Desastres Diplomáticos en Washington Grandes Errores de la Humanidad



GRANDES ERRORES:DESASTRES DIPLOMÁTICOS

Desastres diplomáticos en Washington Lo que el asistente de la Casa Blanca le dijo a la esposa del embajador El montaje era magnífico: una recepción diplomática en Washington; estaban invitados VIPs (esas Very Jmportant People, esas Personas Muy Importantes) de todas partes del mundo. Los hombres resplandecían en sus smohings, las mujeres chorreaban joyas.

Fue entonces cuando un joven bien parecido y elegante, uno de los más antiguos asistentes del presidente Carter, perpetró una de las planchas diplomáticas más comentadas del siglo. Aparentemente, le sentó algo mal el delicado vino que se servía.

Se desabrochó el primer botón de la camisa y se aflojé la corbata; luego, según los invitados, sus ojos encendidos se clavaron en el insinuante escote que lucía la señora Ashraf Ghorbal, esposa del embajador egipcio y uno de los huéspedes de honor. El joven asistente estiró la mano hacia el escote, como si estuviera dispuesto a arrancar el sujetador de la dama, diciendo: «Siempre he querido ver las pirámides». Parece que muchos invitados observaron la situación.

Ejemplo de la Diplomacia entre Paises

Poco después, el asistente se levantó y anunció a toda la reunión que se iba al lavabo, «para echarse un pis». La historia se difundió por todo el mundo, y el abochornado pudo leer todos sus detalles en la prensa internacional, cuando se despertó al día siguiente. Pero no fue el primer diplomático que intentó fomentar las relaciones internacionales de una manera poco convencional y fracasó en el intento.

De un famoso estadista, conocido por su inclinación a las mujeres, se cuenta que hizo proposiciones «deshonestas» a la esposa de un embajador francés, en el curso de un importante banquete. Ella demostró ser más diplomática que él. Su respuesta fue: «Por favor, no antes de la sopa, monsieur». Un diplomático británico, mientras pronunciaba un discurso frente a un líder latinoamericano, en un acto público, gesticulaba enérgicamente para subrayar sus palabras.

Desgraciadamente, uno de sus movimientos arrancó la peluca de la esposa de su anfitrión. La señora era completamente calva. Otro británico, que asistía al funeral de un dignatario africano, fue afectado súbitamente por un ataque de hipo. Tras unos instantes de embarazo, hallé la forma de resolver el problema: se esforzó por alzar su espalda, por arrugar la cara y por derramar lágrimas.

El hipo se convirtió en sollozos diplomáticos. El duque de Edimburgo es un experto en protocolo, pero prefiere la charla informal a los cotilleos diplomáticos. Sin embargo, cometió un grave desliz cuando visitó Kenia para asistir a la ceremonia de su independencia.

La Union Jach, la bandera del imperio británico, estaba a punto de ser arriada por última vez, cuando el príncipe Felipe se inclinó hacia el presidente Jomo Kenyatta y le dijo: «Está seguro de que quiere seguir adelante con esto?». Por desgracia, en la tribuna oficial los micrófonos estaban todavía conectados y la multitud escuchó cada palabra.

Un hecho similar le sucedió al presidente norteamericano Jimmy Carter cuando visitó la India. Después de una larga reunión con su anfitrión, el primer ministro Morarji Desai, los dos hombres aparecieron ante los periodistas y, sonrientes, coincidieron en afirmar que las conversaciones habían sido extremadamente amistosas. En realidad, los dos líderes habían discutido airadamente acerca de los planes de ayuda nuclear norteamericana para el subcontinente.



Después de las diplomáticas declaraciones conjuntas, Carter susurró al secretario de Estado, Cyrus Vance, que estaba a su lado, algunos comentarios muy desfavorables respecto a Desai. Lo que Carter olvidó es que cada palabra que dijo era grabada por el equipo de televisión invitado por la Casa Blanca.

Más tarde, la grabación fue trasmitida ante un anonadado cuerpo de prensa. Los periodistas oyeron al presidente susurrar que había «tratado de impresionar» al líder indio. Y agregaba: «Cuando regresemos a casa, deberíamos enviarle otra carta, una carta fría y áspera». Pero quizá la mayor plancho diplomática pública fue cometida unos pocos días antes, cuando el presidente de Estados Unidos visitó Polonia.

Carter descendió de su avión en el aeropuerto de Varsovia, y pronuncio un discurso para un grupo de 500 altos funcionarios y oficiales que lo estaban esperando. En inglés, el discurso del presidente era bastante amistoso. Pero, a medida que el intérprete traducía para los concurrentes, éstos se mostraron al principio divertidos, luego insultados y finalmente furiosos.

Porque el intérprete del Departamento de Estado hablaba una extraña mezcla de polaco arcaico, incorrecto, salpicado de expresiones rusas. El colmo fue que tradujo los cálidos y afectuosos saludos del presidente como si fueran una insinuación sexual. Carter abrió su discurso diciendo: «Cuando partí de los Estados Unidos….», lo que fue traducido por el intérprete como «Cuando me divorcié de Estados Unidos». El intérprete dijo que Carter, al referirse a la constitución polaca, había dicho que era «un motivo de ridículo». «Nuestra nación fue fundada» se convirtió en «Nuestra nación fue tejida».

Carter trató de decir a los polacos: «Comprendo vuestras esperanzas para el futuro», pero el intérprete les dijo: «Comprendo vuestra codicia por el futuro». La última gota que colmó el vaso fue cuando Carter dijo: «He venido para estudiar vuestras opiniones y comprender vuestros deseos», que el intérprete transformó en «Deseo a los polacos carnalmente». En ese momento, mientras los polacos se encolerizaban, se esforzaban por contener la risa o se rescaban la cabeza, la prometedora carrera diplomática de un intérprete parecía haber llegado a un abrupto final.

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