Historia de la Educación Cristiana Características, Principios y Objetivos



Historia de la Educación Cristiana
Características, Principios y Objetivos

Sentido fundamental. — El rasgo dominante de toda la educación cristiana es la importancia que toma la figura de Cristo como modelo y maestro de la vida humana. Por su simple imitación, el hombre puede aproximarse a las perfecciones espirituales que posee la divinidad (educación cristocéntrica).

Para lograr este desarrollo sólo se pide una cosa: estar unido a Cristo. Ningún saber y ningún hacer humano tiene valor alguno si están separados de Jesús.

Con la aparición del cristianismo la educación alcanzó un nuevo carácter religioso y moral, que determinó una reforma integral en el individuo y en la sociedad.

Desde el punto de vista filosófico, el Evangelio proponía un nuevo concepto del hombre y de su destino. Dios había creado al hombre, en un acto de amor, a su imagen y semejanza. Por lo mismo, Dios es el Padre de todos, y todos los hombres son sus hijos y tienen el mismo destino: la patria celestial. Entre sus muchas enseñanzas, Cristo expresa estas ideas en una oración: Padre nuestro que estás en los cielos.

El amor de los hijos al Padre se pone de manifiesto por la obediencia que el hombre tiene a sus mandamientos, particularmente por el segundo: amar al prójimo. El amor, la charitas hacia Dios y el prójimo es el elemento más característico de la vida cristiana. De este mandamiento brotan los principios de igualdad y de fraternidad humana.

Por otra parte, para el cristianismo la vida religiosa es un hecho interior, es una conquista, una reforma moral. La transformación espiritual que se exige al cristiano no se realiza en las demostraciones exteriores sino en las profundidades de la intimidad: “el reino de Dios —dice Jesús— está dentro de vosotros”. Sólo es necesario transformar las intenciones, los pensamientos, los afectos en valores que sirvan para la salvación eterna. “De qué le aprovecha al hombre el mundo entero si después pierde su alma. ..”

Esta transformación la puede alcanzar cualquier hombre mientras posea contra el orgullo vanidoso, la pobreza de espíritu y la sencillez de corazón. Pero el cristianismo no desprecia la perfección de las obras humanas. Todas las producciones del hombre, su trabajo, su arte, su técnica, todo puede contribuir a su perfección interior. Todo es vuestro, dice el apóstol san Pablo, sea el Mundo, sea la Vida, o Muerte, o Presente o Futuro, todo es vuestro.

En este sentido, al despertar la confianza en las propias fuerzas espirituales, al reconocer a los hombres la libertad para cooperar en la realización de su propio destino, el cristianismo dio un valor insustituible a la persona humana.

Nuevos ideales educativos. — Fundándose en estos principios, el cristianismo determina una renovación educativa cuyos principales rasgos son:
a) Dio una idea clara de las relaciones del hombre con Dios y con sus semejantes. Los hombres, hijos todos de Dios, alcanzan su perfección teniendo como modelo al Padre celestial: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos”. Pero este perfeccionamiento no debe ser solamente individual, sino también social, de tal modo que llegue a toda la familia humana. La educación se convierte entonces en un acto de amor.

b) Ha mostrado cuáles deben ser las relaciones educando-educador. De acuerdo con la ley del amor, el maestro cristiano tiene que considerar al discípulo como un hermano, como un alma que tiene necesidad de ayuda para desarrollar plenamente su personalidad, para actuar con miras a su propio fin.

El educador no debe desempeñar su propia tarea con la ambición de dominar, pretendiendo imponerse desde fuera. El educando es un espíritu libre e inmortal que posee en sí la razón de su ser. Por eso el educador debe respetar su personalidad como cosa sagrada e inviolable.

