Satelites Militares Durante la Guerra Fria Usos y Características



Satélites Militares Durante la Guerra Fría: Usos y Características

GUERRA FRÍA: Luego de la segunda guerra mundial Nada quedó sin ser afectado: ni puentes, ni ferrocarriles, ni caminos, ni transportes.  La mano de obra se resintió y grandes extensiones de tierras se perdieron para el cultivo.

La actividad industrial se atrasó, faltaban materias primas, herramientas apropiadas, tecnología moderna y energía. 

Ante esta realidad, Europa perdió su papel decisivo en la política internacional, y surgió entonces, un nuevo orden mundial representado por la hegemonía de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, alrededor de los cuales, y formando dos bloques enfrentados, el bloque occidental y el bloque oriental, se alinearon los restantes países del mundo. 

La tensión entre ellos, dio lugar a la llamada «Guerra fría» que dominó por completo las relaciones internacionales en la última mitad del siglo XX. 

satelite militar

Los Primeros Satélites Artificiales de Uso Militar:
Usos y Características

Aunque los datos existentes son muy escasos, se calcula que más de la mitad de los satélites situados en órbita hasta 1973 estaban destinados a aplicaciones militares o paramilitares. Por sus misiones se pueden agrupar en cinco clases :

1) de reconocimiento fotográfico;
2) de alarma contra proyectiles balísticos ;
3) de detección de pruebas nucleares;
4) de bombardeo orbital;
5) de apoyo táctico.

A pesar del secreto que rodea a estos experimentos, los satélites de reconocimiento constituyen la clase mejor conocida y también la más numerosa. En líneas generales, se trata de plataformas muy bien estabilizadas, sobre las que van instalados equipos tomavistas de gran precisión.

Las imágenes se envían a la Tierra por técnicas de televisión o en forma de negativo fotográfico, a bordo de cápsulas recuperables.

Los primeros ensayos de reconocimiento orbital se efectuaron en el marco del programa Discoverer y promovieron una oleada de protestas por parte de la Unión Soviética; pero meses después, también ésta disponía de sus propios satélites fotográficos. Desde entonces, entre las do; grandes potencias existe una especie di acuerdo tácito respecto a la legalidad del espionaje espacial recíproco.

No se conocen demasiadas características de estos primeros satélites, aunque se supone que la resolución de sus cámara, no alcanzaba más allá de los ocho o diez metros.

La primera serie de satélites estadounidenses de reconocimiento propiamente dichos entró en servicio en 1961, con el lanzamiento del Samas 2. Su principal no vedad era que en vez de ir provisto de cápsula sula recuperable, como los Discoverer, las imágenes eran transmitidas a la Tierra por radio.

Las características de este sistema de transmisión constituyeron un secreto militar durante varios años. Tan sólo hacia 1964 la USAF (United States Air Force) Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos) accedió a facilitarlas a la NASA para que pudieran ser empleadas en tareas civiles Su primera aplicación se llevó a cabo a bordo de las naves Lunar Orbiter, para confeccionar un plano detallado de la superficie de nuestro satélite.

Pero entonces tales cámaras estaban consideradas como material anticuado y los satélites militares empleaban ya tomavistas de nuevo diseño, de definición muy superior.

Las cámaras de los Orbiter disponían de dos objetivos fotográficos: un gran angular y un tele. Ambos apuntaban en la misma dirección y se disparaban simultáneamente, impresionando cada uno un fragmento distinto de la misma película. En las misiones lunares (a unos 50 Km. sobre el suelo, aproximadamente) el gran angular cubría un cuadrado de 30 Km. de lado, mientras que el tele estaba enfocado hacia el centro de esa zona, sobre un campo de 16 por 4 Km. El resultado eran dos imágenes: una abarcaba una considerable extensión de terreno, escasamente detallada, en tanto que la otra presentaba un aspecto mucho más completo y minucioso de una pequeña parte de la misma región.

El Orbiter utilizaba película especial para fotografía aérea, de 70 milímetros de anchura y sin perforaciones laterales. La carga estándar de cada nave era de 90 metros de filme, suficientes para registrar unos doscientos pares de fotografías. El revelado se producía automáticamente a bordo, y los negativos ya tratados se recogían en una bobina de almacenamiento, en espera de que todo el carrete hubiese sido utilizado.

