Primeros Colegios del Virreinato e Influencia de los Jesuitas



PRIMEROS COLEGIOS DEL VIRREINATO DEL RIO DE LA PLATA – INFLUENCIA DE LOS JESUITAS

Desde los albores mismos del descubrimiento y poblamiento de América, la metrópolis  Española plasmó en estas virgíneas tierras no sólo su arquitectura y su altivo espíritu guerrero, sino, más aún, su fisonomía espiritual y cultural.

Con el fin de encauzar a los indígenas americanos por las vías de la civilización, se crearon las «Escuelas de Caciques», en las que se enseñaba el idioma castellano a los jefes indios para, mediante ellos, inculcar más fácilmente la cultura europea en sus subditos; pero este método, sin duda bien intencionado en principio, fracasó lamentablemente, dejándose desde entonces la enseñanza en manos de los misioneros, quienes, después de aprender las respectivas lenguas autóctonas, fueron sus mejores maestros.

De igual modo, la labor educativa de los hijos criollos del conquistador, y más tarde del colonizador, estuvo casi por entero bajo la responsabilidad de las órdenes religiosas.

LA ESCUELA PRIMARIA. — La instrucción popular se inició en el seno mismo de la familia; más tarde, empezó a tomar forma orgánica merced al celo desplegado por ciertas instituciones de la Iglesia, distinguiéndose en ello los padres franciscanos, dominicos, mercedarios y, sobre todo, los beneméritos jesuítas, orden a la vez con finalidad misionera y docente.

A estos últimos, de un modo especial, debemos en nuestro país, desde los primeros tiempos de la colonización hasta fines del siglo XVIII, la creación y funcionamiento de escuelas en las principales ciudades del territorio y en todas y cada una de las Reducciones indígenas, a cargo de los mismos.

La primera escuela que fundaron fue la de Santa Fe, en 1610; más tarde se fueron sucediendo otras en los más importantes centros de población: Buenos Aires, Corrientes, Tucumán, Córdoba, Santiago del Estero, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja y Catamarca.

También los Cabildos establecieron algunas escuelas, que se multiplicaron con el advenimiento del Virreinato.

La enseñanza primaria de esa época, además de la doctrina cristiana, comprendía la lectura, la escritura y la aritmética, y, contrariamente a lo que se afirma, se extendía tanto a las niñas como a los varones, y salían de la escuela sabiendo leer y escribir correctamente. También funcionaban escuelas en la campaña.

LOS COLEGIOS. La enseñanza que hoy llamamos «secundaria» se impartía en los colegios, los cuales funcionaban en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Tucumán, Salta, La Rioja y Catamarca.

En 1610 los jesuítas trasladaron de Santiago del Estero a la ciudad de Córdoba su Colegio Máximo, llamado también de Loreto o del Rey, para la formación de los estudiantes de la Compañía, si bien más tarde admitieron también estudiantes de otras órdenes religiosas y civiles.



Este establecimiento educacional sirvió de base a la futura Universidad cordobesa, como explicaremos más adelante.

Años más tarde, en 1687, el Presbítero Ignacio Duarte, deseando dotar de un internado cómodo a los estudiantes venidos de otros confines del Virreinato, fundó en la misma ciudad el Real Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, que en 1695 entregó a la inteligente dirección de los padres jesuítas.

colegio monserrat

Colegio de Moserrat en Córdoba

Por lo escogido de sus enseñanzas y la preparación de sus profesores, este colegio pronto adquirió fama, y numerosos jóvenes de todo el Virreinato se inscribieron en sus aulas.

También a la escuela primaria de Santa Fe añadieron los jesuítas cursos superiores de estudio, y durante muchos años fue el litoral el centro de mayor cultura, por los eximios maestros que albergaron sus muros (Lozano, Cardiel, Falkner, Dobrizhoffer, etc.) y los preclaros hombres que salieron de sus aulas.

Correspondió también a los jesuítas fundar el colegio de Buenos Aires, en 1623, que levantaron en un principio junto a la Plaza de Mayo, frente al Fuerte, y más tarde, en 1661, lo trasladan a la calle Bolívar, junto a la iglesia de San Ignacio, con el nombre de Colegio Grande o San Ignacio.

En él funcionaron cátedras de filosofía, teología y matemáticas. Durante todo el curso del siglo XVIII este colegio fue el centro del intelectualismo en Buenos Aires.

