Los chinos estudian inglés El idioma del mundo Beijing



Escuelas de Idioma:Los Chinos Estudian Inglés

Cuando los chinos hablen inglés

Parece un chiste, pero en este preciso instante hay más niños estudiando inglés en China que en los Estados Unidos. Efectivamente ha lanzado un programa masivo de enseñanza de inglés en escuelas del país, que alcanza a unos 250 millones de niños varias veces superior al número de estudiantes en las escuelas y secundarias de los Estados Unidos. Y mientras en China el programa escolar de estudio intensivo de inglés empieza en el tercer grado  de la primaria, en casi todos los países de América latina, México, la enseñanza obligatoria de inglés comienza en séptimo

El dato es impresionante. ¿Cómo se explica que China, un país gobernado por el Partido Comunista, en la otra punta del planeta y alfabeto totalmente diferente del nuestro, esté enseñando inglés mucho más intensivamente que México, un país lindante con los Unidos, que tiene un tratado de libre comercio con su vecino y exporta un 90 por ciento de sus productos a ese país? ¿Y como explicar que los jóvenes chinos estén estudiando más inglés que los argentinos, peruanos o colombianos, que no sólo comparten el mismo con los países de habla inglesa sino que tienen muchos más la lazos culturales con los Estados Unidos y Gran Bretaña?

La enseñanza de inglés en China fue una decisión política gobierno, que comenzó tímidamente con el inicio de la apertura económica de 1978, y se aceleró enormemente a partir de 1999, cuando se hizo obligatoria en todas las escuelas. Antes de viajar a China, había entrevistado telefónicamente a Chen Lin, el presidente del comité de Ministerio de Educación a cargo del programa de enseñanza de inglés quien me aseguré con orgullo —en perfecto inglés— que “China ya es el país de habla inglesa más grande del mundo”.

Según Chen, la enseñanza de inglés en su país se disparó a partir de la decisión de ingresar en la Organización Mundial del Comercio en 1999, y de competir para ser la sede de las Olimpíadas de 2008. “Empezamos un movimiento llamado ‘Beijing speaks English’, por el cual todos los ciudadanos de Beijing tienen que hablar por lo menos un idioma extranjero para cuando vengan los turistas en 2008”, me dijo Chen. “Y la gente participa entusiastamente, porque saben que si uno habla inglés, le será más fácil encontrar un buen empleo.”

Entre otras cosas, se aumentaron las horas semanales obligatorias de estudio de un idioma extranjero, y se introdujo un examen de idiomas para todo estudiante que quisiera ingresar en la universidad. “En algunos estados del nordeste, se estudia ruso o japonés, pero el 96 por ciento de los estudiantes se anotan en las clases de inglés”, me señaló Chen.

Tengo que confesar que en mis viajes a Beijing y Shanghai no me encontré con muchos chinos que hablaran inglés. De hecho, la mayoría de las vendedoras en las tiendas no entendían una jota cuando uno les hablaba en esa lengua. Ni siquiera entendían los números en inglés cuando se les preguntaba por el precio de algún producto. Y los taxistas, menos. Como casi todos los turistas, tuve que pedir a los conserjes del hotel, o a algún conocido, que me anotaran en un papel la dirección adonde me proponía ir, para que el taxista la leyera y me llevara sin problemas. Y, de hecho, el sistema funcioné a las mil maravillas. ¿Era un cuento el programa oficial de enseñanza de inglés, o había millones de personas que habían aprendido el idioma con quienes yo no me había topado? Según me dijeron los funcionarios cuando les comenté que no me habla encontrado en las calles con muchos chinos angloparlantes, esto debería cambiar en los próximos cinco o diez años, a medida que las nuevas generaciones que acaban de empezar a estudiar inglés se incorporen al mercado de trabajo.

