Gobierno de Frondizi Arturo Desarrollismo en Argentina Resumen



GOBIERNO DE FRONDIZI – EL DESARROLLISMO –

El desarrollismo consideraba que la Argentina era un país subdesarrollado y dependiente debido a que su estructura productiva se apoyaba casi exclusivamente en el sector agropecuario y que contaba con un sector industrial deficiente y obsoleto.

Para poder terminar con esta situación, era necesario promover el desarrollo o la creación de aquellos sectores básicos -combustibles, siderurgia, petroquímica, papel, automotores- que por sus cualidades generarían el impulso vital que requerían otros sectores de la economía.

En marzo el ex presidente radical Arturo Frondizi, destituido por la Fuerzas Armadas el 29 de marzo de 1962, fue trasladado en calidad de detenido al hotel Tunkelén, en Bariloche, y a fines de julio recuperó su libertad. Arturo Frondizi, impulsor de las teorías desarrollistas, nació en Paso de los Libres, Corrientes, el 28 de octubre de 1908. Acompañó a Ricardo Balbín en las elecciones presidenciales de 1951.

En las elecciones de convencionales para la Asamblea Nacional Constituyente del año 1957 el voto en blanco peronista resultó mayoritario Dentro del radicalismo, Balbín era partidario de no vincularse con ese movimiento, en tanto que Frondizi apoyaba un acercamiento a Perón.

Esto produjo la ruptura de la UCR: la Unión Cívica Radical Intransigente (Ucri), liderada por Frondizi, y la UCR del Pueblo, conducida por Balbín. Frondizi envió a Rogelio Frigerio a hacer un pacto con Perón.

La fórmula de la UCRI, Frondizi-Gómez, se impuso en febrero de 1958.

El modelo desarrollista comenzó a aplicarse, pero a poco menos de un año, las presiones de la derecha condujeron a un cambio en la política económica.

En 1959 Alvaro Alsogaray se incorporó al gobierno en la cartera de Economía, lo que significó la ruptura con el peronismo y abrió un período de gran agitación social.

Con la renuncia de Alsogaray, en 1961, y con el estudiantado, los empleados públicos, los obreros y los sindicatos en la oposición, en los comicios de 1962 el peronismo ganó 10 de las 14 gobernaciones, entre ellas la provincia de Buenos Aires.

Frondizi dispuso su intervención pero no fue suficiente. Los militares decidieron deponerlo.



El gobierno desarrollista de Frondizi

En 1958, Perón desde Madrid, ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio.

Perón se vio obligado a tomar esta decisión, ya que era dudoso que los peronistas volvieran a votar en blanco (después de la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los votos fueron en blanco) en un momento en el que se elegiría a las autoridades que regirían por seis años los destinos de la nación.

Por otro lado, Frondizi seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su prédica en contra del gobierno militar.

Presidente de Argentina: Frondizi

Presidente de Argentina: Arturo Frondizi

Las FFAA, lideradas por entonces por los sectores más antiperonistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI había ganado ilegítimamente, ya que los votos peronistas habían frustrado al candidato oficioso de los militares, el de la UCR del Pueblo.

Desde la asunción del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de los opositores.

Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitalistas y talleres artesanales de baja eficiencia y competitividad, pero de gran capacidad de empleo. Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y servicios públicos, eran propiedad del Estado.

El gobierno desarrollista de Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica.

En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales, principalmente norteamericanos, por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.

El mayor efecto de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria. La burguesía industrial nacional debió, desde entonces, amoldarse a sus decisiones y la tradicional burguesía pampeana fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis.

Otras de las consecuencias de este plan fue la concentración de las inversiones en la Capital Federal, la provincia de Santa Fe y principalmente la ciudad de Córdoba, que experimentó un meteórico desarrollo industrial.



Por otro lado, las variaciones en la distribución de los ingresos beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores, pero también de los superiores.

La complejización de las estructuras políticas y económicas desplazó a los viejos abogados y políticos del poder y los subordinó a una nueva clase dirigente, la burguesía gerencial, que empezó a formar el nuevo Establishment.

Ante esta nueva situación, la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora.

Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la CGT, se empezó a gestar en el interior del sindicalismo peronista la corriente «vandorista» (por Augusto Vandor, líder del poderoso gremio metalúrgico) que estaba dispuesta a independizarse progresivamente de las indicaciones que Perón impartía en el exilio.

