Biografia de OConnell-El Libertador- Defensor de los Catolicos en Irlanda



Biografia de Daniel OConnell El Libertador de Irlanda

Daniel O’Connell (1775-1847), conocido como ‘el Libertador’, líder de la lucha en favor de la concesión de derechos políticos para los católicos irlandeses a comienzos del siglo XIX

O’Connell fue un típico «forjador del mundo moderno»; su posición en la historia de la política de Europa es única.

Fue el primero en utilizar las masas populares para presionar a un gobierno; fue, sobre todo, uno de los artífices más eficaces de la liberación de la Irlanda católica.

Biografia de OConnell El Libertador de Irlanda
Biografia de Daniel OConnell El Libertador de Irlanda

O’Connell era un trabajador infatigable; fue el campeón público de su fe y de su patriotismo y nunca varió en su actitud, a pesar de las amenazas, la miseria y la prisión.

Muy severo con sus enemigos, incluso intolerante, no se entregó nunca a ataques injustos y envidiosos, y siempre supo reconocer los méritos de sus adversarios.

Gran abogado, maestro de la lengua irlandesa, fue un orador brillante, un gran dirigente de hombres, más que un hombre de Estado propiamente dicho.

Fue quizás el primer orador de masas populares de la Historia europea.

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Desde la conquista de Irlanda, en 1171, por el Rey de Inglaterra Enrique II, que tomó el título de señor de Irlanda y dividió la isla en doce Condados, el hecho que dominó durante cuatro siglos toda la historia irlandesa fue la coexistencia de dos pueblos y de dos leyes contrarias. Eduardo III y Ricardo II fracasaron en sus tentativas de unificación; en el siglo xvi, los Tudores prosiguieron la lucha sin ningún resultado y Enrique VIII, en 1541, hizo que el Parlamento de Dublín le concediese el título de Rey de Irlanda; y en vano intentó una política de conciliación. Isabel continuó la lucha y diez años de atroz guerra arruinaron la isla de Eire. En 1649, Cromwell y sus tropas devastaron el país; hubo más de 500.000 hombres muertos.

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• La Realidad Irlandesa de la Época:

A partir de la reforma de 1829, los irlandeses católicos eran electores y elegibles.

Pero los ingleses protestantes seguían siendo los únicos nombrados funcionarios, jueces de paz, miembros del jurado. Juzgaban a los irlandeses católicos y seguían siendo dueños de Irlanda.

Los católicos seguían pagando el diezmo para sostener el clero anglicano.

La población aumentaba rápidamente, de 6.800.000 en 1826, subió a 8.670.000 en 1841.

Los ingleses seguían siendo los únicos propietarios. Casi todos los Irlandeses católicos era labradores.

Arrendaban un pequeño campo y en él edificaban una m¡-srable cabana de barro, cubierta con paja, sin cristales con el piso de tierra apisonada, y allí vivían con sus cerdos y sus vacas.

A medida que la población aumentaba, el propietario subía la renta y disminuía la tierra dada.

Los aldeanos no podían vivir más que cultivando patatas, y no tenían más alimento. No disponían de dinero, y no usaban más que ropas de algodón destrozadas.

Cuando tenían una disputa con el propietario inglés o con su administrador, se vengaban disparando contra él, incendiándole la casa, y sobre todo matándole las vacas.

Los irlandeses se interesaban poco por la política, pero obedecían a sus sacerdotes y seguían al gran orador católico O’Connell, que los arengaba en reuniones monstruos.

O’Connell se manifestaba católico liberal y no pedía para la Iglesia católica de Irlanda más que la libertad y la igualdad. Los diputados irlandeses votaban en la Cámara en favor del ministerio liberal inglés.

• Historia de O Connell

Nació en Carhen House el 6 de agosto de 1775. Descendía de una familia católica y muy entusiasta de las tradiciones irlandesas.

La familia O’Connell, que antiguamente gozó de gran poderío en Kerry, fue castigada severamente por las leyes penales inglesas, y al trasladarse a Carhen estaba en una situación muy modesta.

Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria bajo la dirección de David Mahony. Al poco tiempo fue adoptado por su tío Maurice O’Connell de Darrynane, quien le envió a la edad de trece años a la escuela del Padre Harrington, en Cove.

En la escuela no se distinguió por su talento, pero fue el único que no recibió azotes en ella.

Al no poder ingresar en el Trinity College por ser católico romano, cuando tenía dieciséis años, fue enviado a estudiar al continente; como era demasiado mayor para ser admitido en la escuela de Lieja, él y su hermano Maurice fueron enviados al Colegio Inglés de St. Omer (Francia) en enero de 1791.

Durante su estancia en este Colegio, produjo una grata impresión en el director, Dr. Gregory Stapleton, el cual le predijo un gran futuro.

El 18 de agosto de 1792, pasaron a Douai, pero al cerrarse este Colegio volvieron a Inglaterra, en enero de 1793, no sin haber sufrido ya algunas experiencias personales de los excesos de los revolucionarios franceses y de los labradores que odiaban a las órdenes religiosas, experiencias que causaron una gran impresión en O’Connell.

Al poco tiempo de su regreso, estudió en una escueda privada de Londres dirigida al parecer por un pariente suyo, y el 30 de enero de 1794 ingresó en la Facultad de Derecho de Lincoln, en donde se dedicó con gran interés al estudio de las leyes.