Zhu Muju, la directora de Desarrollo de Libros Escolares del Ministerio de Educación, me dijo que aunque la directiva de enseñanza obligatoria de inglés se anuncié en 1999, recién ahora se está comenzando a implementar en casi todas las escuelas del país. En un principio, no había suficientes maestros entrenados para enseñar inglés, sobre todo en escuelas rurales, ni para acompañar las clases a distancia, por televisión. Recién en 2005 se pudo cubrir el 90 por ciento de las escuelas del país, dijo Zhu. ¿Y cuántas clases de inglés por semana van tener los escolares?, le pregunté. “Las escuelas deben dar cuatro cursos por semana a partir del tercer grado de la primaria, de los cuales dos son clases de una hora cada uno, y los otros dos son de 25 minutos dijo. “Además, el plan exige que las escuelas tengan actividades inglés, incluyendo debates, juegos, aprendizaje de canciones y clases de actuación.” A la salida de la entrevista, uno de los asistentes de me señaló: “En tres o cuatro años, ya habrá muchos menos casos turistas extranjeros que no puedan encontrar a alguien en la calle q les pueda dar indicaciones en inglés. Bastará con que busquen a cualquier niño, y podrán comunicarse por lo menos a un nivel básico”.

Sólo en Beijing, mil escuelas de inglés

Pero quizás el dato más impresionante sobre la enseñanza de inglés en China es la cantidad de niños que están estudiando ese idioma después de cursar horas en academias privadas. Tan sólo en Beijing hay unas mil escuelas e institutos privados dedicados a la enseña de inglés. Unos treinta de estos institutos privados son ya instituciones inmensas, que hacen publicidad en los medios y en carteles en las calles, describiendo sus cursos como un pasaporte a la modernidad.



Por curiosidad, pedí una entrevista con el director del instituto privado de enseñanza de inglés más grande de China, el New Orid School. La sede del instituto es un edificio de tres pisos, que toda una cuadra en el corazón de Beijing. Me recibió Zhou Cheng el vicepresidente de la escuela, un hombre de 42 años que había su maestría en Comunicaciones en Australia, y luego había trabajado durante muchos años como corresponsal de la BBC de Londres en Asia. Según me conté, a mediados de la década de los noventa le llevado la idea de crear un instituto privado de enseñanza de inglés y matemáticas a un inversionista amigo, su ex compañero de la la secundaria Yu Minhong. Este último inmediatamente vio una oportunidad de negocio y aportó el dinero para fundar la primera escuela Diez años después, el instituto tenía escuelas en once ciudades y abriendo sedes en otras cuatro. ¿Y cuántos estudiantes de inglés tienen ahora?, le pregunté a Zhou. Cuando me respondió, casi me caiga espaldas: “En 2004, teníamos unos 600 mil. Alrededor de la mitad estudiantes que necesitan reforzar su inglés para pasar exámenes las escuelas, y la otra mitad son adultos que quieren estudiar para mejorar su currículum”, respondió. “Para 2007, calculamos tener un millón de estudiantes de inglés.”

Según me explicó Zhou, el estudio de inglés es considerado en China como una inversión para el futuro. “Cuando yo me recibí, en la década de los ochenta, un graduado universitario podía conseguir un buen empleo sin mayores problemas. Eso ya no es así. Hoy día, uno necesita más conocimientos. Un diploma no basta: hace falta un segundo y un tercer diploma, o estudios en el extranjero”, me señaló. El fenómeno se había iniciado hacía quince años, cuando China se abrió al mundo. “Debido a las reformas económicas, las empresas estatales comenzaron a cerrar. Y en su lugar vinieron las compañías extranjeras, que son mucho más exigentes. Por eso, los padres chinos gastan más que los de la mayoría de los otros países en la educación de sus hijos. La mayor parte de las familias chinas ahorran durante toda su vida para darles la mejor educación a sus hijos.” La New Oriental School, cobrando unos 100 dólares por alumno para sus cursos más cortos, estaba haciendo una fortuna: reportaba ingresos anuales de 70 millones de dólares. Y, según Zhou, espera aumentar sus ingresos próximamente con una serie de nuevos cursos. Entre los más promisorios estaba uno de enseñanza de técnicas para desempeñarse correctamente en entrevistas de búsqueda de empleo.

