Paradojas del Sur: Quinquela y el Riachuelo por Martha Arias



Paradojas del Sur Quinquela y el Riachuelo
Libro de Martha Arias Marta

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PROLOGO DEL LIBRO por MARÍA RUTH PARDO BELGRANO
Desde lejanos tiempos, desde que el hombre descubrió el poder de la palabra, sintió la necesidad de narrar la aventura de vivir y de morir; de que otros conocieran su interpretación de un mundo fascinante y misterioso con mil voces perturbadoras.

Tiempos de oralidad en los que inventó mitos, cuentos, leyendas que, cual gotas en la clepsidra, pasaron de generación en generación.

La escritura cambió su manera de pensar. Más racional, más científico, se interesó por el pasado de las comunidades y por el individuo en el devenir histórico.

Junto al relato mítico de otrora, del actuar de dioses y de héroes de la mano de la magia, surgía una nueva forma de escudriñar el quehacer de un hombre: la biografía.

Con, criterio lógico, ceñido a la realidad desentrañaba una vida merecedora, por diversas razones, de permanecer en la memoria no solo oral sino escrita.

Entre la narración, a la usanza de los viejos aedos, y la biografía con telón de fondo, macro y microhistórico, Martha Arias reconstruye la vida de Quinquela. Cual moderna juglaresa, narra el drama personal del artista en un barrio lindante con el Riachuelo.

Vuela con la imaginación, animiza al río. Penetra en su sentir que, en 1880, quieto y limpio (…) observa el zigzag de la historia, (…) ama la luz, las barcas con sirena, (…) se adormece con las canciones italianas y manso pero, a la vez, violento ama y es amado por los inmigrantes.

Y, un día, lo conmueven las pinceladas del carbonerito en la ribera.

La narradora intuye’ la simbiosis entre ese ser atípico y el río;; que ambos son inseparables de un entorno social pobre, duro, difícil y rescata no solo al artífice que plasmó su visión creadora de un lugar y de un tiempo, con luces y sombras, formas y colores, para todos, grandes y chicos; sino al hombre en su solidaria entrega a los más débiles y necesitados.

Se interesa por su paradójico mundo e indaga, interroga, entrevista. Discípulos, colaboradores, amigos, vecinos no escapan a su afanosa búsqueda y, a las respuestas, suma ilusorios monólogos y diálogos que pudieron existir y confieren vitalidad al relato.

Sensible, se nutre en las obras de hombres y mujeres de las artes y de las letras pero, también se identifica con las carencias de los desposeídos y acentúa el valor de las manos que dan tanto en lo artístico como en lo material para evitar que otras infancias padezcan.

Por otra parte, Martha Arias, con inquietudes cercanas a la historia y a la historiografía incursiona en los archivos, consulta documentos, artículos históricos, diarios, revistas, puntualiza hechos.

Se remonta al siglo XV, a la aventura del navegante genovés y a la llegada a tierras desconocidas colmadas de asombros; a las incursiones posteriores como la de Solís que se topó con un río ancho como un mar; a las dos fundaciones de Buenos Aires, la frustrada de 1536, signada por el sitio y el hambre y la definitiva de 1580.

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EL ARTE DE QUINOUELA MARTÍN: Ante los cuadros de Quinquela Martín se experimenta una fuerte sensación de virilidad, de hombría agreste, que reconforta, que tonifica en los actuales tiempos de amaneramientos y comercialismo.

Viendo los barcos, tristes barcos de trabajo, que pinta este pintor tan encerrado en sí mismo, contemplando los cielos y las aguas que traslada a la tela, se piensa involuntariamente en los trabajos que vemos todos los días en exposiciones y estudios, y hay que sonreír porque se recuerdan las fatigas que ciertos artistas (esta palabra habría que ponerla entre comillas) se dan para pintar las medias de muselina, los terciopelos, el brillar de las uñas, de una de las tantas mujeres, en salsa verde, que se nos depara como exponente de un refinamiento artístico que, por fortuna, no corresponde a nuestra cualidad de pueblo joven, un poco indio todavía.

pintura de quinquela martin

Comparar el arte de Quinquela Martín con el de tantos pintores insustanciales que se adocenan en busca de un exquisitísimo que tiene mucho de incapacidad y mucho de feminismo neurótico, es pretender establecer parangón entre la belleza salvaje de las cataratas del Iguazú y la muda caída de agua filtrada de una gruta de plaza edilicia.

Sus cuadros hacen pensar en Augusto Rodin y en Emilio Zola, porque ellos nos hablan con el lenguaje intenso, algo bárbaro, con que sólo se interpretan los motivos fuertes, de músculo y de acero.

Como Rodin, no se detiene en el detalle ínfimo de la ateriola imprecisa; como Zola va a buscar su musa en los rincones sombríos, donde el tiempo y la pobreza pusieron su sello de aplastamiento e inmovilidad.

Quinquela Martín saca de esos sitios en que nadie ve belleza tales efectos de luz y de sombra, de grandiosidad y de amplitud con tal simplicidad de procedimientos, con una técnica tan sencilla, que nos hace creer que hasta ese momento todos, inclusive algunos pintores, hemos tenido una venda sobre los ojos y un bloque de hielo sobre el alma.

Y lo que es más asombroso en «el carbonero» -como lo llaman aún en toda La Boca en recuerdo de su antiguo oficio- es que sus cuadros son fruto de la labor de una o dos horas; de una tarde cuando más; muy rara vez necesita dos sesiones para pintar uno de sus grandes cuadros.

Otra de las virtudes de Quinquela Martín es el derroche que hace de pintura; cada una de su pinceladas significa la merma de medio pomo de color.

En ocasiones, los pinceles no le son suficientes y entonces usa la espátula para extender el color sobre el cuadro.

La flexible lámina de acero se desliza dúctil y sumisa por el cartón y va dejando informes masas de pintura que a veces alcanzan a un centímetro de espesor.

J. Marchese (Fray Mocho, 1918)

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