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Luis Piedrabuena Explorador de la Patagonia

Luis Piedrabuena, el «Centinela del Sur»

Luis Piedrabuena Explorador de la PatagoniaLa indócil y desmesurada extensión patagónica se enfrentó, en ocasiones, a protagonistas de igual temperamento, que la desafiaron revelando un temple y una audacia excepcional. Tal fue el caso de Luis Piedrabuena, llamado el “Centinela del Sur”.

Nació en Carmen de Patagones el 23 de agosto de 1833, y desde los primeros años, escuchando relatos sobre corsarios y loberos fue tentado por la vida marinera, imaginando que el mundo estaba más allá de su pequeño pueblo y él debía abordarlo.

Su entusiasmo por la navegación fue advertido, cuando solamente tenía nueve años de edad, por el capitán E Lennon quien lo embarcó como grumete. En 1847, el capitán William H. Smiley, veterano lobero norteamericano lo toma en su barco y Piedrabuena se inicia en un verdadero aprendizaje marino.

Durante años navega el litoral atlántico, conoce las principales islas y recorre la península antártica, interviniendo en la captura de lobos y ballenas.

El capitán Smiley advierte las singulares dotes de Piedrabuena y patrocina su capacitación, enviándolo a formarse a una escuela náutica de Nueva York. Regresa a los tres años con diploma de piloto y conocimientos generales de mecánica y carpintería náuticas. Luego de navegar un período con el lobero norteamericano se independiza y se desplaza en su propia embarcación a la vez que amplía sus actividades, instalando un almacén de ramos generales en una pequeña isla próxima a la desembocadura del río Santa Cruz.

Fitz Roy la llamó “Islet Reach”. y Piedrabuena la rebautizó Pavón, en recuerdo de la batalla que libró Bartolomé Mitre. En sucesivos viajes fue acopiando materiales para construir una vivienda con varias dependencias y un galpón. Sus clientes serían los indios y eventuales viajeros a quienes vendería alimentos y algunos “vicios” recibiendo a cambio plumas, cueros y quillangos. Como él continuaría navegando deja el negocio al cuidado de sus dependientes. Piedrabuena era ya un avezado conocedor de los mares australes y de sus costas y percibe con alarma la penetración chilena sobre regiones que conceptuaba de exclusiva soberanía argentina.

Sus advertencias al gobierno nacional, en principio, no fueron tomadas en cuenta. En 1864 la Marina de Guerra lo nombré capitán honorario, sin percibir sueldo alguno porque no quería abandonar sus actividades particulares. A su cargo, con instrucciones expresas, envía al marino inglés G. H. Gardener a explorar el río Santa Cruz, bordeándolo a caballo acompañado por dos peones en una travesía que demandó treinta y tres días. Gardener llega al lago donde nace el río, releva el área y presenta su informe a Piedrabuena que, a su vez, lo despacha al ministerio de Relaciones Exteriores.

En 1869 instala otro almacén de ramos generales en Punta Arenas, Chile y seguidamente, con materiales que le cede el gobierno de Buenos Aires construye refugios para náufrag9s en la isla de los Estados y en San Gregorio, en el estrecho, pero debe retirar este último por exigencia de los chilenos.

En Punta Arenas sus movimientos son observados porque se lo considera un agente del gobierno argentino pero su prestigio como marino impide cualquier arbitrariedad. Además, sus servicios siempre son requeridos para acciones de salvatajes, siendo meritorias sus intervenciones ya que rescaté varias naves y puso a salvo a más de doscientas personas, lo que le valió innumerables agradecimientos y simbélicos presentes, entre otros, de la reina de Inglaterra que le obsequié binoculares, o del emperador alemán que le envié un anteojo telescopio.



Sin embargo, las intrigas urdidas por el gobernador de Punta Arenas para desacreditarlo provocaron situaciones ingratas y Félix Frías, embajador argentino en Chile, se hace eco irreflexivamente de los infundíos y sin información fehaciente informa a Buenos Aires que Piedrabuena es económicamente insolvente, que está agobiado por las deudas, que es propietario de una desacreditada taberna y vende a los indios lo que el gobierno argentino le cede para asistirlos, comercializando, además, los materiales que le envíaó para distintas tareas de fomento.

El embajador también objeta la condición de oficial de la Marina de Guerra ostentada por Piedrabuena. Mientras tanto los chilenos establecen una Capitanía en Cañadón Misioneros, sobre la ribera sur del río Santa Cruz, frecuentemente visitada por barcos de guerra. Hay rumores de guerra y el gobierno recurre a Piedrabuena en busca de asesoría porque salvo él, no había nadie que supiera algo del sur patagónico y los mares australes.

Es de tal valor la información que suministra Piedrabuena, que el propio embajador Frías tiene que reconocerlo: en su u informe ha venido a prestarme un gran servicio. …Hombres patriotas puros como usted tarde o temprano tienen su recompensa. Las incursiones chilenas incentivan los viajes de reconocimiento a la Patagonia y es Piedrabuena quien asesora y orienta a diversas misiones que integran Carlos María Moyano y el Perito Moreno.

En su goleta Santa Cruz entrena a cadetes y tropa, lo que lo convierte en un instructor de la marina de Guerra. En 1878, por decreto, el presidente Avellaneda lo nombra coronel de la marina de Guerra, pero Piedrabuena sigue navegando por los mares australes sin dejarse atrapar por la burocracia o cargos que se le antojaban cómodos.

