La Educación en el Humanismo Características Feltre y Rabelais



Características de la Educación en el Humanismo
Victorino Feltre y Francisco Rabelais

Las humanidades. — Se da el nombre de humanistas a los literatos y pedagogos que cultivaban con entusiasmo las formas literarias de la antigüedad. Estos estudiosos fueron descubriendo de a poco, y sin proponérselo, un nuevo tipo de formación humana que no consistió tanto en la renovación de los planes de estudios vigentes, cuanto en la imposición de nuevos ideales educativos.

Los humanistas descubrieron en las literaturas griega y romana la belleza formal, pero, en contraposición al espíritu medieval, descubrieron también el goce de la vida feliz, natural y sana, el placer de una refinada civilización y la sabiduría del vivir, alcanzada con la cordura y la templanza, propia de un áureo término medio.

Vivir bien, vivir sin complicaciones, vivir gozando de la vida, es un arte, es una técnica habilidosa. El ideal es llegar al funcionamiento completo y perfecto de todas las potencialidades de la naturaleza humana. Llegar a ser perfecto es ser sano y hábil de espíritu y de cuerpo, es no perder una sola oportunidad de alcanzar un armonioso desarrollo en este rico y pletórico mundo.

Desde el punto de vista pedagógico, los caracteres generales del humanismo son: intelectualismo y formalismo; espíritu crítico y polémico; formación individualista y aristocrática.

1) Intelectualismo y formalismo. El objetivo de toda la actividad pedagógica se basa en el estudio de las humanidades, de las lenguas clásicas (latín y griego) y más tarde del hebreo. El ideal es imitar los grandes estilistas latinos.

Pero la preocupación por alcanzar la pureza del lenguaje ocasiona el culto excesivo por las formas en detrimento del contenido. Esta imitación de los clásicos y en particular del modelo más perfecto de la oratoria, Cicerón, da lugar a lo que se ha denominado ciceromanía.

2) Espíritu crítico y polémico. Los primitivos humanistas procuraron descubrir los mejores códices de los escritos de la antigüedad. Las copias de un mismo libro diferían a menudo entre sí por los errores de los copistas. Era necesario, pues, compararlos, para restaurar el texto primitivo. Por otra parte, con frecuencia estas copias sólo reproducían traducciones de los originales. Así, la Biblia era conocida por la traducción latina de san Jerónimo, Aristóteles por las versiones latinas y árabes.

Había que verificar estas traducciones y ello imponía aprender el latín, el griego y el hebreo. Como muchas palabras habían, con el tiempo, cambiado de sentido, fue necesario estudiar la historia y la geografía de la antigüedad, reconstruir el medio en que tales obras se habían creado. Los textos clásicos despertaron de este modo el espíritu de reflexión, de observación, de crítica.

Desde el punto de vista pedagógico, se critica y se reacciona violentamente contra la educación del período anterior. Las ideas de los teóricos de la educación de esta época se distinguen más por el entusiasmo que por la precisión. Indican con ardor los fines que se quieren alcanzar, pero no determinan con exactitud ios medios que se han de emplear. Algunos se contentan con emancipar el espíritu, pero se olvidan de encauzarlo.

3) Educación aristocrática individualista. El humanismo dio al hombre una conciencia de su propio valor que a veces se trueca en orgullo y osadía, en voluntad de poderío y espíritu de aventura. Los hechos y los sentimientos personales se consideran suficientemente interesantes como para despertar el interés de todos.



Con el mayor poder del dinero y del comercio, los que vivían del mismo cobraron mayor prestigio y poder social y político. Ya no interesaba tanto servir a Dios en la caridad cristiana como lograr la prosperidad. La más alta expresión de esta educación es la formación del príncipe o del cortesano. Se tiende a instruir a una sola clase social: la aristocrática. Por eso existe un profundo abismo entre la instrucción y la vida, entre la escuela y el pueblo. Esta distancia se salvará gracias a la creación de órdenes religiosas docentes en la restauración católica y el interés por la instrucción popular en la Reforma protestante.

