Historia del Uso de las Armas Químicas y Biológicas y Sus Efectos
HISTORIA DEL USO DE ARMAS QUÍMICAS Y BIOLÓGICAS EN LA GUERRA
“Se define como guerra biológica el uso intencional de organismos vivos o sus productos tóxicos para causar muerte, invalidez o lesiones en el hombre, animales o plantas.
Su objetivo es el hombre, ya sea causando su muerte o enfermedad o a través de la limitación de sus fuentes de alimentación u otros recursos agrícolas.
El hombre debe sostener una continua batalla para mantenerse y defenderse a sí mismo, a sus animales y a sus plantas, en competición con insectos y microbios.
El objeto de la guerra biológica es malograr estos esfuerzos mediante la distribución deliberada de gran número de organismos de origen local o foráneo, o sus productos tóxicos, haciendo uso para ello de los medios más efectivos de diseminación y utilizando puertas de entrada inusuales.
La guerra biológica ha sido adecuadamente descrita como salud pública al revés.” .
Texto Obtenido del folleto Efectos de los agentes de la guerra biológica, publicado por el Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos de Norteamérica, en julio de 1959.
¿Querés saber cómo evolucionó esta tecnología décadas después?
Ampliá aquí sobre los gases y químicos usados en la Guerra de Vietnam
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BREVE HISTORIA DEL USO DE ARMAS QUÍMICAS O GASES:
Un examen minucioso del papel que representaron los productos químicos en la Guerra Europea será no sólo interesante, sino también agradable narración, por la que se conocerán métodos nuevos y detalles atractivos para adaptar la ciencia moderna a los medios de producir la ruina de los pueblos y esparcir el dolor y la muerte.

Es la descripción de cuanto pudo hacerse con rapidez sorprendente para suministrar a los ejércitos combatientes productos químicos, como los gases asfixiantes, aquellos que producían lágrimas y las variedades que obligaban a estornudar, con los gases tóxicos, líquidos inflamables, etc., etc.; del esfuerzo colosal llevado a cabo por los químicos de los países aliados para descubrir los medios de estorbar o impedir los efectos de este nuevo y espantoso método de ataque alemán, así como el éxito de los servicios diversos de los suministros militares en los Estados Unidos y el extranjero, acertando a castigar al enemigo con sus mismos procedimientos.
Los gases venenosos no se emplearon como medio de ataque por primera vez en la última guerra: 431 años antes de Cristo los espartanos saturaban la madera con pez y azufre, quemándola para asfixiar al enemigo.
Más tarde emplearon también flechas incendiarias, y los griegos utilizaron productos diversos químicos para incendiar y «disparar».
Durante la guerra civil en Norteamérica se emplearon los humos producidos al quemar el azufre para que el viento los llevase en dirección del bando contrario.
Como se ve, la aplicación no es nueva, y su marcha progresiva siguió el mismo paso que el avance en las investigaciones químicas y los perfeccionamientos técnicos en otros suministros militares en armonía con los tiempos.
El término «gas», en cuanto a suministros militares se refiere, quiere decir materiales que causan daño cuando se mezclan con el aire y se envían contra el enemigo.
El término indica su condición original y puesto que además pueden encerrarse dentro de las granadas, bombas o cilindros.
En cada caso, los gases son en realidad líquidos o sólidos que al romperse el depósito o artificio que los contiene se volatilizan o se generan, debido a la presión o fuerza explosiva.
Son generalmente de tres clases: persistentes, no persistentes e irritantes.
Otro importante grupo empleado con fines militares lo forman los llamados «humos», los cuales pueden ser venenosos o simplemente utilizarse sólo para ocultar al enemigo los movimientos de las tropas.
Los gases venenosos se emplearon por primera vez en la reciente guerra el 23 de abril de 1915, utilizando los alemanes el cloro (gas oximuriático) contra las líneas francesas e inglesas en el saliente de Yprés.
Un desertor había dado a conocer las intenciones del enemigo; pero no creyendo los aliados que Alemania violase las reglas establecidas en La Haya, no dieron importancia a este aviso, y, por tanto, no se tomaron serias medidas de protección contra ellos.
He aquí cómo describe los resultados Auld en su obra Gas y llama:
«Imaginaos, si es posible, la situación y estado de ánimo de aquellas tropas, al ver una extensa nube de ceniciento gas amarillo brotando del suelo y arrastrándose, empujado por el viento hacia ellos; los vapores quemaban la tierra, introduciéndose por las grietas y huecos, llenando los agujeros hechos por las granadas y las trincheras según iba acercándose.
