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IDENTIDAD NACIONAL ARGENTINA: GRANDES MÉDICOS ARGENTINOS

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Florencio Escardó Rebeca Gerschman Salvador Mazza Pichón Riviere

MÉDICOS DE LA SALUD PUBLICA ARGENTINA

No hay dudas que referirse   a la vida de quienes en forma directa o indirecta inscribieron sus nombres en la historia de la Salud Pública argentina, insumiría con creces la extensión de este texto. En el siglo XVIII tenemos a Cosme Argerich, hijo de un coronel catalán, nació en Buenos Aires en 1758.

Estudió medicina en Barcelona, de donde regresó doctorado. Actuó, como es natural, en todos los establecimientos existentes en esa época. Hospital de Mujeres, Casa de Huérfanas, Casa de Niños Expósitos, lo contaron en algún momento en sus harto reducidos planteles médicos. Le cupo el mérito de ser el primer titular de la cátedra de Medicina que crease el Protomedicato. Trabajó duramente en las invasiones inglesas. A partir de las luchas de la Reconquista se le nombró cirujano del 29 escuadrón de Húsares. Participó en las jornadas preparatorias de la Revolución de Mayo.

En 1813, apenas se tuvo en Buenos Aires noticias del combate de San Lorenzo, salió para el lugar en posta, para atender a los heridos. Fue Argerich precisamente quien intervino quirúrgicamente al capitán Bermúdez. Desgraciadamente Bermúdez falleció el 14 de febrero de 1813. A fines de 1813 se incorpora como cirujano al Ejército Auxiliar del Alto Perú. Estuvo a las órdenes de San Martín y luego de Rondeau. Durante varios meses participó de las vicisitudes de aquella campaña. Una enfermedad fortuita, de la que se reponía en Cochabamba, le ahorró el dolor y el bochorno de Sipe-Sipe.

Murió a los 62 años, el 14 de febrero de 1820, en momentos en que era director del Instituto Médico que reemplazaba a la Escuela de Medicina de la que fuera fundador.

Dr. Juan Madera. Nació en Buenos Aires en 1784, murió en la misma en 1829. En su corta existencia desarrolló una actividad múltiple, de la que gran parte tuvo por marco los ejércitos de la Independencia. Empezó sus estudios de medicina en 1801.

En las jornadas gloriosas de la Reconquista y de la Defensa, el joven Madera fue afanoso practicante en los hospitales de sangre. Apenas graduado —en 1808— se le designó médico del Cuerpo de Patricios. Dos años después, era cirujano 1° del Ejército Auxiliar.

Cuando volvió a Buenos Aires, en la segunda mitad de 1811, dejó atrás la sangrienta represión de Cabeza de Tigre, los días de gloria de Cotagaita y Suipacha y la nefasta jornada de Huaqui. Rememoraba tal vez el trágico fin de Pereyra de Lucena, a quien debiera intervenir justamente en el desbande que siguió a Huaqui.

Para 1812 se incorpora al hospital de los Bethlemitas. A fines de 1812 se le nombra cirujano del Estado Mayor de la Plaza de Buenos Aires. En abril de 1813 se le honra con la designación de director de la Escuela de Medicina y Cirugía. Su curriculum es una interminable sucesión de éxitos, que premiaban sus relevantes aptitudes y su nunca desmentida vocación de servicio.

En 1813 fue nombrado cirujano a cargo de la visita sanitaria a los buques cirujano del Batallón de Cazadores, que arribaban a Buenos Aires, en 1814 en el mismo año cirujano del Cuerpo de Guardias de Caballería del Superior Gobierno. En 1816 vuelve a ser nombrado médico de Sanidad del Puerto, meses después es médico en comisión en el cuerpo de Inválidos. 1817 le acarrea la satisfacción de ser médico del Cabildo y —por si esto fuera poco honor— médico asimismo de la Morgue de la Cárcel y de la Casa de Expósitos.

En esta histórica Casa, fundada en 1779 por el virrey Vértiz, Madera tuvo la honra de ser el primer médico. También, como se verá en otro lugar, esa Casa le procuró algún disgusto. En la última década de su brillante carrera fue médico y primer administrador del Instituto de Vacunas (1821), fundador del Departamento de Medicina de la Universidad y profesor de Materia Médica y Patológica (1827), cargo este último desempeñado hasta su muerte.

Francisco Javier Muñiz nació en San Isidro en 1795. Pelea a los 12 años —y es herido— en las segundas invasiones inglesas. Ingresa a los 19 años en el Instituto Médico Militar, del que egresa a los 26 años como facultativo. Tres años más tarde se gradúa de médico y cirujano y en 1825 lo nombran médico militar en Chasco-mús. En 1827 se le designa profesor de medicina legal, partos y niños. Al año siguiente deja la enseñanza y se radica en Lujan como médico militar y de policía, para dedicarse a sus estudios paleontológicos.