Eventualmente, consideraban construir el embrión de un proyecto político-gremial capacitado para negociar directamente con otros factores de poder (es decir, sin la mediación de Perón) al estilo del Partido Laborista inglés nacido en la década del ‘40. Todo esto hizo que los partidos políticos tradicionales fueran perdiendo relevancia como articuladores de intereses sociales.

En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera nació la izquierda peronista, es decir, aquellos peronistas cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular.

Esta se dio no por acercamiento de la izquierda tradicional, que seguía siendo hostil al peronismo, sino a través de la radicalización de los activistas peronistas y la peronización de jóvenes que se habían orientado primero hacia la derecha y el nacionalismo católico.

En recompensa por el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas – otorgándoles una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero las inversiones extranjeras, consideradas la clave del desarrollo frondicista, les olían a entrega al imperialismo yanqui. Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados.

A su vez, se levantaron las protestas de la burguesía nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se aliaba a EEUU contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.

Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para maniobrar, Frondizi se encontró entre la espada y la pared: cedió a todos los planteos militares (inquietos por la movilización del peronismo) y declaró primero el Estado de Sitio y luego el plan de represión CONINTES para desmovilizar a la clase obrera.



Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que los peronistas ganaron en cinco distritos.

Este hecho fue intolerable para los militares, por lo que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo los fuegos del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56.

El presidente destituido conservó la cordura como para salvar un jirón de institucionalidad designando como sucesor al presidente provisional del Senado, José María Guido.

Acto seguido se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA, más específicamente entre los denominados azules y colorados, en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas y favorables a la burguesía agraria que habían volteado a Frondizi.

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Tras dos choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Onganía.

Dada la necesidad de otorgarle una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a elecciones presidenciales nuevamente. Con el peronismo proscripto y con tan sólo el 25% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo, Arturo Illia.

El siguiente es un mensaje radial de Arturo Frondizi, dirigido al pueblo de la República Argentina el 9 de febrero de 1957.

«[…j Queremos gobernar para realizar ese programa destinado a los veinte millones de argentinos. He aquí sus proposiciones fundamentales:

1 ° Lograr el reencuentro de todos los argentinos y restablecer la paz interior para que no haya odio ni miedo y para que dejemos de perseguirnos los unos a los otros. […]

4° Promover una economía de abundancia, afirmada en la integración del agro, la minería y la industria, en la explotación intensiva y racional de todos los recursos naturales y en la consolidación y los cambios por organismos de la Nación. […]

6° Orientar el comercio exterior en exclusivo beneficio del país, para sostener nuestra balanza de pagos y aumentar nuestras reservas en metálico y divisas, mediante la defensa de los precios de nuestras exportaciones y el ordenamiento de la importación. […]

8° Facilitar el acceso del pueblo a la cultura, a la educación y a la capacitación técnica y promover la formación de investigadores, técnicos y profesionales que permitan colocar al país en el alto nivel de las naciones más adelantadas del mundo. […]

10° Fortalecer las organizaciones del trabajo y de la producción, asegurando la existencia de una sola Central Obrera, la libertad sindical y el derecho de huelga.»

EL DESARROLLISMO: El principal objetivo del gobierno de Frondizi era promover el desarrollo económico del país, que significaba impulsar con celeridad la industrialización.

Como señala con cierta ironía Alain Rouquié en Poder militar y sociedad política en la Argentina, Frondizi y Rogelio Frigerio, su principal asesor, «… habían descubierto la poción mágica que curaría todos los males del país: la industrialización a marcha forzada, por cualquier medio y a cualquier costo».

El desarrollismo de Frondizi parte de dos presupuestos básicos.

El primero: una vez afirmada la coexistencia pacífica entre los dos grandes bloques, que comparten la hegemonía mundial, la competencia militar dejará de paso a la competencia económica y grandes porciones de capital (que antes se usaban para financiar la carrera armamentista) quedarán disponibles, pudiendo ser captados por aquellos países subdesarrollados cuyos gobiernos sean capaces de absorberlos y aplicarlos en aras de su propio desarrollo. «Para que ello sea posible —dicen— esos gobiernos deben elaborar planes que contemplen estrictas prioridades de crecimiento.

