Que es el Ballet Clasico? Ejercicio de los bailarines



¿Qué es el Ballet Clásico? Ejercicio de los bailarines

Píes o, mejor, extremidades de personas ilustres, incluso reales, se han deslizado, ligeras, sobre las tablas de un escenario, al ritmo de una musiquilla. Pertenecieron, por ejemplo, al poderoso Luis XIV, el Rey Sol, que frecuentemente se dignaba mezclarse al cuerpo de baile durante los espectáculos de «ballet», organizados en palacio.

Una de sus más memorables intervenciones de bailarín tuvo lugar cuando actuó en un número titulado «Ballet de la noche», representando el papel del Sol destructor de las tinieblas nocturnas. Símbolo que, dado su apodo, le venía como anillo al dedo.

Pero apresurémonos a decir que el Rey Sol no era un presuntuoso «dilettante«, sino casi un profesional, dueño de la experiencia acumulada en veinte años de cotidiano ejercicio de la danza (tres horas al día), y capaz de asombrar a su público con «papeles» exigentes como cierta vez en que produjo el estupor de los cortesanos presentándose bajo el disfraz de candida ninfa selvática. Con ello, por lo demás, no hacía sino seguir el ejemplo de su padre, que tantas veces se había exhibido vestido de hirsuto fauno del bosque.

Danzaban, pues, hasta los mismos reyes. La Biblia, incluso, nos cuenta, la danza del que es, probablemente, el más célebre de todos los reyes: David, que bailó ante el Arca de la Alianza, donde se encontraban las Tablas de la Ley entregadas por el Señor a Moisés en el Monte Sinaí.

Entre los dos ejemplos citados existe, naturalmente, una profundísima diferencia de significado. Mientras los «ballets» que alegraban la corte francesa de los siglos XVII y XVIII no pasaban de ser una frívola diversión, la danza del rey bíblico expresaba algo mucho más importante: una alabanza al Creador, la manifestación visible de un sentimiento tan intenso, que no podía expresarse recurriendo a las palabras y gestos habituales; de un sentimiento que se apoderaba de todo su ser, y que sólo podía exteriorizarse a través de una expresión de movimientos corporales, armoniosamente coordinados por la música. ¿Acaso no hemos sentido todos nosotros, al recibir —pongamos por ejemplo— una alegría vivísima, la necesidad «física» de bailar y saltar? El ímpetu de los sentimientos nos obliga a ello.

«Un paso, un gesto —dice Georges Noverre, padre del ballet clásico—, dicen lo que no puede expresar las palabras. Cuanto mayor es la violencia de nuestros sentimientos, más difícil resulta encontrar palabras para expresarlos. Las exclamaciones, que son el punto extremo al que puede llegar el lenguaje pasional, no bastan, y son constituidas por el movimiento.»

Pues bien: cuando el movimiento es inspirado y acompañado por la música, nos encontramos ante e». significado esencial de la danza, e-general, y del «ballet», en particular, que no es sino una traducción teatral y moderna de la danza.

UN ESPECTÁCULO DE EVASIÓN
ballet Hasta el siglo XI, época dorada del «ballet», este espectáculo no asumió la forma «clásica» que actualmente estamos acostumbrados a presenciar Es decir, hasta aquel momento, no se convirtió en «música representada».

La historia que los bailarines «cuentan» sobre la escena es, a menudo, un simple pretexto para poner de manifiesto la ágil gracia de una serie de pasos ejecutados sobre la punta de las zapatillas de raso, o la sinuosa elegancia de una pirueta y un «vuelo», realizados con asombroso dominio del cuerpo.

La música y los movimientos se funden hasta el punto de ser, al menos en el caso de los grandes intérpretes, casi imposible distinguir, en una primera impresión, si es la música quien acompaña y sugiere los movimientos de la danza, o si, por el contrario, son estos movimientos los que producen la melodía. En una palabra: ¿sigue el «ballet» a la música, o es música?



La respuesta carece de importancia, porque el «ballet» constituye un espectáculo en el que se propone al público no tanto una historia como un ideal de pura belleza, un mundo fantástico donde todos los sentimientos se encuentran en estado puro, idealizados y transfigurados por la música y las actitudes de los bailarines.

Es, precisamente, esta característica de encarnar no una «fábula con música», sino la belleza, la armonía y la gracia en sí y por sí misma, la que nos permite comprender la verdadera naturaleza del «ballet» clásico desde el punto de vista teatral.

En el «ballet» no existe, como sucede en el teatro dramático, un problema vivido por los actores, que «compromete»  también a los espectadores llevándolos a aceptar o a rechazar las soluciones propuestas.
El público  del «ballet» no participa en la historia representada, porque ésta no  constituye la parte sustancial del  espectáculo. El espectador se limita contemplar, dejándose arrastrar por la música y los movimientos
de los bailarines, a un mundo de armonías  ideales, completamente distinto del  vulgar.

A través de este razonamiento, se comprenden sin dificultad las definiciones con que los estudiosos distinguen el teatro propiamente dicho, del «ballet». Para el espectador, el teatro dramático consiste en el planteamiento de un problema y de sus soluciones; el «ballet» es, en cambio, un puro espectáculo de evasión.

EJERCICIOS COTIDIANOS
Desdeñosamente alejada del «ballet» durante siglos, la gracia femenina irrumpió, clamorosamente, en él, a principios del XIX, y se convirtió, a partir de ese momento, en su absoluta dominadora.