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En 1844 descubre la vacuna indígena. Se creía entonces que la enfermedad benigna de las ubres vacunas, producida por un virus que protege contra la viruela negra, no existía en nuestras vacas. Tocó precisamente a Muñiz desvirtuarlo. Este hallazgo evitó muchos casos de viruela. Vuelve más tarde a sus cátedras y actúa como médico militar en Cepeda y la guerra del Paraguay. Cae en su ley, a los 76 años. En plena lucha contra la epidemia de fiebre amarilla, contrae la enfermedad. Muere el 8 de abril de 1871.

Nacido en San Juan en 1821, Guillermo Rawson se doctoró en medicina en 1844. Desarrolla una intensa actividad política (diputado, senador, ministro del interior de Mitre) que pudo haber culminado en la presidencia. En 1873 inaugura la Cátedra de Higiene Pública. Se ocupó del saneamiento de Buenos Aires, de la mortalidad infantil, del hacinamiento inhumano en los conventillos y muchos otros temas de Salud Pública. Murió en París en 1890.

La sedienta y postergada Santiago del Estero fue, en 1907, la cuna de quien habría de constituirse en renovador genial de la Salud Pública argentina.

Ramón Carrillo alcanza en su carrera, desde la adolescencia, las más preciadas distinciones. Egresa del Colegio Nacional de Santiago del Estero a los 16 años, galardonado con la medalla de oro al mejor bachiller de su promoción. A los 15 años de edad, su monografía “Juan Felipe Ibarra, su vida y su tiempo” es distinguida igualmente con medalla de oro.

Se gradúa de médico a los 21 años de edad. Una vez más, cansadamente, recibe la consabida medalla de oro que se adjudica al más elevado promedio de calificaciones de la promoción.

Orientado quirúrgicamente por su primer maestro, el Dr. José Arce, se vuelca a una especialidad poco frecuentada entonces, la neurocirugía, en la que su maestro fue Manuel Balado. A poco de graduado, es becado para seguir cursos de perfeccionamiento en Europa.

Trabaja dos años en Amsterdam y recorre luego, durante un año, los más importantes centros de su especialidad en Francia y Alemania. Los diez años que siguieron a su graduación con la obvia excepción de su beca en Europa, estuvieron dedicados por completo a su labor hospitalaria y a la investigación, en el viejo hospital de Clínicas. Recién en 1939 comienza a ejercer su profesión. En ese mismo año se le designa Jefe del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central.

Tres años más tarde, a la insólita edad de 35 años —fue, para la época, el más joven profesor titular de la Facultad de Medicina de Buenos Aires— gana el concurso a que se llama para cubrir la cátedra de Neurocirugía, vacante por la muerte de su maestro, Manuel Balado. Despliega en esa cátedra intensa actividad quirúrgica, docente y de investigación. En 1944 se hace cargo de la recién creada Secretaría de Salud Pública de la Nación.

Analizaremos más adelante la acción que desplegó en la secretaría primero, en el ministerio de Salud Pública, después. Lo que cuadra enfatizar aquí es la auténtica genialidad que puso al servicio de su cometido. No existía entonces un cuerpo orgánico de doctrina referido a la Administración Sanitaria. Ni aquí ni en el resto del mundo.

La sólida formación científica de Ramón Carrillo, y la universalidad de su pensamiento le llevaron a crearla. Tomó como punto de partida a quienes habían innovado en materia de organización y administración, sobre todo a Taylor y Fayol. Aplicó esos principios generales al campo particular de la Salud Pública. Aplicó asimismo su asombrosa capacidad prospectiva.

Erigió así una Administración Sanitaria original, no meramente copiada de modelos ajenos a nuestra realidad. Veinticinco años después, institucionalizada la Administración Hospitalaria y de Salud Pública como carreras de postgrado, resulta imposible para quienes enseñan las distintas asignaturas de esa especialidad, evitar repetir los conceptos que Carrillo enunciara como auténticamente novedosos desde 1944 hasta 1954. La poca funcionalidad de las construcciones hospitalarias le llevó a realizar un minucioso estudio de la arquitectura especializada. Su obra Teoría del Hospital es un aporte revolucionario a las ciencias y artes de la construcción y administración de hospitales.

Sus realizaciones en el terreno de la Salud Pública, tuvieron, sin duda, una magnitud más que suficiente para asegurar a Ramón Carrillo supervivencia histórica como el más notable sanitarista argentino.

