Historia del Cid Campeador Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar



Historia del Cid Campeador
Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar

Rodrigo Díaz de Vivar fue el guerrero castellano medieval que pasó a ser conocido por la historiografía, la literatura y la leyenda como El Cid, o también como El Cid Campeador. Gran caballero castellano. Símbolo de la hidalguía, de la valentía heroica y caballeresca. Dotado de un profundo sentimiento cristiano-español. Protagonista de la mejor poesía épica castellana con vigencia inclusive hasta fines del período romántico.

Inspirador de incontables poemas, obras dramáticas, historias, ensayos, crónicas…  Sirvió a los reyes cristianos Sancho II y Alfonso VI, pero también al rey taifa musulmán de Zaragoza. Impidió la expansión almorávide hacia Aragón y Cataluña conquistando y dominando Valencia. El Cantar de mío Cid, del que es su protagonista, escrito probablemente hacia 1207, es el paradigma de la épica castellana medieval.

Durante siglos se creyó que el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, fue un personaje «inventado» por poetas juglares para protagonizar gestas admirables en la historia de Castilla. ¿Por qué tal creencia? Seguramente porque el primer testimonio que se tuvo del Cid fue el llamado Cantar o Poema de Mío Cid, escrito hacia el año 1140 y conservado en copia realizada —1307 — por un tal Per Abat, en códice encontrado y publicado — 1779— por don Tomás Antonio Sánchez. ¿Cómo pensar que el héroe casi fabuloso de un poema pudiera tener vivencias de la máxima realidad?. Pues indiscutiblemente las tuvo.

Vivió y fue un gran caballero y guerrero castellano, según fueron atestiguando importantes documentos : la Gesta Roderici Campidocti, conservada en la Real Academia de la Historia; las Crónicas del «Tudense» y del arzobispo don Rodrigo; los Anales Compostelanos, y, sobre todo, como paradoja sensacional, los testimonios de los cronistas árabes de la época, todos ellos ordenados por don José Antonio Conde en su Historia de los árabes en España.

Por supuesto, tanto Ben Bassam como Bel Alcama, igual Ben Alcardabús que Al Maccarí, si bien testimoniaron, indubitables, la existencia del Cid, no le atribuyeron las grandes virtudes del guerrero castellano, sino las crueldades y piraterías «de todos los perros cristianos». Admitida ya, irrefutablemente la existencia histórica de Rodrigo Díaz de Vivar, a quien precisamente los cronistas árabes dieron el nombre de sayyid o sidi, señor de las batallas, es necesario sólo, para referirse a su existencia real, separar de ésta lo que fue fabulario añadido por la tradición, por las obras poéticas, es decir, como quien quita de una fruta la cáscara incomible….

rodrigo díaz vivar

Estatua ecuestre del Cid, obra de Juan Cristóbal Burgos. —Estatua ecuestre de indiscutible rango artístico. El escultor ha conseguido una figuración del Cid en neta consonancia con los Cantares de Gesta, con las Crónicas, hasta con los relatos legendarios. Rodrigo  Díaz de Vivar fue guerrero atlante, indomable, audaz, cuyas hazañas se convirtieron en sonoros versos poéticos. Quizás intentando servir más al simbolismo épico que a la realidad cotidiana, al gran escultor contemporáneo y granadino Juan Cristóbal… «se le fue la mano» alargando las barbas y el bigotazo, ensombreciendo el ceño muy cejudo, descomunalizando el espadón.

ESTA ES LA HISTORIA… Movidos por el fanatismo religioso y la avidez del botín, no satisfechos con la conquista de Siria, Palestina, Egipto y el norte de África, los árabes invadieron España, en el año 711, destruyeron el reino de los visigodos y se establecieron en la península. Eran grandes cultores de las artes, la agricultura no tenía secretos para ellos, fueron tenaces colonizadores y supieron mantener unidas todas las poblaciones ibéricas, sobre todo las meridionales.

Cuando la dinastía de los Abasidas sucedió a la de los Ommíadas (u Omeyas), la capital de la metrópoli fue trasladada de Damasco a Bagdad, y los árabes de España, cuyo poder se debía al último Ommíada, fundaron el califato de Córdoba. Se consideraron emancipados del poder central y fundaron califatos   independientes.

Esa división y las discordias surgidas entre los califas fueron aprovechadas por la nobleza española, que inició la reconquista del territorio sometido al dominio de los árabes.