Volvió a Irlanda en 1796, y obtuvo la licenciatura en Derecho el 19 de mayo de 1798, siendo uno de los primeros católicos irlandeses que se benefició de la Ley de Desagravio a los Católicos de 1793.

Redactó su primer sumario el 24 de mayo de 1798.

En esta época se dedicó intensamente al estudio y asistió de vez en cuando a las sesiones de la Cámara de los Comunes y a las reuniones de la «Sociedad de Historia».

No tomó parte activa en la política revolucionaria de la «Unión de Irlandeses», de la que siempre habló con desprecio. El 13 de enero de 1800, O’Connell pronunció su primer discurso público, en una reunión católica celebrada en los salones de la Real Bolsa de Dublín; en su discurso protestaba contra la Ley de Unión y rechazaba las insinuaciones de que los católicos la miraban con agrado.

O’Connell no podía comprender por qué los católicos, que pagaban los impuestos y cumplían las leyes, no podían participar en los beneficios de estos mismos impuestos ni dictaminar las leyes.

Odiaba la violencia como arma de reforma, respetaba la religión y ios derechos de propiedad, y por esto mismo detestaba la Revolución francesa, como lo demostró con el levantamiento de 1798.

Abjuró de la «Unión» porque destruía la nacionalidad independiente de Irlanda, e hizo patente su disgusto cuando oyó tocar las campanas de la catedral de San Patricio al aprobarse la Ley de Unión comando la resolución de que se revocara.

Creía que la moderación era el verdadero carácter del patriotismo y que Irlanda podía recobrar sus derechos con una agitación pacífica, pero no tenía fe en la eficacia de la agitación tal como la habían llevado a cabo hasta entonces los patriotas católicos.

Hacia que conseguir el apoyo de las masas, había que establecer una organización poderosa y los católicos debían pedir las concesiones no como favor sino como derecho.

O’Connell fue el promotor de este movimiento; era un hombre de gran capacidad física e intelectual, un gran orador, polemista y jurista, maestro en el sarcasmo.

El pueblo estaba orgulloso de este jefe y se disponía a seguirle a donde fuera. Su popularidad siguió creciendo, y él decidió consagrarse de lleno a la causa de Irlanda: entonces empezó para él una vida de gran agitación política.

De 1812 a 1817 el Gobierno irlandés se convirtió en un continuo desafío entre O’Connell y el nuevo Secretario del Lord teniente de Irlanda, Sir Robert Peel.

Ambos eran personas hábiles y de carácter resuelto, cuya enemistad únicamente acabó cuando murieron los dos.

Peel defendía los privilegios y el poderío y atacaba a los jefes católicos.

O’Connell fundó en 1823, la «Asociación Católica» (Great Catholic Association).

El fin que se proponía era conseguir la emancipación «por medios legales y constitucionales».

Trabajó incesantemente para dar a conocer esta organización y aunque se avanzaba poco a poco, al fin se logró el éxito; en 1825 ya se había extendido ampliamente la organización por todo el país.

O’Connell fue elegido y cuando se presentó al Parlamento, ofreció prestar el juramento de pleito homenaje, pero no el de la supremacía protestante.

Llegó el momento culminante.

Los millones de católicos, organizados y en actitud desafiante, proclamaban la emancipación; los orangistas (o sea, los partidarios del protestantismo) no hicieron ninguna concesión y a finales de 1828 estaba a punto de estallar la guerra civil.

Para evitar estas calamidades, Peel y Wellington arriaron sus banderas y en 1829 se aprobó el famoso Bill de emancipación. A partir de entonces, O’Connell fue el rey, sin corona, de Irlanda.

En la Cámara figuró entre los oradores de primera fila y los irlandeses le llamaban el «Libertador», mientras que sus enemigos le llamaban, para humillarle, el «rey mendigo».

Durante estos años se efectuaron algunas reformas en el Poder Ejecutivo Irlandés y se aprobaron algunas medidas referentes a diezmos, leyes para los indigentes y reformas municipales.

Hizo muy pocos progresos en los derechos de Irlanda, hasta que en 1842 obtuvo el apoyo del periódico nacional.

En un año avanzó a grandes pasos y en 1843 O’Connell organizó una serie de reuniones enormes, asistiendo a algunas de ellas miles de personas.

En dichas reuniones se pedía la disolución de la Unión como único remedio a tantas miserias.

Peel persiguió por una serie de irregularidades a O’Connell, hasta que el 30 de mayo de 1844, fue condenado a una multa de dos mil libras y un año de cárcel.

Poco después O’Connell quedó en libertad y fue sacado en triunfo de la cárcel. Su salud se había resentido y, por lo tanto, sus energías se vieron muy mermadas.

Se acercaba la muerte; su mujer había fallecido en 1836 y la pobreza y la miseria acabaron con el viejo luchador católico. La lista de las luchas fratricidas, que se desarrollaban a su alrededor, le llenaba de amargura; su última aparición en la Cámara de los Comunes fue el 8 de febrero de 1847.

Buscando un mejor aire para su salud , viajó a Genova, donde murió el 15 de mayo del mismo año. Según sus deseos, su corazón fue traslado a Roma y sus restos-a Irlanda, donde fue sepultado en Glasnevin.

Fuente Consultada:

Forjadores del Mundo Contemporaneo Tomo I Editorial Planeta Entrada Daniel O Connell Biografia de Juan Roger

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