La obra educativa tiene lugar entre espíritus, libres, y debe ser interpretada como una misión en la que,el maestro se introduce sinceramente para encender en los corazones y en la inteligencia la luz más viva de la espiritualidad.

c) Ha fijado la verdadera noción de libertad. El Evangelio nos asegura que el hombre es libre y que puede, esforzándose y con la ayuda de Dios, perfeccionar su libertad hasta llegar al estado perfecto que disfrutó antes de la caída original. Esta concepción abre a los hombres la perspectiva de un progreso, dependiente de su esfuerzo voluntario, y siembra por doquier el optimismo educativo, ya que el culpable puede regenerarse.

d) Ha perfeccionado el sentido de la actividad humana. Con el cristianismo los actos humanos han adquirido un significado más íntimo, un mayor sentido de la caridad, una mayor pureza de intención y una disposición más activa de la voluntad. El ideal es la perfección. “Sed perfectos como lo es vuestro Padre Celestial”, dijo Jesús. Para alcanzarla no es necesario desprenderse de todos los bienes materiales, ni oponerse a las exigencias del cuerpo, ni a las ciencias, ni a las leyes emanadas del poder público. El cristiano se adaptará a los progresos, y los secundará, depositando, por sobre todo, su confianza en la victoria definitiva del bien y de la caridad.

Jesús educador. — Cristo fue invocado por las multitudes con el nombre de Maestro; fue maestro por excelencia, tanto en la doctrina como en el método. Su programa educativo es simple y sublime al mismo tiempo.

Jesús ama con ternura a los niños, exalta su dignidad y recuerda con insistencia el respeto que merecen, lanzando los más terribles anatemas a cuantos por sus actos o palabras los pervierten.



cristo y sus fieles

Cristo Educando a sus Fieles

La enseñanza de Jesús se desarrolla también según un método didáctico original. Él es el Maestro que fascina a los hombres. Sus enseñanzas son expuestas con el método directo, intuitivo. Expone sin términos obscuros incomprensibles para las mentes no preparadas de los que lo escuchan. Se sirve del diálogo y de esos ejemplos, tan sencilios como fecundos, que son las parábolas. Es ciertamente el maestro que desciende al nivel intelectual de los alumnos. Su pedagogía es gradual. Nunca cae en precipitaciones. “Tengo muchas cosas aún que deciros, pero por ahora no estáis en aptitud de comprenderlas”. Arroja la semilla y espera que germine y fructifique.

Como todo genial educador, posee Jesús en alto grado el arte de interrogar, de exponer, de excitar el interés de los discípulos. Sus coloquios transcurren siempre en un ambiente de incomparable simpatía. Es digno, severo, paciente, a tenor de las circunstancias y de los interlocutores. Sus enseñanzas tienen un dejo de autoridad: “Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. . . Todo poder me ha sido dado”, aunque lo ejerce de modo suave, dulce. En fin, como maestro perfecto, fortalece su doctrina y autoridad con el ejemplo de su vida y de su muerte.

La Iglesia primitiva y la educación. — Si bien en los primeros siglos la Iglesia fundada por Cristo no contó con escuelas, el ejemplo del Maestro la convertirá en dispensadora de una nueva educación religioso-moral. Desde entonces la educación se mantuvo como una de las preocupaciones más constantes del cristianismo. Sus enseñanzas, que prácticamente proclamaban el valor esencial de las leyes del amor, transformaron a los hombres y produjeron una revolución en las actividades educacionales.

Para el cristianismo, la institución de la familia fue el medio natural donde se debía formar el alma del niño. Los padres cristianos no podían abdicar esta responsabilidad en los maestros; se sentían impulsados a desarrollar una acción doctrinaria viva y eficaz respecto a sus propios hijos. El mismo apóstol San Pablo había proporcionado consejos a los padres sobre el modo de educar a los hijos.

Para difundir la doctrina, la Iglesia empleó como procedimiento inicial la catequesis (instruir por medio de preguntas y respuestas) y aplicó la palabra catecúmeno a la persona que se instruía en religión. El catecumenado era el período de instrucción anterior al bautismo, por el que debían pasar los adultos que deseaban hacerse cristianos.

La catequesis se impartía, según las circunstancias, tanto en los palacios de los ricos convertidos como, cuando las persecuciones, en las catacumbas (subterráneos de los alrededores de Roma donde se enterraban a los mártires y se celebraba culto) y alcanzaba a toda clase de personas, hasta los esclavos. En Alejandría, Panteno, hacia el año 180, formó la primera escuela para la formación de catequistas.

DOCTRINA Y ACCIÓN EDUCADORA DE LA PATRÍSTICA

El Evangelio fue extendiéndose rápidamente en el mundo griego y latino entre los humildes como entre los intelectuales. La doctrina que se transmitía, muchas veces daba lugar a variadas interpretaciones; esta situación impuso la necesidad de fijar en un cuerpo las enseñanzas de la nueva religión.

