Clasificacion de los Gobiernos: Concepto, Historia y Tipos



Clasificacion de los Gobiernos: Concepto, Historia y Tipos

GOBIERNO. Acción y efecto de gobernar o gobernarse; orden de regir y gobernar una nación, provincia, ciudad, institución, etc. También se designa con el nombre de gobierno el conjunto de los ministros superiores de un estado. En cualquier sociedad, en la más pequeña como en la más grande, se distingue a los que gobiernan o dirigen y a los gobernados o dirigidos.

Los primeros constituyen el gobierno. En sentido mas estricto, se llama gobierno al conjunto de los poderes de un país.

Su estructura varía de acuerdo con el pueblo que debe regirse y según las circunstancias.

Sociabilidad, autoridad y gobierno son tres ideas inseparables por su naturaleza.

Ciertas necesidades propias del hombre, sus irresistibles propensiones, la intensidad y variedad de sus afectos y el don de comunicar sus pensamientos son pruebas de que nació para vivir en sociedad.

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La corona de un rey, simbolo de una monarquía

La diversidad de intereses y pasiones que surgen del estado social; las nuevas exigencias que en él se desarrollan —como las de justicia, propiedad y seguridad—; la desigualdad de condiciones que en él se establecen; las relaciones que se forman entre una sociedad y sus vecinos o iguales; la aplicación con que cada individuo se entrega al trabajo para proveer a su manutención y al sostenimiento de su comunidad, todo esto es indicio evidente de que la sociedad es una condición necesaria de su existencia.

Ahora bien, quien dice sociedad, dice igualmente dirigentes y dirigidos, gobernantes y gobernados.

A los primeros corresponde el mando o gobierno, el poder; a los segundos, la obediencia.

El ejercicio de ese poder es la obligación imperiosa de los que lo poseen y la organización que de esto nace es lo que constituye el gobierno.

Por lo tanto, donde quiera que existe el hombre en sociedad, hay una persona o un grupo de personas que hace las leyes, las impone, verifica su cumplimiento y conduce los asuntos de la comunidad correspondiente, sea una aldea, ciudad, estado o nación.

Gobierno primitivo. Una teoría sociológica considera que, en el principio, no existía la distinción entre gobernantes y gobernados.

El gobierno, en vez de ser ejercido por ciertos individuos, permaneció difuso en el interior del grupo.

En esta situación, todos, sin distinción, obedecían a los principios generales considerados como impuestos por la colectividad entera.

Posteriormente, algunos miembros del grupo se atribuyeron el poder de encauzar esos principios generales, que sin embargo siguieron siendo considerados como impuestos por la colectividad.

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Una sociedad primitiva

Tal poder así ejercido fue ampliando, paulatinamente, el radio de su acción y dio lugar a los primeros estados de que nos habla la Historia: Egipto, Sumeria y la India primitiva.

Mucho después surgieron otros, como los de Babilonia, Asiria, Canaán e Israel.

Este último es el más conocido de nosotros porque de él se ocupa ampliamente la Biblia, el libro sagrado de nuestra religión. Pero, siendo una creación de la divinidad, queda fuera de la evolución histórica del gobierno civil.

Cuando la historia empieza, presenta naciones ya formadas y establecidas cada cual con su gobierno propio; por consiguiente, sólo cabe suponer que la antiquísima autoridad patriarcal hereditaria (que existía ya en el pueblo hebreo) predominó en las primeras épocas de las naciones más antiguas.

Faraon egipcio,Clasificacion de los Gobiernos: Concepto, Historia y Tipos
En sociedades mas organizadas como en Egipto antiguo, el poder del gobierno estaba centrado en el faraón.

En algunas de ellas no existió el patriarcado, sino que se elegía a una autoridad por medio de un pacto común, es decir, que cierto número de hombres se sometían, espontánea y voluntariamente, a aquel en quien reconocían las cualidades de valor, probidad e inteligencia necesarias para gobernarlos y hacerlos felices.

El hombre siempre ha tendido a realizar la forma ideal de gobierno. Las constituciones vigentes en la actualidad no son otra cosa que planes trazados de acuerdo con ciertas circunstancias en búsqueda de esa finalidad.

Desde los primeros ensayos de gobierno, las diferentes condiciones de los pueblos en que se formaron les impusieron su propio sello.