Una vez completada la toma de fotografías, se invertía el movimiento de avance de la película, que al deslizarse hacia atrás, pasaba ante el convertidor de imagen. Este dispositivo constaba de un foco luminoso muy concentrado que se desplazaba transversalmente sobre la película, explorándola por franjas de 2 milímetros de anchura. Al pasar a través de los diferentes grados de gris del negativo, la intensidad de luz variaba y esas oscilaciones eran recogidas por un foto multiplicador que las convertía en señales eléctricas.

Estas, convenientemente codificadas, eran enviadas a la Tierra. Más tarde, siguiendo un proceso inverso al descrito, podía reconstruirse la imagen con todo detalle. Aunque el sistema de transmisión era muy lento (para enviar una doble imagen requerían unos 40 minutos), tenía la ventaja de proporcionar una extraordinaria calidad de imagen. En muchas fotografías enviadas por los Orbiter se distinguen detalles de la superficie lunar de apenas un metro de diámetro.

La resolución obtenida por los satélites Samas equipados con estas mismas cámaras debió ser algo menor, pues éstos, forzosamente, tenían que estar a mayor altura que los Orbiter: 200 Km. como mínimo, en el perigeo; y también debido a la presencia de la atmósfera que con sus turbulencias y contaminantes en suspensión debió producir cierta degradación en la calidad de las fotos. Por tanto, teniendo en cuenta estos dos factores, cabe afirmar que, en la práctica, el poder de resolución de las cámaras de los Samas era por lo menos cinco veces inferior a la de los Orbiter, por lo que estos satélites «espías» sólo eran capaces de fotografiar detalles superficiales de cuatro a cinco metros de diámetro.

En 1963 apareció el primero de una nueva serie de satélites recuperables que venía a sustituir a los derivados del Discoverer.

Para lanzarlos se utilizaba un nuevo modelo de cohete, el Agena D, capaz de reencender su motor en pleno vuelo, lo que permitía al satélite ejecutar diversas maniobras, alterando las características de su órbita inicial. El equipo óptico se hallaba instalado en la sección media del vehículo, pues su enorme tamaño no permitía acomodarlo en el reducido espacio disponible en la cápsula de retorno.

La carga de película virgen también se encontraba en la sección media del satélite. A través de unas ranuras especiales, el filme penetraba en la cámara, donde era impresionado; a continuación, salía de nuevo al exterior y pasaba, a través de unos conductos a prueba de luz, al interior de la cápsula de reentrada, donde lo recogía una bobina de almacenamiento.

Al finalizar la misión, el motor del Agena D se encendía a contramarcha y el satélite empezaba a caer. Segundos más tarde se producía la separación de la cápsula, que efectuaba la maniobra de reentrada, mientras el resto del equipo, incluida la cámara fotográfica, se desintegraba al contacto con la atmósfera.

No se conocen muchos detalles acerca de la cámara usada en estos satélites; sin embargo, ésta pesaba más de doscientos kilogramos e iba equipada con un teleobjetivo en el que podían detectarse objetos de sólo un metro de diámetro, incluso desde alturas superiores a los 200 Km.

Hasta 1966, los satélites de reconocimiento estadounidense se habían utilizado para determinar de cuántos proyectiles se componía el arsenal balístico soviético y localizar las plataformas de disparo. El objetivo se había cumplido, pero las últimas fotografías transmitidas por los satélites demostraban que los técnicos militares soviéticos habían empezado a construir silos subterráneos; este descubrimiento iba a forzar una nueva estrategia en cuanto a reconocimiento aéreo. Un silo subterráneo es casi invulnerable a un ataque nuclear, a menos que reciba un impacto directo.

El objetivo de la tercera generación de satélites americanos de reconocimiento era levantar un mapa completo de la Unión Soviética, especificando la situación de cada rampa o silo de lanzamiento. Para ello hubo que diseñar tomavistas especiales, provistos de un sistema de estabilización que los mantenía enfocados hacia el suelo en perfecta vertical, a fin de reducir los errores por distorsión.