El plan de estudios humanísticos. — Durante este período la enseñanza elemental impartida en los conventos por los frailes, en los pueblitos por los sacristanes y en los palacios por maestros contratados, se reducía a la enseñanza de la lectura, escritura, cuentas y doctrina. La tarea del maestro, poco valorada, no tenía método determinado ni límites fijos. A medida que la lengua vernácula se iba imponiendo (schola vernácula) se abandonaba en las escuelas el latín.

Poco a poco se fue admitiendo que su estudio era fundamental en la escuela elemental, como el latín lo era para la cultura de nivel medio.

La base de todo el sistema educacional humanístico era el latín. Los estudios clásicos penetraron en la enseñanza y se organizaron de acuerdo a las.prácticas y resultados que se habían obtenido en la enseñanza privada, radicada en las casas de los príncipes. De este modo fue dando un contenido a estos estudios, que se denominaron de gramática o latinidad, y cuya finalidad peculiar fue alcanzar la perfecta elocuencia, o sea saber expresarse como lo hacían los clásicos. La escuela de gramática no tenía grados hasta la aparición de los jesuítas y siempre es difícil distinguir en esta época cuándo la enseñanza es universitaria o secundaria.

A los alumnos se les iniciaba muy temprano en la lectura de los clásicos para que aprendieran lo más prontamente posible el latín elegante, necesario para la propia producción literaria.

De las ciencias sólo interesaba, en un primer momento, la erudición o sea las noticias históricas o mitológicas que pudieran servir para aclarar los textos. Las reglas gramaticales y las expresiones técnicas eran tantas, que Montaigne recomendaba, para no tener dificultades, que se enseñase el latín como lengua materna.

En cuanto a los estudios superiores, a pesar de que las universidades fueron baluartes contra el humanismo, se aumentaron, en todas ellas, las cátedras de lenguas, y en muchas ciudades se establecieron colegios llamados trilingües (latín, griego, hebreo). En todas partes se desprecia a Aristóteles y a la escolástica, por estériles e inútiles, y también a las ciencias, contra lo que podía esperarse en la época de un Galileo o un Copérnico. Las ciencias en general no interesaban a los llamados hombres cultos. Erasmo, en su Elogio de la locura, pone en ridículo los conocimientos de las ciencias de la naturaleza y de las matemáticas.

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El humanismo en Italia: Victorino da Feltre

El Renacimiento apareció en Italia porque había sido el hogar de la cultura antigua y la residencia de los clásicos latinos. Además, Italia se encontraba en plena prosperidad. Su industria y su comercio la habían transformado en el país más rico de Europa y podía, por lo tanto, proteger las artes y las ciencias.



Las grandes ciudades mercantiles (Florencia, Genova, Milán, Venecia) se encontraban gobernadas por los jefes de los gremios que querían actuar como condottieri, elevándose por su acción militar y civil a la condición de príncipes. En todos los Estados italianos la autoridad tiende a concentrarse en una sola mano, los Visconti en Milán, los Médici en Florencia.

En esta última ciudad, Lorenzo el Magnífico hizo culminar la cultura renacentista mientras que en Roma los Papas proclamaban el triunfo del humanismo. Los Médici recibieron al patriarca y al emperador de Bizancio que llegaban para ofrecer la unión de la Iglesia bizantina con la romana y para pedir a los cristianos ayuda con el fin de mantener. Constantinopla, amenazada por los turcos. Con estos dos grandes personajes llegaron hombres de letras griegos que estudiaban y comentaban a Platón y llevaban consigo manuscritos de las obras de la antigüedad helénica.

Los humanistas florentinos aprendieron con tal fervor las letras griegas que al caer la ciudad de Constantinopla en poder de los turcos (1453), la cultura antigua ya estaba salvada.

Roma fue ganada para el humanismo por el Papa Nicolás V, proclamado en 1447. Desde entonces todos los pontífices se declararon sus decididos protectores. Unos enriquecieron la Biblioteca Vaticana, otros protegieron a sabios y artistas. Finalmente. León X (Juan Médici) fundó un colegio para la enseñanza de las lenguas clásicas.