En todos estos colegios la asignatura básica era la lengua latina; de aquí el nombre de aulas de Gramática o Latinidad con que se designan a estos establecimientos.

Con la expulsión de los jesuítas en 1767, por orden del sectario Conde de Aranda, ministro de Carlos III, la enseñanza primaria y sobre todo la secundaria sufrieron un colapso en nuestro país.



A este desquicio del progreso cultural quiso poner coto el gobernador Vértiz en 1771, resolviendo, con la Junta de Temporalidades (encargada de la administración de los bienes de la Compañía), la creación de una escuela de Primeras Letras y de una cátedra de Gramática Latina, quedando así establecidos los «Reales Estudios» a cargo del regente don Juan Baltasar Maziel.

En 1772, el mismo virrey nombra un profesor de Filosofía, y en 1776 se incorporan a la enseñanza las cátedras de Teología y Moral, quedando, en consecuencia, los reales estudios integrados por: Primeras Letras, Gramática Latina, Filosofía, Teología y Moral.

El mismo Vértiz, siendo ya virrey, quiso dar mayor amplitud y jerarquía a los estudios porteños, erigiendo sobre el antiguo colegio jesuíta el Real Colegio Convictorio de San Carlos, llamado también más brevemente «Carolino», el cual fue inaugurado solemnemente en 1783, confirmándose en el puesto de la enseñanza de este colegio era esencialmente humanística; se dictaban clases de Sintaxis, Poética y propiedades de la lengua latina, Filosofía, Teología y Metafísica.

Con todo, los «Reales Estudios» no conferían títulos, de modo que los aspirantes a diploma de maestro en Arte o de doctor en Teología debían completar su cultura en las universidades del Virreinato: Córdoba o Chuquisaca, o bien dirigirse a Chile o Perú, donde funcionaban las famosas universidades de San Felipe en Santiago y la de San Marcos en Lima.

Todo esto traía aparejado inconvenientes diversos; de aquí que el mismo Maziel pusiera sumo empeño por elevar la institución bonaerense a la categoría de universidad, cosa que no se logró en los años que restó de dominación hispánica, sino medio siglo después, es decir, durante el progresista gobierno del Gral. Rodríguez..

El colegio Carolino gozó de alta estima en Buenos Aires y en sus aulas iniciaron los estudios los jóvenes de las principales familias porteñas, yendo luego a perfeccionar su cultura en las universidades del Virreinato o de la Península.

Entre los proceres de Mayo que frecuentaron este colegio debemos mencionar a Saavedra, Castelli, Vieytes, Belgrano, Moreno y Rivadavia.

LAS UNIVERSIDADES. En lo que era el antiguo Virreinato del Río de la Plata funcionaron dos universidades, ambas regenteadas hasta 1767 por los padres jesuítas: la de Chuquisaca y la de Córdoba.

Nos detendremos a estudiar esta última por estar radicada en lo que es hoy territorio argentino.

En 1610 los jesuítas habían trasladado de Santiago del Estero a Córdoba su Colegio Máximo; tres años más tarde abrieron en la misma ciudad el Convictorio de San Javier; sobre estas dos instituciones se constituyó la Universidad cordobesa, debiéndose el fruto de ésta iniciativa al obispo franciscano Monseñor Hernando de Trejo y Sanabria.



En efecto, deseando el obispo de Tucumán ampliar los estudios superiores impartidos por los jesuítas, en 1613 se puso al habla con los superiores locales de la Compañía de Jesús, obteniendo de éstos recibieran en sus aulas a estudiantes del clero secular, comprometiéndose económicamente y por legado testamentario a erigir cátedras de Latín, Artes y Teología, de modo a poder otorgar, con licencia real, grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor.

En 1614 murió el obispo y la Universidad quedó virtualmente constituida, pero costeada especialmente por la Compañía de Jesús, debido a las controversias suscitadas alrededor de la donación del obispo, complicada con otra del mismo donante a Santiago del Estero; de aquí que si la Universidad cordobesa fue obra material de los jesuítas, podemos con mucha justicia considerar a Trejo y Sanabria como el fundador intelectual de la misma, teniendo en cuenta su iniciativa y sus disposiciones testamentarias.

