondistas del mundo.
Ese año se alinearon entre otros el alemán Hans Grodozki, el inglés Cordón Pirie y el canadiense Douglas Kyle.
Junto a ellos el argentino Osvaldo Suárez, que había triunfado en las ediciones de 1958 y 1959.
Esa noche, el maestro —como hoy lo apodan cariñosamente en el medio atlético local— intentaba una hazaña que todavía nadie logró emular: adjudicarse la competencia por tercera vez consecutiva.
Era además una promesa que había formulado a su esposa, Emma Duran, con quien había contraído enlace un día antes. Sería un regalo de bodas.
Tras una excelente partida —fundamental en una carrera en la que participan más de 5 mil deportistas— Osvaldo Suárez se mantuvo a la expectativa detrás de Kyle, controlándolo, para quebrarlo cuando apenas restaban mil metros de carrera. Por entonces, las sirenas ya habían anunciado la llegada de un nuevo año.
Las luces de bengala iluminaban el cielo y el millón de personas que se volcó a las calles para no perder detalle de la Corrida, lo alentaba furiosamente.
Cuando cruzó el pequeño pasillo de llegada la ovación fue clamorosa. Suárez había concretado su máxima proeza deportiva, entre las muchas que jalonaron su dilatada actuación.
Tres veces ganador de la San Silvestre, 4 veces campeón Panamericano, 5 veces campeón Iberoamericano y 12 veces campeón Sudamericano, constituyó el último representante de una gloriosa dinastía de fondistas. Olímpico en dos oportunidades —1960 en Roma y 1964 en Tokio— fue discípulo de dos grandes maestros: Gumersindo González y Alejandro Stirling.
Reconocido en todos los círculos atléticos del mundo, paseó su calidad por Chile, Uruguay, Brasil, Perú, Paraguay, Colombia, Ecuador, México, Canadá, Estados Unidos, España, Bélgica, Portugal, Italia, Austria, Alemania Federal, Checoslovaquia, Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Japón. En 1955 viajó por primera vez a Europa, para ello tanto él como Stirling —entonces su entrenador— debieron vender terrenos de su propiedad.
Fue en los albores de su fama. Desde su debut internacional —durante el campeonato Sudamericano efectuado en el estadio de River Plate, en Buenos Aires, en 1951— Suárez compitió contra los más destacados valores de la época. La imbatible Locomotora humana, el checoslovaco Emil Zatopek, y el recordman mundial Vladímir Kuts, de la Unión Soviética, fueron entre otros grandes, sus ocasionales contrincantes. Claro que con ninguno la lucha alcanzó las características de los duelos con su compatriota Walter Lemos, el gran rival en América del Sur.
El veterano atleta —todavía en actividad a los 37 años— logró su última victoria relevante en el campeonato Sudamericano de 1967, que tuvo como escenario la pista del parque Chacabuco, en Buenos Aires.
Ovaciona por un público que pocas veces su reconocerle iodo lo que hizo por atletismo argentino, se consagró titular continental de los 10.000 metros en una carrera electrizante con el colombiano Víctor Mora, que lo había relegado en los 5.000 metros.
Esa performance marcó el comienzo de su declinación que, curiosamente coincidió con el derrumbe del atletismo argentino.
Un hecho que no es circunstancial si se toma en cuenta que, en las pruebas de largo aliento, como en otras disciplinas, quedó cortado el cordón generacional con la desaparición de hombres de su talla.
Algo que solo podrá explicarse a través del profundo deterioro y desamparo padecido por el amateurismo en los últimos años, cuando quedó librado a su suerte.
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Zabala Juan Maratonista, Argentino
Medalla de Oro Juegos Olímpicos de Londres

El maratonista rosarino Juan Carlos Zabala brilló en los Juegos Olímpicos por su hazaña atlética.Fue tan agotadora que debió estar los siguientes dos días sin apoyar los pies y postrado en una cama durante 24 hora. El atleta estadounidense, Jesse Owens, lo invitó a la ciudad del cine americano y le presentó a la famosa actriz Ginger Rogers. Aunque su corazón estaba guardado para alguien más.