Para asegurar aún más la exactitud del trabajo, las nueve cámaras incorporadas a los satélites eran dobles: mientras un objetivo fotografiaba el terreno, el otro, enfocado en dirección opuesta, registraba una imagen de un fragmento de la bóveda celeste. Luego, en el laboratorio, los técnicos en cartografía analizaban la posición en que aparecían las estrellas y constelaciones en la segunda fotografía y determinaban, a partir de ellas, la posición en que se encontraba el satélite en ese momento y el lugar de la Unión Soviética que estaba sobrevolando.

Algunos de estos satélites de reconocimiento llevaban también a bordo un sistema de cámaras provistas de filtros y película especial, sensible a determinadas longitudes de onda. Estas se disparaban todas a la vez, produciendo cuatro o hasta seis negativos, cada uno correspondiente a una determinada zona del espectro.

Analizando cada juego de fotografías los especialistas podían deducir detalles increíbles. Por ejemplo, llegaban a diferenciar la vegetación viva de las ramas cortadas que se emplean para enmascarar objetivos militares, o identificar parcelas de cultivos afectados por plagas, o incluso descubrir en pleno océano la estela de agua ligeramente recalentada que expulsaban las turbinas de un submarino nuclear en inmersión.

Por su parte, los especialistas soviéticos construyeron también una doble familia de satélites de reconocimiento: los de cápsula recuperable y los de transmisión as fotografías por radio. Ambos suelen lanzarse bajo la denominación de Cosmos.

Los Cosmos de radiotransmisión suelen ser de tamaño bastante reducido. Muchos técnicos occidentales opinan que los primeros modelos de este tipo derivaban del Luna 3, el primer vehículo que fotografió el hemisferio oculto de la Luna.

A lo que parece, estos Cosmos cumplen dos tareas distintas. Algunos son puestos en órbita con perigeo muy bajo (incluso inferior a 200 Km.) y se dedican a fotografiar grandes extensiones de terreno de forma rutinaria. La resolución de sus cámaras es buena, aunque no permite precisar demasiados detalles. Cuando estas fotos revelan signos de actividad militar anormal en alguna zona determinada, su investigación en detalle se confía a otra serie de satélites, los Cosmos recuperables.

El otro tipo de Cosmos, de radiotransmisión, es de características idénticas al primero, excepto en lo que se refiere a la trayectoria que describen, que, por lo general, es bastante más elevada. Entre ellos es frecuente encontrar perigeos superiores a 300 Km.

A esta altura de vuelo las cámaras pierden mucho de su eficacia. La definición disminuye y sólo pueden detectarse objetivos bastante grandes, de quince a veinte metros de diámetro, como mínimo. Por tanto, lo más probable es que estos satélites tengan asignada una misión de vigilancia oceánica, en busca de las largas estelas que dejan tras sí los buques de superficie y, sobre todo, los submarinos Polaris.

Otros de estos mismos Cosmos desempeñan una tarea de apoyo meteorológico, enviando fotografías de las formaciones nubosas existentes sobre territorios que interesa fotografiar. Este dato es de gran importancia a la hora de programar los lanzamientos de satélites «espías», ya que, evidentemente, si los puntos a fotografiar se encuentran bajo las nubes, la misión estará condenada al fracaso.

Los Cosmos de radiotransmisión se lanzan con bastante regularidad, por lo menos a un ritmo de uno por mes. Al principio, su base de lanzamiento era Tyuratam, junto al Mar de Aral, pero desde 1969 casi todos ellos despegan desde Piesetsk, a 1.000 Km. al norte de Moscú.

La base de Plesetsk es ideal para efectuar disparos en dirección norte sin peligro deque el cohete portador caiga en zonas habitadas. De este modo es posible alcanzar trayectorias polares, desde las que, en el curso de sucesivas revoluciones, se puede explorar la totalidad del globo terrestre.

Los Cosmos recuperables son mayores que los de radiotransmisión. Parece ser que los primeros modelos se basaban en el aprovechamiento de cápsulas tipo Vostok, cuyo peso podía alcanzar fácilmente cuatro o cinco toneladas. El equipo fotográfico incluía una o varias cámaras de gran resolución, capaces de analizar en detalle los objetivos previamente localizados por los Cosmos de radiotransmisión.