Como el Colegio Máximo, en un principio, sólo podía otorgar títulos y grados a los estudiantes de su Orden, se hicieron diligencias para extender este privilegio a estudiantes extraños, obteniendo en el año 1622 que el Papa Gregorio XV y el rey Felipe II crearan, junto al Colegio, la Universidad, con facultad de dar títulos válidos en todos los dominios españoles.

En 1622, el P. Pedro de Oñate, superior de la provincia jesuítica del Paraguay, redactó las primeras ordenaciones que, con las reformas introducidas más tarde, en 1664, por los PP. Francisco Vázquez Trujillo y Juan Pastor, reglamentaron los estudios.

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Se especificaron dos Facultades, basadas en el estudio del latín: Artes y Teología. La primera, destinada a los estudios de la Filosofía, abarcaba tres cursos: Lógica, Física y Metafísica, otorgando los respectivos títulos de bachiller, licenciado y doctor en Teología.

A raíz del extrañamiento de la Compañía de Jesús, en 1767, la dirección de la Universidad pasó a manos de los franciscanos, que añadieron, en 1791, la cátedra de Instituía, a cargo del profesor doctor Victoriano Rodríguez; otorgaba el título de bachiller en Leyes.

En 1795 crearon la cátedra de Jurisprudencia civil, a cargo del eminente abogado Dámaso Jijena; confería los grados de Derecho civil: bachiller, licenciado y doctor.

En 1808 vuelve a reorganizarse la Universidad de Córdoba con el nombre de Universidad de San Carlos y Nuestra Señora de Monserrat, designándose como rector de la misma al doctor Gregorio Funes, más conocido entre nosotros como el «Deán Funes», de larga y fructífera actuación en la historia argentina. En 1809 creó, de su propio peculio, una cátedra de Matemática, de la que hablaremos más adelante.

Tal era la única universidad que funcionaba en nuestro país al estallar el movimiento revolucionario de 1810, y en cuyas aulas hicieron sus estudios muchos de nuestros ilustres patricios, entre ellos: Juan J. Paso, José M. Paz, Valentín Gómez, Manuel Alberti, Pedro I. Castro Barros, Juan I. de Gorriti, etc.

Fuente Consultada: HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA Tomo II de Francisco Arriola Capítulo III Editorial Stella

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De todas maneras buena o deficiente, satisfactoria o no satisfactoria, fue la educación jesuítica la única que hubo en el Río de la Plata, Tucumán y Paraguay desde los primeros tiempos de la Conquista hasta fines del siglo XVIII (…) cabe a la Compañía de Jesús, y solamente a ella, haber abierto escuelas en todos los centros de población, haber fundado colegios en todas las ciudades del antiguo virreinato y haber erigido en el corazón geográfico del mismo, una Universidad que desde principios del siglo XVII hasta fines del XVIII pudo competir con los grandes centros culturales del Viejo Mundo (…) La escuela primaria de Santa Fe fue la primera en fundarse en territorio argentino.

Remóntase su fecha a 1610 (…) El Colegio de Santa Fe fue en sus comienzos una escuela de “primera edad”, como se expresaba Lozano, pero contó con los cursos superiores (…) trasladada la ciudad en 1651 al lugar que hoy día ocupa, quedó emplazado el colegio en la histórica manzana donde al presente se levanta el Colegio de la Inmaculada.

Durante todo el siglo XVIII fue el Colegio de Santa Fe el orgullo de los habitantes de la ciudad.

Era el alma de todo el movimiento científico y literario en la población: era el centro de todas las corrientes culturales y dentro de sus muros se albergaron hombres de singularísima cultura como Lozano, Cardiel, Falkner, Dobrizhoffer, Brigniel y Núñez, García y Canelas (…)

En medio de una población que vivía en modestas casuchas de quinchado barro, ajenos enteramente a toda manifestación artística, debió el Colegio de los Jesuitas ser una maravilla.

Allí se veían magníficos cuadros que adornaban entonces y hoy día las paredes del templo: allí había una biblioteca que fue durante centurias la única que hubo en la ciudad (…)

La biblioteca del Colegio de Santa Fe tenía más de seis mil volúmenes: la del Colegio Grande de San Ignacio alcanzaba la suma de diez mil: pasaba de esa cifra la de la Universidad de Córdoba: eran como dos mil los de la biblioteca de Montevideo y en cada Reducción de pueblo de indios había una biblioteca de trescientos a cuatrocientos volúmenes (…)

La Universidad de Córdoba fue la expresión más elocuente de la cultura jesuítico-colonial.