Al principio, el asombro; después, el miedo, y por último, cuando las primeras capas de la nube envolvieron y dejaron a los hombres sin aliento y agonizantes, si pánico. Los que podían moverse huyeron, aunque en general en vano, pues la despiadada nube los seguía y alcanzaba.»
El 22 de abril de 1915 los alemanes lanzaron sobre las líneas francesas en Ypres una nube de gas de cloro, matando a más de 5.000 soldados y produciendo otras 10.000 bajas.
El desastre fue tal que la línea del frente se quebró, abriendo a los alemanes el camino del Canal de la Mancha.
Pronto empezaron las técnicas de defensa y a fines de abril de 1915 los Aliados inauguraron el uso de máscaras antigás en los frentes de combate.
Se inició una escalada continua de gases tóxicos y técnicas paliativas, que culminé con el uso masivo del mortífero gas de mostaza (iplirita).
Aunque éste no fue usado hasta la última parte de la guerra, se estima que produjo 400.000 bajas.
Se calcula que en total ambos bandos insumieron 124.200 toneladas de gases tóxicos en la contienda.
Los horrores de la guerra química y la presencia en los países europeos de miles y miles de veteranos "gaseados”, inválidos condenados a una supervivencia de hospital, impactaron de tal modo a la opinión pública internacional que se convocó a la Conferencia que en Ginebra en 1955 convino a prohibición de todo uso de gases asfixiantes, venenosos e incapacitantes.
El Protocolo de Ginebra fue firmado por 32 naciones —entre las que no estaban ni Japón ni los Estados Unidos— y abiertamente violada aún antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial: en 1936 las tropas de Mussolini emplearon el gas de mostaza contra los etíopes durante la Campaña de Abisinia.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las armas bacteriológicas reaparecieron en la Guerra de Corea.
En febrero de 1952 se denunció el uso que de ellas hacían los Estados Unidos. Para comprobar estas denuncias se formó la Comisión Científica Internacional para las investigación de los hechos concernientes a la guerra bacteriológica en Corea y en China, integrada por científicos de renombre de varios países.
Esta comisión concluyó, tras una larga investigación que «los pueblos de Corea y China han servido de blanco para las armas bacteriológicas.
Estas armas fueron usadas en destacamentos del ejército de los Estados Unidos, que utilizó para este fin muchos y variados métodos, algunos de los cuales son continuación» de los métodos utilizados por el ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial”.
Se produjo un informe de 700 páginas, presentado ante las Naciones Unidas en octubre de 1952, citando el uso de moscas, piojos, mosquitos, roedores, conejos y otros animales pequeños infectados con gérmenes de cólera, antrax, peste bubónica y fiebre amarilla.
Los Estados Unidos refutaron los cargos y las Naciones Unidas nunca se pronunciaron.
EL PRESIDENTE KENNEDY Y LA GUERRA QUÍMICA:
John Fitzgerald Kennedy llegó al poder con algunas ideas fijas. Entre ellas estaba su plan para flexibilizar una posible respuesta militar norteamericana, hasta entonces enmarcada rígidamente en el uso de dispositivos nucleares.

J. F. K. sabía que el futuro de su país estaba poblado por guerras limitadas, en las cuales, por razones políticas, se haría muy difícil si no imposible utilizar todo el arsenal nuclear táctico.
Los conflictos limitados deberían pues enfrentarse con métodos nuevos, que aseguraron una gran versatilidad de respuestas que se adecuaran a requerimientos tácticos variables
Por empezar hacía falta un nuevo tipo de soldado de élite, superentrenado para operar con la mayor independencia y en el cual la esencial neutralidad ideológica del conscripto se reemplazara por una formación política adecuada que le permitiera matar, torturar y sabotear con cabal conocimiento de causa.
Este soldado debía ser no sólo un operador sino un formador de cuadros cívico-militares nativos de los países invadidos. Así surgió el cuerpo de los “green berets" (boinas verdes).
Los teatros de operaciones de estas nuevas guerras limitadas prometían dificultades insalvables para las armas convencionales.
Hacía falta utilizar transportes de un nuevo tipo, de operación vertical, gran autonomía y capaces de prestar apoyo efectivo a las fuerzas terrestres.
Luego de un comienzo tímido en manos de los franceses durante la guerra de Indochina, el helicóptero pasó a primer plano y se convirtió en uno de los principales instrumentos bélicos en Vietnam.
