John P. Robertson en la Batalla de San Lorenzo con San Martín



Mister Robertson en Argentina
Su Experiencia Junto a San Martín

Como muchos subditos ingleses arribados después de la Revolución de Mayo, el joven John Parish Robertson recorría el país estableciendo vínculos comerciales, vendiendo mercaderías y satisfaciendo pedidos de su clientela dispersa por el país. Entonces—enero de 1813— viajaba con destino al Paraguay con varios encargos para las autoridades.

Al quiínto día de su partida de Buenos Aires, el inglés llegó a la posta de San Lorenzo, donde se enteró de que no podía proseguir viaje porque todos los caballos habían sido requisados y el enemigo español merodeaba por el río.

«Todo lo que pude convenir con el maestro de postas —anotó en su libro Letters on Paraguay— fue que si los marinos desembarcaban en la costa, yo tendría caballos para mí y mi sirviente estaría en libertad de emigrar al interior con su familia.»

combate de san lorenzo

Este convenio dio cierta tranquilidad al joven comerciante, que decidió dormir un poco procurando despreocuparse de los temores que lo embargaban.

Es que Robertson era uno de los ingleses que habían burlado el bloqueo decretado por la corona es pañola contra sus dominios insur gentes y sabía que si los español les le echaban mano no las pasa ría muy bien. Por eso dio un respingo cuando fue despertado por un  «tropel   de caballos,  ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones de la posta».

Su ca rruaje fue flanqueado por un par de soldados y uno de ellos desce rrajó  un  imperativo  «¿Quién está ahí?», a lo que el inglés, dándose por  prisionero  de   los  españoles respondió:  «Un viajero»,  tratando de   disimular   su   acento   inglés «Apúrese y salga», lo conminaron En eso estaba cuando se acercó una persona que dijo a los soldados:   «No   sean   groseros;   no   es enemigo». Robertson sintió entonces que la tranquilidad le volvía al cuerpo.

Era   la  voz   del   teniente coronel José de San Martín.

Una vez presentados, Robertson supo por boca del jefe militar que «el Gobierno tenía noticias soguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa mis ma mañana, para saquear el país circunvecino». Por eso estaba San Martín allí, al frente de 150 granaderos a caballo que había traído desde  Buenos  Aires en  marchas nocturnas para no ser observado desde el río.

Después de las primeras palabras el inglés metió manos en los baúles y convidó a los presentes  con   un  vaso  de  vino; luego  solicitó   a  San  Martín   que le permitiera acompañarlo hasta el convento  cercano.  El jefe de Hos granaderos accedió, no sin antes darle varios  consejos:  «‘Recuerde solamente que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo y si ve que el día se pronuncia contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marineros no son de a caballo».

Cuando llegaron, el 3 de febrero comenzaba a amanecer, y las brumas del Paraná se iban disipando lentamente. La calma que reinaba en los tres lados del convento visibles desde el río indicaba a los infantes de la marina española que el edificio había sido abandonado, pero en la parte posterior Has cosas eran muy distintas.

Por el portón que daba entrada, al amplio patio trasero   desfilaron   con   sigilo   los granaderos, divididos en dos escuadrones. Su  comandante subió luego a la torre del convento acompañado de dos o tres oficiales y del inglés y «con ayuda de un anteojo de noche y a través de una ventana   trasera  trató   de   darse cuenta de la fuerza y movimientos del   enemigo».    Los   siete   barcos españoles estaban a la vista.

Al pie de  la barranca, aprestándose a subir, pudieron contarse unos trescientos veinte infantes que debían escalar un angosto sendero. Era evidente que no tenían la menor idea de que los acechaban, y se movían con la mayor despreocupación.  En las filas patriotas la tensión crecía con cada minuto que pasaba. Mientras los españoles trepaban la barranca, San Martín  y  sus  oficiales bajaron  a ponerse al frente de los escuadrones, ocultos tras las aüas del edificio.

Cuando todo estuvo listo, San Martín subió una vez más a la torre, regresó corriendo y alcanzó a decir: «Ahora, en dos minutos más estaremos   sobre   ellos,   sable   en mano».   Sobrevino   entonces   una espera  impaciente,  pues  la tropa tenía orden de no disparar un solo tiro y el  enemigo se aproximaba con  banderas  desplegadas  mientras «sus tambores y pitos tocaban marcha    redoblada».

Cuando    la tensión amenazaba hacer estallar el  pecho   de   los  granaderos,   se oyó bien clara !la orden esperada: «¡A  la  carga!». Los escuadrones salieron como rayos de su escondite, flanquearon  al  enemigo  por ambas alas y comenzaron a aniquilarlo, en medio de un remolino de sables.

Completamente sorprendidos, los españoles atinaron a hacer una descarga de fusilería que Robertson   calificó  de   «desatinada» por lo poco exitosa. Todo lo demás fue derrota, estrago y espanto   entre   aquel   desdichado cuerpo», escribió el inglés, y agregaba que «en un cuarto de hora el terreno estaba cubierto de muertos y heridos; según su testimonio de todos los que desembarcaron volvieron a sus barcos apenas cincuenta».

Las bajas de los patriotas fueron  ocho,  y   míster   Robertson suplicó al vencedor que en obsequio de los heridos aceptara «mi vino y mis provisiones».

Se dieron luego   un   abrazo  y  el   inglés   se alejó, impresionado aún por la excitante experiencia.


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