En un sistema de vida sedentario y tranquilo o en la placidez de los pueblos pastores, las relaciones de familia debieron constituir los núcleos de más amplias asociaciones; el padre ascendió a patriarca y el patriarca a caudillo o rey.

Pero, al mismo tiempo, en otros pueblos —los nómadas o cazadores—, cada hombre podía hacer uso de su voluntad para elegir el régimen que le conviniera.

En la tribu que se reúne para una cacería, todos necesitan quien los dirija.

Se fijan para tal fin, en el más diestro, valiente y experimentado y lo nombran su jefe y guía, obedeciéndole ciegamente para que el fin común propuesto se vea logrado de la manera más perfecta y rápida posible.

Una vez establecido el hábito de obedecer, el gobierno gana realidad.

Tal vez esta doctrina no esté de acuerdo con la superioridad del hombre sobre lo creado; tal vez sería más adecuado suponer ya formadas y extendidas a todas las familias las nobles ideas que sólo son el producto del raciocinio y del sentimiento; pero, según muestra la historia, no fueron siempre el genio, el saber o la virtud los que se sobrepusieron al uso de la fuerza o la voluntad del tirano.

Gobierno antiguo
Desarrollo e influencias sobre el moderno.

De acuerdo con lo expuesto, desde que los hombres viven en la ciudad debió haber alguna forma de gobierno.

En las distintas épocas, debido a los factores históricos que las han caracterizado, dicha forma ha ido variando.

No han sido los hechos inesperados o los factores circunstanciales los que mayor influencia han tenido en esa transformación.

Los gobiernos primitivos de los patriarcas o de las tribus evolucionaron rápidamente a medida que se multiplicaba y extendía la humanidad.

En esta evolución pueden distinguirse tres fases principales: los grandes imperios despóticos de Egipto, Asiria, Persia y Macedonia; las ciudades-estados de Asia Menor y el Mediterráneo; por último, el ejemplo único de Roma, una ciudad-estado que se convirtió gradualmente, en el centro de un imperio y que, en el proceso de su crecimiento, cambió el primitivo sistema republicano por el aristocrático, dentro del cual apenas sobrevivieron algunas tradiciones e instituciones de la etapa anterior.

El gobierno en Roma antigua, el emperador controlado por el senado romano.

Los primeros déspotas apenas si ejercieron influencia sobre el desarrollo de las formas de gobierno; pero la correspondiente a las ciudades-estados del Mediterráneo, no puede pasarse por alto.

Si bien es verdad que en el sentido estricto de la palabra su influencia sobre la historia y desarrollo de las instituciones gubernativas fue muy leve, ello se debe a la enorme diferencia existente entre una ciudad-estado antigua y una nación moderna o al tiempo transcurrido desde la desaparición de la ciudad-estado hasta el nacimiento del estado moderno.

Tanto Grecia como Roma —una a causa de sus ideas políticas y la otra debido a su sistema legal— han ejercido una profunda influencia en el desarrollo del gobierno.

La aparición de un gran número de ciudades-estados independientes en Grecia, el Asia Menor y, posteriormente, en los dominios griegos del Mediterráneo (Sicilia, el sur de Italia) dio lugar a los primeros debates sobre ias cuestiones fundamentales de la política; es decir, sobre la naturaleza y fin del Estado, el significado de la justicia, el ideal político, sus fines y su estructura.

La descripción y clasificación de las diversas teorías aparecidas en aquellos tiempos, así como la apreciación de sus respectivos méritos, es el asunto principal de la literatura política iniciada por los filósofos griegos Platón y Aristóteles.

Este último en su Política reduce las formas de gobierno a las tres principales: monarquía, oligarquía y democracia o república, cuyas deformaciones dan origen, respectivamente, a la tiranía, la aristocracia y la demagogia.

Según los tratadistas griegos, los fundamentos de un régimen de verdadera democracia consisten en la implantación y el ejercicio de la isonomía, la isotimía y la isegoría.

La isonomía significa la igualdad del ciudadano ante la ley, sin distinción de clases, condición social o estado económico.

La isotimía representa la igualdad de derechos de los ciudadanos para ejercer funciones de gobierno y cargos públicos.

La isegoría consiste en la libertad de expresión para todos los ciudadanos, lo que lleva implícito la libertad de palabra, de reunión y de asociación.

Las ideas políticas de los filósofos griegos han servido de fuente a los teorizantes políticos hasta hoy.