Las tácticas antiguerrilleras encontraron así expuestas novedosas: un nuevo tipo de soldado, multifacético y politizado, y el uso sistemático del helicóptero para contrarrestar la sorpresa y el empleo de terrenos escabrosos por parte de la guerrilla.
Hacía falta, sin embargo, algo más. Ni los boinas verdes ni los helicópteros alcanzaban ya para luchar con efectividad en Vietnam, donde las densas selvas tropicales, obstaculizaban la detección de francotiradores, impedían localizar las emboscadas, disimulaban los objetivos de la aviación y de la artillería.
Por otra parte, dan las características de la lucha guerrillera —donde según Mao (en un texto citado por todos los estrategas norteamericanos de la última década) “el combatiente es como un pez que nada en el agua que es su pueblo”— era importante “secar el estanque”, es decir, cortar la conexión logística y su base de apoyo popular.
O más simplemente aún, dejarlo sin sustento.
El presidente Kennedy no podía rehuir el compromiso del siglo, es decir, la exploración de los fértiles campos de la ciencia para encontrar nuevas armas espectaculares.
Y aunque los orígenes de su fortuna familiar no lo entroncaban con los fundadores del “establishment” (el contrabando de alcohol durante la Ley Seca era demasiado reciente en la maculada foja de su padre) había vivido en Massachussetts y se había educado en Harvard.
La ubicación geopolítica del asesinado presidente norteamericano es importante para comprender lo naturalmente que accedía a los pináculos de la ciencia norteamericana.
El núcleo científico de los Estados Unidos tiene uno de sus centros en Boston, Massachussetts. Harvard y el M. I. T. (Instituto Tecnológico de Massachussetts) representan el paradigma de la acumulación de poder científico y político en los Estados Unidos.
El 25 por ciento de los miembros de la célebre “National Academy of Science” provienen de estas dos instituciones.
De entre 300 universidades, el M. I. T. mantuvo hasta hace un año el record absoluto de contratos con el Departamento de Defensa de los Estados Unidos.
Esta colaboración estrecha entre el gobiernofederal y las universidades comenzó durante la Segunda Guerra Mundial —con el desarrollo del radar, de las bombas atómicas, la investigación operativa, la computación, los misiles y la sociología aplicada— pero quedó definitivamente entronizada y reforzada con el pasaje del tiempo y la continuación de la guerra (Corea, la Guerra Fría, el apoyo a la guerra, colonial francesa).
Kennedy estaba en muy buenas relaciones con el “establishment’ científico.
Su política interior le había valido el apoyo electoral de la universidad. Salvo degenerados sociales como Teller o Seaborg, los grandes popes de la academia coincidían con él en la necesidad de evitar holocaustos nucleares, pactar con la Unid Soviética y buscar otros métodos para la lucha contra el comunismo.
Entusiastas con la actitud de Kennedy en todo lo referente a la cultura —un verdadero oasis en el perpetuo desierto el anti-intelectualismo norteamericano del que Goldwater, Nixon y Wallace son ejemplos contundentes— coincidieron con el presidente en la necesidad de aguzar el ingenio para diseñar armas “piadosas”.
Además, J. F. k. era un asiduo lector de lan Fleming, el autor de “James Bond”.
La euforia cientificista de la Casa Blanca llevaba los asesores de Kennedy a verdaderos delirios salvacionistas, en los que se visualizaban grandes batallas ganadas mediante gases soporíferos que tumbaban sin más consecuencia que un corto sueño reparador, a ejércitos enemigos, sólo por el tiempo necesario para hacerlos prisioneros.
Frente a la destructividad sin limite de las armas nucleares —que nunca cesaron de desarrollarse y perfeccionarse— o de las nuevas armas convencionales —cada vez más mortíferas— la farmacología, la toxicología y la microbiología modernas aportaban teóricamente una posibilidad de diseño de dispositivos efectivos pero carentes de letalidad.
Además, uniendo lo útil con lo agradable, los gastos de producción e investigación en farmacología, toxicología y microbiología son ridículamente bajos si se los compara con los del desarrollo de armas nucleares.
Las Ventajas:
El “U. S. Army Field Manual FM3-10” titulado “Empleo de agentes químicos y biológicos” dice textualmente:
Capacidad de búsqueda (search capacity): Los agentes biológicos «anti personales» puede ser diseminados, en concentraciones efectivas para producir bajas, sobre superficies extremadamente amplias. Muchos kilómetros cuadrados pueden ser efectivamente cubiertos por un solo avión o misil.