Los pasos de Chile, México, Brasil y la Argentina

A comienzos de 2004, Chile anuncié que, en aras de aumentar su inserción en la economía global, había tomado la decisión de adoptar el inglés como segundo idioma oficial, y de convertirse en el primer país latinoamericano en hacerlo. El país se aprestaba a ser la sede de una reunión de ministros de Educación del Foro de Países de la Cuenca del Pacífico (APEC) en abril de 2004. Como organizadores de la reunión, los chilenos decidieron que la enseñanza de inglés fuera el primer punto en la agenda. Chile ya sospechaba que América latina había quedado rezagada en la materia y que los asiáticos llevaban mucha ventaja. Y un estudio comparativo de la APEC sobre la enseñanza de inglés en los países miembros habla confirmado con creces las sospechas chilenas. Los resultados, dados a conocer en la reunión, eran escalofriantes: Singapur, Tailandia y Malasia estaban enseñando inglés en todas las escuelas a partir de primer grado, mientras que China y Corea del Sur lo hacían en tercer grado, y la mayoría de los países latinoamericanos en séptimo grado. Pero eso no era todo: el estudio muestra que mientras en Singapur se empezaba con 8 horas por semana de inglés y en China con cuatro horas, en Chile y en México se comienza con dos horas semanales, varios años después. Las diferencias eran a males. La enseñanza de inglés por sí sola no explicaba el avance eco mico de los países asiáticos, pero era un elemento más de la formas que les había permitido insertarse en la economía global, crecer aceleradamente y reducir la pobreza.

Cuando Chile anunció que adoptaría el inglés como segundo Idioma en 2004, la noticia pasó casi inadvertida en el resto de la región. Chile, como en la mayoría de sus países vecinos, sólo el 2 por ciento la población podía leer en inglés y tener un nivel de conversación básico en ese idioma, según indicaban estudios oficiales. Pero el gobierno del Partido Socialista chileno había convertido la enseñanza de inglés en su caballito de batalla político. Según decía el ministro de Educación, Sergio Bitar: “El inglés abre las puertas para emprender un negocio exportador, y abre las puertas para la alfabetización digital. El ingenio en definitiva, abre las puertas del mundo” .A partir de 2004, admiten de hacer obligatoria la enseñanza de inglés desde quinto grado de primaria, Chile entregó gratuitamente libros de texto de inglés a todos estudiantes de quinto y sexto grado, y se fijó como meta que para 20 todos los estudiantes de octavo grado tuvieran que aprobar el Key English Test (KET) —un examen internacional de comprensión y lectura de inglés como segunda lengua— para pasar de grado. Al mismo tiempo, empezó a ofrecer descuentos impositivos a las empresas que pagaran cursos de inglés a sus empleados, para ayudar a que el país fuera más hospitalario hacia el turismo internacional y pudiera competir los asiáticos en atraer “call-centers” a su territorio. Y CORFO, la Corporación de Fomento de Chile, invirtió 700 mil dólares en 2004 tomar un examen de inglés a unas 17 mil personas y crear un base de datos de individuos bilingües o medianamente bilingües. Unos 12 aprobaron el examen y fueron incorporados en el registro. “Ten sus nombres y teléfonos en un banco de datos, que está a disposición de cualquier empresa que quiera establecerse en Chile”, me explicó Bitar.

