Las Brujas en la Edad Media Persecución de la Inquisición Iglesia





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Las Brujas en la Edad Media – Persecución de la Iglesia

Resulta innegable es que una buena parte de las supersticiones y creencias en misteriosos seres místicos actuales proceden del oscurantismo medieval. Diablos, brujas y hechiceros eran los que atentaban contra la fe y la ley divina que enarbolaba el cristianismo. Para combatirlos no sólo había que dar por sentada su existencia, sino también explicar su nefasta influencia en la vida diaria, que llegaba hasta provocar la misma muerte.

El libro medieval “Malleus maleficarum” o “Martillo de los brujos”, de Sprenger y Kramer, manual de la Inquisición aparecido entre 1485 y 1486 habla de la crueldad y peligrosidad de las brujas y explica:

“Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie… causan a sus semejantes daños inconmensurables… conjuran y suscitan el granizo, las tormentas y las tempestades; provocan la esterilidad en las personas… pueden emprender vuelos, bien corporalmente, bien en contrafigura, y trasladarse así por los aires de un lugar a otro; son capaces de embrujar a los jueces y presidentes de los tribunales… inspirar odio y amor desatinados… pueden matar a personas y animales por otros varios procedimientos; saben concitar los poderes infernales para provocar la impotencia en los matrimonios o tornarlos infecundos, causar abortos o quitarle la vida al niño en el vientre de la madre con sólo un tocamiento exterior; llegan a herir o matar con una simple mirada, sin contacto siquiera, y extreman su criminal aberración ofrendándole los propios hijos a Satanás… En una palabra: pueden estas brujas, como antes decimos, originar un cúmulo de daños y perdición que sólo parcialmente estaría al alcance de las demás. Bien entendido que todo esto lo pueden con permisión de la justicia divina…”

Se puede argumentar que este manual, de cruenta predicación y peores consecuencias para buena parte de la humanidad, fue oportunamente desautorizado por la misma Iglesia que en su momento lo impulsó. Sin embargo, las afirmaciones que sostenía estaban legitimadas por la palabra sagrada de las Santas Escrituras, donde se insiste que los espíritus malignos son reales: la Biblia relata que uno de ellos se valió de una serpiente para comunicarse con la primera mujer, Eva, e inducirla a rebelarse contra Dios (Génesis 3:1-5).

Las Escrituras lo identifican como “la serpiente original, el que es llamado Diablo y Satanás, que está extraviando a toda la tierra habitada” (Revelación [Apocalipsis] 12:9). Él logró que otros ángeles se sublevaran (Judas 6), y se convirtieran así en demonios, enemigos de Dios…

Esos seres malignos, eran en gran parte mujeres y la llamaban brujas, y en estado de éxtasis, salían por la noche para reunirse con otras en un lugar apartado, con el fin de abjurar de la fe cristiana y adorar a un espíritu o al mismo diablo. Se dice que en estas reuniones nocturnas había orgías sexuales, se adoraba al demonio, se tomaba pócimas mágicas y drogas y que las mujeres se transforman en animales.

BRUJAS en la EDAD MEDIA

Estos informes son corroborados ante los tribunales por muchas mujeres, y se cree en ellos como hoy se cree a quien afirma que en un viaje nocturno se ha encontrado con alienígenas que lo han subido a su ovni para mantener relaciones sexuales sobrenaturales con él.

En la Edad Media este tipo de fiestas, que reciben el nombre de aquelarres, encuentran mucho eco en la literatura, por ejemplo en Macbeth, de Shakespeare, o en La noche de Walpurgis, del Fausto de Goethe. Pero en los siglos XIV y XV, se acusa a las brujas de fornicar con el diablo, y para salvar sus almas se las arroja al fuego purificador.

Estas persecuciones durarán hasta el siglo XVII. Durante la Peste Bubónica, con la intensión de buscar culpables de semejante castigo divino, se decía que en su intento de aniquilar a la humanidad a través de la peste, el diablo cuenta con un amplio grupo de colaboradores: los judíos. Como instrumentos del diablo que son, se sospecha que los judíos envenenan las fuentes y que de este modo ayudan a propagar la peste.