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El apodo se lo puso un periodista del diario porteño Crítica, que como todo el periodismo de la década del treinta comenzó a relatar con entusiasmo los resonantes triunfos que obtenía Juan Carlos Zabala en las pistas del Viejo Mundo.
En realidad, la campaña europea del maratonista rosarino había sido precedida por una sucesión de victorias locales que culminaron cuando ganó el campeonato sudamericano correspondiente a los diez mil metros llanos.
Prestigiado por esas victorias, a mediados de 1931 partió a Francia junto con el entrenador Alejandro Stirling, y poco después corrió en Berlín una carrera con el finlandés Paavo Nurmi, que era entonces la estrella máxima en pruebas de largo aliento.
De físico esmirriado y baja estatura, Zabala fue pronto objeto de chanzas e ironías para los cronistas deportivos germanos, pero su actuación pronto las trocó en admiración: llegó segundo, apenas unos metros detrás del gran Nurmi, que lo pasó en los últimos tramos.
Desde entonces todo el mundo siguió con interés su campaña: de 36 carreras sólo perdió dos y empató una, y además tuvo la satisfacción de batir el récord mundial de los treinta kilómetros.
Estas actuaciones lo conviritieron en una firme esperanza argentina en los juegos olímpicos de Los Angeles, adonde partió a mediados de 1932.
El 7 de agosto los 75.000 espectadores que colmaban el estadio olímpico de esa ciudad contemplaron con escepticismo a ese delgado muchacho de veinte años que llevaba puesta una gorra blanca y que encabezó el pelotón a la salida del estadio.
Dos horas, 31 minutos y 36 segundos más tarde el argentino regresaba primero al punto de partida luego de pasar en el último tramo al inglés Wright.
En la Argentina de 1932, agobiada por una aguda depresión económica, el triunfo de Zabala fue una de las noticias más festejadas del año, y el "Ñandú" criollo pasó a integrar la galería de grandes valores del deporte nacional.

En 1931 en os Juegos Olímpicos de Los Ángeles , Juan Carlos Zabala rompió con la tradición en que siempre las maratones eran ganadas por los europeos y lo hizo en un tiempo único:2h 31' 36”. Siendo muy joven , con apenas 20 años y arrancando por delante de sus rivales, el "ñandú" argentino llegó con una ventaja de 20” sobre el británico Samuel Ferris y obtuvo el oro.
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Antes de los siguientes Juegos Olípicos de 1936 a realizarse en Berlín, debió dejar de correr debido a una lesión física, se casó con una dinamarqués radicada en Buenos Aires llamada Elsa, se traslandan a Alemania donde trabajó como profesor de educación física, pero siempre con su corazón en la amada Argentina.
Falleció el 24 de enero de 1984, sus incansables piernas dejaron de correr para siempre, pero ssus pasos quedaron marcados en la eternidad del atletismo argentino.
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Luis Alberto Nicolao, El Mas Grande Nadador:
Acaso baste para definirlo una mención que seguramente nadie se atreve a discutir: fue el mas grande nadador argentino de todas las épocas y quizás el mejor deportista de la década del ´60.
En su dilatado transitar por piletas de todos los rincones de la tierra acumuló una retahila de éxitos asombrosa. Pero ninguno tuvo la tremenda trascendencia de! que coronó el 27 de abril de 1962, en e! natatorio de Guanabara, en Río de Janeiro, Brasil.

Ese día Luis Alberto Nicolao inscribió su nombre y el de la Argentina en las tablas de records mundiales. Un hecho que la natación local jamás había registrado, ni volvió a hacerlo. Alentado por un público entusiasta se arrojó a las saladas aguas por esa circunstancia mucho más aptas para desplazamientos veloces, pues ofrecen menos resistencia— decidido a quebrar el record mundial de los 100 metros estilo mariposa. En 57 segundos ya había cumplido su cometido.
