Descripcion de los Personajes del Quijote de la Mancha Caracteristicas



Descripción de los Personajes de Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza – Características

(Alcalá de Henares, 29 septiembre 1547 – Madrid, 23 abril 1616).

Cervantes Saavedra Miguel. Escritor español, cumbCervantes Saavedra Miguel, retratore de las letras españolas y uno de los grandes nombres de la literatura universal. Fue el cuarto hijo de los siete que tuvo don Rodrigo de Cervantes, médico ambulante, y de doña Leonor Cortinas, de noble familia venida a menos.

Cursó estudios en Sevilla y Salamanca, y en Madrid asistió a las lecciones de gramática de Francisco del Bayo y fue discípulo de López de Hoyos (1569), quien regentaba el Estudio de Humanidades de Madrid; es en esta época cuando se dio a conocer como poeta.

Cuando empezó a escribir «Don Quijote», Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) podía considerar su vida como un auténtico fracaso: combatiente sin fortuna en Lepanto, prisionero de los piratas, esclavo en Argel y sumamente pobre.

El escritor había publicado numerosas obras, cuyos valores literarios eran discutidos.

Y, sin embargo, con «Don Quijote» salió de  su pluma una de las más importantes novelas de la literatura universal.

LA ÉPOCA «Don Quijote de la Mancha» es la obra maestra literaria del Siglo de Oro de la literatura española (siglos XVI y XVII).

En aquel período, las novelas caballerescas, llenas de aventuras y fantasías, a pesar de haber entrado ya en decadencia, continuaban siendo muy leídas; ello no fue obstáculo, sin embargo, para que floreciera una sátira amarga de esta literatura, inspirada en inalcanzables ideales de honor y lealtad. Éstos son los dos motivos fundamentales del «Don Quijote».

Don Quijote – ¿Un exaltado? ¿Un visionario? ¿Un loco? Puede ser. Pero, sobre todo, el símbolo del soñador sediento de nobles ideales, de justicia y de aventuras, qué se halla escondido dentro de cada uno de nosotros. Como un verdadero caballero errante, el personaje de Cervantes olvida en seguida la mala suerte y los. . . palos recibidos, y prosigue su camino guiado por su optimismo y espléndida fantasía. Y cuando finalmente le «obligan» a recuperar el juicio, el caballero muere de melancolía: tampoco él, como sus sueños, resiste el contacto con leí realidad.

sancho panza



Sancho Panza – El pequeño, rechoncho, bonachón y sensato escudero de Don Quijote es, por lo menos en las primeras páginas de la novela, la antítesis viviente de su señor. Con los pies sólidamente plantados en la tierra, dotado de un saludable buen sentido y de la característica astucia de los hombres del pueblo, Sancho no busca complicaciones, a diferencia de Don Quijote,, y pone el mayor empeño en evitarlas. Pero finalmente, también Sancho Panza, contagiado por su señor, empieza a sentir el ansia de aventuras y, tras la muerte del héroe, se siente dramáticamente solo.

dulcinea del toboso

Dulcinea del Toboso – Vive sólo en la fantasía de Don Quijote, como símbolo de belleza y dignidad. Pero, como todos los símbolos, también Dulcinea desaparece al ser trasladada a la realidad. En verdad, no se trata de una mujer real: Sancho Panza sólo verá en ella uno humilde, tosca e ignorante campesina. Sin embargo, el caballero acomete, en su nombre, infinidad de. empresas absurdas, pero marcadas siempre por el heroísmo, la virtud y la lealtad.

quijote

El barbero, el cura. Sansón Carrasco – Son los tres amigos más sinceros del caballero de la Mancha, y se esfuerzan denodadamente por devolverle el juicio. Por último lo consiguen, pero Don Quijote muere a consecuencia de ello. Sólo entonces comprenden la gran verdad interior de su amigo, el  Don Quijote de la Mancha.

NACE UN CABALLERO
En un desolado pueblecillo de la Mancha, vivía, hace más de 400 años, un hombre llamado Quijano. Frisaba en la cincuentena y era alto, flaco, de faz amarillenta y rugosa, erizadas cejas, largos bigotes y barba de chivo. No era atractivo ni tampoco rico. Gastaba sus escasos haberes en libros de aventuras caballerescas que devoraba con avidez. Tenía una nutrida biblioteca y se pasaba en ella, rodeado de polvorientos volúmenes, tardes enteras, acompañando idealmente a los héroes en sus gestas.

Y tanto le entusiasmaban aquellas historias que, un buen día, tomó una decisión heroica: la de convertirse en caballero errante y lanzarse por el mundo a la ventura, enderezando entuertos, protegiendo a las viudas y oprimidos, y conquistando imperecedera gloria con maravillosas empresas. En vano intentaron disuadirlo su sobrina, el ama de llaves y el cura. El hidalgo Quijano estaba decidido: se haría caballero.

