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San Jerónimo, traducir la Biblia al latín, y morir en una gruta en Belén

Una de las almas más gloriosas del siglo IV, por la práctica de todas las virtudes y su poderosa fortaleza intelectual, puesta al servicio de la Iglesia triunfante, fue la de San Jerónimo, cuyo nombre se vincula a la traducción al latín del Antiguo y Nuevo Testamento, aparte muchísimos comentarios sobre el mismo tema.

Asceta y erudito, eremita y peregrino por los caminos del Señor, se desprende de su persona una poderosa irradiación que la posteridad ha sabido apreciar y recoger en todo su valor.

Dícese que en su niñez fué un estudiante mediano. Pero según parece ser, esto fue debido a que su primer maestro en Estridón, lugar cercano a Aquileya, donde Jerónimo había nacido hacia 347, empleaba un sistema pedagógico, basado en normas de dureza, que desagradaba y amilanaba a nuestro niño; ya que cuando a la edad de doce años, sus padres, gente acomodada de la aristocracia senatorial, le enviaron a Roma a proseguir sus estudios en la escuela del gramático Elio Donato, se despertó en su corazón un vivísimo afán literario.

Donato le dio una formación gramatical poco común, que luego consolidó en sus estudios retóricos, realizados probablemente con el africano Mario Victorino. Leyó y profundizó en Virgilio y Cicerón, en Plauto y Salustio, en Tito Livio y Quintiliano, de modo que a poco adquirió tal destreza en el manejo del lenguaje que nadie como él se acercó tanto en su época al estilo de los clásicos.

Pero a la vez que cobrara soltura de pluma y erudición literaria, su espíritu empezaba a buscar otras derivaciones, mucho más elevada.

Su Biografía…

Jerónimo (342-420) estudio en Roma, e inmediatamente mostró su gran capacidad en la gramática, retórica y el dominio del latín, griego y hebreo.

Sin embargo en 372 prefiere marcharse a Oriente para convertirse en eremita.

Así se establece en Antioquia, lugar donde escribe sus primeras obras y tiene un impresionante sueño en el que se ve llevado ante el tribunal de Cristo, siendo este en persona quién le acusa de ser más ciceroniano que cristiano, por ello es severamente azotado, y Jerónimo promete no volver a leer literatura pagana, promesa que cumplió a medias.

Tras este incidente onírico se trasladó al desierto de Calcidia, donde practica oración y penitencia. Aprovecho su estancia en estos lugares para recoger manuscritos que fueron agrandando su biblioteca.



Es en esta época de su vida cuando traduce al latín 39 homilías de Orígenes por el que siente gran admiración.

En el año 385 regresa a Roma, donde procede a revisar la traducción latina del Nuevo Testamento. Así verterá el Antiguo Testamento del hebreo al latín, versión que se denomina Vulgata. Jerónimo decía que: «… ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría.»

Sin embargo, tiene problemas en Roma y arremete contra el clero de esa ciudad, lo que le obliga a huir a Belén, aposentándose en una gruta, lugar en que permanecerá los últimos 34 años de su vida.

En el 386, Belén, cerca de la cueva de la Navidad crecen dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, éste formado a base del núcleo primitivo de sus discípulas romanas.

Allí permanece Jerónimo el resto de su vida, y es en este lapso de tiempo que, entre la oración y la penitencia, traduce la Biblia partiendo de los mejores textos que conoce.

En su obra no le acompaña la conformidad de muchos santos doctores de la Iglesia; el mismo San Agustín no ve sin recelos una traducción directa del hebreo. Pero Jerónimo no vacila. Prosigue en su labor escriturística y lega a las iglesias un texto que, difundido por todas partes con el nombre de Vulgata, mereció ser consagrado por el concilio de Trento más de mil años después.

Al mismo tiempo que escribe y cuida el rebaño de sus ovejas, polemiza con amigos y adversarios, con Rufino, que le acusa de ser partidario de Orígenes; con Joviniano, quien desprecia las mortificaciones ascéticas, y con los pelagianos. Estos llegan a saquear sus monasterios de Belén.

Los últimos años de su vida son poco felices: la muerte va segando sus mejores amigos. Cuando, se entera del saqueo de Roma por Alarico (410), ha de interrumpir por algún tiempo sus obras de erudición bíblica; tal es el doloroso golpe que recibe en su romanidad. Sin embargo, Jerónimo no se doblega ante los hechos aciagos. De él es el futuro; de él y de su Iglesia.

Cuando muere, el 30 de septiembre de 420, puede confiar en la recompensa que el Altísimo y los humanos tributarán para siempre a sus desvelos, a su piedad y a su robusta labor de renovación bíblica.

Fue enterrado bajo la iglesia de la Natividad en el mismo Belén, para ser trasladado posteriormente a Santa María la Mayor de Roma.



Jerónimo está considerado el más grande erudito entre los escritores latinos de la antigüedad cristiana, solo comparable a San Agustín. Su fiesta se celebra el 39 de septiembre.

Es considerado Padre de la Iglesia, uno de los cuatro grandes Padres Latinos.

Fuente Consultada: Los Santos Que Nos Protegen

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