En 1951 aparecen los primeros síntomas de la enfermedad que pocos años después habría de matarlo. Su presión arterial es muy alta y le ocasiona atroces dolores de cabeza que reducen su inagotable capacidad de trabajo y le obligan a alejarse de la función pública en 1954. Terminan sus días lejos de su tierra, en Belem, Brasil. Enfermo de muerte, exiliado y pobrísimo, se desempeña como médico de una compañía minera norteamericana.

En una carta de Carrillo a su amigo, e! periodista Segundo Ponzie Godoy, fechada en Belem el 6 de setiembre de 1956, la desgarrante sinceridad ahorra toda exégesis y muestra con elocuencia al hombre:

“No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esa obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias.”

Muere en 1958, a los 51 años de edad. Sus restos están aun lejos de su Santiago natal. La conspiración de silencio urdida en torno de su nombre y su obra se ha quebrado días atrás. El Hospital Policlínico Regional de Santiago del Estero se llama ya “Dr. Ramón Carrillo”.

ALGO MAS SOBRE MÉDICOS ARGENTINOS…

ENRIQUE FINOCHIETTO: El legado de Enrique Finochietto (1881-1948), uno de los cirujanos más brillantes de nuestra medicina, incluye el recuerdo de su generosidad y de la preocupación que tenía por el bienestar de sus pacientes. Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: dicen que ocurrió en 1924, una noche en que el médico disfrutaba con amigos de una velada en el Chantecler.

El músico julio De CaroEnrique Finochietto Medico Argentino le refirió el caso de la esposa de un amigo, de muy humilde condición, que estaba gravemente enferma. Finochietto se levantó enseguida de la mesa, visitó a la enferma y la hizo internar en un sanatorio privado donde, esa misma noche, le realizó la operación que le salvaría la vida.

No aceptó que De Caro se hiciera cargo de los gastos y éste le agradeció el gesto dedicándole un tango titulado B/ien íWiigo. Ya había dado señales de su vocación de servicio: pocos años antes había estado a cargo del hospital creado en Francia por iniciativa del embajador argentino, Marcelo Torcuata de Alvear,para asistir a los heridos de la Primera Guerra Mundial y el gobierno francés le había otorgado la medalla de la Legión de Honor.

En lo material se lo recuerda por el instrumental y por los aparatos quirúrgicos que creó, entre los que se destacan el separador intercostal a cremallera para operaciones de tórax y la lámpara conocida como “frontolux”, que servía para que el cirujano iluminara la zona a operar. Estos v otros inventos superaron las fronteras y fueron adoptados en todo el mundo.

SALVADOR MAZZA
LaMEPRA y la penicilina
No hay dudas de que la vigilancia epidemiológica y el análisis de los factores socioeconómicos en el estudio de las enfermedades endémicas guiaron el camino de Salvador Mazza (1886-1946) y que la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA) fue su obra magna.

Se preparó para eso. Mientras se capacitaba en enfermedades tropicales en África conoció a Charles Nicolle, especialista en microbiología y gran entomólogo, a quien Mazza consideraría luego como “el padre espiritual de todos mis trabajos”.

Con él emprendió, en 1925, el viaje de estudio por las provincias del norte argentino, que fue el origen de la creación de la MEPRA y la gran cruzada. A bordo de un vagón de ferrocarril especialmente equipado, recorrió el país con un equipo profesional multidisciplina-rio para realizar el relevamiento y análisis de las patologías regionales y brindar a los médicos locales conocimientos vítales.

Durante este emprendímiento llevó a cabo las valiosas investigaciones sobre la tripanosomiasis americana (luego, Mal de Chagas o Mal de Chagas-Mazza) por las cuales se lo recuerda. Más adelante, en 1942 cuando recién se comenzaba en los Estados Unidos con la producción de penicilina, que se destinaba mayormente a los soldados heridos, Mazza resolvió fabricarla en Jujuy. El propio Fleming le proporcionó las cepas del hongo necesarias para hacerlo y avaló más tarde la calidad del medicamento que de manera artesanal habían obtenido los científicos argentinos.

Pero cuando, en 1943, Mazza solicitó apoyo para encarar la producción en escala, las autoridades le dieron la espalda y el proyecto quedó en la nada. La otra gran derrota de su trabajo, aunque no llegó a verla, fue el cierre de la MEPRA, en 1959, doce años después de su muerte.

Fuente Consultada:
La Salud Pública Historia Popular Vida y Milagros de un Pueblo Fasc. N°61
Revista Muy Interesante Especial Medicina Año 5 – 2013 – N°11





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