Biografía de Montaigne Miguel Ideas Sobre la Educación Los Ensayos



Biografía de Montaigne Miguel
Sus Ideas Sobre la Educación en los «Los Ensayos»

SINTESIS BIOGRAFICA: Escritor moralista francés, nace y muere en Montaigne. Comienza su formación en el College de Guyenune en 1546 y estudia Derecho en Toulouse. Consejero del Ayuntamiento de Burdeos hasta 1570, cuando se retira a su ciudad natal para dedicarse a la literatura.

Es entonces cuando realiza sus primeros Ensayos, publicando los dos primeros volúmenes en 1580. Un año más tarde recorre Europa, viaje durante el cual complementa su formación humanística, en especial durante su estada en Roma, Italia.

En Diario de viaje revela el interés que tiene por las costumbres y personas. Publica él tercer volumen de Ensayos en 1585. Aunque en sus escritos se aprecia la evolución por corrientes filosóficas y algunas veces la coexistencia del estoicismo y el epicureismo, prevalece sobre éstos el escepticismo. Se describe a sí mismo en los Ensayos, advirtiéndoselo de antemano al lector.

Su influencia se extiende a Francis Bacon y William Shakespeare. Enfrenta la fe con la razón en un período de guerras religiosas e intolerancia.

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BIOGRAFÍA MONTAIGNE MIGUEL: Escritor francés (castillo de Montaigne, Bureos 1533 – id. 1592). Miguel de Montaigne, de familia acaudalada, recibió una excelente educación humanista y siguió una brillante arrera parlamentaria y política hasta que, a los treinta y siete años, se retiró a sus posesiones para edicarse a la reflexión y a la escritura.

Hijo de comerciantes con ambiciones nobiliarias, Montaigne fue educado por un pedagogo alemán que no conocía el francés y hablaba latín, lo mismo que los criados que le rodeaban. Por este motivo, a los siete años conocía a la perfección la lengua de Cicerón y se enfrascaba en la lectura de los clásicos. Siguió más tarde estudios de derecho y frecuentó los tribunales, pero prefería entregarse a la meditación y al estudio solitario en su castillo.

Aparte de un Viaje a Italia, una traducción de la heologia naturalis de Sibiuda y algún otro escrito menor, la gran obra de Montaigne está constituída
por los Ensayos, empresa literaria en la que perseveró hasta sus últimos días. Son, en esencia, un discurso del hombre sobre el hombre.

En ellos el escritor se retrata, narra su vida, muestra sus conocimientos, expone profunda y extensamente las doctrinas de su tiempo e incluye numerosas observaciones sobre el hombre, su naturaleza, la educación y la moral. Esta suma de informaciones es tratada con un escepticismo de raíz estoica.

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Montaigne no fue un educador, ni escribió obra alguna consagrada al tema, pero en sus célebres Ensayos dedica algunos capítulos a la educación, como los titulados: de la pedantería; de la educación de los niños; de la ternura de los padres para con los hijos.

Literariamente, los Ensayos son de inmenso valor por la belleza del lenguaje, la originalidad expresiva, la abundancia de imágenes y la prodigiosa variedad del estilo.

El relativismo moral de Montaigne halla una vía de salida en el mito de la libertad de conciencia del sabio e ignora los problemas de índole política o social. Con todo, Montaigne contribuye a liberar el pensamiento filosófico y científico de su tiempo de las trabas de la tradición y de la autoridad.

Los Ensayos constituyen una serie de observaciones sencillas e ingenuas en apariencia que el autor hace sobre sí mismo («¡Yo mismo soy el tema!», dice en el prólogo), pero ellas encierran una lección honda y humana. Todo el interés está centrado en la introspección, en el esfuerzo que hace para encontrar un refugio para atemperar las dificultades de la vida, en señalar una conducta escépticamente retraída de los acontecimientos, los que se han de observar como espectáculo curioso.

La educación en los «Ensayos»: — Las ideas sobre educación contenidas en los Ensayos pueden dividirse en críticas a la educación de la época y afirmación de principios sostenidos por Montaigne (Riboulet).

Montaigne señala tres defectos principales que perjudicaban la educación de su tiempo:

a) El abuso de los textos. Los maestros que se ciñen exclusivamente al libro son incapaces de enseñar, porque se dirigen exclusivamente a la memoria. Tratan al niño como un ser puramente receptivo y le imponen ideas fabricadas. Así como los pájaros llevan el grano en el pie sin probarlo, para alimentar sus  polluelos, así estos pedantes «van picoteando la ciencia en los libros y no h colocan sino en la punta de los labios para desembuchar y lanzarla al viento».

b) El pedantismo de su época, consistente sobre todi en la elocuencia hueca y la erudición indigesta. Se ense naba en las escuelas un escolasticismo que se tornaba des preciable a causa de su ergotismo. ¿Quién ha adquirid! entendimiento en la lógica? —dice— ¿dónde están sus hermosas promesas? ¿Hay por ventura mayor confusión en las charlas de las lavanderas que en las disputas pú blicas de los dialécticos?.

