Viaje a caballo criollo unen Buenos Aires con Washington en 1925-1928



Viaje a caballo criollo unen Buenos Aires con Washington en 1925-1928

En 1928 tuvo lugar el raid más formidable que hayan realizado en la historia del mundo el hombre y el caballo.

Un profesor suizo radicado en la República Argentina, Aimé Félix Tschiffely (1896-1954), con dos caballos criollos, Mancha y Gato pertenecientes a la estancia “El Cardal” del doctor Emilio Solanet, realizaron esta fabulosa hazaña de resistencia.

Tschiffely partió de la Sociedad dad Rural en Palermo el 25 de abril de 1925 y llegó a Washington el 29 de agosto de 1928, después de tres años, cuatro meses y cuatro días.

Recorrió una distancia de más de 25.000 kilómetros, atravesando los desiertos más inhóspitos del globo, subiendo a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar y transitando por selvas pobladas de indios salvajes.

De Buenos Aires, pasando por Rosario y Santa Fe, arribó a Jujuy y pasó a Bolivia. En el Perú atravesó el desierto de Matacaballos, 160 kilómetros de arena sin agua y con 52 grados de calor; lo hizo de noche y en una sola etapa.

Desde Cartagena hasta Panamá viajó en barco y luego pasó por Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y México. El plan inicial tenis como destino la ciudad de Nueva York, pero, con buen criterio, Tschiffely le puso fin en Washington, pues viajar a caballo por las carreteras de Estados Unidos atestadas de autos era suicida.

El presidente Calvin Coolidge recibió al jinete, y el alcalde de Nueva York, Jimmy Walker, le ofreció una recepción y le entregó una medalla. Este viaje actualíz6 el proyecto de realizar la Carretera Panamericana, hoy una realidad. Después del raid, el jinete regresó a Inglaterra, donde se casó con una cantante argentina y regresó al país en 1938 y 1943 para ver a Mancha ya Gato.

Estos dos caballos tenían 15 y 16 años al iniciar el raid y habían pertenecido a un cacique patagón llamado Liempichún. En el viaje usó un ‘chirigote’ silla de montar muy usada en Entre Ríos.

El periódico LA RAZÓN, comenta: «Buenos Aires, admira los valores sustanciales del hombre: espíritu de empresa, coraje y tenacidad, agasaja a Aimé Tschiffely, criollo de corazón como tantos extranjeros que amaron la tierra gaucha. Nada detuvo su avance a través del continente, montando en Gato o en Mancha. Las largas marchas en los suelos pedregosos de los declives de montaña, en medio del sol abrasador de los trópicos, los valles dilatados, los ríos impetuosos y profundos, todo ha sido salvado; y los caballos criollos, exponentes de la resistencia, de la bondad, de lo útil de la raza, triunfan en una prueba en la que habrían caído vencidos animales selectos de cualquier origen, que no ostentaran en sus corrientes de sangre el blasón noble de sus antecesores árabes.

Miles de leguas pisadas por los cascos endurecidos, hasta llegar a la Quinta Avenida, que detuvo su agitado tránsito para ver pasar las figuras legendarias, extrañas en otro marco que no fuera el de la pampa infinita. Buenos Aires, a su vez, siente el orgullo y la emoción de la hazaña, volcando sus sentimientos, por lo menos esa pureza que ningún filósofo le ha negado, al dar la bienvenida al raidista y a los valientes caballitos criollos «del galope largo y el instinto fiel», como lo cantó el poeta y como lo probaron en todas las rutas de América, para asombro de propios y extraños.»



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