Todas estas brujas debían se eliminadas de la tierra a través de la purificación del fuego. Para ellos se amontonaba  ramas secas y crujientes, formando un montículo de más de un metro y medio de altura. En el centro había un poste de madera y, amarrada a él, una mujer joven con aspecto desgreñado y los ojos fuera de sus órbitas. Alguien dio la orden y dos hombres comenzaron a encender las ramas. En pocos minutos la hoguera crepitaba como una sucesión de quejidos diabólicos.

La mujer gritaba maldiciones en las que convocaba al demonio mientras las llamas la cubrían por completo y el centenar de personas que observaba la escena entre temeroso y subyugado guardaba un inusual silencio. Media hora después todo había terminado. Una nueva bruja había sido encontrada culpable y se había cumplido su castigo. Una nueva discípula del diablo, según sus verdugos. Oficialmente, hubo medio millón de ejecuciones idénticas a la relatada solamente entre los siglos XV y XVII.

De manera no oficial se calcula otro tanto. Ese millón de brujas condenadas a lo largo de dos siglos arroja un promedio de una persona cada dos horas muerta en la hoguera durante ese lapso. No eran sólo mujeres. Los hombres también eran encontrados culpables de brujería y seguían el mismo camino, pero el porcentaje de damas de la escoba fue siempre muy superior. ¿Qué hacía una bruja? ¿Por qué se la condenaba? ¿Cómo se la reconocía? Una bruja —según aquellas acusaciones— pactaba con el diablo. Su principal objetivo era atentar contra la religión y el Estado.

Se sabía que eran capaces de volar, montando una escoba porque detestaban y temían a los caballos; se reunían los sábados por la noche en grupos llamados “aquelarres”; recibían órdenes directas del maligno; mantenían relaciones íntimas con íncubos (diablos machos) y con súcubos (los femeninos); robaban y sacrificaban niños; destruían las cosechas y mataban al ganado con sólo desearlo; desparramaban el mal en todas sus formas y eran dueñas de poderes extraordinarios.



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Por supuesto todo eso era lo que decían sus jueces y victimarios.
En los últimos años hubo especialistas internacionales que investigaron aquellos fenómenos y les dieron una explicación de hoy en día. Existieron, sí. Y según algunos aún existen.

Los aquelarres (reuniones de brujas y brujos) fueron descriptos por primera vez durante el siglo X. Cien años después la Iglesia advirtió el crecimiento de esas creencias demoníacas y se decretó la excomunión para los que participaran en aquellos extraños rituales. La batalla entre el bien y el mal, la más vieja y eterna batalla de la historia, fue creciendo y hasta se cometieron excesos por parte de gobernantes que aprovechaban las condenas para sacarse de encima a molestos opositores. Un sistema eficiente que más de un gobernante en el mundo quisiera poder reflotar, seguramente.

Uno de los casos más claros fue el de Juana de Arco, que luego sería reivindicada nada menos que con su canonización. Con respecto a los supuestos poderes brujeriles, el antropólogo norteamericano Michael Harner, estudioso del tema, cuenta que las brujas se untaban el cuerpo con una sustancia creada por ellas sobre la base de una cantidad de hierbas que tenían efectos hipnóticos y alucinógenos.

Este preparado llevaba el nombre de “menjunje“, una palabra que aún hoy usamos en otras aplicaciones. Y actuaba como una droga estimulante que producía euforia al mismo tiempo que aumentaba la fantasía y la imaginación. Harner dice también que en los aquelarres se consumían alucinógenos y que la palabra “viaje” (usada hoy para definir el climax de un drogadicto) era la misma con que aquellos personajes medievales definían sus sensaciones, confesión ésta que les era arrancada por las torturas.

La mayor autoridad en el estudio serio de este tema, el historiador Charles Henry Lea, pone en claro que la Iglesia se había limitado en los primeros siglos de la aparición del fenómeno a negarles la bendición a los considerados brujos y que, recién en 1448 —cuando esas prácticas habían avanzado de manera en extremo peligrosa— el papa Inocencio VIII emitió una bula por la cual el enfrentamiento del cristianismo con esos grupos esotéricos fue total. La tortura y la hoguera fueron autorizadas. Pero recién comenzaba la historia.