En México, aunque la vecindad con los Estados Unidos teóricamente podría facilitar los intercambios de profesores de idiomas, el gobierno de Fox llegó a la conclusión de que no podía hacer lo mismo que Chile, por carecer de suficientes maestros de inglés para enseñar a todos los niños de quinto grado. Y aunque México tiene la misma tasa Chile alfabetización que Chile —un 96 por ciento de los niños de ambos países completaban la escuela primaria—, el gobierno consideraba que había mayores carencias en rubros como la malnutrición y la mortalidad infantil, que requerían más recursos que la enseñanza de inglés De manera que optó por la enseñanza de inglés a distancia, por el programa de pizarras electrónicas Enciclomedia, en todas las aulas de quinto y sexto grado. “La idea es que no quede ninguna escuela del país así sea rural o indígena, sin equipamiento para 2006”, decía el secretario de Educación, Reyes Tames. En el principal socio comercial de los Estados Unidos en América latina, y el principal competidor de China en el mercado norteamericano, la, enseñanza personalizada de inglés seguía siendo una meta difusa, y a largo plazo.

En la Argentina, la enseñanza obligatoria de inglés en casi todas las provincias del país comienza en séptimo grado, según me dijo Filmus, el ministro de Educación. Pero tras la debacle económica de 2001, la idea de invertir tiempo y dinero en la enseñanza de un segundo idioma había sido eclipsada por otras prioridades: unos 511 mil jóvenes de la población total de 8,2 millones de estudiantes a nivel nacional estaban abandonando la escuela, la mayoría de ellos en los últimos tres años del nivel secundario. Los gobiernos que se habían sucedido después de la crisis concluyeron que los alumnos abandonaban la escuela por condiciones de pobreza extrema, y que la prioridad educativa debía ser detener la deserción escolar.

Para los países sudamericanos, el inglés no era la única opción recomendable. Los expertos en educación internacional señalaban que muchos Estados de la región también se beneficiarían con la enseñanza del portugués, el idioma del país que ya representaba más del 50 por ciento del producto bruto sudamericano. A fines de la década de los noventa, en pleno auge del Mercosur, se habían iniciado ambiciosos programas de estudio de portugués en la Argentina y de español en Brasil. En la Argentina, la entonces ministra de Educación Susana B. Decide proclamaba que, para el año 2000, una buena parte de las escuelas estarían enseñando portugués. “Durante mucho tiempo, nuestros países se habían dado la espalda. Pero ahora estamos viendo un proceso muy interesante de integración cultural”, me había dicho Decibe en una entrevista en agosto de 1998. Sin embargo, la devaluación brasileña de 1999 asestaría mi durísimo golpe al Mercosur y a la integración sudamericana. Años después, otro ministro de Educación argentino, Andrés Delich, me comentarla que lo único que habla quedado del plan nacional de enseñanza de portugués eran programas escolares en la provincia norteña de Misiones, lindante con Brasil, que tenía un 5 por ciento de la matrícula escolar argentina. Era una idea excelente, pero la realidad económica había abortado el plan.

En Brasil, el Congreso había empezado a debatir en 1998 un plan para enseñar español en todas las escuelas, que se plasmó en un proyecto de ley en 2000. Varios estados del sur, como Rio Grande do Sul, Paraná y Sáo Paulo, ya habían empezado con cursos de español, y el plan del Congreso era que esos programas se extendieran a todo el país en los próximos diez años, siempre y cuando los 27 estados se las arreglaran para encontrar los 75 mil maestros de español que se necesitaban. El Congreso aprobó la ley en 2005 y ordenó al Ministerio de Educación implementar la oferta de cursos de español optativos en todas las escuelas primarias del país, entre quinto y octavo año, en un plazo de cinco años.