El segundo: los términos del intercambio económico están absolutamente deteriorados y favorecen ampliamente a los países desarrollados en detrimento de los países pobres que cada vez venden menos y pagan más por lo que importan.

Sólo un adecuado y acelerado desarrollo es capaz de crear condiciones de igualdad en el sistema de intercambio».

De acuerdo con este planteo teórico, el desarrollismo elaboró su plan de gobierno para la Argentina.

La explotación del petróleo fue considerada la prioridad número uno, relacionándola con la demanda del agro, de la industria y de la petroquímica.

La segunda prioridad fue el acero: la fórmula «Petróleo más carne igual acero», utilizada por el desarrollismo, propiciaba el ahorro de divisas mediante el autoabastecimiento de petróleo y la producción de nuevas divisas a través de las exportaciones ganaderas.

Uno de los ejemplos más notables fue la gestión del presidente brasileño Juscelino Kubitschek, cuya consigna era «avanzar cincuenta años en cinco años», que se propuso -y consiguió- construir una nueva capital para el Brasil en apenas cinco años.

Este clima de época era mencionado explícitamente por Frondizi, que en 1957 afirmaba: «… el gran problema de este momento histórico es, precisamente, el desarrollo de los pueblos no desarrollados. Desarrollo que no quiere decir mero aumento de la producción primaria, sino diversificación interna de la producción total».

La meta de los desarrollistas era construir un país industrial y moderno, de acuerdo con los ejemplos contemporáneos de los Estados Unidos y de la Europa de posguerra.

Los desarrollistas criticaban el modelo agroexportador tradicional y enfatizaban la insuficiencia del modelo de sustitución de importaciones instrumentado a partir de la década de 1930. Sostenían que la industrialización argentina se había limitado a la industria liviana y proponían fomentar el sector energético, la petroquímica y la siderurgía.

Impulsar la industrialización requería de grandes inversiones, y Frondizi, que durante su trayectoria política anterior había sostenido posiciones nacionalistas y antiimperialistas, modificó su línea y decidió auspiciar la apertura de la economía argentina a las inversiones extranjeras.

La justificación de este cambio de posición se basaba en una distinción que el presidente realizaba entre «nacionalismo dé fines» y «nacionalismo de medios». De acuerdo con esta distinción, no resultaba tan importante el origen del capital sino la finalidad a la que se lo destinara.

En palabras del propio Frondizi,»… un capital que viene a fortalecer la estructura agraria solamente, a impedir el desarrollo industrial, es un factor negativo.

Pero el capital que llega a obtener ganancias -como es vocación de todo capital-, pero que al mismo tiempo nos libra de la importación de combustibles o de la importación de materias primas esenciales como en el caso de la petroquímica, juega un papel positivo».

En este marco, el gobierno de Frondizi firmó una serie de contratos de explotación de yacimientos petrolíferos en la Patagorúa, cuyas cláusulas y tramitación fueron objetadas por la oposición.

El objetivo declarado de estos contratos era lograr en poco tiempo el autoabastecimiento de petróleo, meta que se alcanzó hacia 1962.

Asimismo, la sanción de una nueva y generosa ley de inversiones extranjeras facilitó la llegada al país de un valioso flujo de inversión extranjera: se radicaron en el país varias filiales de empresas multinacionales del sector automotor, y la producción de este rubro tuvo una expansión notable: en 1959, se producían alrededor de 30.000 vehículos por año; en 1965, esa cifra era de 200.000.

También se fortaleció la industria química, la metalúrgica, la petroquímica y las de maquinaria eléctrica y no eléctrica.

Esta política era definida por Frondizi como «… más acero y más energía, más petróleo y más carbón, más máquinas y fertilizantes para nuestro campo, más automotores, más cemento y más celulosa, más productos químicos y más caminos…».

El crecimiento industrial de los años desarrollistas tuvo importantes éxitos, aunque también mostró notorias debilidades.

Las nuevas plantas, que producían para un mercado interno protegido frente a las importaciones, eran ineficientes en comparación con las equivalentes de los países desarrollados.

A pesar de estas dificultades, la Argentina experimentó un gran crecimiento de su sector industrial, que fue de un promedio de 6 % anual entre 1953 y 1974.