A fines del siglo XI, los reinos de Aragón, León, Castilla y Navarra, estaban en poder de los españoles. Sin embargo, la situación política no estaba muy definida. Del lado árabe, los califas socavaban sus propias conquistas con discordias internas. En cuanto a los españoles, la ambición de algunos señores, ávidos de poder y de riquezas, había alcanzado tal extremo que no titubeaban en aliarse con el enemigo común.

El pueblo ibérico, pese a su anhelo de libertad y al deseo de ser gobernado por soberanos españoles y católicos, no estaba preparado para reaccionar en todo momento contra el extranjero. La reconquista de la península se llevó a cabo mucho más tarde, a fines del siglo XV, por obra de Fernando e Isabel, reyes de Aragón y Castilla.

El triunfo definitivo fue preparado y consolidado por hombres que, en la confusa situación política de entonces, no desistieron de la idea de ganar aquellas tierras para la fe católica y sus soberanos, sin pensar en ventajas personales.

España pasaba por uno de los momentos más difíciles de la reconquista, cuando el Cid, ejemplar y valeroso hidalgo, acometió la empresa de consolidar la incierta situación, y fortalecer, en el soberano y en el pueblo, la voluntad de una patria libre y unida bajo la misma fe religiosa y el mismo cetro.

Es justo, pues, que sus hazañas fueran transmitidas a la posteridad y cantadas por los poetas, quienes hicieron del héroe el símbolo de la cruzada española contra los infieles.

Muchos siglos pasaron. A las escasas noticias históricas de su vida, consignadas en las crónicas latinas de sus contemporáneos, la leyenda ha añadido, con seguridad, buen número de episodios.

Rodrigo Díaz nació tal vez en Vivar, en el año 1043. Pertenecía a familia hidalga y estuvo, en su primera juventud, al servicio de Fernando I, rey de Castilla y Aragón (1033-1065). En esa época parece haber tenido lugar su duelo con el padre de Jimena Gormaz, con quien casó poco después. Tales son, al menos, los hechos que se relatan en la obra de un autor anónimo: Las mocedades del Cid.

En ese cantar se narra que el Cid había matado, en duelo, al conde Gómez Gormaz, que pertenecía al círculo del rey Fernando I; que luego, Jimena, la hija del conde, casó con el matador de su padre, pero que el Cid decidió no reunirse con su joven esposa hasta tanto no hubiera vencido en cinco empresas guerreras.

El episodio, real o imaginario, inspiró al dramaturgo español, Guillen de Castro (1567-1630), una magnífica obra de teatro, que llevó el mismo título del cantar. En ella se inspiró Corneille, uno de los más grandes escritores franceses, para su drama El Cid.

Rodrigo gozó siempre de la plena confianza del rey Fernando. Este dispuso, antes de morir, que su reino fuera dividido entre sus tres hijos y que el Cid estuviera al servicio del mayor, Sancho, rey de Castilla. El deber del vasallo era la fidelidad al soberano y la obediencia absoluta a sus órdenes. No podemos, pues, juzgar culpable la conducta de Rodrigo Díaz, que ayudó a su señor en la lucha contra los suyos. Don Sancho, olvidando la postrera voluntad de su padre, arrebató Galicia y León a sus hermanos y asedió la ciudad de Zamora, que correspondía a su hermana Urraca.



Exilado por Alfonso VI, a raíz de intrigas cortesanas, el Cid se preparó para combatir a los moros. Se despide de su esposa y de sus hijas en el Monasterio de Cárdena. En 1094 el Cid conquistó Valencia y se mostró generoso con los vencidos. Del rey moro le ofrece obediencia y sumisión.

Probablemente, estando en la corte de Sancho, Rodrigo recibió el apodo de Campeador (guerrero) por haber vencido en duelo a un caballero navarro.

En aquellos tiempos, el título de Campeador, prueba de valor guerrero, era más ambicionado que cualquier otra distinción motivada por la sabiduría o la ciencia. Mas llegó para Sancho el momento de la expiación y, al pie de las murallas de Zamora, recibió muerte de mano del traidor Bellido Dolfos.

El Campeador, cumpliendo con el deseo de Sancho,arrepentido en su último momento, se puso a las órdenes del segundo hijo  de Fernando I, Alfonso, quien, en el año 1072, reinó sobre León y Castilla con el nombre de Alfonso VI.