Los principales humanistas italianos fueron Lorenzo Valla, Guerino y Eneas Silvio Piccolómini. Entre los educadores debemos recordar a Pedro Vergerio, preceptor de la corte de Gonzaga en Padua, Maffeo Vegio y Jacobo Sadoleto, notables técnicos de la educación. Piccolómini actuó en Alemania como cardenal, reuniendo un nutrido círculo de humanistas. Baltasar Castiglione escribió una célebre obra, El cortesano, manual de educación del perfecto hombre de mundo, pero entre todos los pedagogos italianos el más original fue Victorino da Feltre.

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VICTORINO DE FELTRE (1378-1446)

Este humanista cristiano, considerado como el primer educador del Renacimiento italiano, no dejó ninguna obra escrita sobre educación, pero sus ideas pedagógicas constituyeron una verdadera novedad en el campo educacional de su época.

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VICTORINO DE FELTRE (1378-1446)



Profesor de humanidades en las universidades de Padua y Venecia, fue llamado en 1428 por Juan Francisco Gonzaga, príncipe de Mantua, para que educara sus hijos y dirigiera una escuela dentro de nuevos ideales humanísticos. El príncipe deseaba que su escuela rivalizase con otras instituciones similares de las cortes vecinas.

Victorino se hizo cargo de estos propósitos, actuó con notable éxito y permaneció en estas tareas hasta su muerte. Su instituto, modelado enteramente de acuerdo al espíritu del Renacimiento, constituyó una verdadera «escuela nueva», reuniendo, en inteligente y feliz asociación, sus nuevos métodos pedagógicos con las finalidades de la educación tradicional y cristiana. La nota más curiosa y atrayente fue el ambiente de alegría y libertad que reinaba en su escuela. De aquí el nombre por el que es conocida: Casa Giocosa (mansión alegre).

Sus ideas pedagógicas, que constituyeron una verdadera novedad en el campo del pensamiento educacional de la época, nos fueron transmitidas por sus discípulos y por la influencia de su famosa escuela de Mantua.

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Al aceptar el cargo de preceptor de los príncipes, comenzó por corregir los abusos corrientes de su época; los manjares delicados fueron desterrados, la comida fue sencilla y frugal, lo mismo que el lujo de los vestidos y de los muebles. Persuadido de que los ejercicios físicos ejercen saludable influencia sobre el alma, les concedió gran importancia.

Ejercitaba a sus alumnos en los movimientos propios de la danza, en el empleo de los instrumentos de música y en el canto. Durante la primavera, las clases se interrumpían con frecuencia para dar lugar a largos recreos y paseos interesantes. Algunas veces maestros y alumnos organizaban simulacros de combate.

Proponía varios estudios al mismo tiempo, para que el espíritu descansase con la variedad de los asuntos. Alababa mucho lo que los griegos llaman enciclopedia, porque, según decía, la ciencia y la educación se componen de numerosas disciplinas que es conveniente conocer para poder discurrir sobre ellas en su oportunidad.

En su sistema, todo tendía al desarrollo de la razón. «Yo quiero enseñar a los jóvenes a pensar, no a delirar». Según la recomendación de Quintiliano, procuró todos los medios para que su enseñanza fuera atrayente. Enseñaba a los principiantes la lectura y la escritura por medio de tablillas de diversos colores que tenían letras que se combinaban para formar palabras.

Prodigaba cuidados especiales a los menos dotados. Exigía una atención sostenida. Los ejercicios escritos debían hacerse con sumo cuidado y el maestro los corregía. Diariamente los alumnos asistían a misa en la capilla de la casa y era inflexible en cuanto se refería a decencia y buenos modales.

Queriéndolos conocer a fondo, los dejaba en plena libertad de acción en las relaciones que tenían con él. Se informaba sobre las condiciones anteriores de sus respectivas familias «a fin de descubrir las influencias de la herencia y del atavismo, para escoger el género de actividades que más convenía desarrollar, y las artes a las cuales debía dedicarse sin descuidar a éste por débil y aquél por vicioso».

El ardor para el bien y afición al estudio se mantenían en la Casa Giocosa por medio de alabanzas dadas oportunamente, cultivándose con cuidado el sentimiento del honor y el afán de la gloria.