A la ciudad-estado griega —particularmente Atenas— debe el mundo moderno la idea de comunidad con gobierno propio, en el que predominan las reglas de la ley, los ciudadanos comparten el poder político y dominan los destinos del Estado, y los funcionarios son responsables ante el conjunto de los ciudadanos por el ejercicio de las funciones que les han sido confiadas.

La influencia de Roma tiene otro carácter. A pesar de que los escritos y sistemas legales romanos reproducen las ideas sustentadas por los griegos, su fuerza está en la realización.

Por eso vemos que la idea de la soberanía del Estado, definitiva e inconmovible para todos sus ciudadanos, aparece ya en los pensadores griegos, pero ha pasado al moderno pensamiento político a través de los canales romanos.

La influencia directa de Roma se ve, palpablemente, en el efecto producido por el concepto de un Imperio Universal sobre el pensamiento de la Edad Media y, lo que es todavía más importante, en la decisiva influencia ejercida por las leyes romanas sobre los sistemas jurídicos de todo el mundo moderno.

Los sistemas jurídicos de Francia, Alemania, Italia, España, Holanda, Bélgica y todas las repúblicas de la América Hispana descansan sobre fundamentos romanos.

Por cierto que éstos no tienen rival, a no ser en las leyes tradicionales inglesas, adoptadas por los Estados Unidos de América, que después se extendieron a los diversos dominios británicos, aunque no sea poco lo que dichas leyes deben a las romanas.

Período medieval. Nacimiento de la nación. Desde el sigloV hasta el X, las tribus bárbaras procedentes del norte de Europa, invadieron el Occidente, trastornándolo todo.

Las condiciones del gobierno también se vieron afectadas por este acontecimiento y se inició un período confuso, del cual surgió, poco a poco, el estado moderno.

Por una parte, los nuevos reinos bárbaros estaban formados por tribus extendidas sobre vastos territorios y su carácter era más bien rural que civil.

Con su aparición en Occidente se disolvió la ciudad-estado antigua y aun cuando la vida ciudadana llegó a tener más importancia que la rural durante los últimos años de la Edad Media, nunca fue, como antaño, un centro de vida política independiente, sino más bien un sector incorporado a las vastas zonas del reino.

Por otra parte, la teoría del dominio universal, procedente del Imperio Romano, perduró en el pensamiento político de la Edad Media y se plasmó en la supremacía titular del Sacro Imperio Romano, cosa que impidió el nacimiento de los estados territoriales nacionales e independientes.

Los pontífices romanos eran universalmente obedecidos y el sistema de gobierno de la Iglesia estaba tan perfectamente organizado que, de hecho, era Roma la que administraba el mundo cristiano.

Sólo a principios del siglo XIX comenzó a tomar forma en Alemania —debido a las rebeliones contra el Sacro Imperio—, lo que habría de ser el estado nacional, al par que el sentimiento o la fuerza de la nacionalidad.

Tal movimiento empezó a destacarse en todo el mundo conocido, pero se dejó sentir particularmente en Inglaterra y Francia.

El feualismo en la Edad Media

Con el naciente sentimiento de nacionalidad y el crecimiento simultáneo
de la clase media, que por entonces comenzó a destacarse, los reyes adquirieron la fuerza suficiente para luchar contra la nobleza feudal.

La gran revolución religiosa del siglo XVI puso al desnudo la necesidad de crear el estado nacional que exigía el pueblo y así fue como en los reinos protestantes de Inglaterra, Suecia y Dinamarca fueron repudiadas jas reclamaciones de universalidad del pontífice romano y, aun en los estados sujetos al catolicismo, el poder secular creció en autoridad.

Un gobierno municipal en el siglo XVI
Un gobierno municipal en el siglo XVI

Asimismo, las últimas épocas de la Edad Media aportaron contribuciones importantes al desarrollo del gobierno con el establecimiento del sistema representativo.

En todos los estados-reinos, a partir del siglo XIII, estaban representados la nobleza, el clero y los comunes o pueblo en general.

A medida que tal sistema se difundió, rápidamente, por toda Europa y el poder del pueblo fue creciendo, desaparecieron —gracias a ello— las trabas del feudalismo, lo que, a su vez, permitió el nacimiento de la nación-estado en el siglo XVI.

Clasificación de los Gobiernos.