La tarea correspondió a ciertos clérigos o escritores que por su sabiduría y virtud fueron denominados Padres de la Iglesia. Ansiosos de explicar o defender la nueva fe, redactaban instrucciones en forma de cartas o exhortaciones o escribían tratados, ya para exponer simplemente la doctrina, ya para explicar filosóficamente los principios revelados (teología).

En general, su principal preocupación fue explicar las verdades cristianas conciliándolas con la filosofía y los métodos de la cultura antigua. La realización de tan importante tarea fue lenta y se extendió hasta el siglo V. La obra doctrinal de este período de la historia del cristianismo se denomina la patrística.

En materia de educación, la obra principal de los Padres de la Iglesia fue la conciliación entre la literatura pagana que se enseñaba en las escuelas con la doctrina religiosa y moral de los cristianos.

En el proceso de dicha conciliación se pueden distinguir distintas posiciones entre los diferentes doctores de la Iglesia, pero en general procuraron valerse de los elementos aprovechables de la cultura clásica para la formación intelectual de los cristianos. El primero que se ocupó del problema fue Tito Flavio Clemente (Clemente Alejandrino, muerto en 215), que fue maestro de la escuela catequística de Alejandría.

Como acudieran a sus clases personas de cultura que aspiraban al bautismo, procuró demostrarles la superioridad del cristianismo. Para ellos escribió varios tratados, destacándose El pedagogo, que contiene una didáctica completa y reseña todo lo que el cristiano debe hacer para ser digno de este nombre. La pedagogía es la conducción del hombre; por eso Cristo es el verdadero pedagogo de la humanidad.

Clemente, que había recibido educación pagana, conservó después de su conversión un gran amor por la cultura clásica, del mismo modo que San Basilio, obispo de Capadocia, que en su discurso A los jóvenes, sobre el modo de estudiar con provecho a los escritores paganos sostiene que la filosofía debía de considerarse como un estudio previo al conocimiento de la ciencia de Dios o teología.

En el primer momento esta posición de conciliación fue rechazada, debido a la corrupción moral que imperaba en la sociedad romana, pero gran parte de los convertidos no podían olvidar que ellos mismos habían sido educados en la literatura pagana y que a veces esa misma literatura les había ayudado a ser cristianos. San Basilio había sido profesor de retórica, Clemente fue filósofo platónico, san Ambrosio sabía a Virgilio como cualquier erudito romano, san Jerónimo conocía y se deleitaba en la lectura de Cicerón.

De aquí que hubo entre los Santos Padres muchos que consideraron indispensables el estudio de los clásicos. A este respecto se hizo famosa una comparación: así como los israelitas al salir de Egipto se llevaron consigo los vasos de oro de los egipcios, así los cristianos podían apoderarse legítimamente de los vasos de oro de la cultura antigua, pero repudiando su contenido pagano. Más tarde, cuando escasearon las escuelas de retórica y gramática, la Iglesia hizo florecer estos estudios en sus propios monasterios. De este período recordaremos dos vigorosas personalidades: San Jerónimo y San Agustín.

San Jerónimo (340-420). — En la historia de la educación, san Jerónimo representa la transición entre la educación impartida a los cristianos con los textos de los literatos paganos y los nuevos ideales f ormativos que brotaron del Evangelio. (ver Biografía de San Jerónimo)

Nacido en Dalmacia, de familia patricia, estudió en Roma bajo la dirección del célebre gramático Elio Donato. Después de una grave enfermedad se retiró a un desierto de Siria y allí vivió como ermitaño. El Papa Dámaso lo llamó a Roma y le confió su secretaría. Pero sus ansias monacales lo llevaron de nuevo a Oriente y se estableció en Belén, donde permaneció hasta su muerte.

Su nueva vida fue admirablemente fecunda. Reunió los materiales para una gigantesca empresa literaria que él mismo realizó: la versión al latín de los textos griego y hebreo de la Biblia. Esta traducción, texto oficial de la Iglesia, es conocida con el nombre de Vulgata. También fundó dos monasterios, uno para varones y otro para mujeres. A su lado estableció escuelas para niños, donde enseñaba la religión y los clásicos latinos.