En el sector primario, la creación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), durante el gobierno de la Revolución Libertadora constituyó un importante estímulo para la modernización del agro. (Fuente: Historia de la Argentina Contemporánea Privitellio-Luchilo-Cataruza-Paz-Rodriguez – Polimodal- Santillana)

GABINETE PRESIDENCIAL:
Arturo Frondizi
Vicepresidente: Alejandro Gómez
MINISTROS
Asistencia Social y Salud Pública: Héctor N. Noblía y Tiburcio Padilla.
Defensa Nacional: Gabriel del Mazo, Justo Policarpo Villar y Rodolfo Martínez (h.).
Economía: Donato del Carril, Alvaro C. Alsogaray, Roberto T. Alemann, Carlos A. Coll Benegas y Jorge Wehbe.
Educación y Justicia: Luis Rafael Mac Kay y Miguel Susini (h.).
Interior: Alfredo Roque Vitólo, Hugo Vaca Narvaja.
Obras y Servicios Públicos: Justo Policarpo Villar, Alberto Rafael Costantini, Arturo Acevedo, José Mazar Barnet y Pedro Petriz.
Relaciones Exteriores y Culto: Carlos A. Florit, Diógenes Taboada, Adolfo Mujica, Miguel Ángel Cárcano y Roberto Etchepareborda.
Trabajo y Seguridad Social: Alfredo E. Allende, David Blejer, Guillermo Acuña Anzorena, Ismael Bruno Quijano y Osear Ricardo Puiggrós.
Secretarios de Aeronáutica: Ramón Amado Abrahim, Roberto Huerta y Jorge Rojas Silveyra.
Secretarios de Guerra: Héctor Solanas Pacheco, Elbio C. Anaya, Rodolfo Larcher y Rosendo M. Fraga. Secretarios de Marina: Adolfo E Estévez y Gastón Clement.

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LOS BACHES DE LA INDUSTRIA AUTOMOTRIZ EN EL DESARROLLISMO

El desarrollismo consideraba que la Argentina era un pais subdesarrollado y dependiente debido a que su estructura productiva se apoyaba casi exclusivamente en el sector agropecuario y que contaba con un sector industrial deficiente y obsoleto.

Para poder terminar con esta situación, era necesario promover el desarrollo o la creación de aquellos sectores básicos –combustibles, siderurgia, petroquímica, papel, automotores -que por sus cualidades generarían el impulso vital que requerían otros sectores de la economía.

De este modo, se podrían superar las dificultades que periódicamente llevaban al déficit del sector externo y, fundamentalmente, se iniciaría una etapa de crecimiento que redundaría en una mejor calidad de vida de la población en su conjunto.

Ante la imposibilidad de iniciar este proceso con recursos financieros locales, se crearon las condiciones necesarias para que los capitales extranjeros pudieran realizar aquellas inversiones que permitirían terminar con la dependencia y dejar atrás el subdesarrollo.

industria automotriz con frondizi

La propuesta resultaba seductora pero, a juzgar por los resultados, estaba sustentada en un razonamiento que contenía algún error en sus premisas.

De otro modo, resultaría casi imposible explicar cómo, a partir de 1959, comenzaría un proceso que en pocos años llevaría al cierre de empresas nacionales, a la desarticulación industrial, al estancamiento del sector agropecuario, a una menor participación de los asalariados en el ingreso nacional y al desempleo estructural.

Alentada por el decreto 3693/59, la industria automotriz experimentó un vertiginoso desarrollo.

Entre 1959 y 1960, 26 firmas solicitaron autorización para producir automóviles y camiones, lo que llevó a que las 33.000 unidades de 1959 llegaran en 1964 a 166.000.

Pero también es interesante señalar que para este último año, casi la totalidad de las empresas de capitales nacionales -por lo general medianas o chicas– habían desacate ce 3ólc quedaban en el mercado 13 empresas, 10 de ellas extranjeras, 2 nacionales que habían recibido apoyo tecnológico del exterior (y que también pronto cerrarían sus puertas) y ia restante, DINFIA, que era propiedad del Estado nacional.

Con las condiciones que ofrecía el mercado local, hasta era previsible que en poco tiempo se habría de operar una «depuración», acelerada en este caso por la crítica situación económica que se vivió entre 1961 y 1963. ¿Quiénes eran los que seguían en carrera? ¿Eran como señala la ortodoxia- los más eficientes?.

