Los Juicios de la Inquisición Guía de Preguntas a los Sospechosos






El último episodio de la lucha del Papado y del reino de Francia contra los albigenses comienza con un hecho terrible diferente. Como en la mayor parte de los casos, los archivos de los inquisidores nos permiten reconstruir el caso. Se trata del asesinato, en el mes de mayo de 1242, de Guillermo Arnaud, de la orden de los Hermanos Predicadores y de Etienne de Narbonne, de la orden de Hermanos Menores, agentes de la Inquisición en las tierras de los condes de Toulouse.

Colocados directamente bajo la autoridad del Papa, escapando al control de los obispos locales, estos inquisidores gozaban de una terrible reputación. El mismo papa Gregorio IX había tenido que moderar su ardor, como lo atestigua una carta enviada por él al arzobispo de Vienne en febrero de 1237.

A la cabeza de un verdadero «comando» inquisitorial, el hermano Guillermo Arnaud recorría el territorio de Toulouse en busca de herejes. En compañía de sus colaboradores, que ascendían a una docena, realizaba rápidas encuestas de ciudad en ciudad, después juzgaba y condenaba con el máximo rigor.

Su método era simple. Con sus asesores, su escribano y su carcelero se instalaba en el obispado o en un convento de dominicos o, a falta de ambos, en un castillo requisado para el caso. Después hacía anunciar el día y hora de su primer sermón. No acudir a escucharlo era para cada habitante como dejar flotar una duda sobre sus convicciones católicas.

En este sermón anunciaba su voluntad de extirpar la herejía de la ciudad. Era un ultimátum a los herejes del lugar. Sin embargo les era concedido un período de gracia. Si se presentaban ellos mismos a los inquisidores, estos últimos les perdonaban todos sus pecados mediante simples penitencias canónicas. Estas penitencias eran por cierto un medio cómodo de alejar a los más molestos: era suficiente pedirle al antiguo hereje que emprendiera la peregrinación a Santiago de Compostela y desde allí que subiera a Canterbury para exiliarlo durante muchos meses. Pero durante ese período de gracia el tribunal no condenaba a los culpables.

No corrían, pues, el riesgo de incurrir en la pena de muerte, ni en la confiscación de sus bienes ni en la pena de prisión. La cosa ya era diferente después del período de gracia. Entonces los sospechosos eran convocados sin miramientos y tratados como malhechores.

Los más débiles, los que no tenían gran cosa que reprocharse, aquellos que podían temer a algún enemigo, aquellos, en fin, que no habían tenido más que relaciones de negocios o de circunstancias con los herejes, por haber sido sus proveedores o clientes, o por haber intercambiado con ellos alguna palabra en la calle, o por haber sido recibido por ellos, o incluso por haber asistido casual o voluntariamente a cualquier ceremonia sin participar en ella, todos ellos acudían voluntariamente a acusarse. Venían igualmente al hermano Guillermo Arnaud los culpables de delitos más graves deseando gozar de la impunidad, denunciándose por delitos menores.

Estas confesiones eran escuchadas por los inquisidores a puerta cerrada. El secreto era absoluto. No se trataba de indulgencia: era simplemente el mejor medio de obtener rápidamente información. El temor inspirado por la Inquisición y la pobreza de espíritu de gran número de habitantes facilitaba mucho el trabajo del tribunal. No era suficiente acusarse para ser absuelto sino que era necesario citar nombres y dar direcciones para no ser considerado posteriormente como cómplice.

De este modo se alargaba la lista con los enemigos personales de unos y otros, y, como ocurre de ordinario con ese procedimiento, con todos aquellos que destacaban por su talento, su originalidad, su carácter o sus… manías.

Llegaba entonces el final del período de gracia. El tribunal comenzaba por convocar a todos los que habían sido citados.

El método cambiaba brutalmente. El sospechoso era interpelado, arrojado en prisión e interrogado después. Existía una guía de la Inquisición y los jueces se contentaban con seguirla. Todos los interrogatorios, y existen millares en los archivos de la Inquisición, son del mismo tenor:

«—¿Os habéis visto con un hereje?»
«—¿Dónde lo habéis visto?»
«—¿En qué fecha?»
«—¿Sabíais que era un hereje u os lo hizo saber?»
«—¿Quién os lo dijo?»
«—¿Teníais con él relaciones regulares?»
«—¿Por quién lo conocisteis?»
«—¿Le habéis recibido en vuestra casa?»
«—¿Fue sólo o acompañado?»
«—¿Le habéis visitado?»
«—¿Ibais sólo o acompañado?»
«—¿Os habéis visto en un lugar diferente de vuestra casa o la suya?»
«—¿Solo o en grupo?»
«—¿Habéis oído una predicación?»
«—¿Qué decía?»
«—¿Conocéis el saludo de los herejes?»
«—¿Lo habéis vos mismo utilizado?»
«—¿Habéis asistido a la iniciación de un hereje?»
«—¿Habéis renegado de la religión cristiana?»

Como puede verse, el interrogatorio de los sospechosos era llevado como si los jueces pudieran tener ya respuestas. Conociendo el sistema de delación establecido por la Inquisición, las personas interrogadas tenían pocas posibilidades de ser absueltas, ya que, o se veían obligadas a confesar sus relaciones con los herejes o a negar toda culpabilidad, viéndose entonces confundidas por testimonios de valor muy desiguales.

LOS AUTO DE FE:

Replicaban las campanas y se hacían misas por las almas de los infortunados que estaban por morir en un auto de fe. El término  de origen portugués, se refería a un acto público y solemne en el que eran leídas las penas impuestas por el tribunal del Santo Oficio, creado para la represión de la herejía y demás delitos contra la fe cristiana (superstición, brujería, iluminismo. apostasía, etcétera). Hombres y mujeres condenados salían de sus celdas y eran llevados en una extraña procesión que encabezaba el portaestandarte de la Inquisición, seguido por tambores, trompetas, portadores de cruces, banderas y hachones encendidos, así como frailes de distintas órdenes.

A continuación desfilaba la lúgubre procesión de los condenados. Los acusados vestían una túnica penitencial. Algunos llevaban la cabeza rapada, en tanto que otros, con un toque de comedia negra, tenían puesta una coroza, un capirote puntiagudo que simbolizaba a los penitentes. Al final de la procesión marchaban los jueces y funcionarios, seguidos por el inquisidor local y el obispo de la diócesis.


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Alineada en la calle, asomada por las ventanas o espiando por entre las rendijas, la multitud presenciaba el espectáculo con reverente temor. Algunos se arrodillaban, otros proferían insultos a los condenados y muchos acudían al lugar donde se desarrollaría el acto final del drama: una enorme plataforma con bancos para los condenados, un altar y estrados para los funcionarios.

Tras la oración pública, seguida de un sermón, se procedía a la lectura de los nombres de los condenados y de los cargos que se les imputaban. Finalmente se dictaba sentencia. Algunos sólo sufrían la humillación de llevar el sambenito —capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados— durante algún tiempo; otros recibían azotes y, algunos más, eran condenados a prisión. Muchos eran remitidos a la justicia civil, pues la Iglesia no podía quitar la vida a nadie.

Eran los jueces estatales quienes conducían a las víctimas a la hoguera, en las afueras de la ciudad. Los que se arrepentían de sus pecados en el último instante eran muertos a garrote. Los demás eran quemados vivos.





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