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Resumen Biografia de Policarpa Salavarrieta, “La Pola”
Cuarteles, mercados y hasta tertulias familiares fueron el ámbito en que Policarpa Salavarrieta- “La Pola” para sus compañeros en la causa emancipadora- montó una vasta red de espionaje en favor de las fuerzas patriotas. Con su muerte -fue fusilada el 17 de noviembre de 1817-culminó una gesta pocas veces igualada.

Se llamaba Policarpa Salavarrieta, pero en las guerras -sobre todo en las guerras por la independencia americana- no había tiempo para nombres largos, y para la gente del pueblo que luchó junto a ella, que la amó y la guardó en su recuerdo, fue sencillamente “la Pola”. Sin embargo, a su muerte no faltó el poeta aficionado que se encargara de formar con las letras de su nombre un anagrama: “lace por salvar la patria”.

Su vida y su epopeya se inician en los últimos años del siglo XVIII en Guaduas, poblado sobre el camino que desde Santa Fe de Bogotá, en Colombia, baja a Honda, a la orilla del caudaloso Magdalena. Allí se había hecho legendaria la memoria de José Antonio Galán, cabecilla de aquellos comuneros cuyo levantamiento hacia 1781 preludió la gran revolución americana.

Pola fue aprendiendo desde temprano a amar esa leyenda de fragancia libertadora, y averiguó, no sin emoción, que en la misma causa había luchado con valor temerario otra mujer, Manuela Beltrán, que se adelantó sola, furiosa, y ante el pueblo cohibido y silencioso arrancó la tabla donde se había inscripto el edicto que establecía los nuevos impuestos de alcabala, y el estanco al tabaco y aguardiente.

Era Pola una criolla de estirpe vascongada, sin mezcla alguna de sangres, aunque provenía de una familia humilde, de costumbres sencillas y honestas. Su casa poco más que una chozase alzaba a dos cuadras de la plaza principal. El techo de paja cubría dos habitaciones de pocos metros cuadrados, con paredes de caña brava y barro y suelo de tierra apisonada.

Se vivía al aire libre, y el poblado estaba siempre lleno de los aromas y de la gente de campo. Visto desde lejos parecía un lugar idílico, un remanso de paz, con su iglesia blanquísima destacándose en el valle verde salpicado de grandes manchas de la bambúcea que le había dado su nombre. Pero al pasar por el sitio donde la cabeza de Galán había sido expuesta sobre una pica, todos se santiguaban y rezaban un avemaría, y por las noches, en torno de los fogones y braseros, se recitaba con fondo de guitarras mal encordadas el romance de los comuneros de Nueva Granada.

Cuando en 1810 estalló la Revolución, Pola encontró enseguida su lugar en ella. Era ya una joven bien parecida, de modales bastante refinados para proceder del campo, y, sobre todo, vivaz, resuelta y además inteligente.
Su método de acción consistió en organizar en la aldea una red de espionaje, ojos y oídos de la guerrilla rural y urbana. Así combatió a las tropas prepotentes de Pablo Morillo, el “Pacificador”, enviado por Fernando VII para aquietar las inquietudes coloniales.

Pero pronto las sospechas de las autoridades comenzaron a caer sobre ella. Fue preciso trasladarse a otra zona, y un día Pola se apareció en Santa Fe de Bogotá, hospedada en la casa de Andrea Ricaurte. Allí funcionaba una de las centrales de inteligencia de los insurrectos.

Audaz, disimulada, hábil, diplomática, Policarpa entraba en los cuarteles y salía de ellos como tantas otras mujeres del pueblo que llevaban a los soldados comida, mensajes y cuidados. De esta manera conseguía enterarse de los movimientos y preparativos de las tropas realistas. Las noticias marchaban luego con rumbo patriota, escondidas en el dobladillo del poncho de algún paisano montado en muía, que pasaba taciturno y sin apuro ante los puestos de guardia a la salida de la ciudad, o bien bajo las faldas de alguna vendedora que se alejaba contoneándose, con su cesto en la cabeza, del lugar donde Pola hacía sus “contactos”: el atrio de la iglesia.

Pero también sabía moverse en el ámbito chismorrero del mercado, y se metía en las casas grandes, donde solían correr noticias de más alto nivel. Cuando calculaba que podía hablar, daba rienda suelta a la lengua, y acabó haciendo tribunas independistas de los costureros donde iba a coser para las señoras. Muchas veces sus amigas debieron advertirle que reprimiera un entusiasmo que podía costarle caro. Pola permanecía entonces un rato -solo un rato- silenciosa.