La «capacidad de búsqueda»
de las nubes de agentes biológicos y la dosis relativamente pequeñas se necesitan para causar infecciones entre la tropa dan a las municiones biológicas la capacidad de cubrir grandes áreas donde los objetivos militares no están precisados con exactitud pero donde los informes de los servicios de inteligencia hacen suponer que pueden existir tropas enemigos..
Ausencia de aviso:
Un ataque biológico puede ocurrir sin dar ningún aviso ya que los agentes biológicos pueden ser diseminados, mediante sistemas de armamentos que no llaman la atención, un área considerablemente alejada del blanco ya que se cuenta con el movimiento del aire para llevar el agente a su objetivo.
Los agentes biológicos no pueden ser detectados por los sentidos sin ayuda de instrumentación adecuada.
La detección y la posible identificación de los mismos requiere por lo general una apreciable cantidad de tiempo y técnicas de laboratorio complicadas (que por supuesto no están a disposición de unidades guerrilleras).
"Penetración de estructuras":
Las nubes de agentes biológicos pueden penetrar fortificaciones, refugios y otras estructuras (incluyendo bunkers y túneles subterráneos) desprovistos de filtros adecuados.
Esta capacidad provee un medio para atacar tropas que se encuentran en fortificaciones tales que constituyen un blanco difícil para municiones dotadas de explosivos de alto poder o para armas nucleares de potencia reducida.
"La no destrucción de material y estructuras":
Los agentes biológicos antipersonales llevan a cabo su cometido sin destruir físicamente —o afectando muy poco— sus blancos. Esto constituyen una ventaja en (. .) operaciones de combate, donde puede ser necesario conservar esas estructuras para las fuerzas amigas.”
Los antecedentes:
Cuarenta años duró la soledad, el cruel aislamiento en que vivían los militares y científicos del “Army Chemical Corps” (ACC), ignorados por el Estado Mayor, despreciados por las universidades y amenazados cotidianamente solución como organismo.
Hartos ya de tantas postergaciones, decidieron en 1959 de la ofensiva lanzando en combinación con la Anned Forcas Chemical Association” -un grupo de militares e industriales directamente subvencionados por las principales corporaciones químicas norteamericanas— una campaña publicitaria denominada “Operación Cielos Azules”.
Era el momento del auge de los psicofármacos, y por radio y televisión y la prensa sescrita estos profetas de la guerra química predicaron el evangelio de las armas "incapacitantes", con su slogan “hacia una guerra sin muerte”. Los grupos de presión parlamentarios de la industria química completaron el movimiento de pinzas (la muy importante Comisión de Ciencia y Aeronáutica de la Cámara de Representantes se. puso de su lado) y en 1961 el “Army Chemical Corps” se vio súbitamente sumergido en dólares, constituyéndose en el núcleo central de un programa interdisciplinario en “Chemical Andbiologícal Warfare” (Guerra Química y Biológica).
De ahí en mas, nadaron literalmente en dinero.
El presupuesto inicial (1961) fue de 57 millones de dólares; en 1965 habla ascendido a 155 millones, pero esta cifra es parcial ya que en concepto de “adicionales” había recibido otros 117 millones;
En 1969, el monto de “adicionales” había sido candorosamente sumergido en el rubro de secreto militar.
Y además de este presupuesto líquido, están los fondos suplementarios para la construcción de edificios y su equipamiento.
El instituto más importante --y más publicitado-- de la “Army Chemical Corps” era Fort Detrick, en Maryland, que ocupaba un área de 1.300 acres y tiene un complejo edilicio evaluado en 75 millones de dólares.
De acuerdo con el folleto editado por Fort Detrick para atraer investigadores, el establecimiento era “una de las granjas de animales más grande del mundo” donde los equipos para estudiar los organismos patogénicos (serán) los mejores del mundo.
A fines de 1970, Fort Detrick fue desmantelado como parte de la campaña con que el gobierno del presidente Nixon pretendió publicitar sus aperturas pacifistas”.

Lo peculiar de Fort Detríck no residía en su tamaño ni en sus equipos. Mientras un reducido número de sus 600 científicos trabajaban en temas de microbiología básica, el resto del equipo se dedicaba a programas que tenían la cualidad de invertir el principio fundamental de la medicina y la salud pública: en forma coordinada se buscaba reforzar, perfeccionar, la capacidad patogénica de ciertos microorganismos cuidadosamente elegidos; y entre los casos en que se investigaba la producción de vacunas protectoras contra ciertas infecciones, los resultados eran, del más clasificado secretos militar.