Una mañana se levantó temprano y se puso a rebuscar entre los trastos del desván. Con gran alegría encontró una oxidada armadura, que debía de tener varios siglos de vida, y una espada con el filo mellado. Pero aquellos objetos parecieron al buen Quijano el equipo ideal para un paladín.

El hidalgo se veía ya como el más terrible y elegante caballero que jamás hubiera recorrido los caminos. En vista de ello, frotó la coraza, el escudo y el espadón con aceite de oliva, piedra pómez y trapos, hasta dejarlos tan relucientes como si estuvieran recién comprados. Luego colocó, lo mejor que pudo, una visera de cartón sobre el yelmo, que carecía de ella, y se introdujo en la armadura: se había convertido en un perfecto caballero.

Como necesitaba un corcel se precipitó hacia el establo, donde lo aguardaba, todo piel y costillar, un pobre animal, al que los amigos de nuestro héroe sólo llamaban «caballo» en sus momentos de mayor entusiasmo. Pero la excitada fantasía de Quijano lo vio como un fogoso potro, nacido para conducir héroes a la batalla.



Ya sólo le faltaba un par de nombres altisonantes para él y para su cabalgadura. Reflexionó un instante y los encontró. De ahora en adelante, don Alonso Quijano se haría llamar «Don Quijote de la Mancha». ¿Y el caballo? Considerándolo con frialdad, resultaba preciso admitir que no pasaba as ser un penco matalón. ¡Pero penco o no, era el corcel de Don Quijote! Y no tardó en encontrar un nombre pomposo para él: se llamaría «Rocinante», el rey de los rocines.

Saltó sobre la silla con sus ridículas armas, y salió del establo a lomos de su desvencijada cabalgadura, decidido a enderezar entuertos y deshacer agravios.

Poco después el caballero, orgulloso y solemne, desembocó en el camino polvoriento que salía de su aldea, pensando, mientras cabalgaba, en todas las fantásticas y maravillosas aventuras que encontraría a su paso.

La venta estaba llena de arrieros, que Don Quijote tomó por encumbrados señores. La cena fue laboriosa: el reluciente yelmo se negaba rotundamente a abandonar la cabeza de tan esforzado caballero. Finalmente, alimentos y bebidas tuvieron que ser introducidos a la fuerza, a través de las aberturas de la celada.

Una vez terminada la cena, si así se podía llamar aquello, Don Quijote llamó al ventero, a quien creía castellano, y le pidió de rodillas que lo armara caballero. El buen hombre bizqueó, sorprendido, y lo tomó por loco; luego, vista la insistencia del hidalgo, terminó por’ dar su consentimiento (con los locos nunca se sabe..,), Don Quijote, con el corazón estremecido, se dispuso a velar las armas, depositando todas las piezas de la armadura en una pila que había en el corral de la venta, junto a un pozo. Luego, escudo al brazo y espada en mano, empezó a recorrer el corral, a grandes zancadas.

Un arriero, que llevaba pacíficamente sus animales a abrevar, retiró de la pila las armas del caballero, y éste, levantando la lanza, la dejó caer sobre la cabeza del insolente que rodó por el suelo. Acudió otro, con las mismas intenciones, y se repitió la escena. Entonces, los restantes arrieros comenzaron a apedrear a Don Quijote, y el corral se convirtió en un verdadero pandemónium.

El ventero daba voces para que lo dejaran, explicando que estaba loco, y que por loco se libraría aunque los matase a todos. Al fin lo consiguió y, decidido a terminar con los incidentes, se dirigió a Don Quijote, disculpándose de la insolencia de los otros, y ofreciéndose a armarle caballero en el acto.

Don Quijote atendió las razones del castellano-tabernero, y éste, acompañado por dos mozas y un muchacho, hizo como si leyera una devota oración, pasando seguidamente a realizar los actos simbólicos de la investidura.
Alzó1 la mano, y le propinó una pescozada. Después, con la espada, le dio un espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como sí rezara, y terminó ciñéndole las armas.

Don Quijote ensilló a Rocinante, abrazó a su huésped, dándole gracias por la merced de que le había hecho objeto y, montado en su caballo, salió de la venta. El ventero, que no veía llegada la hora de que se fuera,. le dejó marchar sin pedirle la costa de la posada.

investidura



LA SOLEMNE INVESTIDURA
Aún le faltaban dos cosas a Don Quijote para poder considerarse caballero: una dama a la que dedicar sus empresas, y la investidura, que tendría que recibir de manos de un noble castellano. Como dama eligió a tina robusta campesina de los alrededores, llamada Aldonza Lorenzo, que fue rebautizada —sin su conocimiento— con el altisonante nombre de «Dulcinea del Toboso». La investidura, por otra parte, estaba ya cercana. Don Quijote, efectivamente, había llegado a una venta, que su exaltada imaginación convirtió en nobilísimo castillo regido por su correspondiente castellano.

Biografia de Miguel Cervantes Saavedra

Fuente Consultada: Enciclopedia del Estudiante Superior Fascículo N°39

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