Fue uno de los primados que resistió durante más tiempo el alud de records desatado en el último decenio. Durante cinco años, dos meses y trece días permaneció incólume a todos los-embates. En los primeros días de agosto de 1967 un fenómeno de la natación americana, Mark Spitz, desplazó a Nicolao al establecer 56 segundos 3 décimas, en un torneo internacional celebrado en Santa Clara, California. Sin embargo, no logró opacar la performance del que fuera representante de! Club Ateneo de la Juventud, en Buenos Aires.
Escapando a la mediocridad de un medio que difícilmente !e permitiera superarse —ya antes lo había hecho su entrenador Alberto Carranza, tentado por ofrecimientos de clubes brasileños y uruguayos—- el excepcional mariposista emigró hacia los Estados Unidos de América, donde optó por la beca que le ofreciera la Universidad de Stanford, en California. Allí representó también al Santa Clara Swimming Club, una institución casi mitológica en el concierto de la natación internacional. Pero jamás olvidó al deporte de su país. Donde fuese necesario, allí estuvo presente para defenderlo.
Desde su primera participación internacional, durante el campeonato Sudamericano de Cali, en Colombia en 1960, acaparó 17 títulos sudamericanos, sin contar su participación en los equipos de postas. Fue olímpico en tres oportunidades: Roma en 1960, Tokio en 1964 y México en 1968, donde finalizó tristemente su trayectoria de nadador. Con 24 años —una edad inusual en que la mayoría de los nadadores optó por el retiro— acudió en búsqueda de la única satisfacción que no alcanzó una medalla olímpica.
Su prueba más fuerte —los 100 metros mariposa— recién se incluyó en el programa olímpico en los Juegos de México» hecho que no le permitió alcanzar antes ese objetivo. Dispuesto a jugar su última oportunidad, se instaló en la capital azteca con 50 días de antelación para ganarle al fantasma de la altura. Sus posibilidades parecieron fortalecerse tras su actuación en los 100 metros estilo libre, prueba en la que se clasificó para la final. A pesar de ocupar el séptimo puesto (marcó 53,9 segundos) fue un buen indicio ya que esa no era su especialidad.
El domingo 20 de octubre ganó su serie eliminatoria —corrida por la mañana— de los 100 mariposa con relativa facilidad. A las 18.30 de ese mismo día estaba anunciada la semifinal. Allí comenzó a gestarse un diabólico, absurdo drama que lo dejó sin posibilidades. Cuando el micro oficial que lo transportaba comenzó a atravesar la zona por donde pasaba en ese momento la carrera de maratón debió detenerse.
Fue un largo retraso: Nicolao llegó a su destino después que la competencia en que debía participar se había efectuado. Todos los reclamos —acaudillados curiosamente por mister Ritter, el delegado norteamericano— fueron desoídos. En una declaración para la revista "El Gráfico", del 5 de octubre de 1968, Nicolao se quejó: "Le pregunté a Ritter qué había dicho el delegado argentino, Manuel Segura, y me contestó que si estaba se quedó mudo, que no vio ningún argentino que sacara la cara por mí"... Fue el pago de un medio deportivo que defendió durante años. Un epílogo injusto a su campaña, pero digno exponente de la mediocridad que alguna vez lo hizo emigrar.
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Roberto De Vicenzo: el embajador del deporte argentino
A los 48 años, todavía en la plenitud de sus medios, sería difícil, injusto, elogiar a Roberto De Vicenzo por una de sus actuaciones.
Profesional integro, hizo del golf su trabajo sin olvidarse de los elementales principios de ética deportiva. Una actitud que sin embargo no le impidió cosechar triunfos en más de 160 certamen a lo largo de 31 años de pisar links.