Uno de los problemas más serios con que se enfrentaron los técnicos rusos al iniciar este programa fue la recuperación de las cápsulas. Por regla general, éstas I caen sobre territorio soviético, pero su excesivo peso impide «pescarlas» en el aire tal como lo hacían los norteamericanos con sus Discoverer. Los rusos han de recurrir a equipos de recuperación dotados di’ helicópteros y vehículos terrestres.

Durante 1964 se lanzaron doce Cosmos recuperables, lo que da un promedio de uno por mes, a pesar de que durante el invierno la actividad en este campo estuvo casi paralizada. En 1965 su número se elevó a 17, incluyendo un disparo en pleno enero, otro en noviembre y otro en diciembre, lo que demostraba que los especialistas rusos habían dominado ya las técnicas de recuperación y podían dirigir sus cápsulas hacia el lugar más favorable para el aterrizaje.

A partir de entonces, el número de Cosmos recuperables fue aumentando hasta alcanzar un ritmo normal de uno cada quince días; aunque en casos excepcionales han llegado a lanzar un satélite por semana o incluso más.

Los últimos satélites de reconocimiento lanzados por Estados Unidos pertenecen a la serie comúnmente denominada Big Bird. El primero fue puesto en órbita en 1971, iniciando así la cuarta generación de tales ingenios.

Los Big Bird van equipados con cámaras fotográficas y de televisión, así como de varias (tal vez cuatro o incluso más) cápsulas recuperables. Ello permite emplearlos en las dos misiones básicas: inspección de rutina por televisión y, llegado el caso, toma de vistas detalladas con envío de los negativos a tierra. No se conocen muchos detalles, pero parece ser que en buenas condiciones atmosféricas su poder de resolución puede alcanzar medio metro o incluso menos. Ello sería suficiente para diferenciar las ojivas nucleares convencionales de las ojivas múltiples (MIRV) que pueden equipar a ciertos proyectiles intercontinentales.

Muchos satélites de reconocimiento disponen también de cámaras sensibles al infrarrojo, para la toma de fotografías durante la noche. Sin embargo, al igual que ocurría con los satélites meteorológicos, su resolución no es tan buena como la de los sistemas ópticos, pero, aun así, es más que suficiente para las tareas que tienen asignadas.

También está en experimentación el empleo de satélites dotados de radar de visión lateral. Este es un dispositivo que permite la obtención de imágenes del terreno, no por medios ópticos convencionales, sino por el análisis de la reflexión de ondas de radar. La definición es comparable a la de las cámaras fotográficas normales y, además, presenta la gran ventaja de no ser afectado por la cobertura nubosa, por muy densa que fuere.

Hacia 1960 se iniciaron las pruebas de satélites, dotados de detectores infrarrojos capaces de captar la radiación térmica emitida por los escapes de un proyectil balístico enemigo. De este modo podría localizarse su presencia mucho antes de que apareciese sobre el horizonte y fuese detectado por las estaciones de radar.

El desarrollo de estos sensores tropezó inicialmente con serias dificultades, sobre todo a causa de las reflexiones parásitas del Sol en el océano, que eran interpretadas por el satélite como producidas por el chorro de gases de un ICBM. En la actualidad, el problema parece resuelto, aunque las estaciones fijas de radar en el Ártico continúan desempeñando un papel fundamental en las redes de defensa, tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética.

Otro tipo de satélites militares son los destinados a detectar pruebas nucleares llevadas a cabo clandestinamente, en contra de lo establecido en recientes acuerdos internacionales. Las explosiones, bien sean en la atmósfera, en el fondo del mar o en el espacio exterior (las subterráneas no están oficialmente prohibidas), pueden registrarse gracias a los diversos tipos de radiación que emiten.

Los satélites empleados en esta tarea van equipados con detectores de radiaciones X y gamma, así como de protones y partículas subatómicas liberadas en las reacciones nucleares violentas.

Fuente Consultada: Los Viajes Espaciales Salvat Tomo 53 y 18

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