Sólo el 15 por ciento de los resultados científicos recogidos anualmente en Fort Detrick aparecieron publicados en revistas científicas convencionales, accesibles.
El resto forma parte de la literatura secreta administrada por el Departamento de Defensa y sólo accesible en parte para otras agencias gubernamentales y firmas que realizan trabajos para el gobierno.
Fuente Consultada: Enciclopedia de los Grandes Fenómenos del Siglo XX Tomo 3
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Uso de Armas Químicas en la Primera Guerra Mundial:El Gas Mostaza
GUERRA QUIMICA: Se conoce con este nombre en el mundo de la estrategia y acción militar el empleo de sustancias químicas y organismos productores de enfermedades utilizados como armas de guerra.
La guerra química comenzó con el uso del cloro durante la Primera Guerra Mundial.
Desde entonces se han desarrollado muchos otros agentes químicos que pueden ser usados con tales fines.

Al mismo tiempo, también se han estudiado métodos para difundir enfermedades entre el enemigo.
Pero muy pocos de estos agentes han sido utilizados realmente como armas, porque su uso está condenado por los organismos internacionales, y porque siempre subsistió el temor de que el enemigo replique con armas semejantes.
También se evalúa la posibilidad de que no puedan controlarse tales elementos de modo que sus efectos recaigan contra los mismos que los emplean.
Los agentes químicos que más se han usado hasta este momento son los gases, llamados lacrimógenos, que provocan lágrimas y vómitos.
Se los ha usado como arma de guerra y para reprimir tumultos.
El más antiguo gas venenoso empleado como agresivo químico, el cloro y el fosgeno, actúan sobre los pulmones y causan shock.
Se han elaborado gases más nocivos aún, pues se absorben por la piel, de modo tal que las máscaras antigás no brindan protección contra ellos.
Pertenecen a este grupo los vesicantes, como el gas mostaza, que provoca ampollas, y ciertos gases que, al actuar sobre el sistema nervioso, provocan contracción muscular, y con ello la muerte por asfixia.
Estos gases se cuentan entre las sustancias químicas más venenosas que se conocen. Son líquidos volátiles y una gota muy pequeña, casi invisible puede resultar letal.
Las armas biológicas incluyen microorganismos como bacterias y virus, al mismo tiempo que las toxinas venenosas que algunas de dichas bacterias producen.
El peligro más grande de usar bacterias como armas radica en el hecho de que pueden causar epidemias incontrolables.
Entre los microorganismos que pueden ser usados para provocar enfermedades cuéntase, por ejemplo, los agentes del ántrax y la brucelosis.
Las armas químicas son fáciles de usar.
Pueden ser enviadas en bombas, proyectiles y cohetes explosivos.
En la Primera Guerra Mundial se permitió que los gases venenosos fueran arrojados sobre posiciones enemigas.
Pero un simple cambio de viento podía volverlos contra los agresores.
En cambio, las armas biológicas resultan de difícil uso porque deben agregarse al suministro de agua y alimentos o rociadas en forma de aerosol para ser respirada.
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Uso de Armas Químicas En La Primera Guerra Mundial
Se ha insistido en este trabajo en la íntima relación entre las hambrunas, las pestes y las guerras.
La Gran Guerra, basada en la lucha de trincheras que culminaba en peleas hombre a hombre, tuvo episodios de altísima mortandad.
Sólo en la batalla de Verdún —titulada como "el Infierno"—, que enfrentó a Francia y Alemania entre febrero y diciembre de 1916, murieron 338.000 soldados alemanes y 364.000 franceses.
Además, las técnicas armamentísticas modernas basadas en recientes descubrimientos científicos realizados en interés del bien de la humanidad confirieron a la guerra su rostro más cruel, con el uso de gas tóxico y de armas selectivas contra la población civil.
Para el empleo de armas químicas se recurrió a proyectiles de gas."El alto peso específico del cloro —señala la Crónica del siglo XX— hace que no se eleve a más de un metro y medio y, por lo tanto, penetra fácilmente en las trincheras.
Los soldados —o las personas afectadas— se ponen azules, escupen sangre al toser, y expulsan espuma por la boca y la nariz.
Los ojos se salen de las órbitas y cada intento de respirar profundamente desata una fuerte crisis de tos, hasta que pierden el sentido o mueren por asfixia."