En muchos textos se mencionan dos Cartas de san Jerónimo, que no creemos tengan mayor importancia para nuestra historia. Ambas están encaminadas a señalar orientaciones en la formación de dos niñas destinadas a la vida monástica. Una está dirigida a Leta, matrona romana, sobre la manera de educar a su hija Paula, y la otra a Gaudencio, sobre la educación de la pequeña Pacátula.

Lleno de amor a la infancia y con un conocimiento claro de sus necesidades, san Jerónimo se apoya frecuentemente en Quintiliano. Junto a expresiones muy delicadas, menciona recomendaciones, didácticas, tales como acostumbrarlas a la lectura mediante el reconocimiento de letras movibles de madersa o marfil; o a la escritura, siguiendo los surcos marcados en tablillas de cera. Para alcanzar satisfactoriamente la vida monacal les señala cómo deben disponer su alma para el rezo del oficio divino mediante la lectura meditada de los Santos Padres y el conocimiento de las Sagradas Escrituras.

El conflicto entre la literatura clásica y el cristianismo aparece narrado en un sueño que tuvo en 374. “Parecíale estar muerto; su juez le preguntó: ¿quién eres?, y respondió: un cristiano. Entonces oyó que su conciencia le repetía esta terrible sentencia que tanta influencia ejerció sobre las sucesivas generaciones: Es falso, no eres cristiano, eres un ciceroniano; donde está tu tesoro (la literatura), allí está tu corazón.” A pesar de ello, nunca pudo desprenderse de su amor a las letras clásicas. En Belén, en la escuela junto a su monasterio, comentaba a los poetas latinos y de manera especial a Virgilio.

De ahí que san Jerónimo, patrono de los traductores, según lo reconoce el Renacimiento, ocupe un lugar destacado por haber sido el promotor del estudio de las lenguas latina, griega y hebrea como instrumentos para el conocimiento de la Escritura, de la misma manera que san Agustín provocó la sustitución de los textos de los literatos paganos por los cristianos. Si no insisten en reconocer las bondades de la educación clásica es porque la juventud ordinariamente la recibía. Esto se entenderá mejor si tenemos presente que en los siglos siguientes, cuando falten las escuelas de los gramáticos y retóricos, serán los monjes los que acogerán los textos literarios dg, cultura clásica en sus monasterios.

Ver También San Agustín

La Educación Cristiana en los Monasterios:
El monasticismo. A los primeros educadores cristianos correspondió la tarea de conciliar la cultura de la antigüedad con la doctrina cristiana. A los nuevos educadores de la Edad Media, los monjes, correspondió, tras ardua y difícil labor, conservar la cultura heredada y transmitirla a las futuras generaciones. Muy bien se puede afirmar que la cultura latina hubiera desaparecido para siempre, si no fuera por el heroísmo anónimo y silencioso de los monjes. Cuando desaparecieron las escuelas profanas, herederas de la antigüedad, las escuelas monásticas fueron los únicos instrumentos transmisores de la instrucción.

claustro en los mansterios

La palabra monje (del griego moñacos, solitario) designaba desde el siglo IV a los que, siguiendo los consejos de perfección que Cristo había dado en su Evangelio, abandonaban las ciudades para establecerse en lugares desiertos y entregarse a la contemplación de Dios y a la práctica de las virtudes cristianas. Ejemplares insignes de monjes fueron san Pablo, primer ermitaño, y san Pacomio, que dio las primeras reglas. Sus numerosos discípulos poblaron los desiertos de la Tebaida en Egipto.

Estos solitarios pronto mostraron tendencia a reunirse en edificios llamados monasterios donde, sin abandonar su vida de retiro y meditación, ejecutaban en común las comidas y la oración. El ejemplo se propagó por Occidente, y se fundaron monasterios en Francia, España, África e Irlanda. Mas faltaba unidad entre sus reglas. Unas eran excesivamente rigoristas, otras eran susceptibles de varias interpretaciones.

Tocóle a san Benito uniformar las normas monacales. Pertenecía a una antigua familia romana y fue educado en aquel sentido de gobierno y de sabia apreciación de la justicia que antaño habían dado grandeza a Roma. Lo que sus antepasados aplicaron al gobierno del mundo, Benito lo aplicó a la vida monástica. Su Regla, modelo de sencillez, establece una forma de vida más humana, más llevadera y a la vez más holgada y práctica que las reglas anteriores. Por eso la adoptaron todos los monasterios de Europa. San Benito define al monasterio como una escuela del servicio de Dios, señalando así la alta función educadora que inviste la institución.