Al entrar en la Edad Moderna, la historia del gobierno resulta .confusa porque ninguna nación se vale del mismo sistema, siendo innumerables los tipos gubernativos que se crean y que se pueden clasificar de muy diversas maneras.

Asimismo, la variedad de ideas políticas y su difusión alcanzaron el punto máximo.

La historia del gobierno moderno puede dividirse en dos períodos: el primero va desde el nacimiento de la nación, en el siglo XVI, hasta la Revolución Francesa; el segundo, desde ese momento hasta nuestros días.

En su forma primitiva, el estado-nación fue, al principio, autócrata y dinástico en todo el mundo; es decir, que, por consentimiento general, un solo individuo o un grupo muy reducido ejercía un poder sin límites, a veces sólo restringido por el temor a una sublevación del pueblo.

Los ejemplos de tal estado de cosas son numerosos en el siglo XVI.

Tanto en Francia como en España, Austria, Prusia, Rusia y todos los estados nuevos, entre los años 1600 y 1789 no había más voluntad, que la del rey o los consejeros elegidos por él; el deseo o la voluntad de los gobernados no tenían ningún medio legal de expresión.

Por aquella época, sólo Inglaterra y Holanda en Europa gozaban de un sistema político en que el gobierno estaba en relación con los ciudadanos para realizar sus deseos y voluntades; pero, aun en esas dos naciones, el número de ciudadanos legalmente autorizados para expresar su opinión política era ridiculamente exiguo.

La Revolución Francesa y las guerras de independencia americanas derribaron la muralla que separaba al mundo de la autocracia del moderno estado-nación democrático.

Contemplada en conjunto, la historia del gobierno durante los siglos XIX y XX se distingue netamente por la creciente tendencia al constitucionalismo, por el continuo ensanchamiento de la base política con vistas, a que el mayor número de ciudadanos intervengan en el gobierno.

En toda Europa se redactaban constituciones que concedían derechos políticos a la clase media y a los trabajadores, artesanos y campesinos.

Por otra parte, la tendencia hacia el liberalismo y la democracia cundió rápidamente y cruzó el mar para extenderse y afianzarse en América.

En Asia, el Japón siguió el camino de una democracia limitada al adoptar un sistema parlamentario restringido; China se convirtió en república y la India se amoldó al sistema.

Bajo la égida de Gran Bretaña, el Canadá, Australia y Nueva Zelanda se convirtieron en grandes estados-naciones democráticos. Sin embargo, desde que comenzó este movimiento general hacia el gobierno democrático, se vieron reacciones contra él.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, no tardaron en surgir, en Alemania, Italia, Japón y Rusia, teorías extremistas y totalitarias tales como el fascismo, nazismo y comunismo.

Sistemas de gobierno

Ante la variedad que ofre. cen las modernas democracias, para exponer los diversos sistemas y tipos de gobierno puede tomarse como base la antigua división que hicieron los filósofos griegos: monarquía, cuando e poder está en manos de un solo individuo; oligarquía, cuando son varios los que lo comparten, y democracia, cuando el pueblo tiene le facultad de elegir a quienes deban gobernarlo.

Dentro de esos tres órdenes entran todos los tipos conocidos, siendo múltiples las diferencias de forma y concepción, a veces pequeñísimas que se originan en la práctica.

Monarquía y república. La monarquía puede se: electiva o hereditaria, según la forma en que el monarca obtenga el poder, y absoluta o limitada, si el monarca en ejercicio está o no limitado en su posición por una serie de principios establecidos y bien definidos o por la acción de otros funcionarios gubernativos elegidos popularmente.

Pero, dentro de la monarquía, caben aún otras divisiones, como la de aristocrática y democrática, según que sean elegidos los miembros del gobierno por los méritos de su rango, educación y riqueza, o bier por el pueblo, de una manera más o menos directa.

Si el pueblo delega sus poderes soberanos en cierto número de funcionarios elegidos por él y ante él responsables, el gobierno as: establecido se llama democracia representativo o república. Ésta, a su vez, presenta diversos matices o clases.

Por gobierno republicano se entiende aquel en que el poder corresponde a los representantes elegidos por el pueblo.

Difiere, por un lado, de la democracia porque, er ella, el pueblo o la comunidad organizada ejerce los poderes soberanos; se opone, por otro a la monarquía o régimen de un solo individúo (rey, emperador, zar o sultán).