El súbdito británico Henry L. Reynard (que introdujo ovejas provenientes de la Malvinas y dio un gran impulso a la cría de ovinos en toda la región, convirtiéndose en su mayor fuente de ingresos) escribió en el periódico Navy: «Don Luis Piedrabuena, cuya noble conducta no tan sólo honra a él sino también en alto grado a la nación que tiene hombres tan intrépidos y humanitarios como el que tratamos… consiguió salvar a tripulantes de una muerte casi inevitable, recoger los despojos del Espora, con una parte de ellos construir un galpón para resguardar a sus marineros de la cruel intemperie de aquella isla (de los Estados) y por fin, con un ingenio poco común construir con esos fragmentos del naufragio el cúter que habría de servirles de tabla de salvación”.

En febrero de 1873 Luis Piedrabuena navegaba con el Espora frente a la isla de los Estados y un temporal provoca el naufragio de la nave en la Bahía de las Nutrias. Luego de varias jornadas de ociosa vigilia advierte que por allí no pasaría nadie y con lo que puede rescatar de la nave construye un cúter (embarcación de un palo) con la ayuda no muy efectiva de cuatro tripulantes porque otros cuatro estaban enfermos. Con dos sierras y un hacha construyeron en dos meses un bote de doce metros que bautizaron Luisito.

Dieciséis días más tarde fondean en Punta Arenas. Su última tarea fue la de conducir la misión del Instituto Geográfico Argentino dirigida por Giacomo Boye, en una expedición que se prolongó durante ocho meses. Desde su lecho de enfermo da instrucciones para la colocación de faros en el estrecho de Le Maire; días después, a los cincuenta y un años, fallece.

La Nación, comentó: “Es un hecho histórico que a los trabajos del comandante Piedrabuena y a su patriótico anhelo se debe en gran parte la reivindicación de los territorios australes de la República Argentina, sobre los cuales él fue el primero en llamar la atención, pudiendo decirse que por mucho tiempo los defendió solo, con un pequeño buque de su propiedad, con el cual navegaba por los canales magallánicos velando por aquellos y estorbando su ocupación por otros Piedrabuena nunca se enriqueció con sus actividades comerciales, al contrario, pero aun agobiado por sus problemas jamás se negó a efectuar salvatajes o acudir en auxilio de alguien en peligro. Se brindaba al servicio como si fuera su verdadera y definitiva causa.»

ALGO MAS SOBRE PIEDRABUENA

La recompensa oficial por la infatigable labor de Piedrabuena consistió en otorgarle en propiedad la Isla de los Estados, donde fundó una estación de salvamento permanentemente habitada. Según la prolija compilación efectuada por Felipe Cárdenas (h.) en un artículo de divulgación histórica, «en 1849 (tenía entonces 16 años) salvó en la Isla de los Estados a 25 náufragos de una fragata alemana.



El mismo año buscó a los misioneros ingleses de la isla Navarino, a los que encontró muertos y les dio cristiana sepultura. En 1857 rescató a 42 náufragos de una ballenera norteamericana, cerca de Bahía Nueva. En 1872 se prestó a viajar expresamente para buscar a los tripulantes de una goleta inglesa, en la bahía Fortescue, los que que ya habían sido asesinado por los indios; en esa oportunidad varó el pailebote que comandaba Piedra Buena y éste debió regresar a Punta Arenas en bote.

Al año siguiente salvó con el célebre cúter Luisito a 6 náufragos de un navio inglés perdido en la Isla de los Estados.» Un año antes de esta última aventura Piedrabuena había cumplido una proeza difícil de igualar, que lo salvó de una muerte segura. Después de dos años de intenso trabajo, el marino recaló en la bravia Isla de los Estados con su goleta Espora, dispuesto a instalar una fábrica  de  aceite  de foca y pingüino. 

Lo acompañaba un  puñado de curtidos marinos, familiarizados como su jefe con el frío y los temporales.   Nadie suponía, sin embargo, que el 10 de marzo un furioso vendaval echaría a pique la nave poniendo al grupo en difícil situación.   Sin barco en que partir, sin poder aguardar el verano porque en pocas semanas morirían de hambre, con escasísimas posibilidades1 de  que alguien  llegara a rescatarlos, las perspectivas eran desalentadoras.  

Piedrabuena mostró nuevamente entonces su talla de hombre excepcional. Con los escasos clavos rescatados del Espora y  los  maderos  del   barco hundido,   sin  planos,   cálculos   ni medidas, a puro ojo, los náufragos se pusieron a construir una embarcación.   Las condiciones distaban de ser propicias, pues a la lucha contra el clima cada vez más frío se unía la diaria necesidad de salir en busca de huevos de pingüinos de mariscos, de cualquier alimento que apareciera.  

A pesar de todo, el 11 de mayo, un mes después de iniciada la tarea, los barbudos y extenuados marinos pudieron botar un cúter de 11  metros de es lora, 4 de manga y 18 toneladas de desplazamiento, una construcción   increíble   realizada   casi   sin herramientas  ni  materiales.  Quince días después la pequeña nave, bautizada Luisito, entraba en el puerto   chileno   de  Punta  Arenas. Piedrabuena había cumplido una más de sus hazañas.

 Fuente Consultada:
Patagonia El Territorio de la Aventura  de Roberto Hosne y Historias Insólitas de la República Argentina de Daniel Balmaceda

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