Los Galeses en Argentina Tehuelches y Galeses La Inmigracion






La Inmigración de Galeses en Argentina
Tehuelches y Galeses

HISTORIA DE LOS GALESES EN LA PATAGONIA ARGENTINA: Descendientes un pueblo orgulloso de su independencia, los galeses su país anexado por los ingleses en 1284. Será sin embargo a partir d siglo XIX cuando, en aras de la Revolución Industrial y su necesidad de explotar los ricos yacimientos carboníferos de Gales, Inglaterra ocupó efectivamente su territorio y persiguió sus expresiones culturales, incluyendo la lengua gaélica.

Cuando los galeses fueron sometidos por los ingleses, un grupo muy radicalizado decidió emigrar hacia nuevas tierras para fundar una nueva vida en libertad. Fue así que en una pequeña goleta, llamada La Mimosa emprendieron la marcha a través del océano. Llegaron a Puerto Madryn y fueron estableciendo colonias mientras marchaban en busca de un lugar que se asemejara más a aquel que habían dejado en su lugar de origen. Fue así que atravesaron la Patagonia hasta llegar a Trevelin (Tres Molinos), ubicada a pocos kilómetros de Esquel.

HIstoria de los galeses en argentina

La preservación de cultura y costumbres sería desde entonces un anhelo de los galeses, y muchos partieron hacia nuevos territorios con la esperanza de conservarlos.

Así, los cuáqueros, que poblaron Pensilvania hacia 1680.

Un ministro protestante radicado justamente en los Estados Unidos, Michael Daniel Jones, sería quien, alarmado por la rápida asimilación de sus compatriotas por la sociedad norteamericana, impulsaría el ideal de construir un país exclusivamente galés.

Para ello se buscaron lugares desérticos donde nadie pudiera desvirtuar su identidad.

En 1865, un contingente de 153 galeses desembarcó en el golfo Nuevo. La falta de agua potable los llevó a internarse en el valle del río Chubut. Eran de raza celta, oriundos de las región sudoccidental de las islas británicas, y ávidos de mantener su propia identidad cultural, circunstancia de la que, por la presión -y, a menudo, la represión- inglesa, nunca habían podido gozar en su tierra de origen. Algunos hablaban su propio idioma gales -un derivado el antiguo celta que aún hoy apasiona a los lingüistas-, pero todos se expresaban en inglés; en la actualidad, muchos de sus descendientes todavía conservan un dejo inconfundible. Es cierto, frente a ellos encontraron una geografía indómita, pero sobre todo, a los indómitos indios liderados por caciques comoFoyel o Shaihueque, para quienes la piel blanca era el recuerdo de antiguas matanzas y expoliaciones. Pese a todo, el 15 de septiembre de 1865, levantaron un caserío, que bautizaron Rawson, en homenaje al ministro que los había apoyado, y, en contra de lo que hasta entonces había sido habitual, sus relaciones con los indios fueron pacíficas. Se basaban en la tolerancia, el comercio de carne, pieles, cueros y plumas de ñandú, y el intercambio de técnicas de caza y recolección.

Una sociedad para la emigración galesa, creada por Jones en el Reino Unido en 1850, fue la que impulsó el desembarco en Puerto Madryn de 153 personas en 1865. La Patagonia era, por entonces, un territorio semidesértico, sin autoridades administrativas estables y carencia total de atención sanitaria y escolar. Allí habitaban los indígenas tehuelches, que ya comerciaban pacíficamente con quienes llegaban a sus costas, o bien viajaban hasta la lejana Carmen de Patagones para colocar su producción de pieles y quillangos de guanaco o plumas de ñandú. (imagen arriba: Viejo Molino Harinero)

En las nuevas colonias, europeos e indígenas establecieron provechosas relaciones. Los tehuelches enseñaron a los galeses a cazar y pescar cuando las primeras cosechas no fueron suficientes para mantenerlos. Los proveyeron de caballos, indispensables para la zona, y los instruyeron en su manejo. Encontraban mucho más conveniente comerciar con los recién llegados, mucho más honestos que los aprovechados bolicheros de Patagones. Los galeses les proveyeron los artículos que necesitaban y, a su vez, comercializaron los que les vendían los indígenas. La sociedad duró hasta que, hacia 1880, el Ejército procedió a ocupar el territorio patagónico y combatir al indígena. Los galeses trataron de defender a sus socios enviando emisarios a Buenos Aires, pero factores políticos hicieron inútiles sus gestiones.

Las colonias galesas gozaron de privilegios otorgados por el Estado argentino, como el de tener su propio gobierno elegido libremente, su correspondiente sistema de justicia y hasta billetes de banco escritos en galés. Con el tiempo, consiguieron prosperar, editaron libros y periódicos en su lengua. Algunos prefirieron otros rumbos, a veces cercanos, tal como otras provincias patagónicas. Varios fueron más lejos, hacia el resto del país, y un grupo llegó a Canadá, donde fundó colonias en Manitoba.