Desde cierto punto de vista, la monarquía verdaderamente constitucional podría considerarse como una especie de república, puesto que, en ella, el monarca sólo ejerce el poder moderador o, muy limitadamente, el ejecutivo, mientras que el legislativo corresponde totalmente al pueblo.

Sin embargo, la forma republicana de gobierno no puede aceptar la monarquía porque surgió de la Revolución, destinada, precisamente, a terminar con las formas monárquicas y aristocráticas para fundar la república, en la que no sóle los representantes del pueblo son los que hacer las leyes y sus funcionarios o agentes los que las administran, sino que él mismo elige también al jefe del poder ejecutivo, directa o indirectamente.

La Constitución

Con el desarrollo del gobierne popular, que llegó a identificarse con la democracia, prosperó el sistema constitucional, que se distingue de las otras formas porque la actividad del jefe de estado —monarca o presidente— está delimitada o encuadrada por una constitución o conjunto de principios generales que determinan la organización gubernativa de un estado y fijan la competencia legal de sus diversos órganos, agentes y funcionarios.

En este sentido, cada estado tiene una constitución, cuyos principios y normas determinan su carácter específico y la amplitud o forma de ejercicio de sus poderes.

La constitución ampara a los ciudadanos contra toda acción arbitraria por parte de sus gobernantes; su letra y sus principios no se pueden anular, pues para enmendar cualquiera de sus cláusulas hay que cumplir una serie muy complicada de formalidades y requisitos.

Esto requiere decir que en un gobierno constitucional la autoridad de los gobernantes está perfectamente determinada y que las libertades existentes no habrán de cambiar más que en ciertas condiciones especiales, pues para ello hay que contar de antemano con el pleno consentimiento del pueblo.

La característica principal de esta forma de gobierno es que tiene delimitada la forma en que el estado ejerce sus poderes; pero su desarrollo progresivo le ha impuesto otra característica, la cual consiste en que las diferentes funciones políticas se distribuyen entre distintos organismos sin que ninguno de ellos tenga poder suficiente para asumir una actitud autocrática o despótica.

En este sistema, que distribuye entre varias manos las tareas de hacer, interpretar e imponer leyes, el ejecutivo se ve privado del poder necesario para emprender una acción legal cualquiera sin autorización del legislativo.

Además, los actos de ambos poderes están sujetos a revisiones y censuras que se verifican por parte de los tribunales de justicia.

Flexibilidad y rigidez. Las constituciones son flexibles o rígidas si, de acuerdo con ellas, se puede cambiar la forma de gobierno por los procesos legislativos ordinarios o bien por un método más laborioso y complicado.

Por ejemplo, en Inglaterra se cambiaron las bases del gobierno aristocrático por las del democrático tan sólo mediante un acta autorizada por el Parlamento, como cualquier otra medida gubernativa.

En la mayoría de los otros países, un cambio en la constitución o forma de gobierno requiere una larga serie de procedimientos especiales y muy difíciles.

En los Estados Unidos de América la constitución no puede ser enmendada sin el consentimiento de las dos terceras partes de los miembros del Congreso y las tres cuartas partes de los del Senado; en Australia, una enmienda constitucional requiere una mayoría absoluta en ambas cámaras del Parlamento, además de un referéndum popular por todo el país, en el que deben votar la mayoría de los electores.

Congreso de EE.UU.
Vista del Congreso de EE.UU.

El grado de rigidez varía considerablemente de unos estados a otros.
Estados unitarios y federales.

El estado unitario se distingue porque está dotado de una legislatura capaz de hacer leyes con valor imperativo para los ciudadanos o subditos de todo un país y un poder ejecutivo capaz de aplicar un sistema judicial unificado que interprete las leyes y las imponga.

A este tipo pertenecen, entre otros, los gobiernos de Francia, Inglaterra, Bélgica e Italia.

El estado federal, por el contrario, está constituido por varias entidades individualizadas que mantienen, en principio, su soberania interior, disponen de leyes propias y gobierno propio, aunque, en cierta forma, dependan del gobierno central y la nación entera comprenda a la población total de los mismos.

En el gobierno federal los poderes de la autoridad central están limitados, generalmente, por la misma constitución; además, cada división del país goza de un gobierno con poderes propios, ligado al central por vínculos nacionales.

El parlamento ejecutivo. Aún se da otra división en los modernos gobiernos democráticos que distingue, en los estados unitarios y federales, a los que tienen un parlamento ejecutivo de los que no lo tienen.