Los castigos repugnaban a su modo de ser: por eso los aplicaba en caso de extrema gravedad. Creía, con razón, que era preferible prevenir las faltas mediante una prudente disciplina, y que la bondad inteligente, unida a la firmeza, era el mejor sostén de la conducta moral. El afecto dominaba en su sistema, y gracias al mismo estaban entre sí unidos los maestros y discípulos. Sólo en el amor, decía Victorino, residen la alegría, la dignidad y el carácter divino del apostolado de la enseñanza.

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El humanismo en Francia: Rabelais y Montaigne

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El Renacimiento penetró en Francia por las guerras con Italia. Durante sus incursiones para conquistar Italia, los reyes franceses admiraron la magnificencia de la civilización italiana y quisieron llevarla a su país. En 1494, Carlos VIII mandó buscar al humanista Juan Lascaris, que organizó la biblioteca real de Blois. El Renacimiento llegó a su apogeo en tiempos de Francisco I, que instituyó, por influencia de Guillermo Budé, los lectores reales, encargados de enseñar el griego y el latín. 

Ellos constituyeron más tarde el Colegio de Francia, impulsando el estudio de las humanidades, hostilizadas por la Universidad de París. Durante las guerras de religión, el humanismo languideció pero fue conservado por los colegios de los jesuítas en el sector católico y por los gimnasios en el sector protestante.

FRANCISCO RABELAIS (1450-1553)

El más ingenioso de los escritores franceses fue sucesivamente monje, clérigo, médico y helenista. Personaje de vida aventurera, es incluido.en la historia de las ideas educacionales por las reformas que propugna en su novela satírico-humanista: Las grandes e inestimables crónicas del gigante Gargantea. Estas aventuras imaginarias le sirven para criticar los aspectos ridículos de la sociedad de su época.

El mérito pedagógico de Rabelais no reside en haber combatido todos los vicios de su tiempo (como lo hicieron Erasmo, Vives y Montaigne) sino en haber vislumbrado qué importancia tiene, para la formación, el estudio de la naturaleza y la observación directa de los objetos (realismo).

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FRANCISCO RABELAIS (1450-1553)

La educación de Gargantúa. Gargantúa,-hijo de gigantes, muestra desde niño felices disposiciones para el estudio. Su padre, un monarca poderoso, lo confía a dos maestros que lo atiborran de erudición inútil. Después de veinte años de estudio, Gargantúa conoce tan bien los libros estudiados que hasta los puede recitar de memoria vueltos al revés, pero no adelanta; por el contrario, el rey gigante observa que, con el esfuerzo, su hijo se ha vuelto tonto y fantaseador.

El rey se queja de tan triste resultado a un amigo suyo, y éste le presenta a un pajecillo muy listo, Eudemon, que representa el discípulo de los métodos nuevos. En estos dos colegiales tan distintos, Rabelais personificó ingeniosamente los métodos contrarios de educación: el que por la repetición mecánica de la memoria entumece y embota, y el que conducido por un educador forma inteligencias vivas, caracteres francos y abiertos.

Entonces el gigante hace llamar a Ponócrates, el preceptor que formó a Eudemon, para que se encargue de la formación de su hijo. Penócrates, antes de imponerle a Gargantúa su sistema educativo, lo deja en completa libertad para observar sus actitudes. Luego procede con lentitud, considera que «la naturaleza no resiste sin gran violencia los cambios repentinos». Estudia y observa a su discípulo, pues desea juzgar sus disposiciones naturales para luego emprender su educación física, intelectual y moral.

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Educación física. — Gargantúa se levanta a las cuatro de la mañana y mientras se asea le leen algunas páginas de la Biblia, observa el estado del tiempo, repasa de memoria lo visto el día anterior. Las lecciones matutinas duran tres horas, que se reanudarán con otras tres, después del almuerzo. Siguen luego los ejercicios al aire libre, como pasear o jugar a la pelota.

Durante el almuerzo se hace una lectura o se platica sobre la higiene. Acabado de comer, se juega a las cartas, se hace música y se evitan los ejercicios violentos. Por la tarde, nuevamente lectura y escritura, siguiendo ejercicios violentos, como montar a caballo, manejar el hacha, el pico, la daga y practicar natación y remo. Cambiados los vestidos, se retira para herborizar. La cena es más abundante que el almuerzo. Después se canta o se va a visitar gentes de letras, se observan los astros, realizando un examen de conciencia que pone fin a la jornada con una oración de acción de gracias.