Su compañero era Alejo Sarabáin, delgado, de romántica y fiera palidez viril, con grandes cejas y ojos negros. Tenía la misma edad que Policarpa y, como ella, había abrazado desde el primer instante la causa revolucionaria, por la cual había pasado momentos muy difíciles. Se encontraron en Bogotá y quedaron unidos para siempre por el amor, la guerra y la muerte.

DESTINO SUDAMERICANO
El gobernador español Sámano se hallaba perplejo. Los patriotas que acampaban en los llanos de Casanare estaban evidentemente enterados de los. movimientos realistas, pero no se sabía por qué canal se filtraban las noticias hasta ellos. .El contraespionaje fue estrechando el cerco, y uno a uno cayeron los chasquis de Policarpa. Vega y Juancho Molano fueron capturados y fusilados.

Las tertulias subversivas en casa de Andrea se hicieron muy peligrosas. Los mensajeros que regresaban a la ciudad comenzaron a entrar por la noche. El espionaje perdió todo rasgo de aventura divertida: el peligro y el miedo eran grandes.

Andrea y la Pola apenas dormían. A cualquier hora de la noche un chasqui apurado y nervioso podía golpear a la puerta mientras aguzaba el oído para no ser sorprendido por la ronda. Una noche, cuando todavía no se habían acostado, un crujido estrepitoso las dejó paralizadas. Era la puerta de la cocina, que había cedido a los culatazos de los soldados que irrumpían en la sala segundos después, encabezados por un sargento que las increpó con altanería. Al oírlo, Pola sacó a relucir su lengua cargada de improperios

-¡Busque, grandísimo…! ¡ Busque por donde le dé la gana! ¡Escarbe en la cama, en los baúles, a ver si encuentra algo!
-¡Todos presos! -vociferó el sargento.
-¡Eso no! -replicó la Pola-. Andrea no tiene culpa de haberme dado posada, y además está criando.

Los soldados dejaron a Andrea, pero se llevaron a Bibiano, hermano de Pola de solo quince años.
A la mañana siguiente, con Pola aferrada a los barrotes de su celda y descargando cataratas de insultos sobre ellos, los soldados desnudaron a Bibiano en el patio de la prisión.
-Los nombres de los que conspiran con Policarpa, o aquí están las varas …


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Silencio de Bibiano. La vara silbó en el aire y comenzó a cortar carne, a teñir de rojo la piel. “¡Perros cobardes!”, rugía Pola. Pero fue inútil: el muchacho no habló y a los tres días lo soltaron.

En la redada había caído también Alejo, a quien se le descubrieron papeles de Policarpa. Ambos estaban perdidos y lo sabían, de modo que en el juicio Pola se dio el gusto de decir todo lo que pensaba, menos los nombres de los otros conspiradores. El escribano tuvo que dejar de escribir, porque ya ninguna de las expresiones de Pola era re-producible en autos.

LA MUJER Y LOS FUSILES
El 14 de noviembre de 1817 la Plaza Mayor de Bogotá amaneció con inusitado despliegue: tres mil soldados, nueve patíbulos, sordo redoble de tambores. Por primera vez se iba a fusilar a una mujer, y junto con ella a Alejo Sarabáin, a seis soldados patriotas y a un desertor.

Cuando apareció la Pola, muy elegante con su camisón de zaraza, su mantilla de paño azul y su sombrero cubano, no hubo ojos más que para ella. Pronto tampoco hubo oídos más que para ella, porque su alta voz se hizo oír de continuo.

-¡Viles americanos! -increpó al batallón Numancia-. ¡Volved esas armas contra los enemigos de la patria!
Ya sobre el tablado, al advertir lágrimas en los rostros, dijo:
-No lloréis por mí. Llorad por la esclavitud y la opresión de vuestros compatriotas. ¡Levantaos y resistid los ultrajes que sufrís con tanta injusticia!

Seis balas lograron por fin hacerla callar. Pero en ese mismo instante pasó a ser un símbolo de la lucha por la independencia. El pueblo colombiano la entronizó en sus conciencias, y los poemas e himnos escritos en su honor fueron recitados en toda América,, Esteban Echeverría y Bartolomé Mitre escribieron en la Argentina sendos dramas dedicados a esta heroína.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder





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