Biografia de Groussac Paul Investigador e Historiador



Biografía de Groussac Paul – Investigador e Historiador

En junio de 1929 Paul Groussac, ciego y enfermo, seguía trabajando en la Biblioteca Nacional con el mismo entusiasmo de su juventud en la tarea de la investigación. La Biblioteca Nacional (cuya dirección se le confió el 19 de enero de 1885) era para él una especie de gruta de Fahner, un refugio seguro en el que había enclaustrado su espíritu, conmovido por los principios esquivos de su vida.

Allí, entre los libros y los códices que él mismo había frecuentado anteriormente para concederse solaz, podía repasar las vicisitudes de su larga y tenaz lucha, iniciada en la Escuela Naval de Brest, proseguida en París y luego en la Argentina.

Groussac Paul

Llegó a tiempo para conocer a los protagonistas de los grandes momentos que había vivido y seguía viviendo la nación; pasó a San Antonio de Areco y estudió detenidamente a los gauchos.

Muy pronto iba a participar en acontecimientos memorables. En 1870 se lo nombró profesor de matemáticas en el Colegio Nacional, donde conoció a José Manuel Estrada y a Pedro Goyena, cuya «Revista Argentina» lo aceptó y publicó su primer trabajo: un estudio sobre Espronceda.

Nicolás Avellaneda lo designó profesor en Tucumán, en 1871. Desde allá Groussac enviaba escritos que eran publicados en «La Tribuna». En 1872 volvió a Buenos Aires para intervenir en un congreso pedagógico y en esos días publicó su «Ensayo histórico sobre el Tucumán». Desde entonces alternó su tarea con viajes a Europa, continuó enseñando desde la’ cátedra, publicó artículos sobre Leconte de Lisie, Bacó, Flaubert, Labiche, Pérez Galdós y Daudet.

Ni los cargos públicos, ni los honores, ni las mezquinas pasiones pudieron torcer su modestia. Llegó a nuestra patria como un inmigrante intelectual y aquí dio su batalla, para ganarla sin más armas que las de su voluntad, su competencia y su espíritu de concordia. Groussac nació en Toulouse (Francia) el 15 de febrero de 1848 v murió en Buenos Aires el 27 de junio de 1929.

Cuando la cultura argentina empezaba a tener verdadera trascendencia, allá por 1866, llegó a Buenos Aires, procedente de Burdeos, un joven de dieciocho años, agudo psicólogo a pesar de su temprana edad, orgulloso, afable y hecho con la pasta singular de los trotamundos que no se frpfitwn frente a los obstáculos que surgen en su camino.

El pais y los pueblos del Plata estaban en crisis. La guerra del Paraguay sometía a la nación a una dura prueba, sobrellevada con entereza por un pueblo que luchaba entre el  rancio  linaje   colonial  y  la  pasión  revolucionaria  del movimiento de Mayo.

No resultaba fácil penetrar en el carácter mismo de los hombres, así ocupados en un quehacer particularmente americano, pero Groussac lo intentó a pesar de todo, sin conocer siquiera el idioma.

Saturado de verbos latinos y de versos de Racine, se introdujo en el medio arisco y bagual de las pampas, entre los campos apenas desbrozados cuya rudeza casi indómita descendía a los pies bajo la iracunda porfía de los malambos.

La dilatada llanura, que tanta sugestión ejerció sobre ciertos viajeros cultos, tuvo en él un sentido excepcional; su conocimiento de los caracteres abarcó desde el orden vernáculo al orden ciudadano; durante más de cuarenta años organizó sus ideas enraizadas en el espíritu criollo; polemizó, trabajó con entera dedicación en la cátedra, en los círculos literarios y en los medios cultos de aquella sociedad, llegando a ser uno de los más notables historiadores argentinos.

Para expresar su mensaje, hubo de estudiar concienzudamente la formación de su vocabulario. No existían imposibles para su pasión de sembrador, de manera que se aplicó a la empresa con tanto entusiasmo que logró xm castellano de transparencia poco común.

Aquella generación de talentos, entre quienes figuraron Sarmiento, José Manuel Estrada, Pedro Goyena y Nicolás Avellaneda, reconoció los méritos de Groussac, señaló su esfuerzo, lo situó entre los valores más auténticos de la literatura rioplatense y la historiografía nacional.

Paul Groussac cultivó la poesía, la novela, la historia, la crítica y el ensayo político; creó entre nosotros el método de la crítica histórica y, por herencia francesa, usó giros sintéticos y precisos para llegar a la belleza y a la claridad de su prosa, verdadero ejemplo de estilo.

Como historiador e investigador publicó «Ensayo histórico sobre el Tucumán» (1882); «Ensayo crítico sobre Cristóbal Colón» (1892); «Santiago de Liniers» (1907); «Mendoza y Garay» (1916); «El Congreso de Tucumán» (1916); y «Estudios de Historia Argentina»  (1918).

En el género de la biografía escribió «Los que pasaban» : 1919), con semblanzas de Estrada, Avellaneda, Goyena, Pellegrini  y  otros. Las cataratas del Niágara en invierno, cubiertas por la nieve, dieron inspiración a sus páginas autobiográficas «Del Plata al Niágara»  (1897). «Fruto vedado» (1884) y «Relatos argentinos» (1922), son sus libros de imaginación.

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