El gobierno de Inglaterra es el modelo de los primeros, porque los ministros, que tienen a su cargo las oficinas, agencias o departamentos del ejecutivo, se eligen de entre los miembros del poder legislativo y son responsables ante él.

Esto no es siempre cierto, pues algunas veces son designados para dicho cargo personas ajenas al parlamento.

Tanto las designaciones de los ministros como las de miembros del parlamento son el resultado de una competencia entre partidos políticos antagónicos; la cámara baja del parlamento (Cámara de los Comunes en Inglaterra) distribuye sus asientos entre los diversos partidos, con mayoría para el grupo vencedor en las elecciones y minoría para el opositor.

La agrupación política que goza de la mayoría designa «primer ministro» a su dirigente o jefe, quien, a su vez, elige, de entre sus colegas, a los ministros del gabinete.

El conjunto de los ministros o gabinete es directamente responsable de todos sus actos ante la cámara baja.

Cualquier voto de censura de ésta contra alguno de los ministros equivale a la renuncia o deposición del mismo. El sistema parlamentario ha sido adoptado por todos los dominios británicos e imitado por Francia y otras naciones de Europa.

Gobierno presidencial. En contraste con el sistema expuesto se halla el del ejecutivo no parlamentario o presidencial, que separa con toda claridad al poder ejecutivo del legislativo y otorga al presidente prerrogativas y poderes suficientes para evitar que el legislativo traspase los límites a él atribuidos por la constitución.

El presidente, supremo poder ejecutivo, es elegido por distintos términos y diferentes procedimientos, con o sin la intervención de las dos cámaras del poder legislativo (Cámara de Senadores y Cámara de Diputados o Representantes) que forman el Congreso.

El presidente elige a sus ministros, pidiendo, para ello, al Senado una autorización que nunca le niega.

Ni el presidente ni los ministros tienen responsabilidad alguna por sus actos de gobierno ante las. cámaras del Congreso; los ministros responden de sus actos ante el presidente, que puede separarlos de su cargo cuando así lo desea.

El Congreso, por su parte, discute libremente ios actos del presidente y sus ministros. Si acaso se produce una votación adversa a cualquiera de ellos, tal hecho puede provocar la modificación de la política que seguían y, en ciertos casos, la renuncia del censurado.

Este sistema de gobierno, cuyo modelo es el de los Estados Unidos de América, dificulta un tanto las funciones del legislativo; pero permite, en cambio, amplias discusiones de todos los asuntos en ambas cámaras del Congreso, aunque la decisión final queda en manos del presidente.

Suizo. De modo muy especial, hay que mencionar al gobierno suizo porque ofrece un tipo intermedio que participa de los dos antes mencionados.

Su poder ejecutivo pertenece al tipo parlamentario puesto que es elegido por el legislativo; pero éste no tiene —como en el caso de Inglaterra— posibilidad de designar al gobierno en pleno o a uno de sus miembros.

Cada uno de los ministros es responsable ante el poder legislativo por el funcionamiento del departamento a su cargo; pero la política que debe seguir la establece la Asamblea General de la Federación, ante la cual todos los ministros deben explicar su conducta administrativa y tratar todos los asuntos legales correspondientes a los departamentos a su cargo.

Italia, Alemania y Rusia. Desde la terminación de la Primera Guerra Mundial surgió en estos tres países un nuevo tipo de gobierno, revolucionario, que podría incluirse entre los autocráticos u oligárquicos de la clasificación aristotélica.

A pesar de que los prejuicios y los diversos criterios políticos tienden a separar los tres sistemas de gobierno para incluirlos en casilleros distintos, es indudable que los tres pertenecen a la misma clase.

Desde cualquier punto de vista que se consideren el fascismo, el nacismo y el comunismo, se les encontrarán características comunes.

Los tres repudian abiertamente los derechos que corresponden a los partidos políticos, pues de una manera u otra, han acabado con las organizaciones respectivas para funcionar en régimen de partido único.

Una y dos cámaras. La división del poder legislativo en una o dos cámaras distingue también a los estados.

La gran mayoría de las modernas democracias, ya sean unitarias o federales, funcionan en sistema bicameral. Sólo algunos países poseen una sola cámara, pero las teorías políticas en que apoyan este sistema son muy firmes y están muy difundidas.