¿No es un lujo extravagante enseñar un segundo idioma para países que todavía no han terminado de erradicar el analfabetismo?, les pregunté a varios ministros de Educación en los últimos años. ¿Está bien que Chile se zambulla de lleno en la enseñanza de inglés cuando todavía tiene 4 por ciento de ciudadanos que no han terminado la primaria? ¿Y debería México gastar millones de dólares en la enseñanza de inglés cuando casi un 3 por ciento de sus niños en edad escolar son analfabetos? ¿Y debería hacerlo la Argentina, con medio millón de estudiantes por año abandonando la escuela? Varios ministros me señalaron que en países con altas tasas de analfabetismo, como Honduras o Nicaragua, no tendría sentido destinar un gran porcentaje del gasto educativo a la enseñanza de idiomas. Pero en la mayoría de los países latinoamericanos, las tasas de analfabetismo no son altas, y están mayormente concentradas en adultos mayores de 50 años. Para estos países, la enseñanza de inglés u otros idiomas en las escuelas sería una buena inversión. Y en cuanto a si no habría que dedicarle más dinero a la enseñanza del idioma nacional, para evitar problemas como el de egresados de la escuela secundaria que escriben con errores ortográficos, el ministro de Educación chileno, Bitar, me dijo que “no creo que los chilenos estemos imposibilitados de caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Se puede estudiar español, ciencias e inglés al mismo tiempo”.



Es probable que así sea, concluí tras escuchar a varios expertos. Cualquier persona que haya viajado a Suecia, Holanda o Dinamarca puede constatar que la gente es capaz de hablar perfectamente dos, tres y hasta cuatro idiomas, silos empieza a estudiar de niños. varios países en vías de desarrollo ocurre lo mismo: en la isla caribeña de Curaçao, o en las poblaciones negras de habla inglesa de Nicaragua y Honduras, me encontré con gente que vive en las condiciones precarias y es perfectamente bilingüe, sin mayores problemas. Y s chinos van a aprender inglés, no hay razón por la cual millones de norteamericanos que crecieron viendo películas de Hollywood, canta canciones de rock y explorando sitios de habla inglesa en Interne puedan hacerlo.

Por qué los asiáticos estudian mas

Quizá de todas las personas que conocí en China, la que más impresionó fue Xue Shang Jie, un niño de 10 años que encontré en visita a otro instituto privado de inglés, la escuela Boya. Tras entrevistar al director de la escuela, había pedido observar una clase, y me habían permitido entrar en un aula. Eran como las seis de la tarde, y docena de niños estaba tornando clases después de su horario escolar. En la primera fila, había unos diez chicos sentados en sus pupitres. Atrás, en el fondo del aula, estaban sentados varios hombres y mujeres que obviamente eran los abuelos, y estaban leyendo o haciendo crucigramas para matar el tiempo.

Cuando el director de la escuela abrió la puerta y me presentó c un visitante de los Estados Unidos, hubo sorpresa generalizada, con gestos de bienvenida por parte de la profesora. Me senté, presenciar la clase, y al poco rato me llamó la atención un niño en particular. Es en la primera fila, tenía unos anteojos enormes, se expresaba en ir admirablemente bien y desbordaba buen humor. No me extrañó que finalizar la lección, me dijeran que Xue era el mejor alumno de su en la escuela, y que estaba tomando clases privadas de inglés y matemática después de horas para mejorar aun más sus calificaciones y asó competir en olimpíadas estudiantiles internacionales.

¿Qué quieres ser cuando seas grande?, le pregunté a Xue más de, conversando en el pasillo. “Un cantante, quizá”, me dijo el Xue encogiéndose de hombros y riéndose, mientras sus compañeros festejaba su respuesta y bromeaban sobre su futuro en el show business. Tras sumarme a la celebración, le pregunté a qué se dedicaban sus padres. Por el dominio que tenía del inglés, supuse que era hijo de di máticos que habían vivido en el extranjero, o que provenía de familia acomodada que le había contratado clases particulares desde hacía varios años. Pero me equivocaba. Xue me contó que su padre era un militar del Ejército Popular de Liberación, las fuerzas armadas de China, y su madre era una empleada. Por la descripción que hizo de su familia, y por lo que me corroboraron más tarde el director de la escuela la y el asistente chino que me acompañaba, la familia de Xue era de clase media, o media baja.