La pedantería de los humanistas le irritaba profundamente. Les reprocha tener el «cerebrt demasiado lleno» de una erudición de mala ley; en ellos la memoria ahoga el entendimiento. «Creo que así come las plantas se ahogan por demasiada humedad y las lámparas por sobra de aceite, así el espíritu humano por demasiado estudio y materia.» Los programas enciclopédicos le parecen una monstruosidad.

c) Los malos tratos. Montaigne detesta los castigos corporales y los excesos de algunos maestros de su época. «Suprimid la violencia y la fuerza; a mi parecer no hay nada que bastardee y aturda tanto a una naturaleza bien nacida. . . Esta policía empleada en la mayor parte de nuestros colegios de Francia me ha disgustado siempre. Es una verdadera cautividad para nuestros jóvenes. Acercaos a ellos mientras duran las tareas escolares y no oiréis más que gritos de niños martirizados y de maestros llenos de cólera.. . Los azotes no tienen otro efecto que aumentar en las almas la cobardía o la terquedad maliciosa.»



Los principios sobre educación afirmados por Montaigne, pueden ser reducidos a los siguientes:

a) Dulzura severa. Recordando la manera como él mismo había sido educado por su padre, quiere el empleo de la disciplina moderada, firme e indulgente a la vez, que Montaigne llama dulzura severa. «Mi alma, dice él mismo, fue educada con toda libertad y dulzura, sin rigor ni opresión.» Su padre le despertaba todas las mañanas al sonido de instrumentos musicales, a fin de evitarle el despertar brusco que dispone mal para.el resto del día.

b) El ideal es preparar un hombre de mundo. Su propósito reside en preparar un hombre para vivir bien, aprendiendo las cosas que le sirvan directamente, puesto que se trata «no de formar un gramático o un lógico, sino un gentilhombre». El hombre de mundo ha de adquirir su saber por experiencia propia. «El trato de los hombres y la visita a países extraños, sirven para la formación de modo admirable». En estos pueblos se pueden aprender costumbres ventajosas, al «frotar y limar nuestro cerebro contra el de los demás».

c) La instrucción debe preparar para la vida real. La educación es el arte de formar hombres, no especialistas. La utilidad es el fondo de la pedagogía de Montaigne, las ciencias se deben aprender para servirse de ellas. El primer resultado de la instrucción consiste en hacer mejor y más dispuesto al educando. «Si su alma no se ha mejorado, lo mismo me gustaría que pasara el tiempo jugando a la pelota.»

d) Se debe preparar una mente bien formada, mejor que «bien llena». La misión del educador no es llenar la mente de palabras sino formar el criterio del alumno. «El preceptor, en lugar de ir diciendo todo al alumno, comience por mostrarle las cosas, por hacérselas agradables para que aprenda a discernir y elegir por sí mismo. Yo no quiero que el maestro sea el único que hable, quiero que también escuche a su discípulo.

No se debe conformar con pedirle cuenta únicamente de las palabras de la lección, sino del sentido, y de la sustancia, juzgando del provecho qué ha sacado, no por el testimonio de la memoria, sino por el testimonio de la vida. Los discípulos deben recoger ideas y conocimientos de los demás, no para reproducirlos como los reciben, sino para transformarlos y fundirlos en su propia obra.»

e) Hacer la enseñanza interesante. El aula debe ser un lugar apacible y no asemejarse a una prisión. Montaigne la quisiera «alfombrada de flores» y adornada con la alegría, la flora y las gracias. Pero sobre todo, las lecciones deben ser atrayentes. De continuo recomienda excitar la actividad espontánea de los alumnos (métodos activos).

Para esto, el maestro despertará una «honesta curiosidad» por todas las cosas, y observará cuánto hay de singular en torno suyo. Montaigne, que tenía horror a la educación libresca, insiste en que el discípulo esté bien provisto de cosas; ya vendrán después las palabras de sobra. Todo lo que se ofrece a la vista sirve para aprender a juzgar y a hablar: la malicia de un paje, la tontería de un lacayo, la conversación de sobremesa, son otros tantos asuntos nuevos.

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Crítica. — Algunas ideas de Montaigne han sido juzgadas severamente. En primer lugar, ha insistido demasiado en la educación del juicio y ha descuidado las demás facultades del espíritu, como la memoria y la imaginación, que suministran elementos a la razón cuando discurre. Además, su programa es insuficiente. El joven formado según su plan no pasará de ser un simple aficionado, que no habrá profundizado ninguna ciencia. Añadiremos que, queriendo hacer el estudio agradable, llega a destruir en el niño toda energía, toda voluntad.



Pero tal vez el principal defecto es la falta de corazón. Montaigne es un egoísta que sólo ha celebrado la virtud fácil, a la que se llega «por umbrosas sendas floridas y perfumadas». No ama a los niños. Cuando son pequeños los aleja de sí, no entiende por qué se los ama. Llega hasta el extremo de decir que hay que preferir los libros a los niños: «Las producciones de nuestro espíritu son más nuestras.»

Tocante a la educación de la mujer, pretende mantenerla en la ignorancia, so pretexto de que la instrucción sería perjudicial para sus gracias naturales. Les niega la facultad de juicio. Para él, una mujer es bastante sabia cuando sabe distinguir entre la camisa y el jubón de su marido.

Influencia. — Están acordes muchos autores en considerar a Montaigne como uno de los «padres de la pedagogía». Los solitarios de Port-Royal, Locke y Rousseau, copiaron mucho de él. En su época, apenas fueron recogidas sus ideas por su discípulo Charrón, que en su Libro de la sabiduría no hizo más que distribuir en orden metódico los pensamientos diseminados en los Ensayos.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –

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