Durante la Edad Media el cristianismo tenía una muy poderosa influencia no sólo en cuestiones de fe sino también en las decisiones de Estado. Los pontífices eran guerreros que se ocupaban de las cosas mundanas al frente de sus ejércitos. Por una mera razón física que se repite en la vida desde siempre, ante una fuerza determinada aparece otra en sentido contrario que pretende ser tan poderosa. No es extraño, entonces, que fuera en esa época cuando el movimiento brujeril tuvo su mayor auge. Pero todo se mezcló demasiado.

La Iglesia se oponía a las brujerías con el poder de la fe, pero los grupos laicos de poder ya habían tomado la ley en sus manos desde mucho antes por motivos políticos. El antropólogo Marvin Harris, de la Universidad de Harvard y un serio especialista en la cuestión, afirma que todos los males de aquella época eran achacados a las brujas cuando en realidad solían provenir de la voracidad y la ambición desmedidas de príncipes o señores feudales.

Ellas fueron el chivo expiatorio. Harris da cifras: el 82% de los condenados en la Edad Media eran mujeres y entre miles hubo un solo caso de un noble y no fue condenado. Los hombres quedaban, estaban aterrados y trabajaban sin quejas. Aún en el siglo XVII seguían las ejecuciones y la cosa pasó de Europa a América, donde el caso del pequeño pueblo de Sa-lem es el más famoso: una caza de brujas interesada llenó de miedo y de inmovilidad a la población. La última vez en la historia que una bruja fue quemada en la hoguera en Europa ocurrió en Suiza, en 1793.

GATOS Y HECHIZOS
Es curioso, pero hace más de cuatro mil años, los egipcios consideraban a los gatos animales decididamente benéficos. Se los cuidaba en calidad de sagrados hasta el punto de ejecutar a todo aquel que matara a un gato. La historia registra que un hecho semejante ocurrió con un romano al que le quitaron la vida violentamente después de que el hombre hubiera asesinado a uno de estos peculiares felinos alegando que lo molestaba con los maullidos.

Las fiestas de Bast, que era una diosa con cabeza de gato, eran las más alegres y rebosantes de música, vino, danzas y sexo. No quieran anotarse porque ya no existen. También en religiones posteriores el gato fue culto cíe adoración especial. Y tal vez fue ese hecho el que lo con denó históricamente ya que en la época medieval, al luchar contra las sectas de herejes que pululaban por entonces, se señaló a este animalito como el compañero ineludible de brujos y brujas.

En rigor de verdad, eran por entonces muchos los ritos diabólicos que se llevaban a cabo con un gato como representación demoníaca. En el año 1566 una mujer llamada Elizabeth Francis fue acusada de brujería. Se la llevó a juicio y, con ella, a su gato manchado que —para hacer las cosas aún más difíciles— respondía al nombre de Satán. Se acusó al animal de haberle encontrado varios novios a la tal Elizabeth, de colmar mágicamente sus campos de buena siembra y de haberle procurado una cantidad envidiable de ovejas.

Si uno se guía por estas acusaciones parece ser que lo ideal en aquella época era que a uno le fuera mal. Si le iba bien podía sospecharse de la intervención del demonio y los acusadores eran muchos. Casi como ahora. La cosa se complicó en aquel juicio inglés cuando alguien testimonió que un joven que empezaba a llevarse mal con Elizabeth fue eliminado por el minino. Y se puso peor cuando otro aseguró que la mujer premiaba a Satán por su ayuda no con un pescadito sino con gotas de su propia sangre. Sé de más de un par de noticieros que de haber existido se hubieran lanzado con todo a cubrir la noticia.

Final del cuento: fueron a la hoguera los dos, ella y el gato. Y desde entonces ocurrió con todos los felinos de brujas. La historia, la tradición, las costumbres o la tontería humana llevaron esa funesta imagen hasta nuestros días. Muchos miran a los gatos con desconfianza y ellos, los gatos, nos miran igual.