Educación intelectual. — Los estudios comprenden las siete artes liberales. Antes que el estudio de los hechos, las lenguas. «Yo entiendo y quiero que aprendas las letras perfectamente —dice—. Primero el griego, como desea Quintiliano; en segundo lugar el latín y después el hebreo, para poder conocer y apreciar las letras sagradas; de modo parecido el caldeo y el árabe». Pero no desdeñe el alumno su lengua materna; debe hablarla con propiedad y precisión. Las matemáticas deben enseñarse intuitivamente; juegos, dibujos, figuras geométricas, etc.; la astronomía prácticamente, por la observación directa de los astros.

Las ciencias de la naturaleza son colocadas entre los estudios más dignos del hombre: conocer los mares, los ríos, los peces, los árboles, las rutas, los metales, etc., debe resultarle lo más natural.. . «En suma —dice—, que vea yo en ti un pozo de inteligencia». Mas debe notarse que Rabelais no sólo quiere que su discípulo conozca, sino que ame y sienta la naturaleza. Cree ventajoso que vaya a solazarse en la contemplación de la naturaleza o descansar el espíritu leyendo a Virgilio en los prados y bosques.

Las lecciones de cosas también se dan durante las comidas, platicando sobre los alimentos y sus propiedades (recuérdese que Rabelais era médico y célebre anatomista) en los paseos por el campo, clasificando y observando las plantas que se encuentran y volviendo a casa cargado de ejemplares; distráese con visitas a minas, fundiciones, talleres, etcétera, y asiste a conferencias públicas, lecturas, pleitos y sermones.

Cuando el tiempo está lluvioso y es imposible el paseo, Gargantúa se dedica a cortar y aserrar madera en la granja. Las artes recreativas entran en su plan de estudios. El alumno se divierte cantando musicalmente y aprende a tocar los instrumentos de su época.

Aquí, como en otras partes, Rabelais traspasa los límites y busca ex profeso la exageración para dar a entender mejor su pensamiento.

Necesitaríanse días de muchas más horas para que un hombre real pudiera hacer cuanto el autor de Gargantúa exigía a su gigante. No olvidemos que en ésta, como en las demás partes de la obra, la ficción se mezcla sin cesar con la realidad.

Educación moral. — Desea que se arraiguen en su alumno las más altas cualidades morales. «Porque, según dice el sabio Salomón, sapientia no entra en el alma malévola, y ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma». Le rodea de amigos alegres, instruidos, virtuosos; en este medio escogido florecerán la amistad, las ‘Conversaciones amenas y las virtudes sociales. Pero aún quiere hacer más: le recomienda con insistencia que sirva, ame y tema a Dios, «y poner en Él todos tus pensamientos y esperanzas».

La falla más grande de este plan es la extensión del programa: el alumno llegará a ser «un pozo de ciencia», una verdadera enciclopedia. Critica la escolástica, que limitaba el estudio a unas cuantas disciplinas, muy reducidas, y Rabelais cae en la exageración opuesta, trazando un plan que abarca todos los conocimientos. Cansa al espíritu y al cuerpo.

La presencia continua del maestro junto al alumno, es otra de las fallas más notables. Rousseau caerá en el mismo exceso en el Emilio.

Las bases de este plan completo y positivo de la educación son las de un humanismo realmente perfecto, que no quiere encerrar la escuela entre cuatro paredes, sino que busca darle aire y respiro en contacto con la vida amplia, en el campo y en sociedad, que considera útil el aprendizaje de las lenguas vivas modernas junto al de las lenguas clásicas y, en suma, que se funda en una instrucción agradable, variada, interesante para el alumno, en vez de una cultura impuesta autoritariamente y, además, útil para la vida económica, social y ética del educando.

A través de muchas digresiones burlescas y fantásticas, Rabelais realiza una crítica radical de la pedagogía pasada, y formula una reforma educativa que establece la formación concreta de hombres libres por medio de un saber anti-libres-co y anti-erudito que valga efectivamente para servir mejor en la pluralidad de intereses individuales y colectivos (Morandi).

Ver Tambien: Miguel Montaigne

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –

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