Fue además la obra de mayores alientos y la más prolífica llevada a cabo por los padres de la Compañía (…) No hacía todavía medio siglo que se había fundado la ciudad de Cabrera cuando pensaron los jesuitas en erigir la Universidad.

Comenzaron en 1610 inaugurando el llamado Colegio Máximo: tres años más tarde inauguraban el Convictorio de San Javier y un año después quedaba virtualmente constituida la Universidad a base de estas dos instituciones.

En 1622 el papa Gregorio XV y el rey Felipe III elevaban oficialmente la Universidad a la categoría de tal y se le otorgaba el privilegio de dar títulos válidos en todos los dominios españoles.

Guillermo Furlong, s. j. Los jesuitas y la cultura rioplatense

Otras Formaciones:

LA ESCUELA DE «DIBUXO» DEL CONSULADO (1799): Prescindiendo de las Reducciones jesuíticas, en las que, según hemos visto, se exploró la natural inclinación del indígena por las artes de pintura y grabado, bien poco es lo que se realizó en el resto del Virreinato en lo tocante a estas especialidades, ni siquiera en los establecimientos educacionales, a pesar de contar con no pocos artistas capaces en esos tiempos.

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Correspondió a un hombre de iniciativas, pero completamente ajeno a esta profesión, dar el primer impulso a la enseñanza de las artes liberales: don Manuel Belgrano.

A poco de volver de España, adonde fuera a completar su cultura, Belgrano fue designado, a la edad de veinticinco años, secretario del Consultado de Comercio de Buenos Aires, y en calidad de tal observó y estudió patrióticamente la realidad nacional en su aspecto económico y social.

En virtud de una reglamentación vigente, debía cada año redactar una «Memoria» sobre algunos de los temas propios de la institución de la que formaba parte, con cuya lectura se abrían anualmente las sesiones de la
misma.

En estas Memorias anuales abordaba, según las circunstancias, la solución de algún problema referente a la agricultura, el comercio, las fábricas, los beneficios de la forestación, la unión (hoy día llamaríamos cooperativas) de hacendados y comerciantes, etc.

En la tercera de estas Memorias, la del año 1796, leída ante la corporación mercantil, expone su preocupación por la educación popular: » sin que se ilustren los habitantes de un país, o es lo mismo, sin esseñanza nada podríamos adelantar».

Después de insistir en la importancia de fomentar las artes (artesanías) y la actividad fabril, deduce como consecuencia lógica la necesidad de poseer una Escuela de Dibujo, ya que «toda profesión y todo oficio —dice— exige su conocimiento».

Aprovechando la presencia en Buenos Aires del escultor y tallista español don Juan Antonio Gaspar Hernández, le insinuó solicitar del Consulado la autorización para fundar una Escuela de geometría, arquitectura, perspectiva y todas las demás especies de dibuxo; sólo pedía se le concediera una sala con bancos, mesas y luces, ofreciéndose a enseñar en forma enteramente gratuita.

Hecha la presentación y aprobado el presupuesto, si bien «con reparos», por no estar dicha corporación autorizada para efectuar dichas erogaciones, fue autorizada la apertura de la escuela, con la expresa condición de dar cuenta de ello a la Corte para su aprobación.

Redactado el reglamento por el mismo Belgrano, se llevó a cabo la inauguración de los cursos el 29 de mayo de 1799, con 54 alumnos inscriptos, que después se elevaron a 64. Limitábase la enseñanza a un método bastante primitivo: la copia servil de láminas y grabados.

El Consulado mismo, dando muestra de interés por esta novedad entre nosotros, instituyó medallas de plata como estímulo a los mejores estudiantes.

Al año siguiente, o sea en 1800, Hernández renunció a su puesto de profesor en la escuela, siendo sustituido por los hermanos Francisco y José Cañete.

No tenemos noticias sobre los frutos que rindió esta escuela durante los tres años que estuvo en funcionamiento, pero sí sabemos que la Corte no miró con buenos ojos este valor cultural, y por Real orden del 4 de abril de 1800 desautorizó su fomento, por considerarla dispendiosa.

