Solo la Fe Salva Al Hombre Moral y Teología de Lutero



“El Justo Vivirá Por Su Fe, Pues Solo la Fe Salva Al Hombre”

LOS COMIENZOS DE MARTIN LUTERO
Nació en Eisleben, en Sajonia, el 10 de noviembre de 1483, hijo de un minero, hombre grave, sereno, trabajador y poco comunicativo. En Mansfeld, adonde el padre había llevado a su familia, el pequeño Martín asistió a la escuela, siguiendo los oficios y participando de las supersticiones comunes a los lugareños.

Solo la Fe Salva Al Hombre

Martín Lutero, Reformador Religioso

A continuación, se traslada a la Universidad de Erfurt, donde se inscribe en la facultad de Derecho, sin vocación: su padre, enriquecido, soñaba para él con una fructífera carrera de jurista. Era un estudiante aplicado, buen camara-da y alegre compañero. Entonces se produce la crisis que lo llevó al convento. Sorprendido en plena campiña por una tormenta, fue arrojado a tierra y gritó: «¡Socorredme, Santa Ana, me haré monje!».

Doce días después entra en el convento de agustinos de Erfurt, en 1505. Luego dirá que este voto le había sido arrancado por el miedo y que su vocación no era real. No obstante, su sensibilidad inquieta le lleva siempre al pensamiento deprimente de su irremediable debilidad creyendo, quizá, que la vida monástica le daría una cálida protección contra la desesperación.

De todas formas, el joven, acogido calurosamente por los agustinos, se somete sin aparente dificultad a las reglas de su nuevo estado. Ordenado sacerdote en 1507, celebra poco después su primera misa, y la idea de que iba a poner a Dios presente sobre el altar, le produce tal terror que habría huido si no lo hubieran detenido los asistentes.

La obsesión de la tentación ya no le abandonará nunca, tentación carnal de la que el temperamento sanguíneo de Lutero no volverá a estar exento, sino que aumentará todavía más con la concupiscencia que empuja al hombre a lo terrenal: desesperación, envidia y cólera. Abandonarse a la bondad de Cristo, como le aconsejan sus superiores, parece imposible a este espíritu torturado por el vértigo de la culpa. En 1610, a raíz de una contienda surgida entre los conventos agustinos, Lutero marcha a Roma, como delegado, junto al General de la Orden.

Permanecerá allí cuatro semanas. Según declarará más adelante, no encontró en la Ciudad Eterna más que ignorancia, impudicia y corrupción. Puesto que Alejandro VI había muerto hacía siete años, y Julio II, revestido entonces de la tiara, no era objeto de tal escándalo, se puede pensar que al sombrío espíritu del alemán le ofuscó la alegre y familiar piedad italiana. La vuelta de Lutero a su país natal está señalada por tareas cada vez más numerosas: predicación, inspección de conventos y comentarios sobre los salmos.

LA SALVACIÓN POR LA FE
Las vigilias y los ejercicios ascéticos no daban a Lutero siempre la certeza de la salvación. Para los discípulos alemanes de Ockam, el hombre estaba inclinado al mal, pero podía alcanzar la gracia con su propio esfuerzo. Este esfuerzo solamente era eficaz si Dios quería aceptarlo; ¿cómo saber si la voluntad de Dios predestinaba a la gracia?

La perseverancia era un signo. ¿Pero quién podía estar seguro de no haber desmayado alguna vez, de no conocer el desfallecimiento? Lutero estaba obsesionado por una certeza, la de la condenación eterna. Finalmente, durante el invierno 1511-1512, encuentra la respuesta que buscaba en la Epístola de San Pablo a los romanos: «El justo vivirá por la fe». El hombre está corrompido, ningún mérito lo puede redimir ante Dios.

Pero Cristo ha muerto por los pecados de los hombres. La salvación será un don de Dios al creyente por el simple hecho del sacrificio de su Hijo. Es necesario entregarse, humildemente, a Cristo Redentor» no contar más que con Él.

Si la justicia de Dios condena al pecador, su caridad puede abrirle el camino de la salvación. Si se siente profundamente un impulso hacia Dios, se puede esperar en la gracia divina.

Su doctrina es pesimista: el hombre no es libre, la fe sólo existe para las almas predestinadas, y el cristiano no puede atribuirse el mérito de ella; indigno de perdón, únicamente es rescatado por Cristo.

Frente a sentimiento de pecado, desesperación, abandono en Dios , la esperanza de salvación es sólo por la fe, independiente de las obras y de las prácticas religiosas, tales son los puntos principales de la moral y de la teología de Lutero, que no pensaba romper con Roma. Había pensado en su salvación, sobre todo, y no en la reforma de la Iglesia.

LAS INDULGENCIAS Y LAS TESIS DE WITTENBERG
Una indulgencia era la posibilidad dada a un creyente de redimir, por medio de un donativo en dinero, ciertas penitencias. León X, que necesitaba recursos para los inmensos trabajos de San Pedro en Roma, decidió otorgar una indulgencia a todos los que entregasen una limosna con este objeto.

El Comisario encargado de la operación en Alemania fue Alberto de Brandeburgo, joven arzobispo de Maguncia, que había tomado a préstamo 21.000 florines de los banqueros Függer para pagar a Roma las tasas que la Cancillería reclamaba con motivo de su promoción.

El Papa cedió a los Függer en 1515 la mitad del producto de las indulgencias recaudadas en los dominios del arzobispo, con objeto de que se reembolsasen su dinero. El asunto tomó un aspecto escandaloso: ¡Los Függer vendían las indulgencias en las ventanillas de sus oficinas! Más aún, el dominico Juan Tetzel, sub-comisario, permitió que se empleasen procedimientos indefendibles para decidir a los espíritus, que creía toscos y primitivos: «El  alma del Purgatorio  se  echa  a volar al cielo en el momento en que un fiel pone una moneda… en el cepillo para las obras de la Basílica de San Pedro».

Lutero no habría esperado ese día para alzarse contra el abuso de las indulgencias, pero aquello colmó la medida: el 31 de octubre de 1517, se dirigió a la iglesia de Wittenberg, colocando sobre la puerta un cartel en el cual anunciaba que serían mantenidas bajo su presidencia noventa y cinco propociciones o tesis sobre las indulgencias.



Las proposiciones afirmaban que las indulgencias no tenían ningún valor ante Dios, que solo engañaban al pecador manteniéndole en una falsa seguridad. «Predican invenciones humanas, los que pretenden que tan pronto como el dinero resuena en su caja, un alma se eleva del Purgatorio». «Si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de perdón preferiría mejor que la Basílica de San Pedro se convirtiera en cenizas antes que edificarla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas». «El verdadero tesoro de la Iglesia es el sacrosanto Evangelio, gloria y gracia de Dios».

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre





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