Vida de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y La Sierra del Plata en Asuncion



Alvar Nuñez Cabeza de Vaca – La Sierra del Plata Irala Asunción de Paraguay

Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1507-1559) era un hombre dotado de un físico excepcional.

En Tampa (Florida) iniciaron la marcha en busca de la fabulosa Apalacha  con 300 hombres y 40 caballos.

Pronto se acabó la ración de un kilo de galleta y cuatro de tocino por hombre y el hambre se hizo sentir.

Después de pasar por la actual ciudad de Galveston en unos lanchones, y por haber muerto la mayoría de los expedicionarios, Cabeza de Vaca, acompañado de dos españoles y el esclavo Estebanico inició un viaje de once mil kilómetros a pie, que duró ¡nueve años!

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca - La Sierra del Plata Irala Asunción de Paraguay

Después de increíbles a venturas llegó a la costa del Pacífico en 1536 y fue llevado a la ciudad de México, donde el virrey Mendoza lo agasajó.

Por largo tiempo no pudo soportar el roce de la ropa sobre el cuerpo, ni dormir en una cama, acostumbrado durante años a vivir con los indios.

En 1540, de regreso ya en España, capituló con el rey y fue nombrado Adelantado del Río de la Plata. Arribó en marzo de 1541 a la isla de Santa Catalina, y al frente de 250 hombres (de los cuales 26 montaban caballos), emprendió otra increíble caminata para llegar a Asunción, meta de su viaje

Como Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Sucede a Mendoza en el adelantazgo Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de 40 años, que alcanzó fama luego de su temeraria exploración por la Florida (mas arriba) y que, en la opinión de su cesárea majestad, era el hidalgo indicado y de recursos suficientes para colmar la necesidad de armas, municiones, ropas, vituallas y otras urgencias que tenían los españoles del Río de la Plata.

Luego de una escala en Santa Catalina, tomó la importante decisión de continuar por tierra el viaje al Paraguay.

Una parte de la gente retomó la travesía en las naves al mando de su primo Pedro Estopiñán Cabeza de Vaca, mientras que Alvar Núñez lo hizo a través de la selva, pues pensó que así resultaría más corto.

Al frente de doscientos cincuenta soldados, veintiséis caballos e indios aliados inició, en octubre de 1541, la histórica marcha de más de mil kilómetros.

La expedición —en la que también se encontraban cuatro audaces mujeres: Juana Núñez, Ana de Salazar, Luisa de Torres y Juana Méndez— pasó por toda clase de dificultades y peligros, atravesando selvas intrincadas, serranías de difícil acceso y cruzando pantanos y ríos caudalosos para los cuales llegaron a levantar en un mismo día «diez y ocho puentes».

Alvar Núñez Cabeza de Vaca llegó a Asunción y fue recibido por Domingo Martínez de Irala, que, ante tan inoportuno arriba, pues Irala se aprestaba a intentar una entrada al Chaco en busca de la Sierra de la Plata, cuando llegó en 1542, Alvar Núñez Cabeza de Vaca como segundo adelantado del Río de la  Plata.

El nuevo funcionario había actuado en la Florida; entre sus hombres llegó a estas tierras Felipe de Cáceres enemistado con el Adelantado.

Desembarcaron en Santa Catalina y continuaron por tierra hasta Asunción, siguiendo la ruta de Alejo García.

La marcha fue penosa, en muchas ocasiones debieron cruzar selvas y ríos caudalosos, tratando de granjearse la amistad de los pueblos indígenas que encontraban a su paso.

Al llegar Alvar Núñez a Asunción, Irala le entregó el mando.

Pronto se formaron dos bandos: el de los recién llegados y el de los asunceños, partidarios de Irala a quienes contrariaba tener que aplazar la expedición a la Sierra de la Plata, de la que esperaban conseguir grandes riquezas.

Irala fundó el puerto de Los Reyes, desde donde se hicieron las entradas al Chaco.

Alvar Núñez organizó una expedición en busca de “los señores del metal”, pero fracasó debido a las dificultades que surgieron en su marcha y a las intrigas de Irala y de Felipe de Cáceres.

Por ello regresaron a Asunción.

Sus enemigos lo combatieron por considerarlo amigo del boato, por tomar resoluciones prescindiendo de la opinión de los capitanes, porque les impedía tratar en privado con los indios de quienes abusaban y por sobre todo porque hasta entonces habían sido dueños y señores y no se resignaban a ser mandados por los hombres nuevos llegados con el  Adelantado.

La situación hizo crisis en la noche del 25 de abril de 1544, cuando Alvar Núñez, que se encontraba aún enfermo por las fiebres contraída durante la expedición, fue tomado prisionero.

Los habitantes de Asunción se dividieron entonces en dos bandos: los leales (defensores de Alvar Núñez) y los tumultuarios.

Lo acusaron ante el rey de hacer figurar sus armas y no las reales en las velas de los barcos y al tomar posesión de algunas tierras, como ocurrió en Santa Catalina, de haber dicho que en América debían valer sus decisiones y no las del rey.

El Adelantado negó rotundamente en sus escritos estas acusaciones.

Fue enviado a España para ser juzgado bajo la custodia de Alonso de Cabrera, que enloqueció durante el viaje.

Antes de partir dejó un documento secreto en el que nombraba reemplazante a Juan de Salazar, pero cuando éste quiso hacer valer sus derechos, lo encarcelaron aduciendo que no podía dejar reemplazante quien había sido depuesto y encarcelado.

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Relata Robert Hosne en su libro «Historias del Río de la Plata»:

«El adelantado Alvar Núñez fue engrillado, encarcelado y mantenido bajo estricta incomunicación.