Trotamundos incansable —dio la vuelta a la Tierra en más de cinco oportunidades—, tuvo oportunidad de alternar con personajes destacados en actividades más disímiles. De Gaulle, Kennedy, Eisenhower, Perón, Nixon, Leopoldo de Bélgica, Gina Lollobrígida, Sofía Loren, Frank Sinatra, Danny Kaye, Dean Martin, Bob Hope, entre otros, supieron de su caballerosidad.
El primer contacto con el golf fue a los 7 años, en 1930, cuando ingresó un el Golf de Migueletes, primero para extraer las pelotas que los socios tiraban a la laguna y oficiar de caddie después. A los 17 años ya habitaba una piecita en el sótano del club He Ranelagh, escenario de sus comienzos. Dos años después todo se precipitaba y Spaghetti —lo apodaron así porque entre 1944 y 45 cumplió d servicio militar en la marina y llegaba a jugar de uniforme— comentó a conocer la dulce y peligrosa caricia de la fama. Alternativa que no logró apartarlo de una conducta austera, sobria, que lo caracterizó desde el comienzo. Quizás por eso, una y otra vez, sacudió al mundillo golfístico internacional con actuaciones sorprendentes.
En 1962, en pareja con Fidel De Lúea representó a Argentina en la Copa Canadá —ahora Copa del Mundo— y obtuvo el primer puesto individual, clasificándose segundo en el puntaje por equipos. Las canchas del Jockey Club de San isidro, testigos de aquella victoria, volvieron a verlo triunfar en ese mismo certamen, en 1970, ahora en compañía de Vicente Chino Fernández, con quien obtuvo el segundo lugar por parejas. En julio de 1967, De Vicenzo coronó un anhelo acariciado durante dos décadas: con 44 años se consagró como el jugador de mayor edad que obtuvo el campeonato británico.
Además de De Vicenzo, solo dos argentinos, José Jurado y Leopoldo Ruiz, estuvieron al borde de alcanzar esa proeza. En 1931, Jurado escoltó a Tommy Armour y en 1950, Ruiz perdió todas sus posibilidades en el último hoyo. Con un 4, Ruiz empataba el primer puesto, pero perdió su autodominio, equivocó el palo a jugar y marcó un 7 que lo relegó al tercer lugar. También supo de grandes desencantos Spaghetti. En abril de 1968, en el torneo de Maestros de Augusta, en los Estados Unidos de América, un error en ¡a anotación de su tarjeta lo relegó al segundo puesto al cargársele un golpe más en el hoyo 17, el penúltimo de la jornada final.
Con su segunda colocación, recibió más cartas y telegramas de felicitación —según una costumbre iniciada por Perón e imitada en ¡os últimos años por todos los mandatarios argentinos, Juan Carlos Onganía— que Robert Goalby, el ganador de los 20.000 dólares de premio y el saco verde distintivo.
El score real de los dos en la cancha fue de 277, pero De Vicenzo firmó la tarjeta que totalizaba 278 sin advertir el error. Fue en esas circunstancias que puso de manifiesto toda su calidad humana al aceptar, sin acusaciones ni lamentos, un fallo que además del perjuicio deportivo le produjo otros quebrantos: perdió los 5.000 dólares de diferencia entre el segundo y el primer puesto y el derecho a participar en el certamen exclusivo de los cuatro grandes, en el que intervino en 1967 a raíz de su actuación en el campeonato británico. Acaudalado, reconocido en más de una oportunidad como un verdadero embajador ambulante, el célebre golfista es un raro ejemplo dentro de los deportistas profesionales argentinos.
Es que en un medio donde la mayoría lucha por conseguir mejores condiciones sin reparar en los medios, él intenta ser mejor, aun cuando, como todos los demás, vive del deporte. Algo que quizás, con el tiempo, logre contagiar a otros ambientes, descompuestos por la fiebre del dinero.
Fuente: Las Grandes Hazañas del Deporte Tomo 49 La Historia Popular
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