¿Cómo es un día típico de tu vida?, le pregunté a continuación. Él  me contó que se despertaba a las siete de la mañana, entraba a la escuela a las ocho, y tenía clases hasta las tres o cuatro de la tarde, según el. día de la semana. Después, hacía sus deberes en la escuela hasta la seis, cuando venía a buscarlo su padre. ¿Entonces, puedes ver televisión por el resto del día?, le pregunté, asumiendo que ése era el caso. “Sólo puedo ver televisión 30 minutos por día”, respondió, sin abandonar su sonrisa. “Cuando llego a casa, toco el piano, y hago más deberes, hasta eso de las siete y media de la noche. Entonces, veo televisión  media hora, y me acuesto a eso de las nueve.” Pero eso no era todo: u tarde por semana, después de la escuela, y los domingos por la tarde tomaba clases particulares de inglés en la escuela Boya. Y los sábados por la tarde, durante dos horas, tomaba clases de matemática y chino en el mismo Instituto privados ¿Y te gusta estudiar tanto?, le pregunté intrigado. “Sí”, me contestó, sonriendo de oreja a oreja. “Es muy  interesante. Y si estudio mucho, mi padre me regala un juguete.”

El caso de Corea del Sur

La obsesión por el estudio no es un fenómeno que se da sólo China, sino en toda Asia. Al igual que en China, los niños en Corea Sur, Singapur y varios otros países de la región estudian casi el doble de horas diarias que los de los Estados Unidos o de América latina Corea del Sur, el promedio de horas de estudio diarias de los alumnos de primaria es de diez horas, el doble que en México, Brasil o la Argentina. Jae Ho Lee, un niño coreano de 14 años, tiene una disciplina  casi militar: sale de su casa a las siete de la mañana, llega a la escuela media hora antes del inicio de las clases para repasar las lecciones del día anterior, y regresa á su casa a las cuatro de la tarde. Y después  toma cursos particulares de inglés y matemática, no porque se esté quedando atrás en estas asignaturas sino, por el contrario, para mantener su alto puntaje. “Quiero seguir estando en los primeros puestos de esta clase, porque de eso depende mi futuro”, le dijo el niño a la revista brasileña Veja, que le dedicó una portada al fenómeno de la educación en Corea del Sur.

Según el Ministerio de Educación de Corea del Sur, el 80 por ciento de los niños estudian por lo menos diez horas diarias, y el 83 por ciento toma clases complementarias de matemática o ciencias. La revolución educativa ha permitido aumentar el porcentaje de estudiantes universitarios del 7 por ciento de la población general en 1960 al 82 de la actualidad. Comparativamente, la mayoría de los países latinoamericanos tienen un 20 por ciento de sus jóvenes estudiando en la universidad, y en muchos  casos menos. Y mientras un 30 por ciento de los graduados universitarios coreanos se diploman en Ingeniería, el promedio de egresados en esa disciplina en América latina es del 15 por ciento.

En Corea del Sur, hace años que la enorme mayoría de las escuelas tienen pizarrones electrónicos —como los que acaba de adoptar México— en los que los profesores muestran películas para ilustrar sus lecciones. Además, tienen salas de computación conectadas a Internet con banda ancha, y los maestros ganan un salario medio equivalente a 6 mil dólares mensuales, seis veces más que sus equivalentes latinoamericanos. “Es una carrera que confiere mucho estatus”, señaló el artículo de Veja. En efecto, una encuesta de la Universidad Nacional de Seúl reveló que, para las mujeres coreanas, los profesores son vistos como “el mejor partido para casarse”: tienen un buen salario, empleo estable, vacaciones largas y les gusta tratar con niños. Y tienen condiciones de trabajo excelentes, que incluyen dedicación exclusiva y cuatro horas diarias —pagas, por supuesto— para preparar sus clases y recibir a los estudiantes. La educación en Corea se toma tan en serio, que hasta los profesores de jardín de infantes necesitan un diploma universitario.



