Desnacionalizacion de Empresas con Krieger Vasena Plan Económico



Desnacionalización de Empresas con Krieger Vasena

El caso argentino: La desnacionalización industrial en Argentina ha sido denunciada con claridad tanto por Rogelio García Lupo, en su trabajo «Contra la ocupación extranjera», como por Julián Delgado en el Informe Especial publicado por el semanario «Primera Plana» (N° 297-3/9/68). Este último manifiesta que a partir de 1962 se aceleró el proceso de transferencias.

«Algunas empresas comenzaron a pasar a manos extranjeras a través de un mecanismo sencillo y dramático a la vez: los proveedores de máquinas y equipos que quedaban impagos a los acreedores por royalties empezaron a tomar participación en el capital accionario de esas empresas, y luego, generalmente en un segundo paso, compraron el paquete mayoritario».

También señala que la administración frondicista abrió las compuertas para que entraran las grandes fábricas de automotores, que se colocarían rápidamente a la cabeza del grupo de empresas con mayor capital accionario y facturación de ventas.

Mientras para 1956, unas 75 de las 100 grandes empresas censadas por la revista «Panorama de la Industria Argentina» eran argentinas, para 1966 la participación había descendido a solo 50 empresas, y en 1970, el predominio de las empresas extranjeras ya era decisiva. (imagen: Ministro de Economía de  Onganía Krieger Vasena)

Para Julián Delgado, la reforma cambiaría que subvalúa el peso el 13 de marzo de 1967 es otro paso importante en la cadena de desnacionalizaciones: » . . . lo que no se había previsto era lo que los capitalistas extranjeros podían hacer con su dólar sobrevaluado en función de los pesos nacionales argentinos: utilizarlo como si disfrutaran de un subsidio para la compra de empresas locales ya instaladas y en funcionamiento».

Las dificultades financieras por las cuales atravesaban estas empresas convertían a sus titulares en vendedores deseosos de liquidar su paquete accionario a cualquier precio.

Es difícil compartir la afirmación de Delgado cuando señala que el resultado de la devaluación «no se había previsto». Veremos más adelante el impacto de las corporaciones multinacionales en la estructura de clases local, que incluye la asociación de una burguesía gerencial, cuyos miembros desempeñan con frecuencia funciones gubernamentales.

Analizando las 50 compañías con mayor facturación de ventas (más de 7.000 millones anuales), correspondiente a ejercicios cerrados el 31 de diciembre de 1961, pueden discriminarse cuatro grupos: en primer lugar, las cinco grandes empresas estatales (Yacimientos Petrolíferos Fiscales, Ferrocarriles Argentinos, Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires, Gas del Estado y Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina), que facturaron, relativamente, el 34 % de la facturación total de las empresas en consideración; en segundo lugar, el grupo de empresas de origen europeo, que ocupan el 29 %; le siguen las firmas norteamericanas con el 22%, y, por último, las empresas argentinas de capital privado con un 15 %.

En cuanto a la discriminación del capital extranjero inversor por países de origen, el 22 %, como indicamos, corresponde a Estados Unidos, cuya tendencia a ser el mayor comprador de activos de empresas se acentúa; a empresas inglesas, el 10 %; italianas, el 9 %; alemanas, suizas y holandesas, otro 10 %.

Estos cálculos dejan de lado las adquisiciones en el campo bancario, protagonizadas por capitales norteamericanos (City Bank of N. Y., Morgan Guaranty Trust), españoles y franceses. También se omite la mención a la importancia de la actividad que algunas de las empresas transferidas cumplían para la economía nacional. El ramo de la fabricación de piezas de automotores, de la química, de los textiles sintéticos, por ejemplo, han sido un punto predilecto de los «invasores».



Es importante tener en cuenta que este proceso no se debe meramente a los avatares de un mercado con anomalías. Existe una política gubernamental, representante de los intereses de los sectores monopolistas nacionales y extranjeros, que crea las condiciones para que el mercado actúe en la forma en que lo hace. Refiriéndose a la política económica aplicada entre 1967 y 1969 por el ministro de Economía Krieger Vasena, una publicación señala que el nervio de su política económica fue la importante corriente inversionista extranjera:

«Claro está que, por vía de esa política de Krieger Vasena, la banca nacional había pasado a estar controlada por los centros bancarios extranjeros y numerosas empresas habían pasado a ser subsidiarias de firmas cuya nacionalidad estaba afincada en los Estados Unidos de Norteamérica o en Europa. La gestión de Krieger Vasena había producido, por vía accionaria, una evidente desnacionalización empresaria y bancaria que en ningún momento fue desmentida por los órganos de gobierno».

En esta etapa la política económica tiene como objetivo básico el detener la inflación, dado que pasa a ser un freno para la expansión del sistema ya que:

1) estimula movimientos de los asalariados para elevar los salarios, disminuyendo así los beneficios;
2) desorganiza la producción, pues no se pueden prever ni los costos ni el capital necesario para las inversiones, y3) se favorece la especulación a través de la retención de stocks que se valorizan automáticamente con las sucesivas alzas de precios.