Todo parece indicar que el número de empresas sobrevivientes en 1964 –y que con un par de bajas se mantendría durante toda la década– aún era excesivo para un nivel de ventas que ni siquiera podía sostenerse con el estímulo financiero.

La planificación estatal en materia de industria automotriz parecía brillar por su ausencia; las empresas habían lanzado al mercado una amplia gama de vehículos, modelos y versiones, pero la demanda local no alcanzaba a absorber el volumen de producción mínimo conveniente para la fabricación en serie. Se producía con costos muy altos, y esto no sólo perjudicaba a los usuarios sino que prácticamente impedía cualquier intento en materia de exportaciones.

A decir verdad, ésta no parecía ser la intención de las empresas transnacionales que muchas veces prohibían explícitamente exportar desde las filiales.

Las barreras aduaneras contribuyeron al desarrollo de un mercado oligopólico donde los que quedaron pudieron imponer precios sin temor a la competencia externa, y procedieron a «repartirse tranquilamente -por franjas- un mercado seguro».

La tan mentada eficiencia parecía limitarse al sólido respaldo financiero y tecnológico que, en pocos años, dio lugar a una concentración y desnacionalización de la novel industria automotriz argentina.

Este proceso, difícilmente conciliable con cualquier pretensión de independencia económica, fue acompañado por una serie de factores que contribuyeron a gestarlo y que, en última Instancia, conspiraron contra el resto de los objetivos que iniclalmente perseguía el desarrolilsmo.

Una de sus intenciones era integrar y desarrollar al interior pero, ante la ausencia de una legislación adecuada, las empresas optaron por radicarse donde lo creyeron más conveniente.

Hacia 1964, el 71 por ciento de las plantas se encontraba en Buenos Aires, repartiéndose el resto entre Córdoba (21 por ciento) y Santa Fe (8 por ciento).

El desarrollo industrial asistido desde el exterior era, dentro dei proyecto original, el encargado de resolver la crisis del sector externo, ya que al mismo tiempo que atraía capitales, permitiría sustituir exportaciones y ahorrar divisas.

Muy pronto quedó demostrado que por ese camino no se iba a llegar muy lejos.

Las empresas transnacionales dividían sus aportes en dos partes: mientras que una constituía la inversión, la otra, sensiblemente mayor, era un crédito que la matriz extendía a la filial.

De este modo, gran parte de las ganancias locales no sólo partían al exterior en concepto de utilidades y de regalías por el uso de patentes y tecnología, sino que además estaban destinadas a pagar la amortización e intereses de los créditos utilizados.

El flujo de divisas era engrosado por la importación de «autopartes» que –aun cuando se había establecido que debía disminuir con el correr del tiempo– permitía llevar a cabo complicadas maniobras que provocaban un efecto devastador sobre la ya deteriorada balanza comercial.

La única manera de sostener la situación era a través de permanentes aportes de capital –léase endeudamiento– que la inestabilidad política y social se encargaban de espantar.

Para poder superar el subdesarrollo, la Argentina debía acabar con la dependencia que en materia industrial generaba su atraso tecnológico.

El desarrollismo confiaba en que, frente a las exigencias del mercado local, la industria automotriz realizaría importantes aportes en equipos y en investigación y desarrollo tecnológico.

Pese a que en materia legislativa se realizó un esfuerzo considerable, en la práctica se hizo muy poco para evitar que llegaran al país equipos inadecuados o ya fuera de uso en el mercado donde actuaba la casa matriz.

En estas circunstancias, resulta sorprendente la generosidad con la que eran valuados a la hora de contabilizar las Inversiones.

Por su parte, la investigación –a la que se le destinaba un monto que estaba muy por debajo del que gastaban las casas matrices– estuvo restringida a la adaptación de los modelos a las necesidades internas y al control de calidad, y no a la creación de nuevos productos.

Fuente: Historia Argentina – Primera Plana – Año 11- Fasc.Nº36 – Nota de Alejandro Cristofori

Fuentes Consultadas:
Argentina Siglo XX Luis Alberto Romero
La Argentina Historia del País y de su Gente María Saenz Quesada
El Libro de los Presidentes Argentinos del Siglo XX Deleis-Tito-Arguindeguy
Historia de la Argentina Contemporánea Privitellio-Luchilo-Cataruza-Paz-Rodriguez – Polimodal- Santillana

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