Aunque los aliados denunciaron a Alemania por su uso, como una contravención de las disposiciones adoptadas en La Haya en 1899 y 1907, también ellos comenzaron a emplearlo desde fines de 1915.
En total, ambos bandos utilizaron un total de 113.000 toneladas métricas de armas químicas entre las cuales se encuentra el fosgeno (carbónico, un gas extremadamente tóxico) y el gas mostaza, que produce graves quemaduras.
Poco después se desarrollaron también gases nerviosos como el sarín, que, incluso aplicado en pequeñas cantidades, puede causar muerte o parálisis.
Las bajas en los combates terrestres ascendieron a 37 millones, y casi 10 millones de personas pertenecientes a la población civil fallecieron indirectamente a causa de la contienda.
De ellos, 3,5 millones se reparten entre Alemania y Rusia.
La I Guerra Mundial duró cuatro años, tres meses y catorce días.
El conflicto representó un costo de 186.000 millones de dólares para los países beligerantes.
Los pueblos, llevados a una lucha por intereses ajenos, fueron arrastrados, cuando no a la muerte, a una vida miserable, al hambre y a las enfermedades.
Sin duda, estos gravísimos padecimientos y pérdidas fueron los hechos desencadenantes de la triunfante Revolución Rusa de 1917, como así también de otros movimientos revolucionarios producidos poco después en Italia, Alemania y Hungría.
Además de la caída del odiado régimen zarista, la guerra provocó la abdicación del kaiser Guillermo II —último soberano de la dinastía de los Hohenzollern reinante desde 1701— y el ascenso al poder de los socialistas en Alemania y el desmembramiento del Estado plurinacional austro-húngaro y el consiguiente surgimiento de nuevos Estados: Checoslovaquia, Hungría y el reino de las naciones Sudeslavas —Servia, Croacia y Eslovenia—.
La caída del emperador Carlos I, el último "monarca del Danubio", puso fin a seiscientos años de soberanía de los Habsburgo en la región. La autocracia rusa encarnada en la dinastía de los Romanov, gobernaba el país desde 1613.
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LA DEFENSA CONTRA EL EFECTOS DE LOS GASES QUÍMICOS:
Perfeccionamientos progresivos desde la primera máscara de algodón empapado:
Aunque era desconocida la naturaleza de los primeros gases, fueron fácilmente analizados y reconocido el cloro, un cuerpo simple que contiene la sal común.
Las autoridades militares consultaron entonces con los químicos, ideándose caretas o máscaras formadas de algodón en rama o almohadillas empapadas en varias soluciones, que, sujetas frente a la nariz y la boca, protegían en cierta medida en el campo.
En este tipo primitivo están basados todos los modelos hasta llegar al último y más eficaz, ha parte esencial de la careta era la cestilla metálica donde se colocaban los preparados químicos capaces de absorber los varios tipos de gases mezclados con el aire respirado por los soldados.
Los granos de estos ingredientes tenían que presentar superficie absorbente apropiada, sin ofrecer demasiada resistencia o impedir la respiración, así como también era preciso tener en cuenta su tendencia a coagularse, endurecer y sobre todo su eficacia.
Con la introducción de los nuevos gases, especialmente los lacrimosos, hubo necesidad de modificar los absorbentes, tanto en su naturaleza como en la manera de aplicarlos, en vista de que los varios químicos se formaban de partículas imperceptibles en el aire, lo que requería el uso de potentes microscopios para determinar su naturaleza física y buscar dispositivos eficaces para detenerlas en la cestilla.
Se hicieron primero de algodón, después de fieltro, evitándose así penetrasen estos vapores y humos dentro de la máscara.
Fueron consultados fisiólogos para estudiar las formas más apropiadas, de manera que ajustase la cestilla a las líneas de la cara y tan cerca de ella como fuese necesario para evitar posibles accidentes.
Se llevaron a efecto diversos ensayos, teniéndola colocada los hombres mientras hacían diferentes trabajos para determinar los efectos y su eficacia durante la lucha.
Viose la necesidad de suprimir las piezas de la boca y de asegurarla en la nariz, características de los primeros tipos, con objeto de aumentar su comodidad, puesto que el soldado tenía que llevar puesta la careta muchas veces durante horas y horas.
Fue también necesario estudiar la manera de que toda máscara, su soporte, esqueleto o cestilla, las piezas diversas y tubo de goma, fuesen impermeables a los gases, pues cualquier pequeña avería podía dar fácilmente lugar a consecuencias fatales.