Las ventajas que se le atribuyen son facilitar las tareas de la legislación y desarrollarlas dentro de un espíritu más democrático, puesto que —según afirman sus teorizantes— una cámara basta para elaborar los proyectos de ley c exponer las cuestiones de gobierno que después deberán someterse directamente al criterio del pueblo mediante el referéndum.

Los partidarios de una sola cámara señalan, asimismo, que la segunda no se reconcilia con la idea y el espíritu democráticos, porque, o bien es idéntica a la primera y representa la opinión del pueblo, en cuyo caso es inútil, o bien se opone a los deseos populares y es perjudicial.

En una federación, la segunda cámara comprende, sobre todo, a los representantes de los estados que la componen, teniendo cada uno, sin distinción de tamaño e importancia, el mismo número de representantes; en la otra cámara, por el contrario, se sigue el principio de la soberanía popular y cada uno de sus miembros representa a un número igual de ciudadanos, sin distinción de estado, provincia o cualquier otra circunscripción.

En el estado unitario o centralizado no sería necesaria más que una cámara, pero se tiene también una segunda para discutir en ella, dentro de un ambiente más reposado y frío, los asuntos de gobierno considerados en la otra cámara desde un punto de vista más popular y superficial, si se quiere, por estar bajo la aparente influencia directa de la opinión pública.

Consideraciones finales.

El gobierno popular y constitucional democrático que actualmente rige en la mayor parte de los países civilizados, aún cuando no ha resuelto el problema, parece ser el mejor posible porque responde a una condición indispensable en torno de la cual pueden formarse muchas combinaciones, todas igualmente sensatas y aceptables, según las circunstancias y las peculiaridades de la familia humana en que se establezcan.

La diversidad de sistemas adoptados por las diferentes naciones del globo prueban que el gobierno es el resultado de muchos y variados influjos colaterales.

No puede haber instituciones sólidas a no ser que se apoyen en los conocidos fundamentos de la tradición, clima, localidad, historia y, sobre todo, de los hábitos nacionales, de la acción lenta pero eficaz que ejercen las impresiones diarias, las prácticas populares y las diversas aplicaciones del trabajo productivo.

Una institución defectuosa se modifica por la acción del tiempo o la fuerza de la opinión pública; estos agentes van limándola y puliéndola hasta despojarla de sus defectos y ponerla de acuerdo con las necesidades de la nación.

Es entonces cuando el gobierno liga estrechamente al individuo con el estado.

Dos grandes pueblos, Roma en la antigüedad e Inglaterra en los tiempos modernos, alcanzaron tan alto nivel en este orden que puede servir de modelo y de ejemplo porque tanto en una como en otra de esas dos naciones tuvieron que resolverse los problemas más importantes de la legislación y del gobierno, debido a lo cual descubrieron todos los resortes que pueden contribuir a su perfeccionamiento.

Se ve que tanto en Roma como en Inglaterra el individuo llegó a formar parte del estado tan íntimamente que dondequiera que se le trasladase llevaba consigo una porción de él.

Cada municipio, cada colonia de Roma —a orillas del Danubio, como en Siria o en Baviera—, tenía sus senadores, censores, prefectos, tribunos v ediles.

En las colonias inglesas, aun en las que se han formado sin la intervención directa de la legislatura y el gobierno, nunca faltan las viejas instituciones británicas: el jurado, el coroner, el gobierno parroquial, el habeos corpus, las justicias de paz y la responsabilidad escrupulosa de todo empleado público.

Cuando las instituciones se amalgaman de tal modo con la existencia del hombre que llegan a constituir una necesidad imperiosa sin cuya satisfacción su bienestar no puede ser completo, se habrá dado la mejor prueba de su excelencia y la mejor garantía de su estabilidad.

En el siglo actual y después de los grandes experimentos a que ha sido sometida la humanidad, así como los adelantos que se han hecho en todas las ramas del saber y la razón, el amor a la libertad está en la conciencia pública, formando parte esencial de la civilizacion que gozamos.

El goce de los derechos políticos constituye una ampliación de las más nobles facultades del hombre.

Su práctica da al individuo la conciencia de su superioridad, lo identifica con la causa pública y, sobre todo, le aporta una garantía moral que falta en los estados despóticos, porque, en éstos, el único instrumento de obediencia y subordinación es el miedo al castigo, móvil degradante y envilecedor, incompatible con un ser dotado de voluntad y libre albedrío.

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