Según refiere la tradición, Rodrigo exigió, antes de prestar juramento de fidelidad a su nuevo señor, que éste declarara no haber tenido parte alguna en la muerte de Sancho. El episodio aparece relatado en las crónicas con acentos dramáticos. Después del solemne juramento de Alfonso en la Catedral de Burgos, Rodrigo exclamó: «Si juráis en falso, Dios permita que seáis asesinado por un traidor que sea uno de vuestros vasallos, así como Bellidos Dolfos era vasallo de don Sancho, mi señor.»

En la corte de Alfonso VI, Rodrigo Díaz no gozó del afecto y de la estima que merecía. El monarca prestaba con facilidad oídos a las calumnias de los envidiosos. En 1081 se lo acusó de haber guardado para sí parte de los tributos que el califa de Granada debía a su soberano. Condenado al destierro, salió de Castilla en compañía de algunos parientes y amigos fieles, y llevó una vida errante, más allá de las fronteras. Aquí comienza el período más heroico de la vida del Campeador que bien mereció el nombre de «héroe de la reconquista».

Sin rencor hacia su soberano, y reconociéndolo siempre como tal, el Cid, a la cabeza de sus modestas fuerzas, luchó sin cuartel contra los árabes, más conocidos con el nombre de «moros», que habían invadido el sur de la península ibérica.

Con fuerzas numerosas y aguerridas, mandados por miembros de la belicosa dinastía de los Almorávides, los musulmanes pusieron en serio peligro al reino de Alfonso VI quien, sin la ayuda del Campeador, difícilmente hubiera podido hacerles frente.

Rodrigo no abandona a su soberano, se transforma en el defensor del reino, derrota a los moros, y recibe la honda veneración de las poblaciones españolas liberadas y hasta el respeto de los propios enemigos.

La causa de Castilla se hermanaba y confundía con la del cristianismo ibérico. Amigos y adversarios empezaron a llamarlo Cid (del árabe sidi = señor), y su fama quedó consolidada cuando, en el año 1094, conquistó Valencia y todo el territorio adyacente. Esa resonante victoria le valió la benevolencia del rey Alfonso VI quien, al tomar posesión de la ciudad, le demostró su agradecimiento disponiendo que sus dos hijos, el infante Ramiro de Navarra y Raimundo, conde de Barcelona, se casaran con Cristina y María, hijas del Campeador, a quienes en el poema se dan los nombres de Doña Elvira y Doña Sol.



Más tarde, Rodrigo y sus guerreros notan que los infantes dan muestras de cobardía ante el enemigo. Los dos jóvenes, por su parte, sienten el desprecio de que son objeto y deciden un día regresar a sus tierras. Con la mezquina intención de ofender al Cid, abandonan en el bosque a sus esposas después de haberlas golpeado. El padre, ultrajado, pide justicia al rey, y los infantes deben comparecer ante las Cortes de Toledo para dar cuenta de su deleznable y cobarde actitud.

El héroe falleció en Valencia, en el año 1099. Según la tradición, sus restos descansan en el Monasterio de San Pedro, en Cárdena.

Las crónicas españolas e islámicas que narran los últimos años de la vida del Campeador, lo presentan como un guerrero leal y generoso, convencido de la nobleza de su empresa y siempre magnánimo con los vencidos.

Un poeta español, con lenguaje sencillo y tosco, nos ha dado el retrato más humano y auténtico del Cid Campeador. El cantar de mio Cid, de autor anónimo, es un poema de 3.735 versos. Sólo se conserva un manuscrito del siglo XIV, y lleva el nombre del copista, Per Abat. El poema se divide en tres partes: el exilio del Cid, la conquista de Valencia, y, finalmente, las bodas de las hijas del Campeador y la ofensa inferida por sus esposos.

En ese relato resalta, sencillo y claro, el carácter de Rodrigo Díaz de Bivar: valor, piedad religiosa, amor a la familia y fidelidad a su soberano. Esas cualidades morales, además de su aporte efectivo a la reconquista española, hacen del Cid Campeador un héroe digno de sobrevivir en el recuerdo de todos los hombres.

Para concluir, citaremos un hermoso pasaje de Las mocedades de mio Cid, de Guillen de Castro; el relato del desafío, que termina Rodrigo diciendo:

«Y mi espada mal regida
te dirá en mi brazo diestro
Que el corazón es maestro
De esta ciencia no aprendida. 

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo V Editorial Larousse – Historia: El Cid Campeador –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft
Historia Universal de la Civilización  – Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

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