La detención de la inflación se convierte entonces en un objetivo de los monopolios. Se implementan las medidas de una política estabilizadora que permitan planificar las inversiones. En la Argentina, la política de Krieger Vasena es en este sentido típica:

1) concreta una fuerte devaluación de cerca del 40 %, complementada con el desarme aduanero;

2) contención de los costos a través del congelamiento de los salarios;

3) restricción del crédito, que perjudica a las medianas y pequeñas empresas, en tanto las grandes empresas, en especial las extranjeras, tienen apoyo financiero de sus matrices o de los organismos financieros internacionales;
4) política tributaria exigente.

Esta política económica, que ha recibido el nombre de «eficientismo», tiende a desplazar del mercado a toda empresa que no produzca con altos niveles de eficiencia, es decir, con tecnología muy moderna y producción en amplia escala, y cuyos costos le permitan competir en el mercado mundial y latinoamericano. Esta concepción critica la política de autonomía, que pretende realizar una sustitución industrial integral, y enfatiza la necesidad de sustituir solo en aquellos casos en que a través de tecnología compleja se logre la eficiencia.

Evidentemente, esta política económica se inserta en el esquema de integración latinoamericana «funcional», planteada por los Estados Unidos como una nueva forma de división internacional del trabajo. Los conglomerados multinacionales norteamericanos son apasionados defensores de una política eficientista en la medida en que ella conduce a la concentración del mercado en pocas manos (oligopolio).



El presidente de Ducilo, filial argentina de la Dupont de Nemours, rechazaba recientemente las acusaciones sobre el presunto desarrollo de actividades monopolísticas señalando que el hecho de que una empresa sea la única productora de un artículo no es un hecho criticable, sino una consecuencia obligada de la economía de escala.

En la misma oportunidad señalaba, respecto de la adquisición de Hisisa (una empresa cuyo capital mayoritario era argentino): «La operación de venta de una empresa en sí no es ni mala ni buena para el país. Lo que importa es lo que hace el vendedor con el dinero y el comprador con la empresa que recibe».

Efectivamente, el problema es lo que hace el comprador con la empresa, y en tal sentido es rica la experiencia latinoamericana en estos casos: monopoliza el mercado y determina su política de acuerdo con las necesidades de su casa matriz y sin considerar las necesidades de la Nación.

Las ganancias de estas corporaciones demuestran la utilidad de la política económica que les permite desenvolverse: mientras que las ventas de las corporaciones norteamericanas en la Argentina pasaron de 385 millones de dólares en 1957 a 1.667 en 1968, las ganancias se elevaron de 9 millones de dólares en 1957 a 88 en 1968 —es decir, una variación del 877 %—, según datos de «El Economista» del 12/6/70.

Entre 1956 y 1965 las filiales de compañías de los Estados Unidos ganaron en la Argentina 571 millones de dólares, de los cuales giraron de vuelta a las corporaciones madres 303 millones de dólares.

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BIOGRAFIA DE KRIEGER VASENA ADALBERT (1920-1999): Se doctoró en Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires (1944) y, dedicado a la investigación sobre el rumbo económico del país, actuó en diversos cargos gubernamentales.

En 1957 fue nombrado director del Banco Central de la República Argentina y en 1963 miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, desde donde comenzó a publicitar sus puntos de vista de orientación liberal. Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, después de la breve e infructuosa gestión al frente de la cartera económica de Jorge Salimei, hombre estrechamente ligado al empresariado local, fue convocado Krieger Va-sena, quien se convirtió en el responsable del Plan Económico de esa gestión.

Al amparo de una férrea dictadura encargada de silenciar el disenso, implemento la reestructuración del Estado con el objetivo de detener la inflación y transmitir confianza a la inversión extranjera.

En marzo de 1967 dio a conocer el Plan de Estabilización y Desarrollo que contaba con pleno aval del Fondo Monetario Internacional. Implemento una devaluación del 40%, liberó el mercado de cambio y creó condiciones para que los capitales entraran y salieran libremente. Congeló los salarios por dos años, efectuó una reducción de personal en la administración y en las empresas del Estado y aumentó las tarifas de los servicios públicos.



Mediante un profundo endeudamiento interno (emisión de bonos) y externo (créditos del FMI, bancos europeos y norteamericanos), impulsó a su vez importantes obras públicas entre las que se cuentan las obras de la Central Nucleat de Atucha, la represa hidroeléctrica Chocón Cerros Colorados y la ampliación de la red caminera.

A comienzos de 1969 se observaba una paulatina recuperación económica, pero este «saneamiento» implicaba un alto costo social (se aumentó la edad para jubilarse, se redujeron las indemnizaciones, etc.).

Ese país «moderno, abierto y competitivo» que el ministro estaba gestando abría las puertas a los monopolios internacionales y cerraba las de muchas empresas nativas.

El nacionalismo herido de muchos integrantes de las mismas Fuerzas Armadas y la preocupación del interior, que veía cómo se hundían las economías regionales, fueron algunos de los principales enemigos del plan.

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La reacción social estalló en Córdoba a fines de 1969 (el Cordobazo) y se propagó por el resto del país, derribando al ministro, que fue sucedido por José María Dagnino Pastore, quien no cambió sustancialmente el rumbo, hasta que finalmente Onganía también debió alejarse del poder.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de los Grandes Fenómenos del Siglo XX Tomo 1

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