En muchos casos, esos nuevos emigrados volvieron a la Patagonia. La imposición de docentes hispanohablantes, en 1896, fue presionando hacia la asimilación. Luego llegaron al Chubut, como a todo el país, italianos y españoles. La emigración desde Gales cesó hacia 1914 y proliferaron los matrimonios de jóvenes con integrantes de otros grupos étnicos. La individualidád fue diluyéndose. No obstante, los más viejos aún se expresan en galés y persisten las influencias culturales, desde el culto a la música y la poesía hasta la célebre torta gales a. Sus huellas perduran también en la toponimia que mezcla, en los parajes chubutenses, viejos nombres tehuelches, como Telsen, con designaciones galesas como Trelew, Trevelin o Dolabon.

GALESES Y TEHUELCHES, UNA FELIZ CONVIVENCIA:

Entre las singularidades del movimiento colonizador galés en la Patagonia, podemos anotar s pacíficas y hasta armoniosas relaciones que los colonos mantuvieron con los naturales, a pesar de no contar la nueva Colonia con el respaldo una estructura político militar in situ por parte del Estado Nacional, que obrase como un factor persuasivo de posibles incursiones violentas por parte de la sociedad indígena.

Sin embargo, en el caso de la Colonia, las situaciones de violencia, previas y contemporáneas a la conquista del desierto fueron la excepción y, la convivencia pacífica regla general. Efectivamente, en los primeros tiempos, sumamente duros para los colonos, los Tehuelches los socorrieron proveyéndolos de carne, enseñandoles a manejar las boleadoras y sus técnicas e caza, que fueron incorporadas por los colonos galeses; estos a su vez les correspondían, cuanto podían, con su pan.

Un trato bastante habitual insistía en traer los indígenas un guanaco, el que luego de ser cocido por los galeses, era partido en partes iguales. Desde el punto de vista indígena, la nueva Colonia se le presentaba como una posibilidad alternativa de intercambio comercial más cercano a su circuito de migración nacional y en condiciones de mayor equidad que las que le ofrecían los comerciantes criollos de patagones. Esta situación los impulsé a sostenerla colonia ya apuntalarla en momentos de claudicaron de la misma.


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Así sucedió en 1867, cuando los colonos aguardaban en Madryn para ir en busca de otros horizontes, según nos refiere John Daniel Evans en El Molinero: “Hubo amistad entre los colonos y los indios Tehuelches, ellos no querían que abandonemos la Patagonia, lógicamente se preguntaban :Con quiénes vamos a comercializar si no están ustedes?. Nos alentaban para que regresáramos, hasta llegaron a ofrecernos caballos para facilitar nuestro traslado”.

Efectivamente, los bienes de intercambio derivados de la explotación de sus respectivos espacios y de relaciones de intercambio con otros grupos: carne, plumas, cueros, quillangos y mantas por parte de los Tehuelches, se complementaron con los bienes producidos y obtenidos por intercambio comercial con el mundo exterior por parte de los galeses: pan, manteca, leche, yerba y otros “vicios”.

La buena acogida por parte de los Tehuelches, como asimismo el sostenimiento humanitario y económico que estos brindaron a la Colonia, yen parte también por sus acendradas convicciones religiosas, hicieron que los galeses dejasen de lado sus prejuicios sobre la hostilidad y salvajismo de los indígenas, tornando hacia una comprensión y respeto de sus hábitos y costumbres.

Por primera vez desde que comenzase el contacto entre los blancos y los indios, la palabra Chubut, que en araucano significa «tortuoso», tuvo resonancias más armoniosas, La incorporación del riego al cultivo de trigo facilitó la subsistencia e incluso trajo excedentes comerciables. Por supuesto, no todo fue fácil. En el museo de Trevelín aún se ( conserva como una reliquia la pata de Malacara. En 1882, un colono descubrió oro en las aguas del Chubut. Un año después, cuatro galeses se internaron por el valle, hasta alcanzar la confluencia del Chubut con el Lepa. A orillas del arroyo Pescado advirtieron la presencia de indios. Cierta extraña inquietud recorría el aire, por lo cual los galeses decidieron apurar el regreso. En el valle Kel-Klein, su sospecha se vio confirmada, y de la peor manera: una lluvia de alaridos y lanzas arreció contra ellos. Tres no atinaron más que a morir. John Evans, en cambio, agazapado sobre su Malacara, galopó hasta el borde de un cañadón. Ni los mismos indios se animaron a imitar su salto. El gales sobrevivió para contarlo. Hoy, el valle de Kel-Klein se llama Valle de los Mártires.

(Fuente Consultada: Revista HISTORIA Nro. 390)





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