Al principio se utilizaron preparaciones especiales para evitar se empañasen las piezas frente a los ojos y a causa de la respiración; pero más tarde se encontró el medio conveniente para hacer salir el aire directamente a través de estas mismas piezas oculares, como puede verse en la máscara Tissot.
La terrible historia de la guerra de exterminio por medio de los gases:
Había, además, que resolver el problema de fabricar las máscaras de modo que pudieran colocarse rápidamente a la menor alarma.
Aunque parezca extraño, a a pesar de que los soldados conocían perfectamente la peligrosa naturaleza de los gases utilizados contra ellos y la necesidad, por tanto, de evitar respirarlos y colocarse la máscara, fue una de las más difíciles tareas de los oficiales encargados de este servicio enseñarles cómo habían de ajustar estos aparatos y el conseguir los conservaran puestos en las ocasiones precisas.
Sólo cuando se castigó duramente por las faltas de cumplimiento a las instrucciones recibidas respecto a este particular, se pudo alcanzar algún resultado.

Después del primer ataque, en abril, los alemanes no emplearon gases durante el verano y otoño de 1915, lo que permitió, afortunadamente, a los aliados estudiar los métodos de defensa antes del otro ataque, en 19 de diciembre, con nuevo gas, cuya acción, particularmente engañosa, era debida al hecho de que cualquier persona atacada débilmente por él, y en apariencia libre de peligro, al moverse poco después sentía sus efectos, que por veces fueron mortales.
Aunque el ataque duró sólo una hora, fue preciso usar los cascos por algún tiempo después, en vista de la persistencia del gas a permanecer en las zanjas y trincheras.
La disciplina en general fue en extremo buena, y los casos, notablemente pocos, y éstos acaecidos principalmente por no observar las indicaciones dadas para tomar las medidas defensivas necesarias.
Este segundo ataque fue particularmente importante, porque dio a conocer muchos principios en que se basó en lo futuro el empleo de los gases: primero, aumento de concentración, conseguida reduciendo el tiempo empleado en el ataque; segundo, utilización de nueva substancia, el fosfógeno, y tercero, elemento de sorpresa.
Este último se efectuó preparando el ataque en la semioscuridad del amanecer, cuando los aliados estaban menos preparados y en la hora que mejor satisfacían las condiciones del viento.
A no ser por el silbido producido al salir los gases de los depósitos cilíndricos y el olor, hubiera sido cosa imposible darse cuenta del gas.
Desde esta época, prácticamente todos los ataques con gas se hicieron de noche.
Se emplearon evidentemente algunos gases encerrados en granadas en los dos fuertes ataques de 1915.
En presencia del bromuro de jilito (producto de la destilación de la madera) fue descubierta por este tiempo.
Esta substancia produce copioso lagrimeo, aunque se presente en tan pequeña proporción como una parte en volumen por un millón de aire.
No tiene acción permanente, sirviendo tan sólo para poner fuera de combate durante algún tiempo a los hombres.
En 1916 los alemanes utilizaron también otro gas lacrimoso y varios más venenosos, con los que aumentaron el número de heridos, accidentes y muertos.
Los aliados comenzaron a comprobar la extensión del plan enemigo en el empleo de los gases asfixiantes, y dieron un marcado ímpetu a las medidas protectoras contra dichos gases.
Este año de 1916 fue el de mayor actividad por parte de los alemanes en el empleo de gases; se hicieron cinco grandes ataques contra los ingleses y muchos otros contra Francia y Rusia.
Caracterizaron estos ataques el empleo de gases más concentrados y mayores cantidades del venenoso fosgeno (oxicloruro de carbono).
La nueva táctica consistió en ocultar por todos los medios posibles los preparativos previos, la utilización de nubes de humo para desviar la atención y el lanzamiento de los gases a intervalos variables.
Esto último fue en realidad tristemente eficaz, pues la segunda emisión, después de la calma que seguía a la primera nube, cogía desprevenidos a los hombres.
Protector completo contra el gas moztaza
En agosto de 1916 se verificó el último ataque contra los ingleses con gases asfixiantes.
Aquí se lanzó una espesa nube de fosgeno durante el momento de relevo y cuando era prácticamente doble el número de hombres en las trincheras.
Fue tan fuerte, que se precisaron las máscaras contra los gases nueve millas a retaguardia del punto donde descargaron.
El empleo se abandonó a causa del limitado número de gases que podían ser utilizados, y también por el reducido número de cilindros para lanzarlos a la vez, la dificultad de efectuar los ataques por sorpresa, debida a los trabajos y tiempo que se precisaban en los preparativos, y, finalmente, por los accidentes ocasionados a los mismos que los utilizaban.