 
EL DIABLO O DEMONIO:  Del griego daimónion; del latín, daemonium, el que sabe. Ángel malo. En tiempos muy lejanos, la palabra involucraba a deidades inferiores e incluso podía ser interpretada como diminutivo de dios, con minúscula. Familiarmente se llegó a usar con los niños traviesos a quienes se calificaba como “demonios” y la palabra no cargaba tintes graves.
Se lo representaba como un ser perverso, cornudo y lascivo, pero otras veces era un genio bueno. John Millón (1608-1674), poeta inglés autor de la muy célebre obra El paraíso perdido creó la expresión pandemónium, del griego pan, todo, y daimónion; demonios: la capital del infierno, o sea el lugar de encuentro de los demonios.

En Levítico (16:8), aparece Azazel como contrapartida del Señor, como personaje demoníaco, y el propio Milton lo convierte en su obra en Eblis, que significa desesperado. Lord Byron (1788-1824), uno de los grandes poetas románticos ingleses, en su obra Cielo y Tierra, llama Azaziel a un serafín que se enamora de Ana, meta de Caín, quien cuando viene el Diluvio, la carga en sus alas y la transporta a otro planeta.

Azrael es el ángel musulmán de la muerte que será el último en morir, cuando suene por segunda vez la trompeta del Arcángel Gabriel.

Esta curiosa aventura de la palabra ha mantenido una pizca de simpatía sólo en algunos rincones familiares: “Este chico es un demonio”, “¿Dónde demonios dejé mi carpeta?”.

Pero todos sus derivados fueron cubriéndose de sombras. Demonismo es la práctica de cultos o magias convocantes de los malos espíritus; demonolatría es la adoración de los demonios; demonomanía es la alteración mental que hace suponer estar endemoniado.

Y en algún renglón se ocultan “demontre” y “demoñuelo” como sinónimos suaves de demonio.

Tiempos de brujas. Cuando la brujería era una especie de religión en Europa y contaba con gran número de adeptos, hubo miles de sacrificios humanos. Se conocen cifras terroríficas de aquellas épocas: 14.000 supuestas brujas fueron sacrificadas en Tolosa y Traveris, 800 en Surtzburg, 1.500 en Bemberg.

Estos crímenes, obviamente, tenían un tras-fondo ritual. En 1513, en Ginebra, 500 supuestas brujas fueron sentenciadas en tres meses a morir en la hoguera, y las crónicas de entonces señalan que los pasos previos al sacrificio abundaban en solemnidad y costumbres. Por ejemplo, los habitantes del lugar, en absoluto silencio, rodeaban una cruz a la que era atada la víctima. Los jueces leían luego la sentencia y en unos minutos se concretaba la pena: los pobladores reían y gritaban de satisfacción.

Al ubicarse en la Edad Media es imposible separar del crimen cuestiones como el demonio, la brujería o el sacrificio. Una cosa justificaba a la otra y la Justicia obraba con los fundamentos del entorno.

Hay actualmente algunos sucesos que no comprueban el paso de tiempo: en las crónicas policiales de todo el mundo se lee todavía que un cadáver apareció a la orilla de un río con 13 puñaladas en el corazón, y la muerte ocurrió un sábado por la noche.

De esta forma, precisamente, “sacrificaban” a las brujas en forma clandestina durante la Edad Media. También se habla de ritos sospechosos en Tailandia, aunque se asegura que los animales -como en muchos otros casos- reemplazaron a los humanos a la hora de morir. Hay, además, extraños relatos que algunos exploradores del Amazonas cubren de misterio.

Pero, a fin de siglo, y entre los avances de la Humanidad, las dudas persisten, y nadie podría afirmar que, en algún lugar del mundo, los sacrificios humanos no continúan.

PARA SABER MAS…
LA CAZA DE BRUJAS EN LA EDAD MEDIA

Una bruja dotada supuestamente de poderes diabólicos para atraer la enfermedad y la mala fortuna debe haber sido objeto de temor para el no iniciado, pero debemos ser capaces de descubrir una urgencia más primitiva en la persecución de que fueron víctimas. La bruja, por lo común, aunque no siempre, era una mujer que poseía —se aseguraba— poderes sobrenaturales, era la corporización femenina del demonio.

Para un sacerdote célibe, para el ceñudo protestante que creía en el sometimiento de la mujer, era una especie de objeto de odio y de temor, ya que veían en los maleficios no sólo una parodia obscena de la religión sino un peligro para la supremacía masculina, La bruja se transformó así en el símbolo de la relación amor-odio, la contienda, en la edad adulta, de la dominación de los sexos.