Once meses después, con la barra de grillos remachada a los pies, fue llevado de los brazos por dos guardias, que no dejaron de insultarlo hasta depositarlo en un estrechísimo calabozo en el que apenas entraba del techo un diminuto haz de luz.

Embarcado rumbo a España, en una carabela capitaneada por Gonzalo de Mendoza, puso especial cuidado en rechazar cualquier alimento por temor a que estuviera impregnado en arsénico.

En la escala de San Gabriel más prisioneros fueron embarcados, entre ellos los «leales» Juan de Salazar, Pedro Estopiñan y Pero Hernández, que habían participado, sin éxito, en un alzamiento contra Irala. Otros habían sido ejecutados.

A los pocos días de permanecer encadenados bajo cubierta se desató una violenta tempestad que el veedor Alonso Cabrera y el tesorero García Venegas percibieron como un castigo: «de que era Dios servido de darles aquella tormenta tan grande».

En realidad, les sobraban motivos a estos burócratas venales para temer a Dios, aunque más debían cuidarse de los hombres. Al parecer, no eran tanto creyentes como supersticiosos, y decidieron liberar a los prisioneros.

Les suplicaron indulgencia y el olvido de las afrentas, pues temían de ellos represalias similares.

En las islas Terceras hubo un desbande y lograron embarcarse en distintas naves, cada cual huyendo como pudo de sus respectivas culpas.

En España, Alvar Núñez llevó el conflicto a las cortes, pero el tiempo transcurrió sin definiciones, entre inacabables papeleos.

Jamás volvería a Indias y el monarca, sin manifestarlo, tácitamente tuvo que aceptar que el poder, sobre todo en el Río de la Plata, es de quien lo ejerce.»

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Para saber mas!…Sobre Su Trágico Final

Alvar Núñez descubrió las cataratas del Iguazú, así como había observado el Gran Cañón del Colorado, en América del Norte, diez años antes.

Entró en la Asunción el 11 de marzo de 1542; allí, Irala acató su autoridad y se constituyó su teniente.

Sus actos humanitarios en favor de los indios, contra los abusos de encomenderos y conquistadores, le valió el encono de éstos.

Finalmente el viernes 25 de abril de 1544 unos doscientos conjurados se rebelaron contra el Adelantado.

Inspirador de la conjura parece que fue Alonso Cabrera, apoyado por Nulo de Chaves, Jaime Resquin, Francisco de Mendoza, Martín Suárez de Toledo y otros.

Irala, que estaba enterado de la conjura, se declaró enfermo y se mantuvo en su casa.

Los criados del Adelantado y su Maestre Sala, Diego de Mendoza, también estaban al tanto del plan.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca estaba en cama, pues “a la sazón se hallaba purgado’. Cuando en la mañana del día citado los conjurados se presentaron en su casa, el Adelantado fue avisado.

Antes que éstos entrasen en el patio, se dejó caer de la cama, armándose de su cota de mala y su casco, y tomando escudo y espada salió de su habitación, al tiempo que entraban los conjurados.

Les dijo: “Caballeros, ¿qué es esta traición que hacen contra su Adelantado?”

Ellos respondieron: “No es traición, todos somos servidores de Su Majestad, pero conviene que V.S. sea preso, y vaya a dar cuenta por sus delitos y tiranías».

El Adelantado, cubriéndose con el escudo, dijo que antes moriría hecho pedazos.

De inmediato se le echaron todos encima y le dieron estocadas y golpes, hasta que Jaime Resquin le puso una ballesta armada en el pecho y le dijo que sí no se rendía, lo mataba.

El Adelantado apartó la ballesta de su cuerpo, y se entregó diciendo: “Hagan de mi lo que quisieren»

 Le colocaron dos pares de grillos y, rodeado de soldados, fue metido en una celda oscura, con 50 arcabuceros de guardia.

Comunicaron a Irala la situación y éste declaró que estando enfermo de disentería, no podía andar a pie ni a caballo; pero animose y se hizo trasladar en una hamaca desde su casa, en las afueras de Asunción.

Irala resultó elegido capitán general el 26 de abril, es decir, al día siguiente de la revuelta, asumiendo en la plaza pública en una silla, pues estaba enfermo.

Los revolucionarios se llamaban a sí mismos “comuneros’; relacionándose con los de Castilla, sublevados contra Carlos V y vencidos en Villalar, en 1521.

Al Adelantado depuesto no se le permitía tinta, ni papel en su prisión, donde sufrió muchas penalidades.

Metido en una celda, que era una especie de pozo, se le daba por todo alimento pan y agua. Una india, que le llevaba el mísero alimento, era examinada desnuda para que no le pasase algún recado.

Hubo intentos para ponerlo en libertad, pero fracasaron.

La Asunción se dividió en dos bandos: “leales” (partidarios de Alvar Núñez) y “tumultarios” o “comuneros (sostenedores de Irala).

Hubo choques y muchas muertes. Después de 13 meses de prisión, concluida ya la carabela que se construyó especialmente con el nombre de Comuneros, el mandatario depuesto fue embarcado hacia España.

Estuvo preso desde el 25 de abril de 1544 hasta el 8 de marzo de 1545, día en que partió la nave, al mando de Alonso Cabrera, para llegar a España en setiembre del mismo año.

En 1552 se cerró su proceso, y en 1556 el rey ordenó le pagasen doce mil maravedíes para curarse de una enfermedad.

Murió pobre y olvidado, en Valladolid, en 1559.

Fuente Consultada: Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –

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