Y es que, en efecto, el difícil papel de encarnar sobre el escenario la belleza pura, sólo puede confiarse a la etérea silueta de una muchacha, a. la frescura de sus movimientos, a la gracia de su rostro. Debido a ello, los pobres bailarines se han visto relegados a la secundaria función de sostener a la «estrella», mientras ésta, en equilibrio sobre la punta de un solo pie, ejecuta las difíciles variaciones determinadas por un «adagio» de la música; o de acompañarla y sujetarla por las caderas cuando practican la «jeté», o de servirle de quicio durante su vertiginoso girar sobre sí misma, y así, sucesivamente.

postura de ballet Pero la «estrella» del «ballet» paga a un precio muy elevado la celebridad, los aplausos del público y la solitaria gloria de sus «monólogos». Lo paga, ante todo, con nueve años de duro estudio y, luego, con ocho o diez horas de fatigosos ejercicios diarios, con miles de flexiones, de torsiones, de saltos, de pasos repetidos hasta el agotamiento. La danza clásica es, probablemente, el único arte cuyo aprendizaje debe iniciarse durante la infancia y continuarse, día tras día, hasta el último de la carrera.

El cuerpo tiene que convertirse en un «instrumento» dúctil y plástico, adquiriendo, al mismo tiempo, ligereza, fuerza y control. Es necesario saber estar en equilibrio sobre la punta del pie derecho, tender armoniosamente los brazos, como si fueran alas y levantar con agilidad y gracia la pierna izquierda, rígida, hasta tocar la barbilla con la rodilla (dando a la cara una expresión dulce y sonriente, mientras se permanece en esa incómoda postura, que «descoyuntaría» a cualquier otra persona, en menos de diez segundos). Nada de esto es fácil, pero la «estrella» debe saber hacerlo a la perfección, si quiere conservar su puesto ante las diversas filas de segundas y terceras bailarinas.

Lo primero que debe aprender la bailarina es a colocar los brazos y las piernas. Los brazos tienen que moverse, suave y sinuosamente, sin formar nunca ángulos, tendiéndose hacia atrás como si los huesos fueran flexibles piezas de goma. Hasta la colocación de los dedos de la mano tiene su importancia y su significado.

 Los movimientos de las piernas son aún más difíciles. Pero la máxima dificultad no consiste, como puede parecer a primera vista, en llegar a sostenerse sobre las puntas de los pies durante varios minutos. Desde que esta «innovación», que permite recorrer todo el escenario como deslizándose sobre un espacio aéreo, fue introducida por la gran bailarina romántica María Taglioni, (nacida en Estocolmo, en 1804), aprender a estar en equilibrio sobre la punta de los pies ha llegado a ser algo relativamente fácil para una bailarina.

Lo verdaderamente arduo consiste en el dominio de las cinco posiciones principales de las piernas, que deben estar, ante todo, «abiertas» hagia fuera. La primera posición fundamental del «ballet» clásico es, efectivamente, ésta: talones unidos y puntas abiertas, de manera que unas y otros formen una misma línea recta; rodillas, por tanto, no dirigidas hacia delante, como sería lo natural, sino hacia derecha e izquierda; muslos, pantorrillas y tobillos tensos, flexibles e igualmente «torcidos».



De esta primera posición fundamental, se pasa luego a las otras cuatro, que constituyen el ABC de todos los pasos de danza. Se necesitan muchos años de duro estudio para alcanzar un control tan perfecto del propio cuerpo; muchos años, pues, de fatiga y sacrificios para llegar a ser una auténtica bailarina clásica: de ésas que, como se dijo de María Taglioni, podrían caminar «sobre un campo de trigo, sin hacer inclinar una espiga» (frase que Diaghilev aplicó también al arte de Ana Pavlova).

Jerga del ballet clásico

Los «balletómanos» —es decir, los aficionados al «ballet» de todo el mundo— usan entre sí: Uno especie de jerga francesa, para indicar los diversos posos y momentos de la danza. He aquí algunos de leí términos más usuales.

«Arabesque«: posición de la bailarina en equilibrio sobre un pierna, con la otra levantada y extendida hacia atrás. Los riñones, el busto y los brazos, tendidos en sentido opuesto a la pierna, forman un gracioso arco.

«Attitude«: dando la cara al público y en equilibrio sobre la punta de un pie, con lo otra pierna armoniosamente doblada tras los riñones; brazo correspondiente a la pierna doblado curvado; Sobre la cabeza con el otro extendido perpendicularmente al cuerpo.

«Bourrée«: tres posos breves y veloces. El primero sobre la punta del pie, el segundo sobre la planta , el tercero nuevamente sobre lo punta.

«Elevotion : en general, la ágil ligereza de todos los movimientos realizados hacia lo alto.

«Entrechat«: salto en el que las piernas se cruzan velozmente con movimientos breves.

«Fouette«: literalmente, «latigazo»: serie de piruetas realizados sobre una pierna , mientras la otra levantada, se estira y encoge elegantemente, pero con fuerza, para dar rotación.

‘»Jeté«: soltó ligero y de gran alcance, ejecutado con las piernas abiertos. El cuerpo describe  una parábola en el aire, y cae sobre la pierna rígido.



Origen de la Opera Religiosa

Fuente Consultada: Enciclopedia del Estudiante Superior Fascículo N°38

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