Decidido su director, Belgrano, a mantener esta institución docente, escribió en 1802 a Madrid pidiendo reconsideración de la drástica medida; más: el envío de un profesor especializado y de los reglamentos de la Academia de San Fernando para aplicarlos en Buenos Aires.

Sin embargo, la metrópoli mantuvo su decisión primera por nueva Orden, fechada el 26 de julio de 1804.

Sin duda, esta negativa decepcionó bastante a Belgrano, y, siempre con la secreta esperanza de ver cristalizado este su noble anhelo, aprovechó el triunfo sobre los ingleses en 1807 para solicitar la mediación del Cabildo bonaerense y de la Real Audiencia ante la Corona, pero una vez más se estrelló ante la irreductible determinación de las autoridades peninsulares.

Así murió nuestra primera Escuela de Dibujo, cuando ya había surgido —otros de los felices sueños de nuestro activo procer— la Escuela de Náutica, que estudiaremos en el capítulo siguiente.

LA ACADEMIA DE PINTURA. Cerrada la Escuela de Dibujo por resolución real, la enseñanza artística pasó a manos de particulares, que en escuelas o en el propio hogar siguieron prodigando sus lecciones de maestros.

En las postrimerías del siglo XVIII encontramos en Buenos Aires tres pintores no desprovistos de inteligencia: el español José Salas, el italiano Ángel María de Camponesqui o Camponeschi —más conocido entre nosotros con la modificación de su apellido: Compones— y el español Miguel Aucell.

El madrileño José Salas había estudiado en la célebre Academia de San Fernando de Madrid, y se encuentra ya en Buenos Aires en 1773, en que aparece pintando un escudo de Castilla, perdiéndose totalmente los rastros de su vida en 1802.

Durante su breve permanencia en Buenos Aires pintó algunos retratos de importancia, como el del Virrey Meló y el más conocido y estimado: el de Sor María Antonia de la Paz y Figueroa, que se custodia en la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, por ella fundada.

En 1801 abrió en esta ciudad una escuela particular de dibujo donde los alumnos aprendían según métodos de la Academia matritense.

Esta escuela porteña gozó de gran popularidad, pero su existencia fue efímera, pues, como dijimos más arriba, su fundador abandonó Buenos Aires al año siguiente.

La otra figura precursora de nuestro arte pictórico, Ángel María de Camponesqui, retratista y miniaturista de talento, vino a nuestro país en compañía del orfebre José Boqui en fecha que se ignora, pero su presencia en la ciudad puede afirmarse ya en 1806, fecha en que aparece como autor de una miniatura de Juan Martín de Pueyrredón; también es de esta época una tela discretamente realizada del lego dominico José del Rosario Zemborain, muerto en 1804 con fama de santidad, y que el artista pintó por encargo de algunos fieles admiradores de sus virtudes.

Este retrato, existente en la sacristía de la iglesia de Santo Domingo, representa al religioso de pie, en tamaño natural, teniendo como fondo el cielo y la silueta de su convento, y en la parte inferior del lienzo, el año de su muerte.

fray Jose Zemborain

Fray Jose Zemborain

En 1808, el Cabildo de Montevideo encargó a Camponesqui la confección de los retratos de los reyes, en ese entonces Carlos IV y María Luisa de Parma.

Ese mismo año, el Cabildo de Buenos Aires le encomendó al mismo artista, por ser «el mejor [pintor] de la época», la tarea de hacer un retrato del nuevo monarca, encareciéndole que «trabajando de día y de noche procurara sacar un retrato, el más perfecto, de nuestro rey, el señor Fernando VII».

Como su colega español Juan Hernández, este pintor desdobló su profesión en maestro, y en esta su tarea de docente hace que registre en la categoría de «pioner» de la enseñanza artística en nuestro país.

Cerramos esta nota haciendo alusión a otra figura destacada del arte pictórico anterior a 1810: Miguel Aücell, valenciano, nacido en 1728 y llegado a Buenos Aires en 1754, donde practicó la pintura y el comercio.

Cómo artista nos dejó La Resurrección, fechada en 1760, y que se conserva en el convento de San Francisco; el cuadro de San Luis, que actualmente adorna la capilla de San Roque, y el de San Ignacio, que se encuentra en la iglesia del mismo nombre.

Además, en 1775, por encargo del Cabildo, ejecutó el retrato de los reyes destinado a exornar las paredes del Fuerte.

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