Las escuelas monásticas poseyeron un conjunto de dispositivos educacionales para alcanzar sus finalidades civilizadoras. Poco a poco, ampliaron sus trabajos, hasta absorber todo el contenido formativo: las primeras letras, las artes liberales, la lectura de autores, la teología, incluyendo dentro de su acción a ciencias especiales, tales como medicina, arquitectura, etcétera.

La escuela monástica se dividió en escuela interior (schola claustralis), para los niños destinados a continuar la vida monacal, y la escuela exterior (schola canónica), para la juventud encaminada a las profesiones del mundo.

Su acción, muy limitada desde el punto de vista didáctico, fue extraordinaria por su papel civilizador. Su actividad sirvió para mantener un plan de estudios: las siete artes liberales, fundamento de todos los estudios superiores, y para proveer, a los centros alejados de la vida cultural, de maestros e instructores en agricultura, oficios manuales, artes, ciencias, etc.

Primitivamente, todos los monjes cultivaban la tierra con sus propias manos y trabajaban en los talleres. Más tarde, los que se dedicaban al estudio abandonaron los trabajos serviles, que quedaron a cargo de los legos, quienes hacían votos y vestían el hábito, pero no tenían estudios ni habían recibido órdenes sagradas. El buen monje estaba siempre alegre en sus estudios o en su trabajo. Hubo monasterios que fueron auténticas escuelas normales. Los monjes benedictinos, esparcidos por todos los países, constituyeron focos aislados de cultura en medio de las densas tinieblas de aquellos tiempos.

San Benito impuso a sus monjes la obligación del trabajo, y les exhortó al estudio de las letras sagradas. Por esos tiempos hubo un contemporáneo, el ilustre hombre de Estado romano Casiodoro, que fundó un monasterio en Calabria, ejercitó sus hombres en el estudio y les exhortó vivamente a ocuparse de la copia de libros. Así vinieron a ser los monasterios las sedes de la cultura. Casi todos contaban con una estancia contigua a la iglesia —scriptorium—, destinada a la copia de los libros.

Los monjes dedicados a esa labor empezaban su trabajo al amanecer y, salvo las horas de oración y de descanso, lo dejaban al caer la tarde. Los monjes preparaban las pieles para hacer el pergamino, fabricaban las tintas y los colores para iluminar las miniaturas con que se embellecían las iniciales, y cortaban las plumas de caña y de ave. Todo tenía que elaborarse dentro del recinto monástico.

Con razón decía un viejo refrán: “Monasterio sin biblioteca es como un castillo sin sala de armas”. En los castillos se fabricaban y arreglaban las armas; en los monasterios se confeccionaban y escribían los libros, que eran las armas de los monjes.

Así se elaboraron los libros durante siglos y siglos, hasta que, al declinar la Edad Media, comenzaron a surgir copistas laicos, especiaimente al servicio de los reyes y príncipes y de las universidades. Los monjes salvaron, de este modo, la cultura antigua. Porque no se limitaban a copiar la Biblia, sino que frecuentemente transcribían los libros de los grandes escritores de la antigüedad: Virgilio, Cicerón, etc.

Ellos impidieron la interrupción de la tradición manuscrita hasta el siglo XV, en que apareció la imprenta. Cuando en este siglo, la tradición manuscrita latina, transmitida por los monjes, se reúne con la griega conservada en Bizancio, la antigüedad clásica reaparecerá de nuevo en toda su plenitud ante los ojos admirados de las gentes. Habrá llegado entonces la hora del humanismo, que jamás hubiese sonado sin la labor paciente y entusiasta de los monjes medievales.

Los benedictinos no fueron tan sólo escritores y copistas. Actuando como verdaderos herederos de la civilización latina, llevaron a muchos países la acción civilizadora de Roma, las primeras formas de la vida social y de la organización civil. Así el abad san Agustín de Canterbury predicó el cristianismo en Inglaterra, Wilfrido de York sembró la primera semilla en los Países Bajos, san Bonifacio en Alemania, san Martín de Tours en las Galias.

Ver: Vida en los Monasterios     Ver: Las Universidades Medievales

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –





OTROS TEMAS EN ESTE SITIO



Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *