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Historia de los Riesgos de Infecciones en la Cirugías

Joseph Lister (1827-1912) era uno de los lectores entusiastas de los ensayos de Louis Pasteurera cirujano en Glasgow y estaba muy versado en estudios microscópicos (pues su padre era uno de aquellos microscopistas cuya labor sobre las lentes había contribuido al perfeccionamiento del microscopio), lo cual acaso le ayudó a aceptar las ideas de Pasteur, cuando tantas otras personas las menospreciaban. En la época de Lister la cirugía constituía una ocupación muy desagradable. A menudo las incisiones practicadas en las operaciones quirúrgicas supuraban, se infectaban, y el paciente permanecía enfermo largo tiempo, aunque lo más corriente era que muriese.

La infección era terrible en los hospitales, donde se propagaba de un enfermo a otro. Sin embargo, la lectura de los trabajos de Pasteur hizo nacer en Lister la esperanza de que la supuración podía tal vez tener, como la fermentación, un origen microbiano. Pero, en el supuesto de que así fuera, ¿qué podría hacerse para combatirla?.

La posibilidad de eliminar los gérmenes de las heridas con agua hirviente quedaba descartada; por tanto, había que limitarse a impedir la entrada de gérmenes en las heridas, tocándolas sólo con las manos limpias o usando instrumentos y vendajes limpísimos.

Lister fue más allá de la mera limpieza: inició la búsqueda de una sustancia química que destruyera los microorganismos sin causar daño alguno a los pacientes, es decir, de un antiséptico que fuese innocuo. Los antisépticos ya se conocían desde mucho tiempo antes; por ejemplo, los embalsamadores del antiguo Egipto empleaban sal, carbonato sódico y una especie de resina llamada mirra para momificar los cadáveres de reyes y nobles. La sal y el vinagre eran antisépticos que se usaban para la conservación de los alimentos. También el alcohol se empleaba como antiséptico para la conservación de piezas anatómicas en los museos; uno de los más antiguos era el «bálsamo de los frailes», tintura de benjuí, que se empleaba en la cura de las heridas…

Veamos ahora la historia de este gran científico en su investigación contra las infecciones:

LOS RIEGOS DE LAS CIRUGÍAS EN LA ANTIGÜEDAD: Aunque la introducción de la anestesia, hacia mediados del siglo pasado, hizo posible un gran número de operaciones quirúrgicas, la proporción de pacientes que sobrevivían era muy pequeña. Este hecho no era debido a que la cirugía practicada fuese deficiente, sino a las infecciones de los tejidos producidas por bacterias, que procedían del instrumental y del medio ambiente. Tales infecciones originaban la descomposición de los tejidos, un envenenamiento de la sangre, y, por último, la muerte.

En la actualidad, cualquier parte del cuerpo puede ser sometida a operación sin que se corra ningún riesgo de este tipo. El desarrollo del método antiséptico (precedente de la moderna cirugía aséptica) fue la principal contribución de Lister a las ciencias médicas. Lister nació cerca de Londres, en 1827, y fue educado en un ambiente científico. Aunque su padre era comerciante en vinos, dedicó gran parte de su tiempo al desarrollo de las técnicas microscópicas.

El joven Lister estudió medicina en Londres, graduándose en 1852. En el siguiente decenio, publicó los resultados de sus trabajos sobre la piel y los músculos del ojo. También estudió el papel de los capilares en la inflamación de los tejidos y los procesos en la coagulación de la sangre. Sin embargo, su interés por la fisiología no era un fin en sí mismo; como claramente puede deducirse de sus cartas, Lister la consideró siempre como una base de la cirugía, a la que dedicó todos sus esfuerzos.

El primer cargo de cirujano que Lister obtuvo fue el de ayudante del profesor James Syme, en Edimburgo. Tras una breve estadía en el Royal Edimburgh Infirmary, se le nombró profesor de cirugía en la Universidad de Glasgow, en 1860. Aquí fue donde llevó a cabo su labor más destacada. Las salas del hospital que se le confiaron registraban una serie de lamentables antecedentes en lo que se refiere a la gangrena y otras infecciones similares. Lister continuó sus estudios acerca de la cicatrización de las heridas y la inflamación de los tejidos, y observó que las fracturas simples (aquellas en las que el hueso no atraviesa la piel) cicatrizaban con relativa facilidad.

Las fracturas más complejas, en las que los huesos afloraban a la superficie, tenían, frecuentemente, consecuencias fatales. La opinión general era que la formación de pus y la putrefacción del tejido lesionado las originaba el mismo aire. Lister demostró que esta opinión era errónea, atribuyendo tales hechos no al aire en sí, sino a algo que éste trasportaba.



Un colega de Glasgow atrajo la atención de Lister hacia el trabajo que, a la sazón, desarrollaba Pasteur en Francia. Pasteur había demostrado que la leche y el vino se agriaban por la acción de minúsculos organismos vivientes (bacterias), que se encontraban presentes, en todo momento, en el aire. Lister dedujo de aquí que la infección de las heridas se debía también a microorganismos, y se dispuso a encontrar los medios para destruirlos.

A lo largo de todo su trabajo, Lister reconoció la deuda adquirida con Pasteur  y los los hombres de ciencia llegaron a ser grandes amigos. Lister escogió como antiséptico el ácido carbólico, que utilizado por primera vez en una operación en 1865. No solamente sometió a tratamiento la herida (una fractura de pierna) con dicho ácido, sino todo el instrumental utilizado en la operación e incluso sus propias manos y bata, y las de sus ayudantes. Asimismo, pulverizó ácido carbólico en el ambiente para destruir los gérmenes en él contenidos.

Uno de los pulverizadores de ácido carbólico de Lister. Al pasar por la boquilla, el vapor de agua generado en el recipiente metálico provoca la salida de una fina emulsión del ácido carbólico contenido en el frasco de vidrio.

Su método antiséptico tuvo un gran éxito, aunque en principio la gente creyó que su único mérito consistía en haber descubierto un antiséptico particular.

Lister insistió en que él no había descubierto el ácido carbólico ni sus propiedades antisépticas, sino que lo que había hecho era demostrar que las infecciones de las heridas podían ser curadas y, lo que era más importante, prevenidas.

Hacia 1870, Lister regresó a Edimburgo para suceder al profesor Syme en la cátedra de cirugía clínica. Durante este período de su vida, continuó sus investigaciones sobre antisépticos, logrando mejorar sus métodos. Otra de sus valiosas aportaciones fue la introducción del catgut, material empleado en las ligaduras, que es absorbido por el cuerpo, a diferencia de otros utilizados hasta entonces. Lister fue un cirujano muy experto y hábil.

lister cirujano

Lister  sospechó que las bacterias podían provocar la sepsis en las heridas. Como cirujano, intentó destruir los microbios en el momento en que practicaba las heridas operatorias y a tal efecto ideó el pulverizador de ácido carbólico  o  también fénico. Consideró el método como un mal necesario, ya que, en el mejor de los casos, el quirófano se llenaba de una niebla molesta y en el peor de un clima perjudicial para el paciente y el cirujano. Hoy día la cirugía antiséptica ha sido sustituida por la aséptica, en la cual se trabaja en un ambiente y con un material sin gérmenes .

Desarrolló una gran variedad de nuevas técnicas, y todavía están en uso algunos de los instrumentos que él diseñó. Con el tiempo, el sistema antiséptico de Lister obtuvo amplia aceptación, excepto en Londres, por lo que sólo con grandes reparos aceptó la cátedra de cirugía del King’s College, en 1877.



Mas, a pesar de los triunfos cosechados por Lister, muchos médicos no comprendieron su labor y hubo de transcurrir todavía mucho tiempo para que el empleo de antisépticos en cirugía se generalizase. Pero, al fin, se llegó a ello. No obstante, hoy día tal sistema ha sido superado en parte por la cirugía aséptica, con la cual se consigue impedir el acceso de todo microorganismo a la herida.

Además, los instrumentos y vendas se someten a altas temperaturas antes de usarse, con objeto de destruir cuantos gérmenes extraños pululen en los mismos; así se hace también con los guantes de caucho que lleva el cirujano en las manos, pues es imposible esterilizar completamente éstas. Asimismo, el cirujano y sus ayudantes se cubren la boca y la nariz con una mascarilla de muselina, a fin de que quede adherido a ella cualquier microorganismo exhalado por la respiración. También se usan antisépticos para limpiar previamente la porción de piel del paciente en la cual debe practicarse la incisión.

El éxito de sus métodos le hizo que adquiriese gran reputación en el ambiente médico de Londres, y recibió muchos honores, entre ellos la concesión de un título nobiliario en 1897. Lister murió en 1912.

Fuente Consultada:
Revista TECNIRAMA N°68 Joseph Lister.

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