Paradojas del Sur Quinquela y el Riachuelo Martha Arias Marta



Paradojas del Sur Quinquela y el Riachuelo
Libro de Martha Arias Marta

EL ARTE DE QUINOUELA MARTÍN: Ante los cuadros de Quinquela Martín se experimenta una fuerte sensación de virilidad, de hombría agreste, que reconforta, que tonifica en los actuales tiempos de amaneramientos y comercialismo. Viendo los barcos, tristes barcos de trabajo, que pinta este pintor tan encerrado en sí mismo, contemplando los cielos y las aguas que traslada a la tela, se piensa involuntariamente en los trabajos que vemos todos los días en exposiciones y estudios, y hay que sonreír porque se recuerdan las fatigas que ciertos artistas (esta palabra habría que ponerla entre comillas) se dan para pintar las medias de muselina, los terciopelos, el brillar de las uñas, de una de las tantas mujeres, en salsa verde, que se nos depara como exponente de un refinamiento artístico que, por fortuna, no corresponde a nuestra cualidad de pueblo joven, un poco indio todavía.

pintura de quinquela martin

Comparar el arte de Quinquela Martín con el de tantos pintores insustanciales que se adocenan en busca de un exquisitísimo que tiene mucho de incapacidad y mucho de feminismo neurótico, es pretender establecer parangón entre la belleza salvaje de las cataratas del Iguazú y la muda caída de agua filtrada de una gruta de plaza edilicia. Sus cuadros hacen pensar en Augusto Rodin y en Emilio Zola, porque ellos nos hablan con el lenguaje intenso, algo bárbaro, con que sólo se interpretan los motivos fuertes, de músculo y de acero.

Como Rodin, no se detiene en el detalle ínfimo de la ateriola imprecisa; como Zola va a buscar su musa en los rincones sombríos, donde el tiempo y la pobreza pusieron su sello de aplastamiento e inmovilidad. Quinquela Martín saca de esos sitios en que nadie ve belleza tales efectos de luz y de sombra, de grandiosidad y de amplitud con tal simplicidad de procedimientos, con una técnica tan sencilla, que nos hace creer que hasta ese momento todos, inclusive algunos pintores, hemos tenido una venda sobre los ojos y un bloque de hielo sobre el alma.

Y lo que es más asombroso en «el carbonero» -como lo llaman aún en toda La Boca en recuerdo de su antiguo oficio- es que sus cuadros son fruto de la labor de una o dos horas; de una tarde cuando más; muy rara vez necesita dos sesiones para pintar uno de sus grandes cuadros. Otra de las virtudes de Quinquela Martín es el derroche que hace de pintura; cada una de su pinceladas significa la merma de medio pomo de color.

En ocasiones, los pinceles no le son suficientes y entonces usa la espátula para extender el color sobre el cuadro. La flexible lámina de acero se desliza dúctil y sumisa por el cartón y va dejando informes masas de pintura que a veces alcanzan a un centímetro de espesor.

J. Marchese (Fray Mocho, 1918)

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