El empleo de granadas cargadas de gas aumentó rápidamente, debido a que no hay limitaciones en cuanto se relaciona con la cantidad de proyectiles lanzados y gases utilizados.
También con ellos es mucho más fácil alcanzar el campo enemigo.
Se tomaron cuidadosas medidas para evitar excesivas bajas en las trincheras, donde era evidente la persistente naturaleza de ciertos gases; se establecieron también cubiertas protectoras, sistemas especiales de alarma, rapidez en la colocación de las máscaras (seis segundos) y métodos eficaces para hacer desaparecer los gases.
Un ataque extraordinario se llevó a efecto en Arras, por el mes de diciembre de 1916.
Enormes cantidades de granadas cayeron en los alrededores, saturando los pisos y muros de las casas.
Como era muy intenso el frío, se evaporaron lo gases lentamente.
Al siguiente día, cuando aparentemente habían desaparecido, muchos soldados se quitaron las máscaras; pero debido a un aumento de la evaporación al subir la temperatura atmosférica en las horas de sol, fue muy grande el número de atacados.
Equipo completo de protector de la caballería
La utilización de la mostaza (sulfocianato de alilo) para producir gases ha sido evidentemente el más sencillo, pero también el mayor perfeccionamiento en la preparación de estas substancias para los suministros militares en la gran lucha, originando un cambio radical en las ideas que se tenían desde el principio, pues se creyó que la eficacia de estos productos dependía de la mayor o menor presión del vapor o, en otras palabras, de su mayor tendencia a extenderle.

El gas de la mostaza es realmente un líquido, cuyo punto de ebullición es le 220 grados centígrados y tiene una presión de vapor muy baja.
Es, sin embargo, bastante persistente, teniendo la propiedad peculiar de formar vejigas en la piel, y cuando los vapores presentan so concentración máxima, las quemaduras requieren mucho tiempo para su curación.
No fue, a pesar de esto, el más eficaz ni mortífero de los gases empleados en la guerra.
En Nieuport se dispararon más de 50.000 granadas en una sola noche, inundando prácticamente la andad.
Se calculó que en el otoño de 1916 los alemanes lanzaron más de un millón de granadas conteniendo aproximadamente 2.500 toneladas de este gas.
Una gran parte de este mismo año lo emplearon los aliados en estudiar vanas disposiciones destinadas para proteger a las tropas contra sus efectos, y suministrando nuevas telas especiales, guantes botas y diferentes ungüentos.
Es seguro que en los futuros suministros militares el gas de la mostaza desempeñará un importantísimo papel, y se conseguirán perfeccionamientos que permitan arrojarlo desde aeroplanos.
La «lewisita» es un derivado del arsénico, otro tóxico muy enérgico que se descubrió al estudiar el gas de la mostaza
En un fuerte y tenaz vejigatorio, aunque menos persistente que el gas anterior, actúa en cantidades muy pequeñas.
Se dice que después de la guerra, tanto los, alemanes como los japoneses han mejorado extraordinariamente esta substancia.
Otra materia de gran valor táctico fue la que obligaba a los atacados a estornudar.
Era la «onifenolclorina», un sólido que pulverizado en partículas diminutas se esparcía al estallar las granadas.
Sencillas «humaradas», desde las inofensivas a las que producían los olores más desagradables, también se emplearon extensamente, y claro que ofrecen ancho campo para perfeccionamientos futuros.
Se desconfiaba tanto de ellos, que obligaban a colocarse las máscaras, y desde luego pueden ser líquidos o mezclados con substancias tóxicas y producir unas cuantas bajas.
En el comienzo de la guerra dieron un gran resultado algunos tipos de materias incendiarias. Los alemanes producían el líquido inflamable en un depósito portátil dividido en dos compartimientos uno de ellos lleno de nitrógeno comprimido y el otro de petróleo.
Pronto fue descartado este aparato, pues su acción se reducía sólo a distancias de 22 a 27 metros.
La llama se enroscaba hacia la parte superior, siendo posible defenderse de ella en las mismas trincheras, y como la acción duraba aproximadamente un minuto, los lanzafuegos quedaban a merced del enemigo.
Fuente Consultada:
Grandes Pestes de la Historia Cartwright - Biddiss
Colección Moderna de Conocimientos Universales - Tomo II W.M. Jackson, Inc.
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