El aumento real de las prácticas de brujerías ocurrido en tiempos de la represión produjo una mayor exageración. Con la proliferación del miedo y el odio, las brujas eran vistas en todos lados. El apacible e instruido Nicolás Remy de Lorraine envió a la cárcel entre 2.000 y 3.000 víctimas entre 1595 y 1616. El piadoso arzobispo de Trier quemó 368 brujas de dos aldeas entre 1587 y 1593, dejando sólo una mujer viva en cada una de ellas en 1595. Desde 1623 hasta 1631 el obispo príncipe de Würzburg quemó más de 900 personas acusadas de maleficios, incluyendo su propio sobrino, un número de niños y 19 sacerdotes.

Francia, Alemania, Suiza, España, Suecia y Escocia se pusieron de acuerdo en esta forma de asesinato en masa. Alemania fue el país más afectado, un hecho que tuvo cierto significado en la historia. En la cima del terror, creer en las hechicerías era un artículo de fe y negar la existencia de las brujas podían conducir a la condenación.

El peor exceso cometido en Inglaterra y las colonias americanas estaba asociado al puritanismo extremo. Sin embargo, allí la represión nunca igualó los resultados de dos notables acontecimientos producidos en e” continente europeo, durante dos brotes de histeria colectiva. El primero afectó regiones del este de Inglaterra en 1644-1647, cuando el ejército de” Parlamento puritano estaba en ascenso. Las denuncias histéricas y acusaciones fueron comisionadas por Mattew Hopkins, quien en 1645 instituye una Comisión General de Búsqueda de Brujas.

Un abogado de Ipswich viajaba por el país en busca de las brujas asistido por el abogado John Godboldt, quien había sido nombrado juez para ese propósito por voto del Parlamento. Ese año fueron colgados dos villanos en comparación con las sesenta mujeres sólo en Essex, más otras tantas en Norfolk y Huntingdonshire. Hopkins publicó un tratado titulado E. descubrimiento de las brujas en 1647; poco después fue denunciado como impostor y condenado a ser colgado por hechicero.

LAS BRUJAS DE SALEM: EL PEQUEÑO PUEBLO de Salem, en la colonia norteamericana de Massachusetts, se conmovió cuando en 1692 un grupo de mujeres aseguraron que estaban poseídas por el diablo. Varias criadas del nuevo primer ministro, Samuel Paris, fueron acusadas de brujería. Nueva Inglaterra era una zona muy religiosa y las acusaciones fueron tomadas en serio hasta el punto de que el gobernador de la colonia ordenó que las mujeres fueran juzgadas.

UN PUEBLO DIVIDIDO Salem era un pueblo dividido por terribles disputas. Los primeros habitantes estaban siendo suplantados por personas más ricas que provenían de otras áreas. Los historiadores han demostrado que los acusados de brujería eran personas recién llegadas o que habían colaborado con ellas de alguna manera. Los primeros colonos, incapaces de detener la llegada de nuevas personas, recurrieron a las acusaciones de brujería para vengarse de los recién llegados.

HISTERIA Y MUERTE
Bridget Bishop fue la primera persona acusada de brujería y fue ahorcada el 10 de junio de 1692. A ella la siguieron cinco personas más, incluido un sacerdote protestante llamado George Burroughs, que cometió el error de criticar los juicios. En aquel clima de histeria el menor comentario podía tener consecuencias funestas. Llegaron a morir 20 personas antes de que aquella ola de ejecuciones se calmara. Una de ellas recibió el castigo tradicional por negarse a declarar: fue aplastada entre dos piedras hasta morir. Aunque estos juicios supusieron un trágico episodio en la historia de Nueva Inglaterra, fue el último incidente de la caza de brujas registrado en las colonias norteamericanas de Inglaterra.

Fuente Consultada:
Historias Asombrosas Pero Reales de Víctor Sueiro
La Cultura de Dietrich Schwanitz
El Universo Secreto de la Superstición Rodolfo Mucheta
Diccionario Insólito Tomo 2
Grandes Pestes de la Historia Cartwright – Biddiss

Juicios de la Inquisición

Pócimas Secretas de la Brujas




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