En términos generales, los economistas coinciden en que la apuesta coreana a la educación ha pagado con creces: gracias a la avalancha de inversiones internacionales para aprovechar la mano de obra calificada, Corea pasó de tener un ingreso per cápita equivalente a la mitad del de Brasil en 1960, a uno de tres veces más que aquél actualmente.’

¿Por qué estudian más los jóvenes asiáticos?

La respuesta más común que escuché en China cuando hice esta pregunta es que no se trata de un fenómeno reciente, sino la continuación de una tradición histórica que viene de las enseñanzas del filósofo Confucio, quien ya difundía valores como la dedicación al trabajo y al estudio en el siglo V antes de Cristo. Confucio decía: “Si tu objetivo es progresar un año1 siembra trigo. Si tu objetivo es progresar diez años, siembra árboles. Si tu objetivo es progresar cien años, educa a tus hijos”. La fiebre del estudio había quedado relegada durante la Revolución Cultural china, pero volvió con toda la fuerza a partir de las reformas económicas de los años ochenta, cuando —como me lo había hecho notar Zhou, el vice director de la New Oriental School en Beijing— las nuevas empresas privatizadas comenzaron a exigir un nivel académico superior a quienes buscaban empleo.

Sin embargo, en China existe otro motivo clave que explica 1. fiebre por el estudio, que no sería deseable imitar en el resto del mundo: la política del hijo único. Desde la década del setenta, las parejas sólo pueden tener un niño, y quienes tienen más de uno deben pagar, impuestos altísimos por su segundo hijo. Eso hace que cada niña  o niño —más los varoncitos que las mujercitas, por cierto, ya que los bebés de sexo masculino son recibidos con mucha mayor alegría que los de sexo femenino— sea el centro de atención y las expectativas  progreso de sus dos padres, sus cuatro abuelos y sus ocho bisabuelos y cuando los hay.

elogios importantes para la mujer

En China, como en pocos otros países, toda la atención de la familia extendida está centrada en un hijo: “Somos un de pequeños emperadores y pequeñas emperatrices”, me dijo una de turismo en Beijing. Y eso se traduce en una presión social de padres y abuelos sobre los jóvenes para que estudien. “Toda la familia para que el niño pueda estudiar en las mejores universidades y puede conseguir un buen empleo”, me explicó Zhou. “Aquí tenemos un refrán que dice: hijo único, esperanza única, futuro único.” Eso explica por que tantas familias envían a sus niños a cursos particulares de inglés después de hora, o ahorran toda la vida para mandar a sus hijos a universidades en los Estados Unidos.

Y el otro factor propio de la cultura asiática es que los jóvenes deben estudiar más desde muy niños, por el simple hecho de que mientras la mayoría de los idiomas occidentales tienen alfabetos de 26 027 letras, varios idiomas orientales tienen unos 22 mil caracteres, aunque hacen falta unos 2.500 para tener un conocimiento básico del lenguaje   y unos 5 mil para leer un periódico. Los chicos asiáticos comienzan a aprender los caracteres de su idioma mucho antes de entrar en primer grado.

El jardín de infantes ya es un curso intensivo de escritura. “Cuando los niños entran en primer grado, ya deben estar familiarizados con unos 2 mil caracteres”, me dijo Chen Quan, un profesor en Beijing. El aprendizaje es tan difícil, que los padres y abuelos se pasan horas los fines de semana enseñando a dibujar los caracteres a sus hijos y nietos. De manera que cuando entran en la escuela primaria, los estudiantes ya tienen una disciplina de estudio muchísimo mayor que la de los niños norteamericanos o latinoamericanos. De allí en más, los asiáticos dan por sentado que deben estudiar unas diez horas por día. No hay televisión, ni fútbol, ni fiesta que valga.

Fuente Consultada: Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer

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